Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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LA PENUMBRA DEL GARAJE
La noche anterior en el garaje había dejado a Ariadna Riquelme en un estado de agitación inusual. La imagen de Jonh y su padre cantando rancheras, cruda y llena de vida, se repetía en su mente como una melodía pegadiza que no podía silenciar. Rompía todas sus reglas sobre el decoro corporativo y la distancia social. Sin embargo, algo en esa escena de vulnerabilidad compartida había resonado en su propia soledad blindada.
Decidida a exorcizar esos pensamientos, Ariadna llegó al corporativo más temprano de lo habitual, a las 7:00 AM. El edificio estaba casi vacío. Se refugió en su oficina, en el piso 50, esperando que el silencio y el trabajo la devolvieran a su estado natural de frialdad calculadora. Pero el silencio no era reconfortante; era un recordatorio de su aislamiento. Y el aire acondicionado, reparado por el intruso, funcionaba con una eficiencia silenciosa que le molestaba.
A las 8:30 AM, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Apareció Daniela Padrón, su directora de Marketing, con una sonrisa radiante y un pañuelo de seda de colores brillantes que destacaba en el ambiente gris del corporativo.
—¡Buenos días, Jefa! —canturreó Daniela, entrando como una ráfaga de aire fresco—. Tengo noticias. Excelentes noticias.
Ariadna levantó la vista de un informe sobre adquisiciones, su expresión volviendo a la rigidez habitual.
—Daniela, ¿cuántas veces tengo que decirte que la puerta de mi oficina no es una puerta giratoria? Tienes una asistente para gestionar tu agenda.
Daniela soltó una risa contagiosa, ignorando el reproche.
—¡Ay, Ariadna, relájate! La vida es demasiado corta para los protocolos. Y hablando de vida… el Sr. Arturo, tu padre, me llamó esta mañana. Está preocupado por ti. Dice que te ve tensa, que te estás convirtiendo en una estatua de sal.
Ariadna sintió una punzada de irritación. Su padre, con sus intentos constantes de humanizarla, era su talón de Aquiles.
—Mi padre debería ocuparse de sus propios asuntos. Estoy perfectamente —espetó.
—Pues él no cree lo mismo. Y ha tomado cartas en el asunto. Como no puede verte sonreír en la oficina, ha organizado una pequeña intervención.
Ariadna frunció el ceño.
—¿Una intervención? ¿De qué hablas?
—Tu padre, en su infinita sabiduría y aburrimiento con los Riquelme, ha decidido que necesitamos un poco de sabor latino en nuestras vidas. Ha invitado a toda la familia Guedez a la casa de campo de la familia este fin de semana. ¡Una barbacoa, música en vivo, el paquete completo! Quiere que te relajes, que conozcas a gente "real", y que, cito textualmente, "dejes de tratar a los empleados como si fueran cadetes de West Point".
Ariadna se quedó sin habla. Esto era una locura. Una intromisión intolerable en su vida privada y profesional.
—¡De ninguna manera! ¡Es completamente inapropiado! No voy a mezclar a mi familia y a los directivos de la empresa con el personal de mantenimiento. Esto es un desastre de relaciones públicas esperando a ocurrir. Llama a mi padre inmediatamente y dile que tengo un compromiso ineludible.
Daniela, lejos de intimidarse, se cruzó de brazos, su sonrisa más pícara que nunca.
—Ya lo intenté, Jefa. Pero tu padre es un Riquelme, y cuando se le mete una idea en la cabeza… además, le prometí que te convencería. Y si no vas… me ha amenazado con revelar a la junta directiva el incidente del "Viernes de Salsa".
Ariadna la miró con incredulidad.
—¿Me estás chantajeando? ¿Con mi propia directora de Marketing?
—Digamos que soy una celestina involuntaria y muy creativa. Tienes que ir, Ariadna. Es una orden directa del patriarca. Y, francamente, te vendría bien un poco de caos. La vida es muy aburrida cuando todo es perfecto.
Dicho esto, Daniela se dio media vuelta y salió de la oficina, dejando a Ariadna con el corazón acelerado y un torbellino de emociones contradictorias. Rabia, sí. Pero también, muy en el fondo, una pequeña chispa de… ¿anticipación?
Para Ariadna, la jornada laboral se convirtió en un borrón de reuniones interminables y decisiones empresariales. Pero su mente estaba en otra parte. El fin de semana, la barbacoa, la familia Guedez… y Jonh. El hombre del carisma incorruptible, el técnico que desafiaba su autoridad con una sonrisa deslumbrante.
A las 6:00 PM, el edificio estaba casi vacío. Ariadna, como de costumbre, fue la última en irse. Al salir del ascensor en el garaje subterráneo, vio una escena que la detuvo en seco.
En la esquina, cerca de su coche, estaba Jonh. Llevaba una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos musculosos y estaba cambiando el neumático pinchado de un viejo sedán americano. Estaba sudoroso, sucio de grasa, y… tarareando una canción. Una ranchera, para ser exactos.
Ariadna se quedó inmóvil en las sombras. Observó cómo el gigante, con una facilidad pasmosa, levantaba el coche con el gato y aflojaba los tornillos con sus manos curtidas. Había algo hipnótico en su fuerza bruta, en la forma en que se movía con una gracia felina a pesar de su tamaño.
Jonh sintió una presencia y levantó la vista. Al ver a Ariadna, su sonrisa se ensanchó, un destello de oro en la penumbra del garaje.
—¡Buenas tardes, Jefa! —dijo con su voz grave y cálida—. Disculpe el desastre. Una piedra traicionera en el camino. Nada que el Músculo de Oro no pueda arreglar.
Ariadna se acercó lentamente, su taconeo resonando en el suelo de hormigón. Se detuvo a unos metros de él, su expresión de hielo desafiando su sonrisa de grasa y sudor.
—Sr. Guedez —dijo ella, con voz monótona—. Parece que su día ha terminado de forma accidentada.
Jonh se limpió las manos con un trapo sucio, sin perder su alegría.
—Son cosas de la vida, Señora Riquelme. Gajes del oficio. Pero al menos no me aburro.
Ariadna lo evaluó por un momento. Había algo en su mirada, una franqueza desarmante, que la hizo bajar la guardia.
—Parece que usted nunca se aburre, Sr. Guedez.
—La vida es demasiado corta para el aburrimiento, Jefa. Y demasiado corta para el protocolo.
Ariadna sintió una punzada de irritación, pero esta vez, era más juguetona que real.
—Ya veo que tiene sus propias reglas.
—Intento seguir las reglas del sentido común. Y la de disfrutar el momento. Por ejemplo, este neumático. Me ha obligado a parar, a ensuciarme, a escuchar el silencio del garaje. Es un buen momento.
Ariadna lo miró a los ojos, su mirada oscura encontrando la de él. Por un segundo, el garaje, el coche, el neumático, todo desapareció. Solo estaban ellos dos. Y el Glaciar sintió, una vez más, cómo el calor de esa presencia derretía una pequeña parte de su coraza.
—Sr. Guedez —dijo ella, con voz temblorosa—. Este fin de semana… la familia Riquelme celebra una reunión en la casa de campo. Mi padre ha insistido en invitar a su familia.
La sonrisa de Jonh se transformó en una mueca de sorpresa, y luego en una carcajada grave.
—¿Don Arturo? ¡Ja! Me cae bien el viejo. ¡Eso va a ser una parranda histórica, Jefa! No se preocupe, nos portaremos bien. Bueno, más o menos.
Ariadna se dio media vuelta, su taconeo resonando en el suelo de hormigón, mientras el ritmo de la ranchera volvía a envolver el garaje. Había perdido la batalla del protocolo, pero la guerra, pensó, estaba tomando un giro inesperado y delicioso. El Glaciar se derretía, y el agua, pensó, iba a ser salvaje.