Anna Marín muere a los 32 años con seis puñaladas en el pecho, asesinada por su hermanastra Mariana mientras su esposo Javier observa sin intervenir. Sus últimos pensamientos son de arrepentimiento: por amar demasiado, por callarse demasiado, por convertirse en invisible.
Pero cuando abre los ojos, está de vuelta dos años antes de su muerte.
Con todos los recuerdos intactos.
Anna sabe exactamente lo que viene: cómo Mariana manipulará a sus hijas gemelas para que la odien, cómo Javier la torturará durante meses para robarle la herencia de la abuela, cómo morirá sola en el mismo piso de mármol donde alguna vez creyó que construiría un hogar.
Esta vez no será la esposa sumisa que se arrastra por amor.
Esta vez será la Loba Blanca que todos temían en los tribunales.
Esta vez cada traidor pagará por adelantado.
Pero cambiar el futuro tiene un precio. Y Anna descubrirá que la venganza, aunque dulce, puede costarle lo único que aún le importa: el alma de la mujer que alguna vez fue.
Una histo
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20
Javier se queda parado frente al cuarto de las gemelas durante varios minutos sin atreverse a tocar. Puede escucharlas llorando del otro lado. Sollozos ahogados que intentan esconder. Valentina diciendo algo que no alcanza a entender. Sofía respondiendo con voz rota.
Son las nueve de la noche. Las gemelas deberían estar dormidas. Deberían estar bañadas, con pijamas limpias, con un cuento antes de dormir. Eso es lo que Anna hacía todas las noches durante seis años.
Javier nunca supo eso. Nunca estuvo ahí. Siempre llegaba tarde de la oficina o salía con Mariana. Las rutinas de las niñas eran cosa de Anna.
Y ahora Anna no está.
Y las niñas están llorando del otro lado de una puerta cerrada con seguro.
Javier toca la puerta suavemente.
—Niñas.
El llanto se detiene inmediatamente.
—Niñas, ábranme.
—No —dice Sofía con voz que suena más fuerte de lo que debería en una niña de seis años.
—Por favor.
—Vete.
Javier respira profundo. Apoya la frente contra la puerta. Puede escuchar a Valentina sollozando bajo. Puede imaginarlas abrazadas en la cama. Sofía protegiendo a Valentina como siempre lo hace. Las dos solas. Las dos asustadas.
—Solo quiero hablar.
—No queremos hablar contigo —dice Sofía—. Queremos a mamá.
Eso duele más de lo que Javier esperaba. Duele porque es verdad. Las niñas no lo quieren a él. Quieren a la persona que los cuidó durante seis años mientras él estaba demasiado ocupado ignorándolas.
—Mamá no puede venir ahora.
—¿Por qué no?
—Porque... está ocupada.
—Mentira —dice Sofía con voz que tiembla de rabia—. No viene porque no quiere. Porque le dijimos cosas feas. Porque le pedimos que se fuera. Porque elegimos a Mariana.
—Sofía...
—Es tu culpa —interrumpe Sofía y ahora está gritando—. Tú la corriste. Tú trajiste a Mariana. Tú nos dijiste que mamá no nos quería. Tú mentiste. Tú hiciste que la odiáramos.
Javier cierra los ojos. Porque Sofía tiene seis años, pero habla como si tuviera treinta.
—No es así.
—Sí lo es. Y ahora mamá se fue y no va a volver y nosotras estamos solas con Mariana y su bebé que nos va a quitar todo. Y tú no haces nada. Solo tomas tu whisky y finges que todo está bien.
Valentina empieza a llorar otra vez. Fuerte. Como si algo se hubiera roto dentro de ella. Como si acabara de entender que mamá no va a volver. Que la perdieron para siempre.
Javier intenta abrir la puerta. Está con seguro.
—Ábranme. Por favor.
—No.
—Niñas...
—¡Vete! —grita Sofía—. ¡Vete y trae a mamá de vuelta! ¡Es lo único que queremos!
Javier se queda parado ahí durante varios segundos más. Luego se aleja de la puerta.
Baja las escaleras. Toma las llaves de su auto. Sale de la mansión sin decirle nada a nadie.
Y maneja hacia el apartamento de Anna sin pensar en lo que va a decir cuando llegue.
Anna está en su apartamento a las nueve de la noche cuando tocan la puerta.
No espera a nadie. Leonardo se fue hace dos horas después de traerle documentos que necesitaba revisar. La abuela no sale de noche. Nadie más tiene su dirección.
Abre la puerta.
Javier está parado ahí con un ramo de flores en las manos.
Rosas rojas. Caras. Del tipo que se compran en floristerías elegantes que cobran el triple porque saben que el cliente está desesperado.
Anna mira las flores. Luego mira a Javier.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo.
—No tenemos nada de qué hablar.
Anna intenta cerrar la puerta. Javier la detiene con la mano.
—Por favor.
Anna lo mira durante varios segundos. Luego suspira y abre la puerta completamente.
—Cinco minutos.
Javier entra. Mira alrededor. El apartamento es pequeño. Mucho más pequeño que la mansión. Amueblado con lo básico. Una mesa. Un sofá. Una cocina pequeña. Nada lujoso. Nada ostentoso.
Pero se ve más como hogar que la mansión en diez años.
Javier le extiende las flores. Anna no las toma.
—Déjalas en la mesa.
Javier obedece. Se queda parado en medio de la sala sin saber qué hacer con las manos.
—¿Qué quieres, Javier?
—Anna, cometí errores.
Anna cruza los brazos. No dice nada. Solo espera.
—Muchos errores —continúa Javier—. Lo sé. Lo reconozco. No te traté como debía. No te valoré. No te vi.
—¿Y?
—Y quiero arreglarlo.
Anna se ríe. Es una risa corta, sin humor.
—¿Arreglarlo?
—Sí.
—¿Cómo?
Javier da un paso hacia ella.
—Vuelve a casa, Anna. Somos una familia. Tú, yo, las niñas. Podemos intentarlo otra vez. Podemos hacerlo bien esta vez.
Anna lo mira como si acabara de decir la cosa más ridícula del mundo.
—¿Casa? —repite Anna—. ¿Cuál casa, Javier? ¿La que compartiste con Mariana mientras yo dormía en el cuarto de huéspedes? ¿Esa casa?
—Eso se acabó.
—¿Qué se acabó?
—Mariana. Ya no la veo.
Anna parpadea. Luego se ríe otra vez. Esta vez la risa dura más.
—Claro. Mariana anuncia que está embarazada de ti y ahora ya no la ves. Qué conveniente.
—No es mi hijo.
—¿Perdón?
—Ese bebé no es mío. Mariana mintió.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque yo sé cuándo estuve con ella y cuándo no. Y no coincide con tres meses de embarazo.
Anna camina hacia la cocina. Toma un vaso. Se sirve agua. Toma un sorbo. Deja el vaso en la mesa.
—No me interesa —dice finalmente.
—Anna...
—No me interesa si ese bebé es tuyo o no. No me interesa si sigues con Mariana o no. No me interesa nada de lo que pase en tu vida, Javier. Porque ya no eres parte de la mía.
—Las niñas te necesitan.
Ahí está. La verdadera razón. Anna lo sabía desde que vio las flores.
—Las niñas tienen a su padre. Y tienen a Mariana. Que es a quien ellas eligieron como madre.
—No la quieren. Hoy le dijeron cosas horribles.
—No es mi problema.
—Anna, son tus hijas.
—No —dice Anna con voz que baja hasta convertirse en hielo—. Ya no lo son. Cedí la custodia. Firmé los papeles. Legalmente ya no son mis hijas. Son tus hijas. Tuyas y de Mariana si es que decides casarte con ella.
—No voy a casarme con Mariana.
—Repito: no me interesa.
Javier da otro paso hacia Anna. Ella da un paso atrás.
—¿Qué pasó contigo? —pregunta Javier con algo en la voz que se parece a la confusión—. ¿Cuándo te volviste así?
—¿Así cómo?
—Fría. Dura. Sin corazón.
Anna sonríe. Es una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Me volví así el día que decidí dejar de ser tu tapete. Me volví así el día que entendí que no me debías nada y yo no te debía nada. Me volví así el día que salí de esa mansión y dejé de ser la esposa invisible.
—Nunca fuiste invisible para mí.
—Mentira. Pasaste diez años sin mirarme. Sin hablarme. Sin saber siquiera de qué color tengo los ojos. No me vengas con que no era invisible.
Javier abre la boca. La cierra. Porque Anna tiene razón. No sabe de qué color tiene los ojos. Nunca lo supo.
—Puedo cambiar —dice Javier—. Puedo ser mejor. Puedo darte lo que necesitas.
—No necesito nada de ti.
—Las niñas...
—Las niñas estarán bien. Eventualmente. Cuando aprendan que las decisiones tienen consecuencias. Cuando entiendan que no pueden tratar a las personas como basura y esperar que esas personas se queden.
—Son niñas de seis años, Anna. No entienden eso.
—Entonces enséñales. Tú eres el padre. Tú tienes la custodia.
Javier siente la rabia subir. No contra Anna. Contra sí mismo. Porque esto no está funcionando. Vino aquí pensando que Anna cedería. Que Anna volvería. Que Anna seguiría siendo la mujer que siempre hacía lo que le pedían.
Pero esta Anna es diferente.
Esta Anna no cede.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta Javier con frustración—. ¿Qué me arrodille? ¿Qué te ruegue? ¿Qué?
—Quiero que firmes el divorcio.
—No voy a hacer eso.
—Entonces no tenemos nada más de qué hablar.
Anna camina hacia la puerta. La abre. Mira a Javier.
—Vete.
Javier no se mueve.
—Anna, por favor.
—Vete, Javier. Antes de que llame a seguridad.
—Solo escúchame...
—No —dice Anna con voz firme—. Ya te escuché durante diez años. Ya te di todo lo que tenía. Ya me rompí por ti más veces de las que puedo contar. Y no voy a hacerlo otra vez. Así que vete. Ahora.
Javier la mira durante varios segundos. Busca algo en sus ojos. Algo que le diga que todavía hay esperanza. Que Anna todavía siente algo.
No encuentra nada.
—No te amo —dice Anna con voz que no tiembla—. Ya no te amo, Javier. Y no sé si alguna vez lo hice realmente. Pero lo que sí sé es que ya no quiero intentarlo. Ya no quiero pelear. Ya no quiero estar contigo. Así que, por favor, vete.
Javier se queda helado.
Es la primera vez que Anna dice esas palabras.
"No te amo."
No con rabia. No con dolor. Solo con una calma absoluta que duele más que cualquier grito.
Javier camina hacia la puerta. Se detiene frente a Anna.
—Esto no termina aquí.
—Sí termina —dice Anna—. Firmaste tu sentencia cuando anunciaste ese embarazo con Mariana. Ahora solo falta que firmes los papeles.
—No voy a firmar.
—Entonces nos vemos en los tribunales. Y te advierto: La Loba Blanca no pierde.
Javier sale. Anna cierra la puerta detrás de él. Pone seguro.
Se queda parada ahí durante varios minutos. Luego camina hacia la cocina. Toma las flores que Javier dejó en la mesa. Camina hacia el basurero. Las tira.
Y no llora. Porque las lágrimas que tenía para Javier Rojas se acabaron el día que la vio morir y no hizo nada.
Vamos a ver como se destruyen Javier y Mariana 😅😅