Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 8: La sorpresa que no esperaba
Santiago
Llegué a Bucaramanga a las nueve de la mañana.
Después de varias horas de viaje, lo primero que hice fue instalarme en el hotel. Me di una ducha rápida, me arreglé y me puse una camiseta blanca que me gustaba especialmente.

Tenía una cita a las diez de la mañana en el spa donde trabajaba Darly.
Y aunque oficialmente había viajado por asuntos de trabajo, la verdad era otra.
Había ido a verla.
Desde que la conocí no había logrado sacarla de mi cabeza.
Por más que intentaba convencerme de que solo era una curiosidad pasajera, cada día pensaba más en ella.
El hotel quedaba a pocas cuadras del spa.
Así que decidí caminar.
Cuando llegué, una de las asistentes me recibió con amabilidad.
—Buenos días, señor Pérez.
Asentí.
—Buenos días.
Me acompañó hasta una sala privada.
—En unos minutos vendrán a realizarle el masaje. Puede ponerse cómodo.
Cuando la puerta se cerró, respiré profundamente.
Estaba nervioso.
Y eso era algo que pocas veces me ocurría.
Darly
La mañana había estado bastante ocupada.
Terminé uno de mis procedimientos y revisé la agenda.
El siguiente paciente estaba programado para masaje corporal.
Tomé la carpeta y me dirigí hacia la sala.
Llevaba mi uniforme rosado, el gorro de tela y mi identificación.

Abrí la puerta.
—Buenos días, señor Pérez. Mi nombre es Darly y seré la cosmetóloga encargada de...
Las palabras murieron en mi garganta.
Porque al levantar la mirada encontré unos ojos que conocía perfectamente.
—¿Santiago?
Él sonrió.
Esa sonrisa peligrosa que parecía capaz de desarmarme por completo.
—Hola, hermosa.
Lo miré sorprendida.
Luego revisé nuevamente la carpeta.
El nombre no era el suyo.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
Sentí cómo mi corazón se aceleraba.
—¿A verme?
—Bueno... técnicamente vine por el masaje.
Me guiñó un ojo.
—Pero también vine a verte.
No pude evitar sonreír.
—Me sorprendiste.
—¿No te gustó la sorpresa?
—Claro que sí.
Y era verdad.
Aunque jamás lo admitiría tan fácilmente.
Santiago
Darly estaba hermosa.
El uniforme resaltaba su figura elegante.
Y aunque llevaba el cabello recogido bajo el gorro, seguía siendo la mujer más bonita que había visto en mucho tiempo.
—Bueno —dijo intentando recuperar la compostura profesional—. Vamos a comenzar.
Me acomodé en la camilla mientras ella iniciaba su trabajo.
Al principio ambos permanecimos en silencio.
Pero no era un silencio incómodo.
Era esa clase de silencio que aparece cuando dos personas están demasiado conscientes de la presencia del otro.
—Tienes un lugar muy bonito aquí —comenté.
—Gracias.
—Y unas manos increíbles.
Ella soltó una pequeña risa.
—Estoy trabajando, Santiago.
—Lo sé.
—Entonces compórtate.
—Lo intento.
Su sonrisa apareció de nuevo.
Y verla sonreír hizo que el viaje hubiera valido completamente la pena.
Darly
Intenté concentrarme en mi trabajo.
Pero era difícil.
Demasiado difícil.
Santiago estaba allí.
A pocos centímetros.
Y cada vez que hablaba parecía decidido a poner nerviosa mi tranquilidad.
Cuando terminé el masaje respiré aliviada.
—Listo.
—¿Ya?
—Sí.
—Se pasó muy rápido.
Negué con la cabeza.
—Ahora debemos continuar con la limpieza facial.
Me dirigí hacia la puerta.
Pero antes de salir escuché su voz.
—Darly.
Me giré.
—¿Sí?
Lo encontré observándome fijamente.
—Me alegra haberte encontrado otra vez.
Por un instante olvidé qué debía responder.
Porque había sinceridad en sus palabras.
Y eso era precisamente lo peligroso.
Santiago
La limpieza facial continuó en otra sala.
Darly volvió a colocarse en modo profesional.
Pero yo podía notar que también estaba nerviosa.
Y saber que yo provocaba eso me gustaba más de lo que debería.
Mientras trabajaba, observé la concentración en su rostro.
La delicadeza de sus movimientos.
La manera en que cuidaba cada detalle.
Era apasionada con lo que hacía.
Y eso me encantaba.
—¿Qué tanto me miras? —preguntó de repente.
Sonreí.
—No es mi culpa.
—¿Qué cosa?
—Que seas tan bonita.
Ella negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y tú hermosa.
Esta vez sí logró sonrojarse.
Y aquella pequeña victoria me hizo sentir absurdamente feliz.
Darly
Intenté ignorar sus comentarios.
Pero era inútil.
Cada palabra lograba tocar alguna fibra sensible dentro de mí.
Cuando terminé el tratamiento guardé los implementos y organicé todo.
—Bueno, ya terminamos.
—¿Eso significa que ya no puedo verte?
Levanté una ceja.
—¿Así de dramático eres siempre?
—Solo cuando se trata de ti.
Mi corazón volvió a acelerarse.
Definitivamente aquel hombre era un problema.
Un problema muy atractivo.
—Santiago...
—¿Qué?
—No empieces.
—¿Empezar qué?
—A confundirme.
Por primera vez dejó de sonreír.
Y cuando habló, lo hizo con una sinceridad que me sorprendió.
—No quiero confundirte.
Quiero conocerte.
Sus palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Y durante varios segundos ninguno dijo nada.
Santiago
Sabía que estaba caminando sobre terreno peligroso.
Pero ya no quería seguir fingiendo.
Necesitaba verla.
Hablar con ella.
Compartir tiempo con ella.
Y eso era exactamente lo que pensaba hacer.
—Tengo una propuesta.
—¿Cuál?
—cenemos juntos.
—Santiago...
—Solo cenar.
Ella me observó durante unos segundos.
Como si estuviera debatiéndose entre aceptar o rechazar la invitación.
Finalmente suspiró.
—Está bien.
Sonreí inmediatamente.
—Perfecto.
—Pero después no te quejes si te hago esperar.
—Esperaría toda la tarde si fuera necesario.
Ella soltó una carcajada.
Y escucharla reír se convirtió en mi sonido favorito del día.
—Salgo a las cuatro.
—Entonces paso por ti a las seis y media.
—Está bien.
—¿Prometido?
—Prometido.
Darly
Cuando finalmente salió del spa me apoyé unos segundos contra la pared.
Necesitaba recuperar la calma.
Porque aquel hombre aparecía de la nada y revolucionaba por completo mi mundo.
Sabía que debía mantener distancia.
Sabía que estaba comprometido.
Sabía que aquello podía terminar mal.
Y aun así...
Cuando pensaba en verlo nuevamente esa noche, no podía evitar sonreír.
Miré el reloj.
Todavía quedaban varias horas de trabajo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, la tarde parecía pasar demasiado despacio.
Y mientras atendía a mis siguientes pacientes, una pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.
¿Por qué estaba tan feliz de volver a verlo?
Porque la respuesta comenzaba a asustarme.
Y quizás también a ilusionarme.