A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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14. Viendo a sus hijos
A las cuatro y cuarenta de la tarde, el automóvil se detuvo frente al portón de hierro forjado.
Marisela mantuvo la espalda recta, aquel lugar no era una casa, era una fortaleza que nadie podría cruzar sin invitación o sin tener derecho a estar ahí.
Rodeada de muros imponentes cubiertos de hiedra, cámaras discretas aunque numerosas, guardias vestidos de negro que obviamente tenían armas perfectamente ocultas.
El portón se abrió con lentitud y su corazón comenzó a latir más fuerte, porque sabía que ahí vivían sus hijos.
El vehículo avanzó por un camino bordeado de cipreses perfectamente alineados. A lo lejos, la villa se levantaba imponente, de piedra clara y ventanales altos, lucía antigua, pero muy elegante y sobre todo, imponente.
Giorgio rompió el silencio, al verla mirar todo tan atentamente, el asistente personal de Fabricio no tenía idea de que aquella mujer memorizaba cada espacio, cada esquina, cada movimiento de seguridad.
- “El señor Sergio la recibirá en el salón principal. El señor Fabricio llegará en unos minutos”, manifestó Giorgio.
Ella asintió, no preguntó por los niños, no podía aunque se muriera de ganas de saber sobre ellos, ahora para esos niños solo era una socia empresarial de “su tío”, de “su abuelo”, una extraña que visitaba la casa por negocios.
Cuando el auto se detuvo frente a la entrada, Marisela bajó con la misma seguridad que había practicado durante meses frente al espejo. Pisadas firmes en tacones altos y elegantes, con mirada serena y respiración controlada.
Las puertas se abrieron antes de que tocara. El interior era aún más intimidante con pisos de mármol, techos altos, cuadros familiares, una escalera curva que dominaba el vestíbulo.
Entonces lo sintió, a lo lejos se escuchaba una risa infantil suave, pero real, que la hizo sentir que su corazón se encogía, quiso girar la cabeza y buscar de dónde provenía, pero evitó hacerlo aunque doliera.
- “Señorita Lauder”, anunció un hombre de traje oscuro.
Y allí estaba Sergio D’Angelo, sentado en una silla de ruedas impecable. Su cuerpo no se movía con agilidad, pero sus ojos estaban completamente vivos, fríos y analizando a la mujer que tenía enfrente.
- “Bienvenida a mi casa, he oído cosas interesantes sobre usted”, dijo Sergio en italiano perfecto.
Marisela inclinó ligeramente la cabeza.
- “Un honor conocerlo, señor D’Angelo”, respondió ella también en italiano.
Él la recorrió con la mirada sin disimulo. No como un hombre atraído, sino como estratega. Hermosa, elegante, de una familia millonaria, aún con el escándalo que la envolvió años atrás; algunos ingredientes que podía cumplir una mujer que despierte el interés de su hijo Fabricio, que hasta ahora no tenía una relación formal, pero necesitaba saber más sobre ella, para saber si era la correcta.
- “Demasiado joven para manejar cifras como las que propone”, expresó Sergio.
- “La edad no siempre define la capacidad, además aunque luzca joven mis casi veintinueve años me han enseñado mucho y siendo la única heredera de los Lauder, tengo una obligación que cumplir”, respondió ella sin titubear.
Hubo un silencio breve, Sergio sonrió apenas, a él le gustaba que la gente supiera que el legado familiar es algo muy importante.
- “Eso lo aprendí de alguien muy cercano, mi hijo con treinta y cuatro años ya ha creado su propia fortuna, y obviamente tiene el respaldo de ser un D’Angelo”, manifestó Sergio.
En ese instante, pasos pequeños resonaron en el piso de mármol. Marisela ya no pudo evitarlo, giró apenas el rostro.
Liam apareció corriendo por el pasillo lateral, persiguiendo a una niña más pequeña, quien obviamente era Kimmy, tan parecida a ella, antes de que tuviera que cambiar un poco su rostro.
El mundo dejó de existir en un pequeño momento. Su hijo era más alto y más delgado. Su hija tenía el cabello recogido en dos pequeñas trenzas, cuando de bebé nunca le gustó tener nada que le ajuste su cabello. La pequeña se detuvo al ver a su abuelo y luego miró a la desconocida.
Marisela sintió que el aire desaparecía. Kimmy la observó con curiosidad inocente. Sergio notó el microgesto. Apenas una fracción de segundo en la que la máscara casi se quebró.
- “Niños, saluden”, dijo Sergio con voz firme.
- “Buongiorno”, murmuró Liam, educado.
Kimmy la miró unos segundos más. Marisela sonrió con una suavidad que solo una madre puede fingir sin romperse.
- “Buongiorno”, respondió Marisela, con voz estable, aunque por dentro se estaba desmoronando.
- “Vayan con la nana”, ordenó Sergio.
Los niños se alejaron. Kimmy volvió a girar la cabeza antes de desaparecer por el pasillo.
Marisela sintió que si respiraba demasiado fuerte, lloraría, pero no lo hizo, tenía que controlarlo, tenía que no dejarse en evidencia.
- “¿Le gustan los niños, señorita Lauder?”, preguntó Sergio.
- “Me recuerdan la parte inocente del mundo, la parte que vale la pena proteger”, respondió ella.
- “Aún no es madre, ¿verdad?”, cuestionó Sergio.
- “La maternidad es un privilegio que a mí me encantaría poder disfrutar”, respondió Marisela.
Sergio la sostuvo con la mirada, la respuesta por alguna razón le gustó.
En ese momento, la puerta principal volvió a abrirse, Fabricio entró, y la escena quedó congelada por un segundo, su padre evaluando, Marjorie de pie, los ecos de la risa infantil aún flotando en el aire.
Fabricio notó algo extraño, la forma en que su padre la miraba; y la forma en que ella había quedado mirando el pasillo por donde se fueron los niños.
- “Padre”, saludó Fabricio.
- “Llegas tarde, pero justo a tiempo para decirme si esta joven mujer es tan valiosa como parece o si es solo una distracción costosa”, respondió Sergio sin apartar los ojos de Marjorie.
Marisela sostuvo la mirada, no como madre, sino como socia.
- “Depende de cuánto esté dispuesto a ganar, señor D’Angelo; y no estoy jugando, estoy acá para ganar muchísimo, realmente muchísimo “, replicó Marisela.
Y en ese instante, algo cambió en la habitación, no era solo una reunión, era el inicio de algo muy grande a punto de suceder.