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Los Que No Huelen

Los Que No Huelen

Status: Terminada
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Héroes / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

historia de Alfas, omegas y betas

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: La firma del padre

Valenti no pidió el expediente. Esa fue la primera cosa rara. La segunda fue que entró solo.

Lidia lo vio por la cámara de la entrada y se puso de pie antes de que él tocara el timbre. Los betas aprendemos a anticipar. No es servilismo, es estadística: si un alfa de la Pretoriana tiene que esperar, alguien termina fichado. Abrió la puerta y dijo “Capitán” con la voz que usaba para los formularios. Valenti pasó sin responder. Campera distinta a la del día anterior, más gastada en los codos, como si la usara fuera de servicio. No traía a Elián.

“Rinaldi, Elián. Estado de revisión”, dijo, y dejó un papel sobre el mostrador de Lidia. No era una orden del Consejo. Era un formulario interno de la Pretoriana, sello azul, firma abajo. Lidia lo leyó dos veces.

“Esto dice ‘traslado temporal por evaluación de riesgo’”, dijo.

“Eso dice.”

“Capitán, la asignación a Lazzari está firmada por el Consejero. No podemos—”

“No la estoy anulando. La estoy suspendiendo por setenta y dos horas. Protocolo 4-B. Lo conocés.”

Lidia lo conocía. Yo también. Lo había archivado tres veces en ocho años, siempre después de que un omega terminara en la enfermería del Centro con la muñeca marcada o la boca partida. Protocolo 4-B: si el alfa asignado representa “riesgo inminente para la integridad reproductiva del omega” —así lo escriben—, la Pretoriana puede separar a las partes hasta que un médico del Consejo evalúe. En los papeles suena limpio. En la práctica, nunca lo pedía nadie que no fuera otro alfa. Y nunca se lo daban a un omega que todavía no estuviera casado.

Lidia miró hacia mi escritorio. No porque esperara que yo dijera algo. Porque cuando no sabés qué hacer, mirás al otro beta, aunque él sepa menos que vos.

“Tengo que cargar el movimiento en el sistema”, dijo.

“Cargalo.”

Fui yo quien se levantó. No porque me lo pidieran. Porque si Lidia cargaba el movimiento, iba a quedar en el registro central y en cinco minutos alguien del despacho de Rinaldi padre lo iba a ver. Y porque quería verle la cara a Valenti de cerca sin que pareciera que lo miraba.

“Necesito el número de expediente para vincular la suspensión”, dije. La voz me salió normal. Por dentro me latía en las orejas.

Valenti me miró. No como se mira a un mueble. Como se mira algo que de golpe hace ruido. “R-7719.”

Lo anoté. Fui hasta el armario. Saqué la carpeta rosa. La misma que había devuelto el día anterior. La abrí en mi escritorio y empecé a tipear. El sistema es viejo, tarda. Mientras cargaba, leí sin querer la hoja de la firma. La del padre.

Consejero Martín Rinaldi. La firma larga, con el rulo al final que sale en los afiches. Abajo, en el recuadro de observaciones, la letra chica que no leen en las ceremonias: “Se prioriza consolidación de alianza Pretoriana-Consejo. Omega apto. Dosis ajustar post-vínculo.”

Dosis ajustar post-vínculo. Lo escribieron así. Como si el omega fuera un motor que se calibra después de encenderlo.

Valenti se acercó. No a Lidia. A mi escritorio. Quedó del otro lado de la mesa. Olía a jabón neutro y a cuero viejo. No a alfa —yo no huelo eso— pero sí a calle y a cigarro apagado hace rato. Apoyó un dedo en el borde de la carpeta, sin tocar las hojas.

“¿Cuánto hace que trabajás acá?”, preguntó.

“Ocho años.”

Asintió. “Entonces viste bastantes de estas.”

No era pregunta. No contesté.

“¿Rinaldi estuvo antes?”, dijo.

“Sí. Dos veces. Primer Censo a los dieciséis. Segundo a los dieciocho.”

“¿Y?”

Dudé. Lidia estaba a tres metros, fingiendo que revisaba el sello. Si decía lo que había leído, quedaba registrado que lo había leído. Si no lo decía, era cómplice de lo que ya sabía.

“En el segundo informe dice resistencia a supresores. Y riesgo si se fuerza vínculo.”

Valenti no se movió. Pero la mano que tenía apoyada en la mesa se cerró un poco. No un puño. Un gesto de alguien que se traga algo.

“¿Lo viste ayer?”, preguntó.

“Sí.”

“¿Cómo estaba?”

Busqué la palabra. No “asustado”. No “dócil”. “Cansado”, dije. “Como si llevara mucho tiempo aguantando la respiración.”

Eso sí lo hizo parpadear. Sacó la mano de la mesa. “Cargá la suspensión. Y poné que el omega queda bajo custodia de la Pretoriana, domicilio transitorio Unidad 2.”

Unidad 2. No es un domicilio. Es el edificio de la Pretoriana en el borde del Sector 9, donde guardan los archivos que no quieren en el Centro y donde duermen los alfas de guardia. No es un lugar para omegas. Pero es mejor que la casa de Lazzari.

Cargué. Guardé. Imprimí el comprobante. Se lo di. Él lo dobló y lo metió en el bolsillo interno de la campera.

“Gracias”, dijo.

Nadie le dice gracias a un beta en el Centro. Ni por pasar un papel. Me quedé con la palabra en la oreja como si fuera en otro idioma.

Se fue sin mirar a Lidia. La puerta hizo el ruido de siempre.

Lidia esperó treinta segundos y después vino a mi escritorio. “No debiste hablar tanto.”

“Preguntó.”

“Los alfas preguntan para que te equivoques.”

Asentí. Porque tenía razón. Y porque no tenía nada mejor.

A las cinco me llamó al interno. “Bajá. El médico del Consejo quiere el expediente original.”

Bajé con la carpeta. El médico era un tipo de cincuenta y tantos, guardapolvo limpio, brazalete gris. Beta como yo, pero de los que firman. Miró la carpeta, firmó el retiro, no me miró a mí.

“¿Esto es todo?”, preguntó.

“Sí.”

Mintió él, mentí yo. La copia estaba en una media en mi casa.

Cuando se fue, Lidia suspiró. “Ya está. En tres días lo devuelven casado y nos olvidamos.”

No contesté.

Esa noche no calenté agua. Abrí la computadora y volví a leer el archivo de Elián. Esta vez fui a las notas médicas del primer Censo, el de los dieciséis. Letra distinta. “Sujeto presenta respuesta atípica a cápsula: dilatación pupilar mínima, aumento de presión arterial, sin sumisión postural. Reevaluar en doce meses. No informar a familia hasta confirmación.” Abajo, otra letra, apurada: “Padre informado. Solicita supresión inmediata.”

Tres años de supresores antes de que la ley lo permitiera. Tres años de parches cada veintiún días. Tres años de ir a la escuela y salir en las fotos de Juventud y Tradición sonriendo con la boca y no con los ojos.

Apagué la computadora. Me quedé sentado en la oscuridad del departamento. El brazalete gris me apretaba la muñeca. Me lo saqué. La marca blanca quedó un rato. Después se fue.

Pensé en la frase de Valenti: “Gracias.” Pensé en la de Elián, que no dijo nada pero me miró como si yo fuera una persona y no un fondo.

Pensé en lo que había dicho mi madre: “Nosotros somos el silencio para que se escuche.”

Y por primera vez pensé que a lo mejor el silencio no es lo mismo que estar callado.

A las once y media sonó el celular. Número privado. Atendí porque a esa hora solo llaman los equivocados o los que no quieren que los anoten.

“Soy Valenti”, dijo la voz. “El chico pregunta quién copió el archivo.”

Se me cerró el estómago. No pregunté cómo lo sabía. Los Pretorianos saben. “Yo”, dije.

Hubo un silencio. Después: “¿Por qué?”

No tenía respuesta buena. Dije la única verdadera. “Porque si lo devolvía, lo iban a casar igual y nadie iba a leer la parte donde dice que se puede quebrar.”

Otro silencio. Más largo. Después: “Unidad 2. Mañana a las ocho. Traé la copia.”

Cortó.

Me quedé con el celular en la mano. En la pantalla, el reflejo de mi cara. Beta. Treinta y dos. Brazalete gris sobre la mesa. Pendrive en una media.

No soy el grito ni el canto. Pero mañana a las ocho iba a tener que decidir si seguía siendo fondo.

No dormí. Otra vez.

A las siete menos diez salí del departamento. En vez de ir al Centro, doblé por San Lorenzo hacia el Sector 9. El pendrive iba en el bolsillo interno de la campera, donde antes llevaba las llaves. Pesaba más que las llaves. Pesaba como una decisión.

Y todavía no sabía si era mía o si me la habían puesto en la mano sin preguntar.

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luma
🥰🥰😈
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