Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Lo que nunca se fue
El regreso a la casa Sotomayor se sintió como volver a una cárcel, ese lugar donde nunca había sido bienvenida.
Luisa cruzó la puerta con su hijo en brazos, sintiendo aún el dolor en su cuerpo por el parto, pero ese dolor era menor comparado con lo que llevaba dentro.
La indiferencia.
La costumbre de ser ignorada.
Subió las escaleras sin decir nada. Nadie la detuvo, nadie le preguntó cómo estaba. Como si traer al mundo al heredero de esa familia fuera solo una transacción exitosa.
Al entrar a su habitación, dejó al bebé con cuidado en la cuna. Se quedó mirándolo un largo momento, en silencio.
—Tú no vas a crecer sintiéndote menos… y yo me voy a encargar de cumplirlo. A ti nadie te va a hacer daño… y mucho menos te va a faltar amor.
El bebé hizo un pequeño sonido, como si respondiera a su madre.
De pronto, se escuchó el ruido de un auto frenando con brusquedad afuera.
Luisa frunció el ceño, queriendo saber quién había llegado.
Instantes después, una voz se escuchó desde la entrada:
—¡Diego! ¡Sal ahora mismo!
Luisa se quedó inmóvil.
Esa voz.
No podía olvidarla.
No después de tantos meses. No después de todo.
Cerró los ojos un segundo… y cuando los abrió, ya sabía que el pasado había regresado.
En la sala, el ambiente era tenso.
Estefany Intriago estaba de pie en medio del lugar, como si nunca se hubiera ido. Como si aún fuera la dueña de todo.
Hermosa. Impecable.
Y con esa misma mirada que tantas veces había hecho que Luisa bajara la cabeza en el instituto.
—No entiendo cómo pudieron hacer algo así… ¿casarlo?, ¿obligarlo?, ¿con ella? —decía, caminando de un lado a otro.
Doña Elena la observaba, incómoda, pero no distante.
Al contrario… había algo en su mirada que era demasiado evidente.
Preferencia.
—Estefany, mi niña… las cosas no son tan simples —intentó decir Elena.
—No, claro que no lo son… porque si fueran simples, Diego no estaría atado a una chica que ni siquiera debería estar en nuestro mundo… en nuestra clase social.
En ese momento, la puerta se abrió.
Diego entró.
Y todo se detuvo.
Se miraron.
Y fue como si los nueve meses no hubieran pasado.
—…Estefany —dijo él.
Ella soltó una pequeña risa, pero no era alegre.
—¿Qué pasa, Diego? ¿Pensaste que iba a desaparecer para siempre?
Él pasó una mano por su cabello, claramente incómodo.
—No es eso… es solo que…
—¿Que te casaste? —lo interrumpió ella—. ¿Que tuviste un hijo? Sí, ya lo sabía… pero pensé que irías tras de mí, que me detendrías, que te quedarías a mi lado como siempre, mi amor. Pero no lo hiciste.
—No fue algo que yo decidiera —dijo él finalmente, con dureza.
Estefany lo miró fijamente.
—Pero lo hiciste… y eso es lo que importa.
Se acercó un poco más, bajando la voz.
—Dime algo, Diego… mírame a los ojos y dime si la amas. Solo eso.
Diego no respondió.
Ni siquiera intentó hacerlo.
Y ese silencio… lo dijo todo.
Estefany cerró los ojos un segundo, conteniéndose.
—Sabía que no…
—No hace falta que lo confirmes —añadió, abriendo los ojos nuevamente—. Yo te conozco… más de lo que ella podría hacerlo en toda su vida.
Fue en ese momento cuando Luisa apareció en las escaleras.
Estefany levantó la mirada… y al verla, algo cambió en su expresión.
Una sonrisa lenta, cargada de veneno, apareció en sus labios.
—Mira nada más… la inteligentonta.
El golpe fue directo.
Como en el pasado.
Como siempre.
Diego frunció el ceño.
—¿Ustedes se conocen?
Estefany soltó una risa suave.
—¿Conocerla? Claro que la conozco… siempre estaba ahí, pegada a los casilleros, con sus libros, intentando no estorbar. ¿No te acuerdas, Luisa? ¿O ya olvidaste cómo te escondías para que nadie te viera?
Luisa bajó el último escalón.
No con miedo.
No esta vez.
—No lo olvidé… tampoco olvidé quién eras tú.
El ambiente cambió.
Ya no era un recuerdo unilateral.
—Ah, qué bien… entonces también recordarás que nunca encajaste.
—Y tú recordarás que necesitabas hacer sentir menos a otros para destacar —respondió Luisa.
Diego las miraba en silencio.
Algo no encajaba.
Esa no era la misma Luisa de antes.
Estefany se acercó un poco más.
—Dime algo… ¿de verdad creíste que acostarte con él iba a hacer que te eligiera?
El golpe fue cruel.
Pero Luisa no se rompió.
—No… pero tú sí creíste que ignorarlo lo haría quedarse para siempre.
Diego apretó la mandíbula.
—Ya basta, esto no es necesario.
Pero nadie lo escuchó.
El llanto del bebé rompió el momento.
Ese sonido cambió el ambiente.
Estefany miró hacia arriba.
—¿Ese es el hijo?
—Sí —respondió Luisa.
—Vaya… así que al final sí lograste parir a ese bastardo.
Luisa la miró fijamente.
—Mira, estúpida… a mi hijo no le vas a llamar bastardo.
La cachetada sonó fuerte en la sala.
Diego levantó la mirada de inmediato.
Pero Estefany no se quedó atrás.
Le devolvió la cachetada con más fuerza.
—A mí no me alzas la mano, naca.
El aire se volvió irrespirable.
—No importa cómo llegaste… lo que importa es que estás ocupando un lugar que no te corresponde —dijo Estefany, girándose hacia Diego—. ¿Verdad, mi amor?
Diego no respondió.
Pero tampoco lo negó.
—Esto no tiene por qué seguir así… tú y yo sabemos que esto fue un error, un accidente. Y los accidentes… se corrigen.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Diego.
Estefany lo miró directo.
—Divórciate… y quítale al niño. Yo lo voy a criar como su madre.
La frase cayó como una sentencia.
—No es tan fácil… —murmuró Diego.
—Claro que lo es. Nunca quisiste esto, nunca la quisiste a ella. No tienes por qué seguir atado a una vida que no elegiste.
Luego añadió, sin apartar la mirada:
—Yo sí te elegí.
Ese fue el golpe más fuerte.
Luisa sintió algo dentro de ella moverse.
Por fin veía todo claro.
Sin ilusiones.
Sin fantasías.
—Entonces llévatelo… pero sin mi hijo. Si te atreves a quitármelo, les arranco los ojos a quien intente hacerlo.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué? —preguntó Diego.
—Si tanto lo quieres… si él tanto te quiere… entonces llévatelo a él.
Estefany entrecerró los ojos.
—No estoy hablando contigo.
—Pero yo sí —respondió Luisa, firme—. Porque estás hablando de mi vida como si no importara. Y ya no voy a quedarme callada. Me cansé de ser esa sumisa que se callaba y aceptaba todo… ya basta.
Nadie dijo nada por unos segundos.
Finalmente, Estefany soltó una risa baja.
—Vaya… parece que la inteligentonta ya no es tan tonta.
Luisa no respondió.
No hacía falta.
—Esto se va a arreglar… de una forma u otra —dijo Estefany, mirando a Diego.
Y antes de irse, añadió:
—No pienso perder lo que es mío.
La puerta se cerró.
El silencio que quedó fue pesado.
Diego se pasó las manos por el rostro.
—Esto se va a complicar…
Luisa lo miró.
—No.
Él levantó la vista.
—Esto ya estaba complicado… solo que ahora ya no voy a fingir que no lo veo.
Y sin decir nada más…
Se dio la vuelta.
Subió las escaleras.
Y fue hacia su hijo.
Porque ahora tenía claro por quién iba a luchar.