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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11: El reencuentro del destino

El quince de marzo amaneció con un cielo tan limpio que parecía pintado a propósito para la ocasión. La Emperatriz había convocado a todas las esposas de funcionarios de rango tres o superior al Banquete de Contemplación de Flores Primaverales, y la capital entera hervía de preparativos desde hacía días.

Serena se miró en el espejo de cristal. Bianca le ajustaba los últimos pliegues del vestido: un sencillo satín blanco luna, sin bordados excesivos, sin joyas que gritaran fortuna. Solo una horquilla de jade blanco tallada en forma de magnolia sostenía su cabello recogido.

—Mi señora, con todo respeto... las demás llevarán sedas de colores, brocados con hilo de oro —murmuró Bianca, mordiendo el hilo que acababa de cortar—. Usted va a parecer...

—Diferente —completó Serena con media sonrisa—. Exactamente lo que quiero.

En su vida anterior, había cometido el error de competir. De intentar brillar más que Isabella, más que Charlotte, más que cada una de esas mujeres que medían su valor en el peso de sus joyas. Esta vez, dejaría que la sencillez hablara por ella.

Bianca bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas audible.

—Mi señora... Isabella vino con la Vieja Marquesa. Llegaron juntas en el mismo carruaje.

Serena no se inmutó. Que vinieran juntas no la sorprendía. La vieja zorra y la víbora joven llevaban meses tejiendo su alianza. Lo que sí le interesaba era por qué la Vieja Marquesa había decidido mostrarla tan abiertamente como su protegida.

—Que hagan lo que quieran —dijo, poniéndose de pie—. Vámonos.

El Pabellón de las Peonías, en el corazón del jardín imperial, era un derroche de color. Glicinas moradas colgaban como cascadas perfumadas desde los arcos de piedra. Peonías rosadas, blancas y carmesí se abrían en macetas de porcelana alineadas junto a los senderos. Las damas de la corte revoloteaban entre ellas como mariposas enjoyadas, sus risas agudas perforando el aire tibio.

Serena las observó desde cierta distancia. Conocía cada rostro, cada sonrisa falsa, cada cumplido envenenado. En otra vida, habría intentado mezclarse, ganarse su favor. Ahora caminó directamente hacia el fondo del jardín, donde una glicina centenaria extendía sus ramas sobre un estanque de carpas doradas.

Los pétalos caían lentos, perezosos, posándose sobre el agua como pequeños botes violetas. Serena los miraba hundirse uno a uno. Había algo hipnótico en esa caída silenciosa, algo que le recordaba que hasta lo más bello terminaba por ahogarse si no tenía raíces.

Entonces lo escuchó.

Los murmullos a su espalda cambiaron de tono. Las risas tontas se convirtieron en susurros urgentes, y los susurros en un silencio tenso que se expandió como una onda en el agua.

—El Duque está aquí...

—¿El Duque de Hielo? ¿En un banquete de flores?

—Imposible. Ese hombre no asiste ni a los banquetes del Emperador...

Serena sintió el cambio antes de verlo. El aire se volvió más denso, más eléctrico, como si una tormenta hubiera decidido entrar al jardín con forma humana.

Se giró despacio.

Alejandro Durán cruzaba el sendero principal con la misma autoridad con la que cruzaría un campo de batalla. Vestía un brocado azul oscuro, sobrio, sin una sola joya visible. Su cabello negro estaba recogido con una cinta del mismo tono. Cada paso suyo hacía que las damas se apartaran como cardúmenes ante un tiburón.

Y entonces su mirada la encontró.

A través de las glicinas, a través de los pétalos flotantes, a través de las decenas de mujeres enjoyadas que lo observaban con la boca entreabierta... sus ojos oscuros se clavaron directamente en ella.

El corazón de Serena dio un salto brutal contra sus costillas. Lo sintió en la garganta, en las sienes, en la punta de los dedos. Apartó la mirada. Respiró. Se obligó a mirar los pétalos en el agua.

Pero los pasos se acercaban. Firmes, inevitables.

—Señora de Flores.

Su voz era grave, controlada, con esa frialdad que le había ganado su apodo. Pero Serena detectó algo debajo. Un matiz que no estaba ahí la última vez que lo había escuchado, cuando yacía herido en aquel callejón.

—Su Gracia —respondió ella con una reverencia precisa—. Me alegra ver que se ha recuperado de sus heridas.

—Gracias a usted.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No —dijo él, y la palabra cayó como una piedra en agua quieta—. Cualquiera no.

Se quedaron de pie bajo la glicina, separados por la distancia que dictaba el protocolo, rodeados por un silencio que era todo menos vacío. Las damas los observaban desde detrás de sus abanicos, los ojos brillando con el hambre insaciable del chisme.

E Isabella... Isabella los miraba desde detrás de un arbusto de peonías, sus uñas clavándose en la palma de la mano con tanta fuerza que dejaron marcas de media luna en la piel.

*

Tres días después, Serena convocó a Teodoro en la sala de té de su residencia.

Su tercer hermano llegó con esa expresión que ella conocía tan bien: la del comerciante que sabe que la información que carga vale más que cualquier mercancía.

—Investigué lo que me pediste —dijo sin preámbulos, dejando un sobre sellado sobre la mesa—. Y te advierto, hermana... lo que encontré puede cambiar muchas cosas.

Serena abrió el sobre. Dentro había tres hojas escritas con la letra apretada de los informantes de la red de Teodoro.

Lo que leyó le heló la sangre.

La madre de Alejandro Durán era la difunta Princesa consorte Liliana Durán.

Hacía veintiséis años, Liliana había sido la mujer más amada del Emperador Josué. La más bella, la más inteligente, la que estaba destinada a convertirse en Emperatriz. Pero durante un golpe palaciego, fue acusada de traición. Le arrebataron su rango, la despojaron de todo y la exiliaron al norte.

Desapareció cerca de Belgardia. Nunca más se supo de ella oficialmente.

Alejandro nació tres meses después de esa desaparición.

Creció bajo el yugo de un padre adoptivo brutal que lo golpeaba con la regularidad de las estaciones. A los doce años huyó. Casi muere congelado en una tormenta de nieve al norte del paso de montaña.

Serena soltó las hojas. Le temblaban los dedos.

Si Liliana era su madre... si el Emperador Josué era su padre... entonces Alejandro no era solo un duque. Era el primogénito del Emperador. Mayor que el Príncipe Heredero Federico.

El legítimo heredero al trono.

—Teodoro —susurró—. Esto no puede salir de aquí. ¿Me oyes? Ni una palabra.

—¿Crees que soy idiota? —respondió su hermano, cruzándose de brazos—. Por eso te lo traje en persona y no por mensajero. Pero, hermana... ¿por qué te interesa tanto este hombre?

Serena no respondió. Solo miró por la ventana, donde la luna creciente empezaba a asomarse entre las nubes.

*

El siete de abril. Aniversario de la muerte de Liliana.

Serena llegó al Cementerio de Briarwood sola, envuelta en una capa gris que la hacía casi invisible entre las lápidas cubiertas de musgo. No le había dicho a nadie adónde iba. Ni siquiera a Bianca.

El cementerio estaba silencioso como solo los cementerios saben estarlo: con ese silencio que no es ausencia de sonido, sino presencia de algo más grande.

Lo encontró al fondo, donde los cipreses se espesaban y la luz de la luna apenas se filtraba entre las ramas.

Alejandro estaba de rodillas ante una tumba sin nombre. Vestía de blanco, el color del luto. Frente a la lápida desnuda había dispuesto una jarra de vino y un plato con pan y flores frescas, los mismos que las madres del norte ofrecían a sus difuntos en las noches frías.

Serena se quedó detrás de un pino viejo, conteniendo la respiración. Lo vio servir dos copas de vino. Una para él. Una para ella. Lo vio beber en silencio, con los ojos cerrados, y por primera vez desde que lo conocía, la máscara de hielo no estaba.

Era solo un hombre. Un hijo llorando a su madre.

Una ráfaga de viento agitó la falda de Serena. El susurro de la tela contra las agujas de pino fue casi imperceptible, pero él se giró con la velocidad de un soldado, la mano ya en la empuñadura de la daga oculta en su cinturón.

Sus ojos encontraron los de ella. La tensión se disolvió de sus hombros como nieve bajo el sol.

—Señora de Flores.

Serena salió de detrás del árbol. En su mano llevaba una camelia blanca, perfecta, recién cortada del jardín de su residencia.

Se acercó a la tumba sin nombre y depositó la flor sobre la piedra fría.

—No la conocí —dijo en voz baja—. Pero crió a un héroe. Eso dice todo lo que necesito saber de ella.

Alejandro no respondió de inmediato. Miró la camelia blanca sobre la piedra gris, y algo se movió detrás de sus ojos. Algo antiguo, profundo, que llevaba años enterrado bajo capas de hielo.

—Gracias —fue todo lo que dijo. Pero lo dijo como si la palabra le costara más que cualquier batalla.

Caminaron juntos hacia la salida del cementerio, separados por un paso de distancia que ninguno de los dos se atrevía a cerrar. La luna los bañaba de plata, alargando sus sombras sobre el sendero de grava.

Serena se detuvo junto a la puerta de hierro.

La luz de la luna los envolvió a ambos, cosiendo sus sombras en el suelo como si el destino, después de quince años de silencio, por fin hubiera decidido mostrar el hilo invisible que los unía.

Y en algún rincón de la noche, algo cambió. Algo que ni el hielo más espeso podría volver a congelar.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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