En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 16: El peso del silencio
«Hay sacrificios que no buscan salvar una vida, sino proteger la única razón para seguir viviendo.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen XV»
El descenso fue agónico.
El chasquido de los engranajes resonaba en la oscuridad del conducto.
Kael golpeó la pared de metal con el puño.
Una.
Dos veces.
El dolor en sus nudillos no aplacó el vacío que le devoraba el pecho.
—¡Tenemos que subir! —gritó, con la voz rota—. ¡No puedo volver a dejarla sola!
En la penumbra del montacargas, una mano fría se posó sobre su muñeca.
Lyra.
Su agarre era sorprendentemente firme.
—Si vuelves arriba, su sacrificio no habrá servido de nada —dijo ella.
—¡Es mi madre, Lyra!
—Y tú eres su respuesta —replicó la chica con una seriedad aplastante—. Si te atrapan a ti, la Orden consigue el Primer Recuerdo. Y entonces ella habrá muerto por nada.
Aquellas palabras le atravesaron el pecho como una daga.
Kael apretó los dientes.
Las lágrimas quemaban en sus ojos, pero la realidad era implacable.
El ascensor se detuvo con un golpe seco.
El aire abajo era espeso.
Olía a azufre, humedad y hierro oxidado.
Las rejillas de vapor de la ciudad baja siseaban a su alrededor.
La puerta metálica se abrió mecánicamente.
Frente a ellos se extendía una red interminable de túneles subterráneos.
Tuberías gigantescas cruzaban el techo, goteando agua constante sobre el suelo de piedra.
Allí, aparcado en una pequeña plataforma de servicio, había un viejo vehículo de carga.
Sin distintivos.
Cubierto por una lona desgastada.
—Elena pensó en todo —murmuró Lyra, dando un paso fuera del habitáculo.
Kael la siguió con el cuerpo entumecido.
Caminar le costaba.
Cada latido le recordaba el rostro de su madre despidiéndose tras el panel de madera.
Se acercaron al vehículo.
Sobre el salpicadero, iluminada por una pequeña luz roja, había una caja de metal con el broche de la golondrina grabado en la tapa.
Kael la tomó entre sus manos temblorosas.
Dentro no había armas ni dinero.
Había una esfera de cristal azulado y una nota escrita a toda prisa.
Kael desplegó el papel.
«Si estás leyendo esto, es porque el tiempo se ha agotado.
No busques venganza, Kael. Busca la verdad en el único lugar donde la Orden no puede entrar.
Lleva a Lyra al Nivel Cero del Archivo.
Allí donde los recuerdos no se venden... se recuerdan.»
Kael leyó las palabras en voz baja.
—El Nivel Cero... —susurró—. Eso no existe. El Archivo solo tiene cuatro niveles.
Lyra observó la pequeña esfera azul que descansaba en la caja.
—Para los demás no existe —dijo ella, fijando sus ojos color miel en los de él—. Pero para el Sujeto K-07 y el Sujeto L-03, siempre estuvo allí.
Un eco lejano retumbó por los túneles de vapor.
Alguien acababa de forzar el acceso superior.
Los perseguidores ya estaban bajando.
Kael guardó la esfera y miró a Lyra.
Por primera vez, el dolor de la pérdida dio paso a una chispa de fría determinación.
—Sube al vehículo —dijo Kael.
—¿Sabes conducir por los túneles de vapor? —preguntó ella.
Kael arrancó el motor, que respondió con un rugido grave.
—No. Pero voy a recordarlo.