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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA PENUMBRA DEL GARAJE

​La noche anterior en el garaje había dejado a Ariadna Riquelme en un estado de agitación inusual. La imagen de Jonh y su padre cantando rancheras, cruda y llena de vida, se repetía en su mente como una melodía pegadiza que no podía silenciar. Rompía todas sus reglas sobre el decoro corporativo y la distancia social. Sin embargo, algo en esa escena de vulnerabilidad compartida había resonado en su propia soledad blindada.

​Decidida a exorcizar esos pensamientos, Ariadna llegó al corporativo más temprano de lo habitual, a las 7:00 AM. El edificio estaba casi vacío. Se refugió en su oficina, en el piso 50, esperando que el silencio y el trabajo la devolvieran a su estado natural de frialdad calculadora. Pero el silencio no era reconfortante; era un recordatorio de su aislamiento. Y el aire acondicionado, reparado por el intruso, funcionaba con una eficiencia silenciosa que le molestaba.

​A las 8:30 AM, la puerta de su oficina se abrió sin previo aviso. Apareció Daniela Padrón, su directora de Marketing, con una sonrisa radiante y un pañuelo de seda de colores brillantes que destacaba en el ambiente gris del corporativo.

​—¡Buenos días, Jefa! —canturreó Daniela, entrando como una ráfaga de aire fresco—. Tengo noticias. Excelentes noticias.

​Ariadna levantó la vista de un informe sobre adquisiciones, su expresión volviendo a la rigidez habitual.

​—Daniela, ¿cuántas veces tengo que decirte que la puerta de mi oficina no es una puerta giratoria? Tienes una asistente para gestionar tu agenda.

​Daniela soltó una risa contagiosa, ignorando el reproche.

​—¡Ay, Ariadna, relájate! La vida es demasiado corta para los protocolos. Y hablando de vida… el Sr. Arturo, tu padre, me llamó esta mañana. Está preocupado por ti. Dice que te ve tensa, que te estás convirtiendo en una estatua de sal.

​Ariadna sintió una punzada de irritación. Su padre, con sus intentos constantes de humanizarla, era su talón de Aquiles.

​—Mi padre debería ocuparse de sus propios asuntos. Estoy perfectamente —espetó.

​—Pues él no cree lo mismo. Y ha tomado cartas en el asunto. Como no puede verte sonreír en la oficina, ha organizado una pequeña intervención.

​Ariadna frunció el ceño.

​—¿Una intervención? ¿De qué hablas?

​—Tu padre, en su infinita sabiduría y aburrimiento con los Riquelme, ha decidido que necesitamos un poco de sabor latino en nuestras vidas. Ha invitado a toda la familia Guedez a la casa de campo de la familia este fin de semana. ¡Una barbacoa, música en vivo, el paquete completo! Quiere que te relajes, que conozcas a gente "real", y que, cito textualmente, "dejes de tratar a los empleados como si fueran cadetes de West Point".

​Ariadna se quedó sin habla. Esto era una locura. Una intromisión intolerable en su vida privada y profesional.

​—¡De ninguna manera! ¡Es completamente inapropiado! No voy a mezclar a mi familia y a los directivos de la empresa con el personal de mantenimiento. Esto es un desastre de relaciones públicas esperando a ocurrir. Llama a mi padre inmediatamente y dile que tengo un compromiso ineludible.

​Daniela, lejos de intimidarse, se cruzó de brazos, su sonrisa más pícara que nunca.

​—Ya lo intenté, Jefa. Pero tu padre es un Riquelme, y cuando se le mete una idea en la cabeza… además, le prometí que te convencería. Y si no vas… me ha amenazado con revelar a la junta directiva el incidente del "Viernes de Salsa".

​Ariadna la miró con incredulidad.

​—¿Me estás chantajeando? ¿Con mi propia directora de Marketing?

​—Digamos que soy una celestina involuntaria y muy creativa. Tienes que ir, Ariadna. Es una orden directa del patriarca. Y, francamente, te vendría bien un poco de caos. La vida es muy aburrida cuando todo es perfecto.

​Dicho esto, Daniela se dio media vuelta y salió de la oficina, dejando a Ariadna con el corazón acelerado y un torbellino de emociones contradictorias. Rabia, sí. Pero también, muy en el fondo, una pequeña chispa de… ¿anticipación?

​Para Ariadna, la jornada laboral se convirtió en un borrón de reuniones interminables y decisiones empresariales. Pero su mente estaba en otra parte. El fin de semana, la barbacoa, la familia Guedez… y Jonh. El hombre del carisma incorruptible, el técnico que desafiaba su autoridad con una sonrisa deslumbrante.

​A las 6:00 PM, el edificio estaba casi vacío. Ariadna, como de costumbre, fue la última en irse. Al salir del ascensor en el garaje subterráneo, vio una escena que la detuvo en seco.

​En la esquina, cerca de su coche, estaba Jonh. Llevaba una camiseta de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos musculosos y estaba cambiando el neumático pinchado de un viejo sedán americano. Estaba sudoroso, sucio de grasa, y… tarareando una canción. Una ranchera, para ser exactos.

​Ariadna se quedó inmóvil en las sombras. Observó cómo el gigante, con una facilidad pasmosa, levantaba el coche con el gato y aflojaba los tornillos con sus manos curtidas. Había algo hipnótico en su fuerza bruta, en la forma en que se movía con una gracia felina a pesar de su tamaño.

​Jonh sintió una presencia y levantó la vista. Al ver a Ariadna, su sonrisa se ensanchó, un destello de oro en la penumbra del garaje.

​—¡Buenas tardes, Jefa! —dijo con su voz grave y cálida—. Disculpe el desastre. Una piedra traicionera en el camino. Nada que el Músculo de Oro no pueda arreglar.

​Ariadna se acercó lentamente, su taconeo resonando en el suelo de hormigón. Se detuvo a unos metros de él, su expresión de hielo desafiando su sonrisa de grasa y sudor.

​—Sr. Guedez —dijo ella, con voz monótona—. Parece que su día ha terminado de forma accidentada.

​Jonh se limpió las manos con un trapo sucio, sin perder su alegría.

​—Son cosas de la vida, Señora Riquelme. Gajes del oficio. Pero al menos no me aburro.

​Ariadna lo evaluó por un momento. Había algo en su mirada, una franqueza desarmante, que la hizo bajar la guardia.

​—Parece que usted nunca se aburre, Sr. Guedez.

​—La vida es demasiado corta para el aburrimiento, Jefa. Y demasiado corta para el protocolo.

​Ariadna sintió una punzada de irritación, pero esta vez, era más juguetona que real.

​—Ya veo que tiene sus propias reglas.

​—Intento seguir las reglas del sentido común. Y la de disfrutar el momento. Por ejemplo, este neumático. Me ha obligado a parar, a ensuciarme, a escuchar el silencio del garaje. Es un buen momento.

​Ariadna lo miró a los ojos, su mirada oscura encontrando la de él. Por un segundo, el garaje, el coche, el neumático, todo desapareció. Solo estaban ellos dos. Y el Glaciar sintió, una vez más, cómo el calor de esa presencia derretía una pequeña parte de su coraza.

​—Sr. Guedez —dijo ella, con voz temblorosa—. Este fin de semana… la familia Riquelme celebra una reunión en la casa de campo. Mi padre ha insistido en invitar a su familia.

​La sonrisa de Jonh se transformó en una mueca de sorpresa, y luego en una carcajada grave.

​—¿Don Arturo? ¡Ja! Me cae bien el viejo. ¡Eso va a ser una parranda histórica, Jefa! No se preocupe, nos portaremos bien. Bueno, más o menos.

​Ariadna se dio media vuelta, su taconeo resonando en el suelo de hormigón, mientras el ritmo de la ranchera volvía a envolver el garaje. Había perdido la batalla del protocolo, pero la guerra, pensó, estaba tomando un giro inesperado y delicioso. El Glaciar se derretía, y el agua, pensó, iba a ser salvaje.

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