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Bajo El Yugo Del Comandante

Bajo El Yugo Del Comandante

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro / Suspenso
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.

​Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.

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capitulo 21

​El sonido de la cerradura al girar en la madrugada no fue el chasquido seco y militar de los guardias, sino un chirrido pesado, torpe y vacilante.

​Evelyn, que permanecía despierta sobre la cama con la mirada fija en el techo, se incorporó de golpe. El aire en la habitación era helado. Las brasas de la chimenea apenas proyectaban sombras informes sobre los muros de piedra pulida, pero la luz de la luna llena entraba a través del ventanal como una hoja de plata, cortando la penumbra.

​La puerta se abrió despacio. La figura que cruzó el umbral no mantenía la erguida marcialidad del gobernante de Asque. William avanzó dos pasos y se detuvo, apoyando el hombro sano contra el marco de madera para no perder el equilibrio. No llevaba la casaca militar ni las insignias de mando; vestía una camisa de lino grisáceo desabrochada en el cuello, arrugada y manchada en el hombro izquierdo por la sangría reciente, y unos pantalones oscuros de montar.

​Olía a licor de grano fuerte, a madera quemada y a la amargura rancia de la vigilia.

​Evelyn se deslizó fuera de la cama, descalza, retrocediendo instintivamente hasta que sus talones tocaron la base de la chimenea apagada. Sus manos buscaron la pared detrás de ella.

​—William... —murmuró, con la voz alerta.

​Él no respondió de inmediato. Sus ojos azules, habitualmente penetrantes y fríos como el hielo de las montañas, estaban empañados por una niebla alcohólica y una melancolía oscura, casi salvaje. La fiebre aún persistía en sus pómulos marcados, pero era la borrachera lo que aflojaba la tensión habitual de su mandíbula. Dio un paso lento hacia el centro de la habitación, arrastrando las botas sobre la alfombra espesa.

​—Dijiste que preferías tus cadenas —dijo él. Su voz no era el rugido del Comandante; era un murmullo denso, arrastrado, roto en las pausas por una respiración pesada—. Dijiste que te mantendrías fiel a tu odio.

​—Estás ebrio —respondió Evelyn, midiendo la distancia entre él y la puerta abierta—. No deberías estar aquí. Los médicos dijeron que la herida...

​—A la mierda los médicos —la cortó William, dando otro paso tambaleante. Se llevó la mano derecha al pecho, dentro del cuello abierto de la camisa—. A la mierda los médicos, las patrullas y esta ciudad de ratas.

​Se detuvo a dos metros de ella. La luz de la luna cayó de lleno sobre su rostro, remarcando las ojeras profundas y el cansancio de un hombre que llevaba días librando una batalla interna contra sus propios fantasmas. Con un gesto lento y torpe, tiró del cordón de cuero que llevaba oculto bajo la ropa.

​De la tela emergió un objeto metálico que brilló bajo la luz plateada.

​Evelyn ahogó un jadeo. Era una medalla de plata oxidada, tallada con intrincados relieves de hojas de sauce, pero la pieza estaba rota. Tenía un borde irregular, dentado y afilado, como si hubiera sido partida por la mitad mediante un golpe violento hace muchos años.

​William sostuvo la mitad de la medalla entre el pulgar y el índice de su mano derecha. La miraba no como un trofeo militar, sino como un moribundo mira una reliquia sagrada. Sus dedos, capaces de apretar el gatillo o empuñar la espada con crueldad implacable, temblaban levemente mientras rozaban el metal frío.

​—Me dijeron que la quemaron —susurró él, y por primera vez, las lágrimas no vertidas brillaron en la orilla de sus ojos, acentuando su vulnerabilidad—. Me dijeron que no quedó nada del orfanato. Pero encontré esto en la nieve, junto a la puerta trasera, la noche que regresé a buscarla. La mitad de mi propia vida se quedó en esta lata, Evelyn.

​Evelyn sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. El aire en sus pulmones se volvió de plomo.

​William dio un paso más, la borrachera y el peso del recuerdo haciéndolo inclinarse hacia adelante. Extendió la mano con el dije, como si necesitara que alguien más testificara la existencia de su dolor, como si buscara en Evelyn al único ser humano capaz de sostener el peso de su ruina.

​—Tómala —murmuró él, desplomándose levemente sobre las rodillas frente a ella, vencido por el alcohol, la pérdida de sangre y la memoria—. Tómala y arrójala al fuego si quieres. De todas formas... ya no me queda nada.

​El Comandante de la Unión, el verdugo de Asque, estaba arrodillado sobre la alfombra a sus pies, con la cabeza gacha y la mano extendida, ofreciéndole el único tesoro que había guardado durante diez años.

​Evelyn no lo pensó. Mantenida por un impulso instintivo que le erizó la piel, extendió sus dedos y sujetó la mitad de la medalla. Los roces de sus yemas sobre la piel caliente y sudorosa de la mano de William enviaron una descarga eléctrica a través de sus brazos. Tiró del dije con suavidad pero con firmeza, liberándolo del cordón de cuero.

​William no se opuso. Dejó caer la mano hacia el suelo, respirando en espasmos cortos, con la vista fija en las tablas del parquet.

​Evelyn retrocedió medio paso, la mitad de la medalla pesando en su palma como una brasa ardiente. El metal estaba caliente por el contacto con el pecho de él. Rozó con el pulgar la superficie tallada: las hojas de sauce divididas, el borde fracturado por la violencia del incendio de su infancia.

​El corazón de Evelyn comenzó a martillar contra sus costillas con un estruendo que le retumbaba en los oídos. La habitación parecía haber perdido todo el oxígeno. Miró al hombre derrotado frente a ella y luego miró su propia vestimenta.

​Lentamente, con manos que temblaban de manera incontrolable, Evelyn se llevó la mano izquierda al dobladillo inferior de su falda de lana gruesa. Allí, entre las costuras dobles que ella misma había cosido con hilo negro durante sus días en la botica clandestina, había escondido un secreto que la había acompañado en cada huida, en cada registro militar, en cada noche de frío en el sector sur.

​Tiró del hilo flojo. La costura se abrió con un chasquido casi imperceptible.

​Evelyn introdujo dos dedos en el pliegue de la tela y extrajo un pequeño objeto envuelto en un trozo de lino gris. Desenvolvió el paño.

​En su mano izquierda apareció la otra mitad de la medalla.

​La luz de la luna pareció concentrarse en el centro del cuarto. El silencio que se apoderó de la estancia fue absoluto, denso, asfixiante; ni el viento del acantilado ni el chasquido de la madera se atrevieron a romper la tregua de ese instante eterno.

​Evelyn levantó ambas manos. Acerco la mitad gastada que acababa de quitarle a William a la mitad que ella había conservado escondida durante una década.

​Las dos piezas de plata se aproximaron en medio del haz de luz plateada.

​El borde dentado de la derecha buscó las muescas exactas de la izquierda. Con un leve, casi inaudible clic metálico, las dos mitades encajaron a la perfección. La fractura desapareció bajo el dibujo continuo de las ramas del sauce esculpido; la medalla volvía a estar entera por primera vez en diez años.

​El aliento de Evelyn se cortó por completo. Las lágrimas, contenidas durante meses de cautiverio, rabia y orgullo, inundaron sus ojos sin previo aviso, nublando la visión del metal unido.

​En el suelo, William escuchó el sutil chasquido del metal al acoplarse.

​El Comandante levantó la cabeza despacio. La niebla del alcohol pareció disiparse de golpe bajo el impacto de un pánico primario. Sus ojos azules, abiertos de par en par, se clavaron en las manos de Evelyn, donde la medalla completa descansaba unificada bajo la luz de la luna.

​Luego, la mirada de William ascendió lentamente, recorriendo el vestido de lana, el cuello pálido y, finalmente, el rostro de la mujer que lo observaba.

​El silencio entre los dos se volvió una grieta insondable.

​No hubo gritos, no hubo órdenes militares, no hubo discursos de venganza. Solo dos niños sobrevivientes de un incendio, mirándose a través de las ruinas de las personas en las que la guerra los había convertido.

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Celina Espinoza
💯💯💯
Fernanda
super 👍
Celina Espinoza
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celimar
💯💯👏👏
celimar
excelente 💯💯💯gracias por compartir
Fernanda
👍👍👍💯
Celina Espinoza
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celimar
👏👏👏🥰🥰💯💯
Fernanda
💯💯👍👍
Celina Espinoza
💯💯👏👏👏👏🥰🤭
Fernanda
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Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Celina Espinoza
exelente capitulo 💯
Fernanda
muy bien 💯
Celina Espinoza
👏👏👏💯
Fernanda
💯💯👍
Fernanda
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Claudia Torres
me encanta tu historia .....quiero ver cómo will poco a poco va siendo ante ivy q emoción 💪💝😘😘💘
celimar
👏👏
Celina Espinoza
💯💯
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