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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Sin contrato

El ascensor no habló. Ni pitó. Solo subió.

Damián tenía la camisa rota en el costado, manchada de negro ya seco. Los cuernos se habían retraído hacía rato, pero los ojos seguían sin lentes, negros completos con el rojo apagado a brasas. Lía tenía ceniza en el ruedo del vestido y la polaroid de Elena en el puño cerrado.

No se tocaron en el ascensor. Tres metros ya no importaban: el sello estaba quieto, como si también estuviera cansado.

Piso 66.

Cuando las puertas se abrieron, Lilith estaba apoyada en la pared del hall, traje blanco impecable, comiendo una manzana a mordiscos.

—Vivos —dijo—. Qué decepción. Ya tenía el discurso para el velorio.

—¿Novedades? —preguntó Damián.

—La ciudad sigue en pie. El cascarón que usó Malphas se deshizo en Puerto Madero y dejó a cinco humanos con amnesia y a un mozo creyendo que vio a Dios. Lo de siempre. —Miró a Lía—. ¿Y vos?

Lía mostró la foto sin decir nada.

Lilith la miró dos segundos y la devolvió.

—Elena tenía buen gusto para hombres y pésimo para contratos. —Mordió la manzana—. Dormitorio de él está blindado. El tuyo no. Ya sabés dónde dormir.

Se fue por el pasillo sin esperar respuesta.

Damián entró primero a su cuarto. No encendió la luz. No hacía falta: las marcas en la pared —sigilos grabados en la piedra— brillaban apenas cuando él pasaba cerca. Reconocimiento.

Lía se quedó en el umbral.

—¿Dormís acá siempre?

—Cuando no quiero soñar. —Se quitó la camisa rota y la tiró al piso. La espalda estaba llena de cicatrices finas, blancas, que formaban símbolos. No heridas. Escritura—. Acá no entran.

Lía entró y cerró la puerta.

No había ventanas. Solo esa luz amarilla que salía del techo sin lámpara. La cama enorme, las sábanas negras, la máscara de porcelana sobre la mesita mirando a la pared.

—¿Te duele? —preguntó ella, señalando el costado donde Malphas lo había marcado. Ya estaba cerrado, solo quedaba la piel más oscura, como moretón viejo.

—Ahora no. —Se sentó en el borde de la cama, apoyó los codos en las rodillas—. ¿Vos?

Lía negó. El anillo estaba tibio, quieto.

—Estoy… rara. No es miedo.

Damián la miró de costado.

—¿Entonces qué?

—No sé. —Se sentó al otro lado de la cama. Lejos. No por él. Por ella—. Hoy me diste la mano y no fue para salvarme. Y yo te besé y no fue para curarte.

Silencio.

Damián se recostó primero, boca arriba, un brazo sobre los ojos.

—Si te digo que te quedes, ¿te quedás?

—Depende.

—¿De qué?

—De si me lo pedís vos o el contrato.

Bajó el brazo. La miró.

—Yo.

Lía se acostó también. De lado, mirándolo. El vestido rojo se arrugó. No le importó.

Quedaron así un rato. Sin tocarse. Respirando al mismo ritmo sin querer.

—Cuando vi el recuerdo —dijo Lía al fin—, no vi a mi mamá firmando por mí. La vi firmando por amor a alguien que no tenía cara. Y después asustada. ¿Eso es verdad?

—Sí. —Damián no desvió la mirada—. Mi padre no la obligó la primera vez. La convenció. La segunda sí la obligó. Por eso ella fue a pedirle al mío que la dejara deshacerlo. Mi padre dijo que sí si entregaba la hija marcada. Ella aceptó. Y después se arrepintió. Por eso el auto.

Lía sintió el nudo en la garganta, pero no lloró.

—¿Vos la viste morir?

—Sí.

—¿Y por qué guardaste el anillo?

—Porque pensé que si algún día encontraba a alguien que lo usara sin que yo se lo pusiera, tal vez no era solo un ancla. Tal vez era… —No terminó.

Lía estiró la mano. Despacio. La apoyó sobre el pecho de él, donde latía fuerte y desordenado.

—Lo usé. —Acomodó los dedos—. Y no me lo pusiste vos. Me lo puse yo.

Damián le cubrió la mano con la suya. Grande, fría, con cicatrices en los nudillos.

El sello no se encendió. No hacía falta.

Se acercó primero él, pero no para besarla. Para apoyar la frente contra la de ella, como en la cena. Cerró los ojos.

—Si esto es error, es mío —murmuró.

Lía giró la cara apenas y lo besó ella. Sin apuro. Sin contrato empujando. Solo labios, respiración, el sabor metálico que tenía él siempre y el calor que subía donde se tocaban.

Damián le respondió con cuidado al principio. Como si tuviera miedo de romper algo. Cuando Lía le pasó los dedos por la nuca y tiró apenas del pelo, dejó salir un sonido bajo que no era gruñido ni palabra.

Se acomodó de costado, frente a ella, y la mano que no tenía sobre la suya le recorrió la espalda desnuda donde el vestido terminaba. No bajó más. Se quedó ahí, el pulgar haciendo círculos lentos.

Lía sintió el anillo calentarse, pero no quemar. Era como si dijera sí.

—Damián —susurró contra su boca.

—¿Qué?

—Nada. Quería decir tu nombre sin que sonara a título.

Él sonrió contra sus labios. Torcido. Real.

—Decilo otra vez.

—Damián.

La besó más hondo. No desesperado. Con hambre contenida de siglos. Lía le devolvió el beso y sintió que el pecho se le llenaba de algo que no era rabia ni miedo. Era… suyo.

No se sacaron la ropa. No hizo falta. El vestido se subió un poco cuando él la acercó más, la camisa de él desapareció en algún momento. Piel contra piel. Frío y calor mezclados. Las cicatrices de la espalda de Damián bajo los dedos de Lía. La mano de él sosteniéndole la cintura como si fuera lo único real del cuarto.

No hicieron el amor. Se quedaron ahí, en ese borde, besándose hasta que la respiración se volvió la misma y el sello en el anillo y en la muñeca de él latió una sola vez y se apagó, satisfecho.

Se durmieron así. Enredados sin querer soltarse.

6:17 am.

Lía se despertó primero. La luz amarilla era más suave.

Damián seguía dormido de costado, una mano sobre la cadera de ella por encima de la sábana, la otra bajo la almohada. Sin cuernos. Sin sombra. Solo un tipo con ojeras y la mandíbula marcada.

Lía se movió para levantarse y vio algo que no estaba anoche.

En la espalda de Damián, entre los omóplatos, justo donde sus dedos habían estado horas, brillaba muy tenue el mismo símbolo del anillo: tres líneas cruzadas en un círculo. No tatuaje. Marca. Nueva. Roja todavía, como si acabara de formarse.

Lía contuvo el aliento y la tocó con la punta de los dedos.

Damián se despertó al instante, giró y la agarró de la muñeca. No fuerte. Reflejo.

—¿Qué pasa?

—Tu espalda.

Él se sentó y se miró en el espejo de la pared. Lo vio.

Se quedó quieto un segundo. Después se pasó la mano por la cara.

—Mierda.

—¿Qué significa?

—Que el contrato no es de uno solo ahora. —La miró—. Que si te morís vos, me muero yo. Y si me mato yo… te llevo.

Lía no supo si sentir miedo o alivio. Sintió las dos cosas.

—Entonces no nos matamos —dijo.

Damián soltó una risa corta, sin humor.

—Buen plan.

Se levantó, fue al baño y volvió con una toalla en la cintura. La marca seguía brillando apenas.

—Hoy no salís —dijo.

—Hoy me toca elegir a mí también —contestó Lía, y se puso de pie, el vestido arrugado—. Y elijo que vayamos juntos a donde sea que Malphas quiera que vaya sola.

Damián la miró largo. Después asintió.

—Juntos.

El anillo y la marca latieron al mismo tiempo. Una vez. Aceptando.

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