La vida de Emma cambia cuando el señor Rodrigo, tras más de 40 años trabajando en la empresa, decide jubilarse. Buscando a alguien joven y conocedor de su área para sustituirlo, elige a su asistente, quien ya tiene más de 10 años de experiencia trabajando a su lado. Aunque su elección podría convertir a Emma en la candidata perfecta para convertirse en la nueva madre de los hijos del presidente.
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Capítulo 8
Juntas se adentraron en el ascensor y presionaron el tercer botón de la placa, que las llevaría al departamento de operaciones. Cuando las puertas se abrieron, todo el equipo detuvo lo que estaba haciendo y miró a Emma, sin reconocerla debido al cambio en su apariencia.
—Me siento tan incómoda, este no es mi estilo —dijo Emma, cansada de las miradas que no cesaban.
—¿Qué dices, mujer? ¡Te ves increíble! —respondió Nicole.
—Ahh, ahí está el jefe. Me tengo que ir —Emma se acercó a la puerta de la oficina y tocó dos veces hasta escuchar la voz del señor Castillo, quien le dio permiso para entrar—. Buenos días, señor Castillo.
El señor Castillo levantó la cabeza, dejando a un lado los papeles que revisaba. Al ver a la mujer frente a él, se ruborizó levemente.
—¿Necesita algo, señorita? —preguntó sin reconocerla.
—Como me gustaría que me tratara así siempre —dijo Emma, exhalando con una sonrisa mientras tomaba asiento frente a él—. Soy yo, Emma, jefecito.
—¡Emma! —exclamó sorprendido—. No puedo creerlo, ¿eres tú?
—Sí, soy yo. —Emma sonrió de manera juguetona—. ¿Logré lo que me propuse, no?
—Lograste más que eso, hija, te felicito. Pero qué bueno que ya estás aquí, debemos irnos, la junta directiva está a punto de comenzar —dijo el señor Castillo, mirando su reloj en la pared.
—Perfecto —dijo Emma, quien tenía una sola cosa en mente: que el presidente la viera y se tragara sus palabras.
Ambos salieron de la oficina, robando la atención de sus compañeros. Algunos empezaron a susurrar que Emma parecía la hija del señor Castillo, mientras otros la reconocieron después de observarla con más detenimiento. El departamento pronto estalló en murmullos.
Subieron al ascensor y presionaron el botón del penúltimo piso, donde se encontraba la sala de juntas. Al llegar, fueron recibidos por las secretarias del presidente, quienes los guiaron por el pasillo hasta la sala de reuniones. Allí, algunos gerentes ya estaban sentados.
—Buenos días a todos —dijo el señor Castillo, saludando cortésmente, un contraste con su habitual seriedad.
—Ay, Rodri, todavía no puedo creer que te vayas —dijo Rosaura, la gerente de control de gestión, con un tono nostálgico.
—Bueno, Rosi, ya me ha llegado el momento, y qué mejor que dejar el puesto en manos jóvenes. Estoy seguro de que Emma hará un trabajo espectacular —respondió Castillo con orgullo.
—¿Y dónde está tu asistente? No me sorprendería si llega tarde —dijo Rosaura, riendo.
—Está aquí, a mi lado —dijo Castillo, haciéndose a un lado para que Emma se hiciera visible. Todos quedaron sorprendidos, ya que conocían a la asistente por su forma peculiar de vestir, pero esta vez parecía otra persona.
—Buenos días, señora Thompson. Esta vez llegué temprano —dijo Emma, con una sonrisa confiada.
—Emma, no te había reconocido. Qué bueno verte —respondió Rosaura, examinándola de pies a cabeza en busca de algún defecto, sin éxito.
La sala se calmó cuando las puertas se abrieron y el presidente, Dominic, hizo su entrada. Con su presencia imponente, dejando claro que seguía siendo el líder indiscutible. Todos tomaron asiento de inmediato.
Emma se sentó junto al señor Castillo, mientras la junta directiva comenzaba. Dominic aún no había notado a Emma, ya que estaba algo oculta detrás de Castillo. Sin embargo, el ambiente se tensó cuando Dominic empezó a hablar, su voz cargada de furia.
—¿Una pregunta? —dijo Dominic, mirando a todos—. ¿Acaso esta no es una empresa seria? ¡Esto es inaceptable! ¿Cómo es posible que estemos en esta situación después de todo el trabajo que se supone que hemos hecho? ¡Quiero explicaciones, y las quiero ahora mismo!
Uno de los directivos, nervioso, intentó calmar la situación: —Presidente, hemos enfrentado dificultades imprevistas en el mercado. La situación económica global...
—¡No quiero excusas! —interrumpió Dominic, golpeando la mesa con el puño—. Ustedes están aquí para prever estos problemas, para evitar sorpresas que pongan en riesgo nuestra empresa. ¡Hemos perdido millones en las últimas semanas! ¿Dónde estaban cuando esto se estaba gestando?
Otro directivo intentó intervenir: —Señor, hemos estado trabajando arduamente para mitigar las pérdidas. Sin embargo, algunos proyectos que considerábamos seguros no resultaron como esperábamos. Los proveedores no cumplieron...
—¡No me hablen de los proveedores! ¡Nosotros elegimos a esos proveedores! Si no cumplen, es porque alguien aquí no hizo su trabajo como debía. ¡Esto es pura incompetencia! —Dominic no daba tregua.
Rosaura intentó suavizar la situación: —Presidente, entiendo su frustración, pero también hemos tenido algunas victorias en las últimas campañas. Aunque los resultados no han sido perfectos, estamos ajustando nuestras estrategias para...
—¡¿Victorias?! —Dominic se levantó, golpeando la mesa nuevamente—. ¡No me hable de pequeñas victorias cuando estamos perdiendo la guerra! Lo que han hecho hasta ahora es un desastre completo. ¡Qué equipo tan ineficiente he contratado! La tasa anual que debíamos generar era más del 70%, y apenas llegamos al 30%. ¿Qué se supone que han estado haciendo? ¡No les pago para que se queden de brazos cruzados! —La furia en su voz era palpable.
El silencio inundó la sala. Nadie osaba refutar las duras palabras del presidente.
—A partir de hoy, quiero informes detallados de cada departamento. Y también quiero un balance general de cómo hemos llegado a esta situación. ¡Tienen 48 horas! —finalizó Dominic, aún enfurecido.