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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:649
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

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III. Il pranzo degli avvoltoi

Alessandra:

El aire en el reservado del Ristorante Da Veraldi estaba tan cargado de testosterona y humo de puro que era un milagro que los detectores de incendios no se hubieran vuelto locos. Me ajusté los lentes, sintiendo el peso familiar de mi Beretta 92 compacta oculta bajo la chaqueta de mi traje gris marengo.

Frente a mí, sentados como si fueran los dueños del mundo, estaban los jefes de las tres familias que, junto a los Veraldi, controlaban el flujo de veneno y acero en el norte de Italia: los Moretti, los Ferraro y los Bianchi. Todos hombres que pasaban de los cincuenta, con manos gruesas llenas de anillos de oro y mentes estancadas en el siglo pasado.

—Allora, Alessandra —soltó Sergio Moretti, recostándose en su silla y dejando que el humo de su habano flotara hacia mi cara—. ¿Tu padre sigue indispuesto o es que finalmente ha decidido que las cuentas las lleve la secretaria?

Los otros dos soltaron una carcajada ronca. Yo no moví ni un músculo de la cara.

—Mio padre è molto impegnato a gestire ciò que voi non capite (Mi padre está muy ocupado gestionando lo que ustedes no entienden) —respondí en un tono gélido y neutro—. Y yo no soy la secretaria, Sergio. Soy la que decide si tu próximo cargamento de cocaína llega a puerto o termina en el fondo del Tirreno.

El silencio cayó sobre la mesa como una losa de concreto. Ferraro, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, golpeó la mesa con el puño.

—¡No me vengas con amenazas, niña! —rugió Ferraro—. Tenemos tres mil kilos de pasta base esperando en las costas de Colombia. El transporte por aire es demasiado arriesgado ahora que la Interpol vigila los radares de carga. Necesitamos las rutas marítimas de los Veraldi.

—Las rutas marítimas están saturadas —dije, abriendo mi tableta y mostrándoles un mapa logístico codificado—. Si quieren mover esa cantidad, tendremos que dividirla. Mil kilos por tierra, camuflados en los camiones de mi constructora que cruzan la frontera hacia Austria. Otros mil por mar, en los buques de carga de grano. Y el resto... bueno, el resto irá por aire, pero en avionetas privadas de bajo vuelo que aterrizarán en nuestras pistas clandestinas de los Alpes.

—¿Y el lavado? —preguntó Bianchi, el más joven de los tres, pero igual de despreciable—. El fisco está rastreando las cuentas de mis casinos. Necesito limpiar cuarenta millones para final de mes.

—Sempre la stessa storia (Siempre la misma historia) —mascullé con pereza, frotándome el puente de la nariz—. Usaremos la constructora. Inflaremos los costos de los materiales en la nueva autopista del norte. Facturas falsas, empresas fantasma en Panamá y depósitos fraccionados. El dinero entrará sucio y saldrá más blanco que la nieve de los Alpes. Pero mi comisión sube al quince por ciento.

—¿El quince? —Moretti se levantó, inclinándose sobre la mesa—. ¡Eso es un robo! Tu padre cobraba el diez. No voy a dejar que una mujer me quite el cinco por ciento adicional solo porque usa trajes bonitos.

Me levanté lentamente, apoyando las palmas de las manos sobre el mantel blanco. Mi mirada se clavó en la suya, sosteniéndola hasta que vi un destello de duda en sus ojos.

—Ascoltami bene, vecchio idiota (Escúchame bien, viejo idiota) —susurré, mi voz resonando con una autoridad que los hizo enderezarse—. Mi padre cobraba el diez porque el mundo era más simple. Ahora, los radares son mejores, los bancos están más controlados y sus cabezas valen más para la policía. Si quieren seguridad, pagan el precio Veraldi. Si no, pueden intentar cruzar la frontera ustedes mismos y ver cuánto tardan en terminar en una celda... o en una zanja.

Moretti apretó la mandíbula, pero terminó sentándose. La realidad de mi poder logístico pesaba más que sus prejuicios.

—¿Y las armas? —preguntó Ferraro, tratando de recuperar algo de dignidad—. El cargamento de fusiles de asalto para los rusos. ¿Cómo va eso?

—Via terra (Por tierra) —respondí, cerrando la tableta—. Los rifles están ocultos en el doble fondo de los camiones de transporte de ganado. El olor de los animales despista a los perros y los guardias de frontera no revisan debajo de la mierda de vaca. Llegarán a Milán mañana a medianoche.

Me serví un poco de vino, observando cómo esos "machos" se miraban entre ellos, aceptando a regañadientes mis términos. Eran predecibles, ruidosos y obsoletos.

—Bene, signori. Abbiamo finito (Bien, señores. Hemos terminado) —dije, poniéndome de pie y ajustándome la chaqueta—. Quiero los pagos en las cuentas puente antes del viernes. Si falta un solo euro, el cargamento de Colombia se "perderá" en una tormenta inesperada.

Salí del reservado sin mirar atrás, sintiendo sus ojos llenos de odio y respeto forzado clavados en mi espalda. Subí a mi auto y solté un suspiro largo. La reunión había sido un éxito, pero la frustración me carcomía. Estaba rodeada de hombres que creían que los gritos y las armas lo eran todo, mientras yo tenía que mantener todo el sistema funcionando con pura estrategia.

Encendí el motor y miré el reloj. Se cumplían las dos horas.

—Spero per loro que quella cucina sia pulita (Espero por su bien que esa cocina esté limpia) —mascullé, arrancando con fuerza hacia la mansión. Tenía ganas de gritarle a alguien, y mis hermanos eran los candidatos perfectos.

El GPS marcaba el camino de regreso a la mansión, pero mis manos, actuando por cuenta propia, giraron el volante hacia el distrito universitario. Mi cabeza era una olla a presión. El humo de los puros de Moretti parecía habérseme quedado pegado a la piel y las voces de esos idiotas machistas seguían martilleando en mis sienes.

Estacioné el coche de forma descuidada, sin que me importara si alguien se fijaba en el modelo de lujo en una zona de estudiantes. Necesitaba aire. Necesitaba un momento donde no fuera la "General", ni la hija de Alessio, ni la niñera de dos gemelos disfuncionales. Caminé por el parque cercano a la facultad, esquivando a jóvenes que cargaban libros y hablaban de exámenes, de fiestas, de un futuro que parecía tan malditamente lineal y sencillo.

—*Che cazzo sto facendo della mia vita?* (¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida?) —mascullé para mis adentros, hundiéndome las manos en los bolsillos del pantalón de sastre.

Toda mi existencia se resumía en lavar dinero, mover armas y evitar que mi familia se autodestruyera. No había espacio para la duda, solo para el cálculo.

Me detuve frente a un banco de madera, bajo la sombra de un roble antiguo, y entonces la vi.

Era una chica, probablemente de mi edad o un poco menor. Llevaba una sudadera holgada y tenía el cabello recogido en un moño desordenado del que escapaban varios mechones. No estaba estudiando, ni mirando el móvil, ni esperando a nadie. Estaba absorta, con una concentración casi quirúrgica, manipulando hilos encerados, pequeñas piedras y cuentas de metal sobre sus piernas. Estaba haciendo... pulseras. O algo de esa bijouterie barata que venden en las ferias.

Me quedé ahí, de pie, a unos metros de distancia. Para alguien como yo, acostumbrada a ver manos sosteniendo fusiles, contando fajos de billetes o firmando sentencias de muerte encubiertas en contratos legales, ver a alguien dedicarle tanta atención a algo tan... trivial, era hipnótico. Sus dedos se movían con una agilidad rítmica, cruzando los hilos con una paciencia que yo no poseía.

Era una "persona normal". De esas que se preocupan por si el nudo queda derecho o si el color de la piedra combina con el hilo. Una vida sin sangre, sin secretos, sin el peso de un apellido que infunde terror en todo Milán.

—Che strano... (Qué extraño...) —susurré.

Su rostro estaba relajado, pero sus ojos estaban fijos en el trenzado, como si el resto del mundo no existiera. Esa paz me molestaba y me atraía al mismo tiempo. Sentí un impulso ridículo de acercarme, de preguntarle cómo podía estar tan tranquila haciendo algo que no servía para nada importante. Pero otra parte de mí, la que siempre estaba alerta, me gritaba que me marchara. Yo no pertenecía a este parque, ni a esta luz de tarde, ni a la vida de personas como ella.

Me ajusté los lentes, dudando por primera vez en años. Si me acercaba, rompería su burbuja. Si me iba, volvería a la oscuridad de mi mundo sin haber entendido qué era lo que la hacía verse tan jodidamente libre.

Me quedé allí un segundo más, debatiéndome entre mi naturaleza precavida y esa curiosidad extraña que me quemaba el pecho. Finalmente, solté un suspiro pesado y me ajusté la chaqueta del traje, recuperando mi máscara de frialdad.

—*Che si fottano tutti!* (¡Que se jodan todos!) —sentencié internamente.

Si quería sentarme en un maldito banco de parque, lo haría. No le debía explicaciones a nadie, ni a mi padre, ni a mis hermanos, ni a los fantasmas de la mafia que me seguían a todas partes.

Caminé con paso firme, mis botas de cuero resonando contra el pavimento hasta llegar al banco que estaba justo frente a la chica. Me senté con la espalda recta, cruzando una pierna con la elegancia rígida que me caracterizaba. Ella ni siquiera levantó la vista al principio; estaba demasiado perdida en el cruce de hilos azules y cuentas de plata.

Desde esta distancia, pude notar que sus manos tenían pequeñas manchas de pintura o pegamento, marcas de un trabajo manual que no tenía nada que ver con la pólvora. El silencio entre las dos era denso, roto solo por el murmullo lejano del tráfico y el roce del hilo contra sus dedos. Yo la observaba con una intensidad que habría intimidado a cualquier traficante del puerto, pero ella parecía estar en otro planeta.

—¿Te gusta lo que ves o solo estás contando cuántas piedras me quedan? —preguntó de repente, sin dejar de trenzar, con una voz tranquila que me tomó por sorpresa.

Me quedé muda un instante, ajustándome los lentes. No estaba acostumbrada a que la gente me hablara sin un "señorita Veraldi" de por medio o con ese tono de despreocupación absoluta.

—Es... inusual —respondí finalmente, forzando mi voz a un tono neutro, aunque el italiano seguía marcando mi acento—. Tanta concentración para algo tan pequeño.

La chica finalmente levantó la vista. Tenía unos ojos claros que contrastaban con su desordenado cabello castaño. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi traje de sastre y mis gafas de diseñador, pero no vi miedo en ella. Solo una curiosidad genuina, como si yo fuera una especie de alienígena que acababa de aterrizar en su banco.

—A veces lo pequeño es lo único que podemos controlar, ¿no crees? —dijo con una media sonrisa, volviendo a su tarea.

Esa frase me golpeó más fuerte que cualquier amenaza de Moretti. Me quedé allí, sentada en mi mundo de trajes caros y secretos de sangre, mirando cómo una desconocida me daba una lección de vida sin siquiera saber mi nombre.

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