Itzcelina Bocanegra dejo todo por el amor de Luca Harrison.
Adrian Stuart ama a su esposa.
una noche unidos por la traición se encuentran.
¿Que pasará entre ellos dos?
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Capitulo 19
La brisa marina quitaba el estrés de Itzcelina mientras el sol pintaba el cielo de colores increíbles. En otro instante, ella se hubiera maravillado, pero ahora le costaba dejar de pensar en sus problemas. Aun así, algo en la mirada de Adrián, en su voz y en cómo la apoyaba, la mantenía en pie.
Se quedaron callados un buen rato, solo escuchando las olas. Luego, poco a poco, empezaron a hablar de lo que habían guardado por tanto tiempo.
—¿Sabes algo? —susurró Itzcelina, viendo el horizonte—. Siento que todo ha sido una farsa, como si fuera la última en enterarse de lo que pasa en mi vida.
Adrián la miró, estudiando cada expresión, cada pequeño temblor en sus labios.
—No es tu culpa —dijo con firmeza—. Tú no engañas ni juegas con los sentimientos de nadie. Ellos decidieron traicionar tu confianza.
Itzcelina lo miró, con los ojos brillantes por las lágrimas que intentaba retener.
—¿Y si confié de más? ¿Y si fui muy crédula? —preguntó con la voz temblorosa.
Adrián la miró fijamente.
—Confiar nunca es malo, Itzcelina. Lo malo es traicionar esa confianza. Y te aseguro, algún día lo pagarán.
Ella respiró hondo, sintiendo que esas palabras le daban un poco de dignidad. Tal vez podía recuperarse de esta situación.
Hablaron por horas, compartiendo recuerdos, temores y pensamientos que nunca antes habían dicho. Adrián la escuchaba con atención, como si cada palabra fuera muy importante.
El tiempo pasó volando, y cuando empezó a oscurecer, Adrián miró su reloj.
—Es tarde —dijo—. No creo que sea buena idea regresar ahora.
—¿Y entonces? —preguntó Itzcelina, confundida.
Adrián sonrió un poco.
—Pasaremos la noche aquí. Tengo un hotel cerca. Podemos descansar ahí y mañana volvemos con calma.
Ella levantó una ceja, sorprendida.
—¿Un hotel tuyo? —preguntó sin creerlo.
—Sí —respondió con naturalidad—. Vamos.
Caminaron hasta el auto de Adrián. Itzcelina iba callada, pensando en lo que acababa de escuchar. Al llegar al hotel, un edificio bonito con luces cálidas, sintió un vuelco en el estómago. Era un hotel lujoso, de esos que solo había visto en revistas.
Al entrar, los empleados saludaron a Adrián con respeto.
—Bienvenido, señor Stuart —dijo el recepcionista con una sonrisa—. La suite presidencial está lista.
—Gracias —respondió Adrián.
Itzcelina lo miró sin entender nada. Subieron en el ascensor hasta el último piso, y al entrar en la suite, se quedó boquiabierta. Era enorme: ventanales con vista al mar iluminado por la luna, una sala con sofás cómodos, una cama gigante y un baño increíble.
Ella miró todo con asombro.
—Esto… —murmuró—. Es demasiado.
Adrián la observaba, viendo su sorpresa y confusión.
—¿Qué piensas? —preguntó al final.
Itzcelina lo miró seria.
—Pienso que no entiendo nada. ¿Cómo puedes pagar esto? ¿Cómo tienes un hotel así?
La pregunta dejó un silencio incómodo. Adrián respiró hondo, como si supiera que no podía seguir mintiendo.
Se acercó a ella, mirándola a los ojos, con seriedad y determinación.
—Tengo que contarte algo, Itzcelina. No puedo ocultártelo más.
Ella tragó saliva, sintiendo que su corazón latía rápido.
—¿Qué cosa?
Adrián hizo una pausa, buscando las palabras correctas.
—No soy quien crees que soy. No soy un taxista. Eso es solo una apariencia.
Itzcelina lo miró sin creerlo.
—¿Cómo que una apariencia? —preguntó en voz baja.
Adrián asintió.
—Sí. La verdad es que vengo de una familia rica. Mi apellido completo es Adrián Stuart De la Serna. Mi familia tiene hoteles y muchas empresas.
Los ojos de ella se abrieron aún más, llevándose una mano al pecho.
—¿Entonces todo este tiempo me mentiste?
El tono de su voz le dolió, pero no se apartó.
—No, esa noche hubo una confusión... Esa noche yo también acababa de descubrir la traición de mi esposa, me estacioné junto a la calle y tú subiste al auto. Solo pediste que condujera, y eso fue lo que hice, y no sé por qué.
—Yo, yo había pedido un taxi por aplicación, pensé que eras tú y todo este tiempo...
—Perdón por no aclararlo antes, pero... Desde esa noche pensé en protegerte, me diste la impresión de que ambos nos necesitábamos, oculté mi origen porque quería que me vieras por quien soy y no por lo que tengo. Quería que me conocieras como un hombre normal, alguien que trabaja, alguien que puede estar contigo sin que el dinero sea un problema. Por eso decidí que siguieras pensando que soy un taxista, vivir de forma sencilla.
—Pero… —Itzcelina negó con la cabeza, retrocediendo—. Eso no es poca cosa, Adrián. Me hiciste creer que eras una persona que luchaba día a día, que apenas tenía para vivir. Y ahora resulta que tienes hoteles, propiedades, un apellido importante…
Estaba muy emocionada, mezclando sorpresa, enojo y confusión.
Adrián se acercó, suave pero firme:
—Lo hice porque necesitaba que confiaras en mí, por quien soy, no por lo que parezco. Y ahora, más que nunca, necesito que sepas que, cuando te hablé de saber la verdad sobre quiénes nos engañaron y de cuidarte, hablaba en serio. Sé cómo hacerlo.
Itzcelina lo miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué me dices todo esto justo ahora?
—Porque ya no hay marcha atrás —respondió él, serio—. Creen que nadie puede tocarlos, que nadie los va a parar. Pero conmigo se equivocan. No soy un tipo común y sé cómo demostrarles que nos subestimaron.
Un silencio pesado cayó sobre ellos, solo roto por el sonido del mar a lo lejos.
Itzcelina, temblando, se desplomó en el sofá.
—Es demasiado para mí… —susurró—. Toda mi vida se está viniendo abajo. Primero la persona que amo me engaña, y ahora tú tampoco eres quien creía…
Adrián se arrodilló y le tomó las manos con cuidado.
—Yo te he cuidado desde el primer día. Yo te escuché cuando nadie más lo hacía. Eso no es falso, Itzcelina. Ese soy yo.
Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.
—No sé si puedo confiar en nadie más… —dijo con la voz rota.
—Sí, puedes —respondió él, seguro—. Confía en mí.
Ella lo miró a los ojos, buscando algo a qué agarrarse, con miedo y necesidad.
—¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó en voz baja.
—Ahora —dijo Adrián, con una calma que escondía algo más—, vamos a planear. Vamos a vigilarlos, a ver dónde fallan y, cuando sea el momento, se van a arrepentir de habernos hecho esto.
Itzcelina se estremeció. Era como si tuviera delante a otro hombre: el mismo que la había tomado de la mano en la playa, pero ahora con algo oculto que la asustaba.
Pero aunque seguía teniendo miedo, también sentía una pequeña esperanza. Quizá, con él a su lado, no todo estaba perdido.
—Está bien —susurró al final—. Confiaré en ti.
Adrián sonrió, con ternura y fuerza. Acercó sus manos a sus labios y las besó. Sus miradas se cruzaron y, con una sonrisa que suavizó su cara por un momento, le dijo algo muy sincero:
—Hay algo en ti… algo que me hace querer protegerte. Y si vamos a hacer esto juntos, si queremos que Laura y Lucas paguen, haré lo que sea.
Itzcelina lo miraba, sorprendida, con el corazón latiendo muy rápido.
—¿Lo que sea? —preguntó casi sin aliento.
—Sí —asintió Adrián, apretando sus manos—. Los tengo vigilados. Tengo a un detective buscando pruebas. Falta poco para que todo salga a la luz. Entonces me voy a divorciar. Laura se quedará sin nada… y Luca… —sonrió con malicia —lo dejaré sin un peso.
Itzcelina abrió los ojos como platos y sintió un escalofrío.
—¿No crees que es demasiado? —preguntó preocupada.
Adrián negó con suavidad, pero sus ojos brillaban con intensidad.
—No. Lo que ellos nos hicieron sí fue demasiado. Lo mío no... es venganza. Y no es solo por mí. Lucas tenía a una mujer increíble, que lo amaba con todo su corazón. Y aun así te hizo sufrir. Eso no se lo voy a perdonar.
Itzcelina sintió que iba a llorar, no de tristeza, sino por todo lo que sentía: miedo, alivio, esperanza y algo extraño al ver cómo Adrián la defendía.
Itzcelina bajó la mirada y sus dedos temblaban entre los de Adrián. Respiró hondo y dijo, suave pero firme:
—No, Adrián… déjalo así. Yo me voy a divorciar de Luca. No quiero que esto se convierta en algo feo, no quiero que te ensucies con venganza.
Adrián apretó la mandíbula y negó, mirándola a los ojos.
—No, Itzcelina. No entiendes. Nos engañaron, jugaron con nosotros. Un divorcio no basta, después de todo lo que nos hicieron.
Ella trató de insistir, con la voz entre la súplica y la decisión.
—Por favor, Adrián… déjalo en mis manos. No quiero que te haga daño, no quiero que…
No pudo terminar. Adrián, que llevaba días aguantándose, la besó. Sus labios se unieron con rabia, ternura y deseo. Fue un beso profundo, que la dejó sin aire.
Itzcelina abrió los ojos, sorprendida, pero enseguida se rindió. Se dejó llevar y correspondió al beso, sintiendo cómo todo desaparecía. El dolor, el engaño, la duda… todo se detuvo en ese momento.
Cuando Adrián se separó un poco, apoyó su frente en la de ella, respirando rápido.
—No me pidas que no haga nada —murmuró con la voz ronca—. No puedo —volvio a unir sus labios a los de ella, tomandola por la nuca y ella se aferró a su cuello acercándolo a su delgado y perfecto cuerpo.
El silencio volvió a la habitación, pero era diferente. Había miedo, confianza y un futuro incierto.
Esa noche, entre lo que se dijeron y lo que no, entendieron que el camino sería difícil, pero que no podían volver atrás.