"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
NovelToon tiene autorización de Itz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Un respiro entre las rosas
Por primera vez en varias semanas, Lady Seraphine concedió una tarde de descanso.
—Incluso la mente más disciplinada necesita respirar de vez en cuando —había dicho antes de retirarse.
Everly aprovechó aquella inusual libertad para caminar por los jardines de la mansión.
El aire era fresco.
Las rosas negras se mecían con suavidad bajo la brisa, desprendiendo un delicado aroma que impregnaba cada rincón del lugar.
A su lado caminaba Iraide.
La pequeña sostenía con ambas manos una canasta de mimbre donde Nana Lía había guardado algunos dulces y fruta para la merienda.
—¿De verdad ya terminaste las clases de etiqueta? —preguntó Iraide, levantando la vista hacia su hermana.
Everly sonrió con dulzura.
—No del todo. Lady Seraphine dice que la etiqueta nunca termina de aprenderse.
Iraide hizo una pequeña mueca.
—Qué aburrido...
Nana Lía soltó una suave carcajada.
—Eso dices ahora, mi pequeña. Ya veremos cuando seas tú quien tenga que recibir esas clases.
La niña abrió mucho los ojos.
—¿Yo también?
—Por supuesto.
—¿Y también tendré que caminar con un libro en la cabeza?
Everly no pudo evitar reír.
—Sí.
Iraide dejó escapar un profundo suspiro.
—Creo que prefiero aprender magia.
—Eso mismo decía tu hermana cuando era más pequeña —comentó Nana Lía con una sonrisa cómplice.
Everly la miró, divertida.
—Nana...
—¿Acaso miento?
La joven negó entre risas.
Mientras las tres avanzaban por el sendero de piedra, sin saberlo, eran observadas desde una de las terrazas de la mansión.
Alaric permanecía de pie, con las manos a la espalda.
A su lado estaban Kael y Eryan.
Los tres contemplaban la escena en absoluto silencio.
Fue Eryan quien habló primero.
—Hace tiempo que no la veía reír así.
Kael asintió apenas.
—Lady Seraphine ha sido exigente con ella.
Alaric no apartó la vista del jardín.
Everly acababa de agacharse para acomodar una pequeña rosa negra en el cabello de Iraide.
La niña giró sobre sí misma, orgullosa de su nuevo adorno.
Una tenue sonrisa apareció en el rostro de Everly.
Tan natural...
Que por un instante parecía haberse olvidado del peso de su apellido.
—A veces olvido que sigue siendo una niña... —murmuró Eryan.
Alaric permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente habló.
—No.
Sus hijos lo miraron.
El Archiduque no apartó la vista de Everly.
—Lo que ocurre...
Su voz sonó más serena de lo habitual.
—...es que hace demasiado tiempo dejó de permitirse comportarse como una.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Kael bajó ligeramente la mirada.
Eryan comprendió entonces por qué su padre nunca interrumpía aquellos pequeños momentos.
Porque sabía que serían cada vez más escasos.
En el jardín, Iraide tomó la mano de Everly y comenzó a tirar de ella.
—¡Ven! ¡Quiero ver quién encuentra primero la rosa más bonita!
Everly dejó escapar una risa suave.
—Eso no es justo. Todas son hermosas.
—¡Entonces encontraremos la más hermosa de todas!
Las dos echaron a correr por el sendero, mientras Nana Lía las seguía con una sonrisa llena de ternura.
Desde la terraza, Alaric observó a sus hijas perderse entre los rosales negros.
Y, aunque nadie lo notó...
por un breve instante, el frío Archiduque permitió que el peso de sus responsabilidades desapareciera.
Solo por un momento.
El cumpleaños número dieciséis de Everly llegó como un susurro.
No hubo trompetas.
Ni grandes banquetes.
Ni invitados recorriendo los pasillos de la mansión Belmonth.
Ella misma había olvidado la fecha.
Durante los últimos meses, los días habían perdido su nombre para convertirse únicamente en horas de estudio, entrenamiento y disciplina.
Cada amanecer significaba una nueva lección.
Cada atardecer, un nuevo desafío.
El tiempo había dejado de importar.
O eso creía.
Aquella mañana, un suave aroma a pan recién horneado la hizo detenerse antes de entrar al comedor.
Frunció ligeramente el ceño.
Era demasiado temprano para que la cocina estuviera tan... animada.
Al abrir la puerta, quedó completamente inmóvil.
—¡Feliz cumpleaños!
La voz de Iraide rompió el silencio.
La pequeña corrió hacia ella con una enorme sonrisa y la abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Feliz cumpleaños, hermana!
Everly tardó unos segundos en reaccionar.
Después rodeó a Iraide con los brazos y sonrió con ternura.
—Gracias, pequeña.
Nana Lía apareció desde la cocina, limpiándose las manos en su delantal.
—¿De verdad pensó que iba a dejar pasar un día tan importante?
Sobre la mesa descansaba un desayuno preparado con un cuidado extraordinario.
Pan recién horneado.
Fruta fresca.
Mermeladas caseras.
Miel.
Quesos.
Y, en el centro, un pequeño pastel decorado con delicadas rosas negras elaboradas con crema.
Everly observó la mesa con los ojos ligeramente abiertos.
—Nana... no era necesario.
La mujer sonrió con el cariño de quien había visto crecer a todos los hijos de la casa.
—Claro que lo era.
Se acercó para acomodar con suavidad un mechón del cabello de Everly.
—Dieciséis años solo se cumplen una vez.
Iraide tomó la mano de su hermana.
—¡Yo ayudé!
Everly la miró divertida.
—¿Ah, sí?
La pequeña infló el pecho con orgullo.
—Probé la mermelada... dos veces.
Nana Lía soltó una risa.
—Cinco.
—¡Nana!
Las tres rieron.
Durante unos instantes, la mansión dejó de sentirse como el lugar donde se formaban los futuros pilares del Imperio.
Volvió a ser simplemente un hogar.
Un lugar donde las responsabilidades podían esperar unos minutos más.
Cuando terminaron de desayunar, Iraide desapareció unos instantes y regresó sosteniendo un pequeño paquete envuelto con un listón color vino.
Lo colocó con mucho cuidado entre las manos de Everly.
—Lo hice yo.
Everly desató el listón lentamente.
Dentro encontró un delicado separador de libros bordado a mano.
En uno de sus extremos había una pequeña rosa negra y, debajo, podía leerse:
"Para que nunca pierdas el lugar donde empiezan tus sueños."
Los ojos de Everly se humedecieron.
Se arrodilló frente a Iraide y la abrazó con fuerza.
—Es el regalo más bonito que he recibido.
Iraide sonrió satisfecha.
—Sabía que te gustaría.
Nana Lía observó la escena con una mezcla de orgullo y nostalgia.
Había criado a aquellos niños desde que dieron sus primeros pasos.
Y, sin darse cuenta, la pequeña Everly que corría entre los rosales negros comenzaba a convertirse en una mujer.
Más tarde, al dirigirse al salón de estudio, Everly encontró una pequeña caja de madera oscura sobre su escritorio.
No tenía remitente.
Solo una tarjeta escrita con una elegante caligrafía.
"Feliz cumpleaños, Lady Everly."
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
A través de la ventana, el jardín de rosas negras se extendía bajo la luz de la mañana.
Entonces lo recordó.
Solo faltaba un año.
Un año para abandonar la tranquilidad de la mansión Belmonth.
Un año para presentarse ante la corte del Imperio de Astravia.
Un año para que toda la nobleza conociera a la hija del Gran Archiduque Alaric Belmonth.
Y, aunque aún no podía imaginarlo...
Aquel sería el último cumpleaños que celebraría rodeada de la paz de su hogar.
Porque el siguiente lo encontraría en el Palacio Imperial, donde una sonrisa podía ocultar una conspiración y una reverencia podía ser el comienzo de una guerra silenciosa.