A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 19: EL MIRADOR
Hubo, en medio de todo lo demás, una noche que Mila guardaría después como se guardan las pocas cosas hermosas que sobreviven intactas en medio de una historia que se va oscureciendo: sin culpa, sin cálculo, sin la sombra de lo que vendría después empañándola todavía.
Fue casi un mes después de la cobranza en casa de Norberto, en una de esas noches poco comunes en que Nail, contra su propia costumbre de mantener las distancias fuera del entrenamiento, le propuso subir juntos hasta el mirador que quedaba en la parte más alta de la loma, un lugar al que casi nadie subía porque el camino era empinado y estaba mal iluminado, pero que ofrecía, a cambio del esfuerzo, una vista de todo Puerto Fiel que parecía pertenecer a otro mundo: las luces del centro brillando lejanas y ajenas, el mar oscuro más allá, apenas insinuado por un resplandor distinto en el horizonte, y El Pozo entero desplegado a sus pies, con sus luces amarillas y desordenadas, mucho menos amenazante visto así, desde arriba, que caminado calle por calle.
—Vengo acá cuando necesito pensar —le confesó Nail, sentándose sobre una roca plana, con una naturalidad que a Mila le pareció, viniendo de él, casi un regalo—. Nadie más sabe de este lugar. Ni siquiera don Efraín.
—¿Por qué me trajo entonces?
Nail se quedó un momento en silencio, mirando las luces de la ciudad, antes de contestar con una honestidad que ya no intentaba disfrazar de cautela profesional.
—Porque llevo semanas intentando convencerme de que lo que siento por usted es solo la responsabilidad de un instructor por su alumna. Y ya no puedo seguir fingiendo que me lo creo.
Mila sintió que el corazón le daba un vuelco, una sensación que no tenía nada que ver con el miedo que tan bien conocía ya después de meses de entrenamiento, sino con algo más antiguo, más simple, que llevaba también semanas intentando ignorar sin éxito.
—Usted me dijo que esto no podía pasar.
—Lo sé. Y sigo pensando que es peligroso, que no debería estar pasando, que hay cien razones para que usted y yo mantengamos la distancia que nos mantiene a los dos con vida en este mundo. —Se giró a mirarla, con una vulnerabilidad que Mila nunca le había visto, ni siquiera en las conversaciones más íntimas sobre su pasado—. Pero también llevo meses viéndola convertirse en la persona más valiente que conozco, y ya no tengo la fuerza para seguir fingiendo que eso no me importa más de lo que debería.
No hubo un beso torpe, ni una declaración más elaborada. Fue simplemente Mila acercándose, despacio, dándole todo el tiempo del mundo para que él la detuviera si quería, y Nail no la detuvo. El beso, cuando llegó, tuvo la misma cualidad que había tenido el roce de sus manos bajo la lluvia meses atrás: algo contenido durante demasiado tiempo, finalmente liberado con un cuidado casi reverente, como si ambos entendieran, sin necesidad de decirlo, que ese momento era frágil, robado de un mundo que no solía permitirse esa clase de ternura.
—Esto complica todo —murmuró Nail, con la frente apoyada contra la de ella, cuando finalmente se separaron.
—Todo ya estaba complicado desde antes.
Él sonrió, esa sonrisa pequeña y poco frecuente que Mila había aprendido a atesorar como una de las pocas cosas verdaderamente suyas en medio de un mundo que le exigía dureza todo el tiempo.
—Tiene razón en eso.
Se quedaron ahí, en el mirador, hasta bien entrada la noche, hablando de cosas que no tenían nada que ver con armas ni con venganzas ni con el negocio de don Efraín: de la infancia de Mila antes de la muerte de su padre, de los pocos recuerdos felices que Nail guardaba de antes de convertirse en lo que era, de sueños pequeños y casi vergonzosos que ninguno de los dos solía permitirse nombrar en voz alta —Mila confesando que alguna vez había querido estudiar enfermería, Nail admitiendo, con una risa incrédula de sí mismo, que de niño quería ser mecánico de motos.
Fue, en muchos sentidos, la primera vez desde la muerte de Yeison que Mila sintió que podía respirar sin el peso constante de la venganza pendiente, del miedo, del cálculo permanente de salidas y peligros que ya se había vuelto su forma normal de estar en el mundo. Con Nail, esa noche, en ese mirador que nadie más conocía, se permitió, por unas horas, ser simplemente una muchacha de diecisiete años enamorándose por primera vez en su vida.
Bajaron de madrugada, caminando despacio, tomados de la mano en un tramo del camino donde la oscuridad y la soledad les daban ese pequeño lujo de anonimato que en cualquier otro lugar del barrio hubiera sido imposible. En la esquina donde solían despedirse, antes de separarse cada uno hacia su casa, Nail la detuvo un momento más, con una seriedad que interrumpió, aunque fuera brevemente, la calidez de la noche.
—Esto tiene que seguir siendo secreto, Mila. Más que nunca ahora. Si alguien se entera...
—Lo sé. Nadie va a saber nada.
—No es solo por mí. Es por usted. Si don Efraín llega a pensar que usted es una distracción para mí, o que yo soy una debilidad para usted, cualquiera de los dos puede terminar pagando un precio que no queremos ni imaginar.
Mila asintió, sintiendo que el peso de esa advertencia, aunque real y necesario, no lograba apagar del todo la calidez que todavía le quedaba en el pecho de esa noche en el mirador. Se despidieron con un último beso, breve, casi furtivo, y Mila caminó el resto del trayecto a casa sola, bajo un cielo que empezaba a clarear hacia el este, sintiendo que cargaba, por primera vez en meses, algo que se parecía a la felicidad pura, sin condiciones, sin cálculo de riesgos.
No sabía, esa madrugada, cuánto tiempo le iba a durar ese lujo. No sabía que esa misma felicidad, guardada con tanto cuidado, se convertiría con los meses en una de las cuerdas más fuertes que la atarían a ese mundo, dificultando cualquier posibilidad futura de escapar de él. No sabía que el mirador que Nail le había mostrado esa noche, presentado como un refugio secreto, terminaría siendo, años después, el escenario de una de las conversaciones más dolorosas de toda su historia juntos.
Esa madrugada, sin embargo, entrando de puntillas a su casa para no despertar a su madre, con los labios todavía tibios del último beso, Mila solo podía pensar en una cosa, simple y luminosa en medio de tanta oscuridad acumulada: por primera vez desde la muerte de Yeison, era feliz.