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Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Me Robaron el Rostro, Pero No Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza / Época / Pareja destinada / Brujas / Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:176.3k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Liora Valcendra

Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.

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Capítulo 20

Capítulo 20: El corazón del duque

El crepúsculo se desangraba sobre los tejados de la capital.

Desde la torre del vigía de la mansión Durán, la ciudad entera parecía una maqueta construida por un dios aburrido: tejados rojizos, cúpulas doradas, callejuelas que serpenteaban como venas oscuras entre bloques de piedra. Al este, recortada contra el cielo color herrumbre, se alzaba la silueta de la mansión del marqués de Flores. Distante. Silenciosa. Ordinaria vista desde aquí arriba.

Y sin embargo, Alejandro Durán no apartaba los ojos de ella.

Llevaba de pie en la torre más de una hora. El viento del atardecer sacudía su capa negra con violencia, haciendo flamear la tela pesada como un estandarte de guerra. No se había movido. No había hablado. Los centinelas del turno vespertino habían aprendido hace años que cuando el duque subía a la torre de vigía, lo mejor era volverse invisibles.

El Duque de Hielo pensando. No había espectáculo más inquietante en toda la capital.

Marcus subió los últimos peldaños de la escalera de caracol con una bandeja de plata en las manos. Sobre ella, una jarra de vino especiado humeante y una copa de peltre. Sus botas militares resonaban contra la piedra con la precisión de un metrónomo. Doce años al servicio de Alejandro Durán le habían enseñado muchas cosas, pero la más útil era esta: el duque odiaba el silencio interrumpido a medias. O hablabas con propósito, o no hablabas en absoluto.

—Su Excelencia. —Marcus depositó la bandeja sobre el parapeto de piedra—. Vino especiado con canela y clavo. La noche va a enfriar.

Alejandro no respondió de inmediato. Sus dedos descansaban sobre la piedra del muro, largos, fuertes, inmóviles como los de un tirador antes de soltar la flecha. La última luz del día le iluminaba el perfil: la mandíbula tallada, la nariz recta como una línea de espada, los ojos oscuros fijos en un punto del horizonte.

Cuando habló, su voz fue baja, casi casual, como si preguntara la hora.

—Marcus. ¿Qué clase de mujer crees que es Serena Bridge?

El silencio que siguió fue tan denso que Marcus pudo escuchar el crepitar de las antorchas dos pisos más abajo.

Doce años.

Doce años sirviendo a este hombre. Lo había acompañado en campañas militares donde la nieve les llegaba a la cintura. Lo había visto dar órdenes que cambiaban el curso de batallas sin alterar el ritmo de su respiración. Lo había visto rechazar a la princesa Valentina de Montecarlo, a la hija del Gran Canciller, a la heredera de la casa Navarra, a cada una de las mujeres que el emperador y la corte le habían lanzado como cebo durante una década.

«El Duque de Hielo no tiene corazón», decían. «Nació sin la capacidad de amar», murmuraban. «Quizás prefiere la compañía de sus espadas», se atrevían a insinuar los más osados, siempre lejos de su presencia, siempre con varias paredes de por medio.

Y en doce años, Alejandro Durán jamás —jamás— había mencionado a una mujer por voluntad propia.

Hasta ahora.

Marcus controló su expresión con la disciplina de un veterano de guerra. Sirvió el vino sin que le temblara la mano. Pero por dentro, su mente era un campo de batalla.

—¿La marquesa Bridge, señor?

—No es marquesa. Es la esposa del marqués, que no es lo mismo. —Alejandro tomó la copa. Sus dedos se cerraron alrededor del peltre con un gesto lento, deliberado—. Responde.

Marcus eligió sus palabras como quien elige el terreno para una emboscada.

—Es... una mujer inusual. Inteligente, sin duda. El asunto de la subasta benéfica lo demostró. Muy pocos habrían podido maniobrar así contra Isabella de Flores delante de toda la nobleza y salir no solo ilesos, sino victoriosos.

—¿Y qué más?

Marcus parpadeó. «¿Qué más?» El duque nunca pedía elaboración. Daba órdenes, recibía informes, tomaba decisiones. No pedía opiniones extendidas.

—Mis fuentes indican... —Marcus bajó la voz, adoptando el tono de un informe de inteligencia, porque era el único registro en el que sabía moverse con seguridad— que ella es la responsable real de la estabilización financiera de la casa Flores. El marqués Víctor llevó las cuentas al borde del colapso en dos años. Deudas de juego, inversiones ruinosas, gastos descontrolados. Fue Serena Bridge quien reestructuró las finanzas, renegoció los préstamos con la banca Teodoro, relanzó tres negocios textiles que estaban en números rojos.

—Sola.

—Completamente sola, señor. Sin reconocimiento público. Sin acceso a las cuentas principales. Trabajando desde los libros secundarios que le permitían tocar, con fondos que raspaba de la administración doméstica. —Marcus hizo una pausa—. Todo esto mientras su esposo mantenía a su prima como concubina bajo el mismo techo y su suegra le restringía hasta la ración de carbón en invierno.

Los nudillos de Alejandro se pusieron blancos alrededor de la copa.

Fue un movimiento tan sutil que cualquier otro lo habría pasado por alto. Pero Marcus conocía esas manos. Las había visto empuñar espadas en campos de batalla, firmar sentencias de muerte sin temblar, sostener mapas de campaña durante horas en tiendas heladas. Esas manos no se tensaban por nada.

Se estaban tensando ahora.

—Sigue —dijo Alejandro, y la palabra salió más baja que antes.

—También está el asunto del barrio sur, señor.

—La peste.

—Sí. Cuando el brote de fiebre púrpura azotó el distrito sur hace tres semanas, cada familia noble de la capital reaccionó de la misma manera: cerrar puertas, enviar sirvientes a comprar hierbas aromáticas, y esperar a que los pobres terminaran de morirse. —Marcus se permitió una sombra de desprecio en la voz—. Los Flores no fueron la excepción. Víctor se mudó al pabellón norte de su mansión para «alejarse de los vapores del sur». Isabella convenció a la suegra de que era una señal divina contra los pecadores.

—Pero Serena no hizo eso.

—No, señor. Serena Bridge fue la primera noble en enviar provisiones al distrito afectado. Medicinas, grano, mantas limpias. Envió a Bianca, su doncella, con instrucciones detalladas para los curanderos locales: fórmulas de infusiones febrífugas, protocolos de cuarentena, listas de hierbas prioritarias. —Marcus hizo otra pausa—. Mis informantes dicen que las instrucciones eran de un nivel de precisión médica que no se corresponde con la educación de una joven noble de provincia.

—Porque no es una joven noble ordinaria de provincia.

La frase quedó suspendida en el aire del crepúsculo. Alejandro llevó la copa a los labios, pero no bebió. Se quedó mirando la superficie oscura del vino donde el último resplandor del cielo temblaba como una moneda de cobre.

—Es como una rosa silvestre que crece en el borde de un precipicio —dijo.

Marcus se quedó inmóvil.

El Duque de Hielo. El Dios de la Guerra. El hombre que respondía a las declaraciones de amor de princesas imperiales con silencios tan gélidos que hacían llorar a las damas de compañía. Ese hombre acababa de usar una metáfora.

Una metáfora sobre flores.

Marcus consideró seriamente la posibilidad de que estuviera soñando.

—Cuanto más pobre es la tierra —continuó Alejandro, y su voz se había despojado de toda inflexión militar, quedando desnuda, grave, como el sonido de una campana de bronce golpeada una sola vez—, más brillante florece.

Dejó la copa sobre el parapeto. Se volvió hacia Marcus. Y en ese instante, bajo la última franja de luz anaranjada que cortaba el cielo como una herida, Marcus vio algo que no había visto en doce años de servicio.

Los ojos del duque estaban suaves.

No cálidos —esa palabra no existía en el vocabulario de Alejandro Durán—, pero sí desprovistos de la coraza habitual. La dureza de obsidiana que siempre los revestía se había retirado como una marea, revelando algo debajo: algo que parecía hambre, y resolución, y una vulnerabilidad tan inesperada que resultaba casi aterradora en un rostro construido para la guerra.

—Marcus.

—Señor.

—Solo quiero casarme con una persona en esta vida.

Marcus sintió que la bandeja de plata se le resbalaba entre los dedos. La atrapó a tiempo, pero el metal vibró con un sonido agudo que cortó el silencio de la torre como el filo de una espada. Se recuperó en un segundo, pero ese segundo bastó.

Alejandro no sonrió. Pero la esquina de su boca se elevó una fracción, un fantasma de expresión que en cualquier otro hombre habría sido una carcajada.

—Serena Bridge —dijo—. Solo ella.

Las palabras cayeron como piedras en agua quieta. Sin adorno, sin explicación, sin la retórica grandilocuente que los nobles usaban para disfrazar las transacciones matrimoniales de romance. Fue una declaración militar. Un hecho. Un veredicto.

Marcus tardó tres respiraciones completas en recomponer su voz.

—Su Excelencia... ella sigue siendo la esposa del marqués de Flores. Legalmente vinculada. El divorcio requiere causa probada ante el tribunal eclesiástico, y Víctor Flores, a pesar de todo, no ha cometido ninguna ofensa que el tribunal considere suficiente. La infidelidad masculina es... —tragó saliva— tolerada por la ley vigente.

—Lo sé.

—Además están sus hermanos. —Marcus enumeró con la precisión de un informe táctico—. El general Roland Bridge comanda la guarnición de la frontera norte. Es leal, es orgulloso, y no aceptará que su hermana pase de un matrimonio político fallido a otro sin garantías blindadas. El juez supremo Sebastián Bridge controla el tribunal de apelaciones de la capital; tiene el poder de bloquear cualquier procedimiento que no le satisfaga. Y Teodoro Bridge maneja la mitad del comercio textil del imperio; su influencia financiera puede abrir o cerrar puertas que ni siquiera la casa Durán puede forzar.

—Conozco a los tres.

—¿Y aun así, señor?

Alejandro recogió su copa. Bebió un trago largo de vino especiado. El líquido caliente le dejó una sombra de vapor en los labios que se disipó en el aire frío de la noche naciente.

—Nada de eso cambia mi decisión.

Se volvió hacia el este. La mansión Flores era ahora apenas una sombra entre sombras, tragada por la oscuridad creciente. Solo una ventana permanecía iluminada en el ala norte: una luz tenue, amarillenta, parpadeante como la llama de una vela solitaria.

Alejandro la miró como un navegante mira la estrella polar.

—Ella no conoce mis sentimientos todavía. —Su voz descendió hasta convertirse en algo que Marcus apenas pudo distinguir del viento—. Pero un día los conocerá.

No había amenaza en la frase. No había arrogancia. Era una promesa hecha al aire de la noche, a la distancia, a esa ventana encendida que quizás era su estudio, o quizás su habitación, o quizás nada que ver con ella en absoluto.

Pero Alejandro Durán no hacía promesas vacías. En doce años, Marcus había aprendido que cada palabra que salía de esa boca se convertía, tarde o temprano, en realidad.

—Puedes retirarte —dijo el duque.

Marcus hizo una reverencia. Recogió la bandeja. Bajó los primeros peldaños de la escalera de caracol.

Y entonces se detuvo.

—Señor.

Alejandro no se volvió.

—Si me permite una observación personal. —Marcus midió cada sílaba—. En doce años, nunca lo he visto perder una batalla que decidiera pelear.

No esperó respuesta. Bajó las escaleras con paso medido, dejando al duque solo con la noche, y el viento, y esa luz distante que se negaba a apagarse.

* * *

Esa noche, por primera vez en su vida adulta, Alejandro Durán no pudo dormir.

Se tendió en su cama de campaña —porque seguía durmiendo en un catre militar a pesar de tener el dormitorio más lujoso del ducado, porque los colchones de plumas le parecían una debilidad obscena— y miró el techo de piedra durante horas. Las sombras se movían con la brisa que entraba por la ventana abierta. El silencio de la mansión Durán era absoluto: ni criados, ni pasos, ni murmullos. Una fortaleza dormida.

Pero él no dormía.

Detrás de sus párpados cerrados veía un rostro. No el rostro dócil de la esposa sumisa que el mundo creía conocer, sino el otro: el que había vislumbrado en la subasta, en la iglesia, en los informes de sus espías. Un rostro donde la inteligencia ardía como fuego detrás de cristal, controlada, dirigida, letal.

Giró sobre el catre. La sábana de lino se tensó bajo sus dedos.

«Serena Bridge», pensó, y su propio nombre silencioso dentro de su cráneo sonaba diferente cuando iba seguido del de ella. Más ligero. Más peligroso.

«¿Qué me has hecho?»

Al otro lado de la ciudad, en la mansión del marqués de Flores, una vela se consumía en el estudio del ala norte. Serena Bridge repasaba columnas de números en un libro de cuentas, ajena al par de ojos que habían estado fijos en su ventana desde la torre más alta de la capital.

Ajena a que el hombre al que todo el imperio llamaba incapaz de amar acababa de pronunciar su nombre como quien pronuncia un juramento de guerra.

Pero los juramentos, una vez hechos, tienen la costumbre de cumplirse.

Y el Duque de Hielo nunca rompía los suyos.

1
Refugio Vizcarra
ajá, esa es mi pregunta también.
Roxana Gardilcic
una historia, linda, emocionante , muy bien escrita, me gusta mucho lo descriptiva que es sin ser agobiante. felicitaciones
Rosario Zapata
cabron es poco ese victor es una escoria asquerosa 🤮🤮🤮🤮🤮
Fernanda Perez
gracias
gracias
Rose M
burna interesante. Algo confusa en tiempos y personajes pero muy entretenida
Arantza
Bonita historia, y excelente trama. Solo algunas incongruencias en el desarrollo. Pero por lo demás es excelente.
Pa Tr
no eran 12 años? 🤔
Pa Tr
Ya se tenía que haber ido la tonta al final le hace daño ya verás 🤔
Fernanda Perez
donde vive
quien es Leopoldo
Gris Lopez
ahora si creo que fue hecho con IA...😱 ....ningún autor cambiará hechos tan cruciales en la historia...(que decepcionante....debería haber algún programa para detectar esto y que contenido así no entren a la aplicación )....
Fernanda Perez
no estoy entendiendo varias cosas
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
Espero que tengas un buen plan para no volver a caer ante ese par de desgraciados que te hicieron la vida imposible en tu anterior vida
~√{©£¢%}✓¶🌟💖
interesante 😸😸😸😸
Maria Cantillo
bonita historia
Maria Cantillo
bueno las cosas van tomando curso
Maria Cantillo
bueno Isabella Victor te vio eres una persona mala el te dió todo lo que le negó a Serena y aún así lo dejaste inválido sin valor dignidad prefiere pagar que morir envenenado y al fin tuvo algo de sentido común firmó algo que se llamaba matrimonio pero solo era una carcel para Serena y para la familia beneficios
Maria Cantillo
gracias por compartir todo esto bendiciones
Lucia Calderón
Historia interesante, con bien léxico ehilp discursivo
Maria Cantillo
tipa que aprendido fue todo lo contrario a los valores y se justifica en que Serena tiene la culpa de nacer en esa familia la envidia es unal terrible
Maria Cantillo
arriba Serena suéltate de ese Victor que condene al tal Leopoldo por las 3000 muertes hagan justicia
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