Ella es la ley. Él es el pecado. Rose Smith quiere justicia; John Blake quiere poseerla. Un juego macabro de poder, mafia y deseo prohibido donde el odio es el mejor afrodisíaco.
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El Pacto del Deseo
Los días siguientes fueron una guerra de nervios. Rose trabajaba dieciocho horas diarias en la estrategia legal. Decidió seguir el consejo de Marcel: iba a ser la mejor abogada que el mundo hubiera visto. Destrozaría las pruebas del FBI, invalidaría los testimonios y sacaría a John Blake de la cárcel de oro en la que estaba. Pero el precio era su proximidad constante.
John no la forzaba, pero su presencia era una tortura psicológica. Aparecía en su habitación por las noches, simplemente para verla trabajar, sentado en un sillón en las sombras.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Rose una noche, arrojando un bolígrafo sobre la mesa. Su camisa de seda estaba entreabierta por el calor y su cuello estaba expuesto.
—Porque eres la primera criatura en quinientos años que me mira sin miedo y sin devoción —respondió John, su voz vibrando en la habitación—. Solo veo odio y un deseo que te esfuerzas por ocultar detrás de tus leyes.
John se levantó y se acercó a la mesa de trabajo. Sus dedos largos trazaron el contorno de la citación judicial.
—Si gano, Rose, te dejaré ir. Es lo que quieres, ¿no? Que este caso se cierre y nunca volver a ver mi rostro.
—Es lo único que quiero —mintió Rose, sintiendo cómo el sabor metálico volvía a su boca.
—Entonces hagamos un trato oficial —John se inclinó, su pecho rozando el hombro de Rose—. Consigue mi libertad absoluta en tres días. Y la noche en que el veredicto sea "No Culpable", te daré lo que tanto has intentado ignorar. Después, podrás huir. Pero te advierto... una vez que pruebes lo que soy, el mundo humano te parecerá una cárcel de silencio.
Rose lo miró a los ojos. El desafío era claro. Si aceptaba, se entregaba voluntariamente. Si no, seguiría atrapada en este juego de manipulación eterna.
—Trato hecho —dijo Rose, su voz firme pero cargada de una electricidad nueva.
John le tomó la mano y, en lugar de besar sus nudillos, lamió la palma de su mano con una lentitud que hizo que Rose soltara un gemido ahogado. La inmunidad de Rose seguía ahí —él no podía controlar su mente—, pero su cuerpo estaba gritando por una rendición que el juicio final solo iba a acelerar.
Cuando John finalmente la soltó y se retiró hacia las sombras del pasillo, Rose se quedó sola en la biblioteca, rodeada de códigos penales y expedientes que ahora le parecían absurdos. Se llevó la mano a la sien, sintiendo un latido sordo y rítmico. El cansancio la estaba golpeando, pero era un agotamiento extraño, uno que venía acompañado de destellos visuales.
Caminó hacia el espejo de marco dorado que presidía la estancia. Al principio, vio su reflejo habitual: la abogada implacable, aunque con el cabello algo desordenado y las mejillas encendidas. Pero entonces, al parpadear, la imagen cambió. Por una fracción de segundo, la piel de Rose pareció volverse traslúcida, revelando venas que brillaban con un matiz plateado bajo la luz de las velas. Miró sus propios ojos y creyó ver que sus pupilas no reaccionaban a la luz, permaneciendo dilatadas, como las de un depredador nocturno.
—Estoy perdiendo la cabeza —susurró, apartándose del espejo con horror—. Son los días sin dormir. Es el estrés del caso... y es él.
Intentó racionalizarlo. John Blake no podía ser lo que su mente empezaba a sugerir. Los vampiros eran cuentos para asustar a los niños, no empresarios que cotizaban en la bolsa y manejaban sindicatos del crimen. Sin embargo, recordó la temperatura de su piel —siempre gélida— y la forma en que sus heridas sanaban antes de que ella pudiera terminar de procesar el daño. Recordó el olor metálico en su despacho y la fuerza sobrehumana con la que la retenía.
"Es una secta", se dijo a sí misma, buscando una explicación lógica. "Quizás usan drogas, algún tipo de alucinógeno para manipularme". Pero en el fondo de su ser, una intuición antigua y salvaje le decía que la verdad era mucho más aterradora. Rose empezó a dudar de sus propios sentidos: ¿era real el latido que escuchaba a través de las paredes? ¿Eran reales los colmillos que creyó ver bajo la luz de la gala?
El miedo a la locura se entrelazó con el deseo que John había despertado en ella. Si él era un monstruo, ¿en qué se estaba convirtiendo ella al aceptar su pacto? Rose volvió a sentarse frente al escritorio, pero esta vez no miró los documentos. Miró la puerta cerrada, esperando y temiendo el momento en que John regresara para cobrarse su parte del trato. La línea entre la abogada que buscaba la verdad y la mujer que caía en un abismo de mitos se había borrado por completo. Esa noche, Rose Smith no solo aceptó defender a un asesino; aceptó que, tal vez, el mundo que ella conocía era solo una máscara para una realidad sangrienta que estaba a punto de devorarla.