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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

...aquel suelo nunca llegó a tocar el cuerpo de Vale.

Dos brazos fuertes la envolvieron antes. La muleta cayó con un golpe seco, pero lo que sobresaltó a Vale fue un aroma familiar: el rastro tenue del perfume de alguien que ya conocía.

—¿Estás bien?

Vale alzó la mirada.

—Mateo... —Su voz fue un hilo, casi inaudible.

—¿Por qué siempre tiene que ser así?

La voz de Mateo tembló. Rabia. Contenida demasiado tiempo.

—Estoy bien. Solo...

El rostro de Mateo estaba tenso, la mandíbula apretada, los ojos oscuros de emoción reprimida. Una mano le sostenía la espalda a Vale; la otra le sujetaba el brazo con firmeza, como si temiera que de verdad fuera a caer.

—Solo perdí el equilibrio... —la voz de Vale fue apenas un susurro.

Mateo la ayudó a ponerse bien de pie, recogió la muleta del suelo y se la entregó.

—¿Qué pasó aquí? ¡¿Por qué la empujaste hasta casi tumbarla?!

—Uff, no te hagas el héroe —bufó Diana desde el sillón—. Qué bueno que vino el mototaxista. Justo a tiempo. —Se levantó, sacudiéndose las manos como si presenciara algo cómico—. En vez de hacerte el salvador, mejor cásate con Vale de una vez.

Mateo giró la cabeza hacia ella con brusquedad.

—¿Qué dijiste?

—Que te cases —repitió Diana con desparpajo, aunque su tono apuñalaba—. Son del mismo nivel. Tú eres un simple mototaxista, y Vale es una lisiada. No vengas con cursilerías de amor. Eso llega solo. Apúrate y cásate con Vale. ¡Deja de soñar con casarte conmigo!

Vale se paralizó. El pecho volvió a oprimírsele.

—¡Diana!

La puerta principal se abrió. Don Ernesto entró con la kopiah todavía puesta y el sarong al hombro. Se detuvo en seco al escuchar las palabras de Diana.

—¿Qué quieres decir con eso? —Su voz fue grave.

Diana giró la cabeza con desgano.

—La verdad, papá. Antes de que Vale le arruine la vida a alguien más, mejor que se largue de esta casa cuanto antes.

Marta apareció desde la habitación; sus ojos se posaron de inmediato en Mateo y Vale.

—Diana tiene razón. Desde siempre, Vale no ha hecho más que traer desgracias.

—¡Basta! —don Ernesto alzó la voz—. ¡Ya, Marta! ¿Todavía no te cansas de lastimar a Vale hasta este punto?

—¿Que no me canso? —Marta rio con sarcasmo—. ¡Ella fue la primera en traernos dolor! ¡Ella y su madre!

—¡Cuántas veces tengo que repetirlo! ¡No metas a los que ya no están!

—¡Por eso señalo a esta! ¡Ella es la que trae la mala suerte! —chilló Marta, señalando a Vale con el dedo.

—¡Marta!

La discusión estalló. Las voces se elevaron, las palabras afiladas volaron de un lado a otro.

Vale permaneció rígida junto a Mateo, el cuerpo temblándole levemente. Sentía vergüenza... pero no podía hacer nada.

¡PLAF!

El cuerpo de Vale casi se desplomó. Un cenicero le había dado en la frente. Un hilo rojo brotó de la herida.

—¡Marta! ¡Estás loca! ¡¿Qué hiciste?! —bramó don Ernesto.

La mandíbula de Mateo se endureció al instante. Iba a avanzar, pero Vale lo detuvo, mirándolo con súplica y negando despacio con la cabeza.

Mateo apretó los dientes. Entre la furia y la impotencia ante esos ojos límpidos de aquella mujer.

—Voy a casarme con Vale —declaró Mateo con absoluta determinación, rompiendo de pronto el tumulto.

Todas las voces se cortaron de golpe.

—¿Qué? —Diana giró la cabeza con violencia.

—Esta misma noche —añadió Mateo, tajante.

Marta soltó una carcajada.

—¡Jajaja, perfecto! ¡Perfecto! ¡Llévatela! ¡Que la mala suerte se vaya contigo!

—¡Marta!

Don Ernesto estaba destrozado entre dos aguas. Miró a Mateo con ojos llenos de interrogantes.

Mateo se volvió hacia Vale.

—¿Podemos hablar un momento?

Se apartaron a un rincón del patio. Vale se sentó en una silla de plástico, la cabeza gacha, los dedos retorciéndose en el regazo.

—Discúlpeme... —dijo ella primero—. Lo metí en esto. No tiene que casarse conmigo por lástima.

Mateo negó con la cabeza mientras le limpiaba la herida de la frente.

—No es por lástima.

Vale lo miró. Era consciente de sí misma, consciente de su discapacidad. Lo último que quería era que Mateo cargara con un matrimonio por compasión.

Mateo la miró fijamente.

—Escúchame bien. Nunca he sentido que esto sea por obligación.

Vale calló.

—¿Te acuerdas de lo que le dije cuando íbamos en la moto, camino a la tienda? —Mateo se adentró aún más en esos ojos serenos—. Antes de casarme con alguien como Diana, prefiero mil veces casarme contigo.

Vale arrugó el ceño.

—Mateo...

—¿Duele? Perdona.

Vale negó con la cabeza.

—Ya estoy acostumbrada al dolor.

—Después de hoy, ya no más. —Mateo le cubrió la herida con una curita.

—Vale... —Mateo le tomó la mano—. Puede que tengas una discapacidad física. —Echó una mirada a Diana, que estaba plantada con los brazos en jarra en el umbral de la puerta.

—¡Oye! ¡Apúrense! ¡Haciéndose los que necesitan platicar a solas! —la voz estridente de Diana resonó.

Mateo esbozó una sonrisa pequeña, amarga.

—Pero no tienes una discapacidad mental como la que grita allá. Y eso importa mucho más.

Vale rio sin sonido. La pulla de Mateo le alivió un poco el corazón herido. Herido por una realidad que se sentía cruel. Pero debía aceptarlo todo con el pecho abierto.

—Ahora... te estoy pidiendo que te cases conmigo. Valentina, cásate conmigo. Te voy a dar el mundo entero.

Sonaba exagerado, pero logró arrancarle otra sonrisa a Vale. Ella asintió despacio.

—Sí... acepto.

«Ricardo...» Poco a poco soltó aquel nombre. Tal vez ya era tiempo. Enterró el sueño, porque sentía que nunca lo había merecido.

Don Ernesto los observó desde lejos mientras conversaban. El rostro del anciano estaba cargado de incertidumbre. Apenas había visto a Mateo un par de veces. Le daba miedo que Vale no fuera feliz. Ni siquiera tenía certeza del carácter de Mateo.

Mateo y Vale regresaron y se sentaron en la sala.

—¿De verdad estás decidido con Vale? —preguntó don Ernesto.

Mateo asintió con absoluta convicción.

—Sí. Voy a hacerla feliz, señor. Todo lo que no recibió aquí, yo se lo voy a dar.

Diana chasqueó la lengua.

—¡Por favor! ¡No seas ridículo! Un mototaxista con sueños de millonario. ¡Hablas tan alto que te va a golpear un avión!

—¡Diana! ¡No seas así! ¿No eras tú la que quería que Vale se fuera?

Diana resopló y desvió la mirada.

Don Ernesto suspiró largamente. Era una decisión difícil, pero había que ponerle fin a aquel caos.

Esa noche, el akad nikah (ceremonia del contrato matrimonial islámico) se celebró con sencillez, ante un wali hakim (tutor designado por el tribunal cuando la novia carece de tutor varón).

Marta volvió a soltar veneno:

—Pues claro, como es hija bastarda, su tutor tiene que ser un juez.

—¡Marta! ¡Vale no es hija ilegítima! —rechazó don Ernesto.

Vale guardó silencio. Había escuchado esas palabras demasiadas veces. Hija bastarda, hija de rompehogares.

Mateo le apretó la mano.

—No pasa nada.

Desde afuera se oyó un auto detenerse. Mateo se asomó.

—Es mi gente. Un momento —dijo, pidiendo permiso. Se puso de pie y caminó hacia la entrada.

Bastián llegó a toda prisa con un maletín marrón.

—Perdona, ¿no llegué tarde?

—No. ¿Lo traes?

Bastián le entregó el maletín. Luego entró y se sentó como testigo.

—Este es el mahar (dote islámica que el novio entrega a la novia), señor —dijo Mateo, entregando el maletín.

—Bien, voy a abrirlo —indicó el oficial del registro, mientras destapaba el maletín.

Varios fajos de billetes aparecieron ante los ojos de todos. Marta y Diana abrieron los ojos de par en par.

—En total, cincuenta mil dólares.

—¡¿Qué?!

Marta se quedó boquiabierta.

—¡¿Cincuenta mil dólares?!

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