Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️
Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...
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Lo que trajo el pasado.
Jack Kevin Bruno tenía trece años, una complexión medianamente delgada y el cabello ondulado de un tono negro castaño que le caía suelto sobre la frente. Su piel era morena, tenía las cejas planas, los ojos muy juntos y de un marrón oscuro profundo, con pestañas cortas, nariz plana y el labio superior grueso.
A su lado estaba Amaia Emma Colombo, de doce años, delgada, con el cabello rizado rubio caramelo que le enmarcaba el rostro, piel morena clara, cejas curvas y ojos encapuchados color marrón miel, también con pestañas cortas, nariz corta y labios muy finos.
En ese momento, Jack abrió los ojos de par en par y se quedó boquiabierto, sin poder apartar la mirada de la figura que acababa de entrar al aula: la señora Russo, la mamá de Jacod. Se parecían demasiado: tenía el mismo cabello ondulado negro castaño, la misma piel morena y esa mirada calmada y firme que veía en su compañero.
Momentos después, su expresión cambió: se dio media vuelta lentamente, dando por terminada la charla que tenía con Ellen, y clavó la vista en Jacod. Dudó un instante, mordiéndose el interior de la mejilla, preguntándose si sería demasiado raro decírselo, pero al ver que su compañero lo miraba directamente a los ojos, separó los labios y dijo con voz suave:
—La que entró al aula es tu mamá.
Al escuchar esas palabras, el semblante de Jacod se ensombreció de golpe: frunció el ceño con fuerza, entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas oscuras y las comisuras de sus labios se curvaron hacia abajo, dibujando una expresión que mezclaba vergüenza y tristeza. No dijo ni una sola palabra: solo asintió muy despacio con la cabeza, manteniendo la mirada fija en Jack, envuelto en un silencio absoluto.
Jack sintió que se le apretaba el pecho al verlo así, se arrepintió casi al instante de haber hablado y no supo qué hacer ni qué decir para arreglarlo. Pero antes de que pudiera balbucear una disculpa, Amaia —que estaba justo detrás de él— intervino, salvando el momento:
—Es súper guapa —dijo con entusiasmo, con una sonrisa brillante, justo antes de que Jacod pudiera hablar, aunque era exactamente lo que él también pensaba.
Las palabras de la chica parecieron disolver la tensión de golpe. Los ojos de Jacod se achicaron ligeramente, las arrugas de su frente se suavizaron, abrió los labios dejando ver los dientes en una sonrisa tímida y sus mejillas se elevaron de forma notoria, recuperando el color.
Mientras tanto, la señora Russo se acercó al maestro que estaba al frente del aula. Le habló en voz baja pero clara, señalando de vez en cuando hacia donde estaba su hijo, y el maestro asentía con atención, tomando notas rápidas en una libreta que sacó del bolsillo. En un momento, ambos miraron hacia Jacod, y ella sonrió levemente antes de seguir explicando algo con gestos suaves. Al terminar, le dio las gracias con un movimiento de cabeza y caminó hacia su hijo: le acomodó el cuello de la camisa, le dijo algo al oído que solo él pudo escuchar, y Jacod asintió con la mirada más tranquila.
Poco después, el maestro levantó la voz:
—Jacod, ven un momento, por favor —lo llamó, haciendo un gesto con la mano.
Jacod se acercó despacio.
—Tu madre me contó algunas cosas —le dijo el maestro con amabilidad—. Vamos a estar muy atentos contigo este año. Si necesitas algo, o si algo te preocupa, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias —respondió él bajito, y volvió a su sitio.
Bajé la cabeza y me concentré en mi carpeta abierta sobre el pupitre, donde tenía casi terminada la tarea que había dejado el profesor. Tomé entre los dedos mi lapicera negra marca BIC, la apoyé con cuidado sobre el papel y volví a escribir, hasta que sentí que alguien se detenía justo frente a mí.
Valentina levantó ambos brazos y apoyó las manos con firmeza sobre la superficie blanca de mi mesa. Al notar que no estaba sola, levanté la vista de golpe y me encontré con mi mejor amiga.
—¿Viste a la mamá de Jacod? —me preguntó, y antes de que yo respondiera, se dio media vuelta para mirar hacia la señora Russo—. Es muy elegante, ¿no creés?.
Me quedé callada un instante, luego abrí los labios y dije con sinceridad:
—Sí, es bastante linda.
Y el recuerdo se desvaneció.
Ahora estoy en la casa de Lizbeth, sentada en un rincón apartada del resto. El grupo de amigos de Jacod está reunido al otro lado del espacio, y yo me mantengo lejos de ellos. Jacod se separó de todos y caminó hasta donde yo estoy, deteniéndose frente a mí, y abrió los labios con una media sonrisa:
—Hola, ¿hace cuánto tiempo no te veo, Alison?.
Lo miré detenidamente: seguía teniendo los mismos rasgos que recordaba, pero ahora se veía más alto, con la espalda más recta y la mirada más segura.
—Hola, Jacod —respondí—. Sí, parece que pasó mucho tiempo.
Pensamiento: Nunca esperé que se alejara de sus amigos para venir a hablarme. En la primaria casi nunca cruzábamos una palabra, ni siquiera éramos cercanos. No sé por qué lo hace ahora.
—Bueno, vine a ver qué hacías —dijo él, mirando hacia atrás brevemente hacia su grupo antes de volver a mirarme—. Te veo muy sola, muy alejada de todos nosotros… ¿por qué no te acercás?.
Desvié la vista hacia la pared vacía, parpadeé un poco confundida y no supe cómo contestar. Preferí cambiar de tema:
—¿Cómo te va en la secundaria?.
—Bien, no es tan difícil como decían —respondió él encogiéndose de hombros—. ¿Y vos? ¿Cómo la vas llevando?.
Estaba por responderle cuando escuché pasos acercándose. Mark había salido del grupo y venía hacia nosotros: llevaba una remera amplia marrón con un estampado pequeño en el pecho, una bermuda cargo negra marca Rhus, medias tobilleras blancas y unas zapatillas Puma Suede XL muy limpias. Sostenía una pelota de goma contra el costado con el brazo derecho y el antebrazo, mientras se mordía los labios un momento, visiblemente nervioso por interrumpir.
—Hola —nos saludó al fin, mirándonos a los dos, y luego se dirigió a Jacod: pasó la pelota a su mano izquierda, la levantó y se la lanzó con ambas manos—. ¿Querés jugar allá con nosotros?.
Jacod no tuvo tiempo de responder: juntó las manos enseguida, estiró la pierna izquierda y flexionó la derecha para recibir el impacto. Cuando la pelota estuvo a centímetros de su pecho, la golpeó suavemente hacia arriba.
—Te iba a decir que sí, pero la pelota ya se vino para acá —dijo, y se volvió hacia mí con una sonrisa invitadora—. ¿Querés venir también?.
Parpadeé unos segundos, sorprendida de que me incluyera, y luego negué con suavidad:
—No, prefiero quedarme aquí, gracias, Jacod.
Asintió con comprensión y se fue con Mark hacia el resto del grupo. Lo vi jugar y charlar con ellos a lo lejos, y aunque de vez en cuando levantaba la vista hacia mi rincón, yo no me movía de mi sitio. No me sentía cómoda con ellos, y mucho menos con Mark: me parecía muy entrometido, como si quisiera meterse en todo. Qué insoportable es, pensé, y hasta le puse los ojos en blanco, aunque ninguno de los dos se dio cuenta.
Un rato después, Belén se alejó también del grupo y vino hacia mí, caminando ligero hasta detenerse a pocos centímetros.
—¿Querés jugar a las atrapadas? —me preguntó con una sonrisa.
La miré un momento y acepté de inmediato: Diez puntos para ella, pensé, aunque no se lo dije en voz alta. Empezamos a correr lejos del resto, pero me olvidé por completo de que mis zapatillas tenían plataforma: un error muy grande.
Belén corría delante de mí, mirando hacia atrás de vez en cuando: tenía el brazo izquierdo flexionado con la mano cerrada en un puño, el derecho al costado también cerrado y la pierna izquierda doblada para impulsarse mejor. Yo iba detrás, intentando alcanzarla, hasta que pisé mal, perdí el equilibrio y caí de frente al suelo. Mi brazo izquierdo quedó extendido al costado, el derecho doblado con la mano apoyada en el piso, la pierna derecha flexionada y la izquierda estirada sin poder moverla.
Me quedé quieta unos segundos, aturdida por el golpe, luego levanté los brazos y me di la vuelta despacio sobre mí misma. Entonces escuché las carcajadas fuertes de Lizbeth, que se había acercado desde el grupo al ver lo que pasaba.
Me puse de pie con dificultad: brazos y manos caídos al costado, piernas juntas, sintiendo cómo me ardían las mejillas. Miré hacia donde estaba ella: me señalaba con el dedo y tenía la mano izquierda sobre el estómago, riéndose sin parar. Fruncí el ceño con fuerza, la miré fijamente y tensé los labios.
Luego vi que el grupo de Jacod también se había acercado: Mateo estaba al lado de Lizbeth y le decía que dejara de reírse. Astor, Jacod, Mark y Emiliano se quedaron quietos, mirándome con seriedad y preocupación.
^^^Continuará❤️...^^^