un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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XX. El Latido que Detiene Tormentas
Zhaeryntha Vaelkríass:
Salí de la espesura con el alma arrastrando y los pulmones ardiendo. El aire en las afueras del castillo no era aire, era una densa cortina de ceniza, humo ardiente y el olor metálico de la sangre de dragón. Me detuve en seco, apoyándome contra un tronco carbonizado, y la escena que presencié me devolvió el aliento de golpe.
Era el caos absoluto.
Kaelthoryn estaba allí, en medio del patio, viéndose pequeño y desesperado. Gritaba, lanzaba piedras, corría de un lado a otro intentando separar a dos montañas de músculos y escamas que buscaban matarse. Rhyx, una sombra gris y letal, bloqueaba los ataques de mi Vharok, mientras mi dragón... mi hermoso y terrible Vharok, era una pesadilla de fuego negro y odio ciego. Ver a mi compañero sangrando, con las escamas arrancadas y los ojos inyectados en una furia asesina por mi culpa, me dolió más que cualquier insulto de mi padre.
—¡Vharok! —intenté gritar, pero mi voz era apenas un hilo afónico que se perdió en el estruendo del acero contra la obsidiana.
De repente, ocurrió. Sentí una sacudida eléctrica en la base de mi cráneo, un tirón violento que me nubló la vista.
A través del vínculo, la visión de Vharok cambió. Ya no veía a Rhyx ni al humano que odiaba. Una imagen se proyectó en su mente con la fuerza de un rayo: yo. Me vio desde su propia perspectiva, emergiendo de entre los árboles, pálida, jadeante, con el cabello revuelto y el rostro marcado por el dolor, pero viva.
En ese mismo instante, una oleada de alivio emocional, tan intensa que me hizo caer de rodillas, inundó cada fibra de mi ser. Era un sentimiento puro, una descarga de amor y angustia compartida que barrió con todo el odio. Vharok se detuvo en seco, ignorando por completo el ataque que Rhyx estaba a punto de lanzar. Se apartó con un movimiento brusco, haciendo que el dragón gris retrocediera confundido por el cese repentino de las hostilidades.
Vharok giró su enorme cabeza lentamente, sus ojos rojos buscando desesperadamente entre la bruma hasta que se clavaron en mí.
Lo que sucedió después fue algo que ningún manual de caballería podría describir. Mi dragón, la bestia que podía paralizar ejércitos con un rugido, soltó un sonido que me desgarró el pecho: un quejido agudo, roto, un llanto desesperado que sonaba casi humano en su agonía de alivio.
Corrió hacia mí a cuatro patas, haciendo retumbar la tierra, pero no con la elegancia de un depredador, sino con la urgencia de un hijo que busca a su madre en la oscuridad. Cuando llegó a mi lado, no se detuvo a olfatearme ni a rugir. Con una delicadeza que desafiaba su tamaño imponente, hundió su enorme y pesada cabeza en mi pecho, empujándome suavemente hasta que quedé atrapada entre sus belfos y su cuello caliente.
Podía sentir el calor abrasador de sus escamas negras y el olor a azufre, pero sobre todo, sentía cómo él presionaba su cráneo contra mi esternón con una fijeza absoluta. Estaba escuchando. Estaba sintiendo el latido acelerado y errático de mi corazón humano, confirmando que la luz seguía encendida, que su otra mitad no se había apagado.
Me abracé a su hocico, hundiendo mis dedos en las grietas de sus escamas, llorando con él en un silencio que solo nosotros entendíamos. En ese momento, el mundo, el castillo y el chico que nos miraba con asombro desde la distancia dejaron de existir. Solo éramos nosotros: la Tormenta y su hogar.
El silencio que siguió al estruendo de la batalla fue casi más doloroso que los propios gritos. El patio del castillo, ahora sembrado de escombros y jirones de escamas, se convirtió en el escenario de una paz frágil y amarga.
Me quedé allí, de rodillas, envuelta por el calor inmenso de Vharok. Sus sollozos vibraban en mi propia caja torácica, un ronroneo roto que me recordaba que, aunque el mundo me hubiera dado la espalda, él seguía siendo mi ancla. Su piel quemaba, literalmente; el fuego negro todavía palpitaba bajo sus escamas oscuras, pero no me importaba. Necesitaba ese calor para sentir que no estaba muerta por dentro.
—Ya estoy aquí... —susurré, mi voz apenas un rastro de aire que se perdía en sus orejas puntiagudas—. Ya estoy aquí, pequeño. No te mueras, por favor. No me dejes tú también.
Vharok exhaló una bocanada de humo grisáceo, un suspiro de alivio tan profundo que pareció desinflar su imponente figura. Cerró los ojos rojos, dejando que unas lágrimas espesas y humeantes resbalaran por su hocico hasta mojar mi túnica sucia. En ese momento, no era la bestia que aterrorizaba ejércitos; era un ser sufriente que había recuperado su alma.
A unos metros, Kaelthoryn nos observaba. Su rostro estaba desencajado, una mezcla de culpa y un alivio tan genuino que dolía verlo. Se mantenía a distancia, respetando el círculo sagrado que Vharok había trazado a nuestro alrededor, pero sus ojos no se apartaban de mí. Estaba herido, con la ropa rasgada y un hilo de sangre bajando por su sien, pero su mirada solo pedía perdón.
Rhyx, el dragón gris, permanecía quieto detrás de él, con las alas plegadas y la cabeza gacha, como si compartiera la vergüenza de su jinete.
Fue entonces cuando la puerta del gran salón se abrió. Mi madre salió corriendo, ignorando el peligro, con el rostro bañado en lágrimas. Al vernos así, unidos en un abrazo de carne y escamas, se detuvo, cayendo de rodillas sobre las losas frías. Mi padre apareció tras ella, más lento, con la mandíbula apretada, pero su máscara de granito finalmente se había quebrado. Al ver a su hija viva, aunque fuera entre las garras de un dragón herido, el Duque Vaelkríass simplemente bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada de la niña a la que casi empujó a la tumba.
El alivio era asfixiante. Era una tristeza dulce que nos envolvía a todos: la tristeza de saber que habíamos sobrevivido, pero el alivio de entender que nada volvería a ser igual. Las marcas en mi cuerpo sanarían, las escamas de Vharok volverían a crecer, pero el silencio que compartíamos en ese patio era el de quienes han mirado al abismo y han decidido, por un momento más, seguir respirando juntos.
Apoyé mi frente contra la de Vharok y, por primera vez en dos días, el nudo en mi garganta se soltó, permitiéndome llorar no por el odio que me habían dado, sino por el amor inmenso que me salvó la vida.
Sentí el peso inmenso de Vharok relajarse sobre mí, pero el silencio del patio no duró mucho. Escuché el roce frenético de una falda de seda contra las piedras y, de pronto, unos brazos cálidos y temblorosos me rodearon con una fuerza que no creía que mi madre poseyera.
—¡Zhaeryntha! ¡Oh, por los ancestros, mi niña, mi pequeña luz! —el grito de mi madre, Xylanthiaerith, se ahogó en mi cuello mientras me sollozaba con un alivio que le sacudía todo el cuerpo.
Me quedé rígida un segundo, con las manos aún hundidas en las escamas de Vharok, hasta que el calor de su abrazo empezó a derretir el hielo que me rodeaba el corazón. Ella se separó un poco, tomándome la cara entre sus manos finas, manchándome la piel con sus propias lágrimas. Sus ojos plateados me recorrían frenéticamente, buscando heridas, buscando señales de que seguía entera.
—¿Dónde te habías metido? —me preguntó con la voz quebrada, casi en un susurro desesperado—. Te buscamos por cada rincón, enviamos a los rastreadores... el bosque es tan oscuro, tan cruel. Pensé que te habíamos perdido para siempre, que la noche se te había tragado por culpa de nuestra ceguera. No vuelvas a hacernos esto, Zhaeryntha, te lo suplico.
—No tenía a dónde ir, madre —logré decir, mi voz sonando como grava raspando el suelo, apenas un eco de lo que solía ser—. Ustedes me quitaron el suelo.
Ella sollozó de nuevo, apretándome contra su pecho.
—Lo sé, lo sé... perdóname. Estábamos tan preocupados, mi vida. Yo no he dejado de rezar, y tu padre... —Ella hizo una pausa y giró la cabeza hacia atrás.
Seguí su mirada. Mi padre, el Duque, permanecía a unos metros. No se acercaba. Tenía la cabeza agachada, los ojos fijos en sus propias botas de montar, pero la rigidez de sus hombros gritaba su conflicto interno. No había corrido hacia mí. No había palabras de consuelo.
—Tu padre ha estado fuera de sí, aunque no lo admita —insistió mi madre, tratando de cubrir el vacío que él dejaba—. No ha dormido, Zhaeryntha. Estaba aterrado.
—¿Aterrado de qué, madre? —dije, sintiendo una punzada de amargura que me quemó la garganta—. ¿De perder a su hija o de que el cadáver de su "deshonra" apareciera en los terrenos de otra familia?
Al oír mis palabras, mi padre levantó la vista solo un segundo. Sus ojos grises se cruzaron con los míos y vi una chispa de arrepentimiento, pero fue aplastada rápidamente por una mueca de asco poco disimulado que le contrajo las facciones. Miró mis ropas sucias, mi cabello lleno de hojas y el modo en que me aferraba a la bestia en lugar de a mi linaje. Volvió a bajar la cabeza de inmediato, apretando la mandíbula con una vergüenza que le impedía incluso pronunciar mi nombre.
—¡Athelwulf, dile algo! —le imploró mi madre, girándose hacia él—. ¡Está aquí! ¡Ha vuelto! Dile que te importa más ella que cualquier estúpido protocolo.
El silencio de mi padre fue más ruidoso que el rugido de Vharok. Se limitó a dar media vuelta, con la capa ondeando tras él, y empezó a caminar hacia la entrada del palacio sin decir una sola palabra, con la espalda tan recta que parecía a punto de romperse bajo el peso de su propio orgullo herido.
—Él... él necesita tiempo —mintió mi madre, volviendo a mirarme con los ojos rebosantes de pena—. Pero yo estoy aquí. Vharok está aquí. No te vamos a soltar de nuevo. Cuéntame, hija... ¿qué hiciste en ese agujero? ¿Cómo sobreviviste al frío?
—Sobreviví porque el dragón no me dejó morir —respondí, mirando de reojo a Kaelthoryn, que seguía observando la escena desde las sombras—. Porque las bestias tienen más honor que los hombres que nos dieron la vida.
Mi madre no supo qué responder a eso. Solo volvió a abrazarme, llorando en silencio sobre mi hombro mientras el viento de la madrugada soplaba las cenizas de una familia que, aunque se hubiera reunido físicamente, seguía rota en mil pedazos imposibles de pegar.
(dos dias despues...)
Han pasado dos días desde que regresé del bosque, aunque el tiempo aquí dentro, entre las paredes de mi habitación, se siente como una mancha gris que no se seca nunca. No he vuelto a la Academia. No puedo. No soporto la idea de que los cadetes me miren y vean los restos de lo que solía ser, ni de cruzarme con Kaelthoryn y sentir que el aire se me escapa de los pulmones otra vez.
En lugar de eso, me he refugiado en el único lugar donde mi voz no sale rota: el papel.
Estoy sentada frente al ventanal, con el cuarto diario del año sobre mi regazo. Apenas estamos en abril y ya he llenado tres tomos con mis penas, pero este... este duele más que los anteriores. Mis dedos tiemblan mientras deslizo la pluma, dejando que la tinta negra manche la blancura del papel, igual que yo manché mi historia.
26 de abril. El silencio en esta casa es un monstruo que me devora. He pasado horas escribiendo sobre el vacío que siento en el pecho. Me entregué. Se lo di todo a él, a ese imbécil que ahora me mira como si fuera un trofeo roto. Siento una desilusión que me quema las entrañas; no es solo por Kaelthoryn, es por mí. Por haber sido tan frágil, por haber creído que el fuego era amor cuando solo era un incendio diseñado para consumirme.
Cierro los ojos un momento, apretando el diario contra mi pecho. La vergüenza es una sombra que me persigue por los pasillos del palacio. Siento que cada cuadro de mis ancestros me juzga, que cada sirvienta que baja la mirada cuando paso sabe que soy la "puta deshonra" de la que habló mi padre.
Y él... Dios, él es lo que más me duele.
Mi padre siempre fue mi héroe. Éramos una sola voluntad, una conexión de padre e hija que parecía inquebrantable. Él era quien me enseñó a no temerle a las alturas, quien me sostenía cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso. Pero ahora, ese amor incondicional depende de un micro-hilo emocional que se estira hasta la transparencia.
Hoy nos cruzamos en el pasillo de la biblioteca. Yo me detuve, conteniendo el aliento, esperando que quizá, por un milagro, me pusiera una mano en el hombro o me mirara a los ojos. Pero nada. Se pegó a la pared opuesta, acelerando el paso como si mi sola sombra pudiera contagiarlo de algo putrefacto. No me miró. No me habló. Ni siquiera respiró el mismo aire que yo.
Siento cómo ese hilo se va cortando, fibra por fibra, con cada día que pasa en silencio.
—Estoy sola, Vharok —susurro al vacío de la habitación, sabiendo que mi dragón, en el patio, siente este mismo desierto en mi alma.
Mi madre entra a veces con té de hierbas y palabras suaves, me acaricia el cabello y llora conmigo. Agradezco su amor, de verdad lo hago, pero hay un vacío que ella no puede llenar. Me siento como una náufraga en una isla de seda y oro. Tengo comida, tengo techo, tengo a mi madre y a mi dragón... pero he perdido al hombre que me enseñó a ser fuerte, y me he perdido a mí misma en los brazos del hombre que juró ser mi enemigo.
Vuelvo a abrir el diario. Hay tantas páginas en blanco todavía, y me aterra pensar que las voy a llenar todas con este dolor que no tiene fin. ¿Cómo se supone que siga volando si el cielo de mi casa se ha vuelto de piedra?
El diario numero IV de una guerrera herida.
28 de abril.
He tenido que cambiar de pluma tres veces esta tarde porque mi mano no deja de temblar y la tinta termina emborronando las palabras, convirtiendo mis pensamientos en manchas negras que parecen pequeñas muertes sobre el papel. Este es mi cuarto diario del año y apenas estamos en primavera. A veces pienso que si alguien leyera estas páginas, encontraría más ceniza que literatura.
Hoy el silencio en el palacio ha sido especialmente ruidoso. ¿Cómo es posible que el silencio duela en los oídos? Es una presión constante, un vacío que se expande por los pasillos y se cuela por debajo de la puerta de mi habitación. Me siento como si estuviera enterrada viva en una tumba de seda y mármol.
Escribo porque si no lo hago, me asfixio. Escribo porque mi voz se ha vuelto un hilo quebradizo que nadie quiere escuchar. Escribo, sobre todo, porque me odio. Me odio con una intensidad que me da miedo. Me odio por haber sido tan estúpida, tan ciega, tan malditamente humana. Me entregué a Kaelthoryn. Lo escribo y la palabra quema la hoja. Me entregué. Le di lo que nadie más tenía, lo que se supone que debía guardar como el tesoro más preciado de mi linaje, y se lo di a él. Al chico que se burlaba de mis lecturas, al que me golpeaba en el entrenamiento solo para ver si lloraba, al enemigo que mi sangre me ordenaba despreciar.
¿En qué momento el odio se convirtió en esa necesidad física de tocarlo? ¿Por qué mi cuerpo me traicionó de esa manera? La desilusión no es solo con él, es conmigo misma. Me entregué a un imbécil que no sabe lo que es el honor más allá de lo que dice su espada. Le di mi virginidad en un momento de debilidad, de fuego, de querer sentirme viva en medio de tanta guerra, y ahora esa entrega es la soga que me aprieta el cuello. Él me mira y no ve a una guerrera, no ve a una igual; ve a alguien que logró doblegar. Siento que cada vez que me mira, me está quitando la ropa otra vez, pero no con deseo, sino con el asco del que ya obtuvo lo que quería y ahora lo desprecia por ser fácil de obtener.
Y luego está mi padre.
Si el dolor de Kaelthoryn es un incendio, el de mi padre es un invierno eterno. Eramos una sola alma, una conexión que me definía. Él no era solo el Duque; era mi maestro, mi protector, el hombre que me miraba con un orgullo que me hacía sentir capaz de derribar murallas. Ahora, cuando nos cruzamos, ese micro-hilo emocional que nos unía se deshilacha un poco más. Siento el chasquido de las fibras rompiéndose cada vez que desvía la mirada. No me mira. No me habla. Ayer, cuando bajé a las cocinas por un poco de agua, lo vi en el extremo del corredor. Se detuvo en seco, como si hubiera visto una rata muerta en medio de su palacio. Dio media vuelta y se fue por el camino largo solo para no respirar el mismo aire que yo.
Ese asco... lo siento en mi propia piel. Siento que huelo a deshonra. Me baño tres veces al día, restriego mi piel hasta dejarla roja y sangrante, pero el olor no se va. Es el olor del juicio de un padre que ya no me considera su hija, sino una mancha en el árbol genealógico de los Vaelkríass. "Una puta deshonra", así me llamó. Esas palabras son ahora mis compañeras de cuarto. Duermen conmigo, despiertan conmigo, se sientan a mi mesa.
¿De qué sirve el apellido? ¿De qué sirven las torres de obsidiana y las escamas de mi dragón si en este palacio soy un fantasma? Mi madre viene a verme, me trae infusiones, me acaricia el pelo y llora. Ella llora por la hija que "perdió", y eso me duele casi tanto como el silencio de mi padre. Ella me mira con lástima, y la lástima es un insulto para alguien que fue criada para ser una tormenta. Me dice que "él necesita tiempo", pero ambos sabemos que el tiempo no cura la decepción; solo la vuelve una costra dura e impenetrable.
Me siento tan sola. Vharok es el único que me entiende, el único que no me juzga. Puedo sentir su tristeza desde el patio, un eco de mi propio vacío que vibra en mis huesos. Él sabe que su jinete está rota. Él sabe que la chica que solía volar con él ahora solo quiere esconderse en el agujero de un árbol y no salir nunca más. A veces me pregunto si los dragones también sienten vergüenza. ¿Se avergonzará él de estar unido a alguien tan patética como yo? ¿Sentirá que sus alas son menos poderosas porque yo he perdido mi norte?
Ayer escribí diez páginas sobre la noche en la tina. Intenté entender por qué lo hice. Fue la adrenalina, fue el cansancio, fue la soledad... pero ninguna excusa es suficiente. Lo hice porque quise, y esa es la verdad más amarga de todas. Quise que él me viera, quise que él me tocara, quise dejar de ser la "perfecta heredera" por un momento. Y el precio de ese momento ha sido mi vida entera. He destruido diecinueve años de reputación por una hora de calor prohibido. Soy una paria en mi propia casa.
Kaelthoryn... desearía arrancarte el corazón. Desearía que nunca hubieras llegado a la academia. Desearía no recordar el tacto de tus manos porque ahora, cada vez que me miro al espejo, solo veo las marcas que dejaste, no en mi piel, sino en mi espíritu. Me siento usada, me siento pequeña, me siento como un juguete que alguien desechó en el barro.
Y mi padre sigue sin hablar. Pasa por delante de mi puerta y ni siquiera se detiene. El hilo se corta. Hoy ha caído otra fibra. Mañana caerá otra. Y llegará el día en que no quede nada más que dos extraños viviendo bajo el mismo techo de piedra, unidos por un apellido que ya no significa nada para ninguno de los dos.
¿Quién soy yo ahora? No soy la guerrera, no soy la hija amada, no soy la amante deseada. Solo soy esta pluma corriendo sobre el papel, este llanto afónico que nadie escucha, esta chica que se entregó al enemigo y descubrió que el fuego no solo calienta, sino que te reduce a una ceniza que el viento de la vergüenza se lleva lejos, muy lejos de casa.
Ojalá pudiera dormir y no despertar hasta que mi apellido fuera olvidado. Ojalá el dragón me llevara a un lugar donde los padres no juzgan y los hombres no traicionan. Pero no hay tal lugar. Solo está este diario, mi cuarto diario, el registro de mi caída hacia la nada. Mañana volveré a escribir, y pasado mañana también, hasta que me quede sin tinta o hasta que el silencio de mi padre termine de matarme.
He perdido mi luz. He perdido mi rumbo. Solo me queda el peso de este diario y el latido cansado de un corazón que ya no sabe para qué sigue latiendo. Soy Zhaeryntha Vaelkríass, y soy la nada absoluta.