La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 3: La biblioteca
Mayo llegó a El Trébol con olor a hojas mojadas, a mandarinas en la cantina y a fotocopias recién salidas de la máquina de preceptoría. El uniforme ya no picaba tanto —o uno se acostumbraba— y yo me había acostumbrado a cosas peores: a entrar al aula y escuchar “buen día, Cuatro ojos” como si fuera parte del registro. A contar hasta diez antes de levantar la mano. A llevar la cartuchera en el bolsillo de adentro de la mochila para que no me la tiraran al pasar por mi banco “sin querer”.
Thiago no aflojó. Si algo cambió fue que empezó a buscarme más. Antes eran los recreos, cuando estaba con Ramiro y Lautaro y necesitaba público. En mayo empezó a hacerlo también cuando estaba solo. Me pasaba por al lado en el pasillo y me decía “¿todavía con la trenza de Heidi, Ríos?”. Me pedía la tarea de Matemática y cuando se la daba la miraba dos segundos y la tiraba arriba del banco como si no le sirviera. Una vez me “guardó” el banco en el aula de Música y cuando llegué tenía escrito con liquid paper en la madera: 4OJOS. Lo borré con la uña hasta que me sangró un poquito el dedo. Nadie dijo nada. La profe de Música lo vio al día siguiente y me preguntó si sabía quién había sido. Le dije que no.
No le contaba a nadie. En casa mamá estaba con la mudanza de la abuela —la había traído a vivir con nosotros porque ya no podía estar sola— y con Lucas, mi hermano de diez, que se había quebrado el brazo en la plaza jugando a la pelota. Si yo llegaba y decía “me cargan en el colegio” me iban a mirar con esa cara de “ahora no, Emilia” y después mamá iba a ir al colegio y yo iba a pasar de “Cuatro ojos” a “la buchona”. Eso era peor que cualquier cosa que me hiciera Thiago.
Además, Thiago era el hijo de Eduardo Benítez. Eduardo Benítez había donado las pelotas nuevas al equipo y cada vez que había acto se sentaba en primera fila al lado de la directora. No lo iban a retar por decirme Cuatro ojos. Lo iban a retar si le pegaba a alguien. Y él nunca me pegó. Nunca me empujó fuerte. Nunca me dijo una palabra que una preceptora pudiera escribir en un acta sin que sonara a “chicos que se cargan”.
Lo que sí empecé a hacer fue cambiar cosas chiquitas. Me hacía la trenza más tirante a la mañana porque un día Ramiro —el que siempre estaba pegado a Thiago— me dijo “che, con esa trenza parecés Heidi” y Thiago se rio tanto que me quedó grabado como si me lo hubiera tatuado. Dejé de llevar la cartuchera arriba del banco. La metía abajo, entre las piernas. Me sentaba en la segunda fila pero contra la pared, no contra el pasillo, para que cuando Thiago pasara no pudiera rozarme las cosas con el codo “sin querer”. Me aprendí su horario mejor que el mío: entraba siempre dos minutos tarde, se sentaba al fondo, se reía fuerte en las primeras dos horas y después se aburría.
La biblioteca seguía siendo mía. La señora Alicia, la bibliotecaria, ya ni me preguntaba. Me dejaba la mesa del fondo y a veces me guardaba los libros que pedían en Lengua antes de que se los llevaran todos. Ahí comía, hacía la tarea y dibujaba en los márgenes. Siempre dibujaba pavadas: ojos, manos, camperas colgadas de un hombro. Después las borraba.
El martes después del acto del 25 de mayo —banderas, empanadas, todos cantando el himno con frío— tuvimos hora libre porque la profe de Geografía faltó. Ramiro y Lautaro se fueron al kiosco de la esquina a comprar galletitas. Thiago se quedó en el aula. Yo agarré los apuntes y me fui a la biblioteca sin avisarle a nadie. Pensé que iba a estar sola.
A los cinco minutos entró él.
No dijo nada. Se sentó en la mesa de enfrente, sacó el celular y se puso a mirar TikToks sin auriculares. Alicia le dijo “Benítez, eso acá no” desde el escritorio. Él bajó el volumen pero no se fue.
Yo traté de leer el resumen de El matadero que teníamos para el jueves y no entendí nada. Sentía los ojos en la nuca. Cuando levanté la vista él estaba mirando el celular, pero apenas moví la cabeza me miró a mí.
—¿Qué hacés siempre acá encerrada? —preguntó de golpe, sin levantar la vista del todo.
—Estudio.
—¿Estudiar qué? Si ya sabés todo.
—No sé todo.
—Bueno, casi todo. —Se rio bajito—. La traga del curso.
No le contesté. Seguí subrayando con el lápiz. Me temblaba un poco la mano.
Se levantó, caminó hasta mi mesa y se apoyó con las dos manos en la punta, inclinado. Quedó tan cerca que le vi una cicatriz chiquita arriba de la ceja izquierda, finita, blanca. Nunca la había visto.
—¿Por qué no te sacás esos anteojos de vieja?
—Porque no veo.
—¿Y los frenillos cuándo te los sacan?
—Cuando me los tengan que sacar.
Puso cara de aburrido, como si le molestara que no me pusiera a llorar ni que me achicara como otras veces.
—¿Sabés qué? Sos re densa, Ríos.
—Y vos sos un idiota, Benítez.
Se quedó duro un segundo. No esperaba que le contestara. No en voz alta y no sin temblar. Yo tampoco lo esperaba. Me temblaba la mano pero la escondí abajo de la mesa.
En vez de contestar me sacó el lápiz de la mano. No de mala manera, solo lo agarró.
—Te lo devuelvo si me decís por qué te hacés siempre esa trenza de mierda.
—Porque me gusta —mentí.
—Te queda horrible.
—Bueno.
Me devolvió el lápiz y se fue. No tiró nada, no gritó, no llamó a nadie para que viera. Solo se fue, con la campera colgando del hombro.
Esa tarde me quedé pensando en la cicatriz. Y en que por primera vez en dos meses no me había dicho Cuatro ojos.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia