Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 11
Capítulo 11: Cinco millones de razones
Una semana.
Siete días de Rocío cocinando como si el mundo no se estuviera pudriendo detrás de las paredes. Siete días de Sasha sentada en su silla junto a la puerta, con un libro que cambiaba cada dos días pero que nunca pasaba de la página treinta. Siete días de Nicolás entrando y saliendo de su oficina con llamadas a puerta cerrada y sonrisas que no le llegaban a los ojos.
Valentina contó cada uno.
Había aprendido a leer la casa como se lee un barómetro. Cuando Nicolás tarareaba, estaba de buen humor. Cuando dejaba la puerta de la oficina entreabierta, quería que supieran que estaba ahí. Cuando la cerraba con llave y bajaba las persianas, algo se estaba cocinando que no tenía nada que ver con la comida.
Hoy las persianas estaban abajo desde las ocho de la mañana.
A las diez, Sasha subió.
—Nicolás quiere verte en su oficina.
No dijo "te invita". No dijo "cuando puedas". Dijo "quiere verte", con ese tono plano que significaba exactamente lo que significaba.
Valentina se miró en el espejo del tocador. La pulsera ancha en la muñeca izquierda. El pelo recogido. Los ojos que le devolvían la mirada eran los de una chica de dieciocho años que había aprendido a no temblar antes de entrar a una habitación.
"Lo que sea. Ya lo enfrentaste antes."
Bajó.
La oficina de Nicolás olía a cuero, tabaco frío y tinta de impresora. El escritorio de caoba ocupaba la mitad del cuarto. Detrás, la pared de libros que nadie leía. A la izquierda, una ventana con las persianas cerradas que dejaba entrar solo una línea delgada de luz.
Nicolás estaba sentado con las manos cruzadas sobre un folder beige. No sonreía. Tampoco fruncía el ceño. Su rostro era una pared lisa, sin puertas ni ventanas.
—Siéntate, mi niña.
Valentina se sentó en la silla frente al escritorio. La misma silla donde se había sentado a los nueve años cuando Nicolás le explicó que su padre no iba a volver. La misma silla donde a los quince le dijo que ya no podía seguir en la escuela porque "no había presupuesto". La misma silla donde cada verdad importante de su vida le había caído encima como un balde de agua helada.
—¿Pasa algo? —preguntó, aunque ya sabía que la respuesta era sí.
Nicolás abrió el folder. Adentro había papeles impresos, números, una tabla con columnas que Valentina no alcanzó a leer antes de que él los girara hacia ella y los cubriera parcialmente con la mano.
—Voy a ser directo contigo porque te lo mereces —dijo. Su voz tenía ese tono de profesor paciente que usaba cuando estaba a punto de destrozar algo—. La situación financiera de esta casa es insostenible. Las deudas que dejó tu padre, los intereses acumulados, los compromisos con ciertos socios... estamos hablando de cantidades que no puedo cubrir solo.
—Mi padre murió hace nueve años, Nicolás. ¿Cómo siguen creciendo esas deudas?
—Porque tu padre no solo debía dinero, Valentina. Debía favores. Y los favores en este mundo se pagan con intereses que no aparecen en ningún papel.
Le dio la vuelta al folder para que ella viera la última página. Un número. Uno solo, subrayado con marcador rojo.
Cinco millones de dólares.
El estómago se le contrajo como si alguien le hubiera hundido el puño en el abdomen.
—¿Cinco millones?
—Cinco millones trescientos mil, para ser exacto —corrigió Nicolás sin cambiar de tono—. Eso es lo que se necesita para limpiar todo. Para que esta casa siga en pie. Para que tú sigas teniendo un techo.
"Para que tú sigas teniéndome."
Valentina apretó las manos sobre sus rodillas. Los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Nicolás cerró el folder. Lo empujó hacia un lado con un gesto lento, como quien mueve una pieza de ajedrez.
—Un socio de negocios me contactó hace dos semanas. Alguien con los recursos para resolver esto de un solo movimiento. —Hizo una pausa. La miró a los ojos—. Quiere conocerte. Quiere un acuerdo.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Matrimonio.
La palabra cayó en el aire como una piedra en un pozo. Valentina la escuchó rebotar contra las paredes de su cabeza. Matrimonio. Matrimonio. Matrimonio.
—No —dijo. La voz le salió más firme de lo que esperaba.
—No te estoy pidiendo permiso, mi niña.
—No me llames así.
Nicolás inclinó la cabeza. Un destello de algo cruzó sus ojos —irritación, sorpresa, cálculo— y desapareció.
—Valentina —dijo, pronunciando cada sílaba como si la estuviera deletreando—. Esto no es una propuesta. Es la solución a un problema que tu padre creó y que yo llevo nueve años cargando sobre mis hombros. Nueve años alimentándote, vistiéndote, dándote un hogar. Así se paga lo que tu padre dejó pendiente.
—¿Vendiéndome?
—No seas dramática.
—¿Cómo le llamas entonces? —Valentina se levantó de la silla. Las piernas le temblaban pero la voz no—. Un hombre que no conozco va a pagar cinco millones de dólares a cambio de casarse conmigo. Eso tiene un nombre, Nicolás.
Él se recargó en el respaldo de su silla. Cruzó las piernas. La miró como se mira a un animal que intenta morder la mano que lo alimenta.
—Tiene el nombre que tú le quieras poner —dijo con suavidad—. Pero la realidad es esta: sin ese dinero, pierdo la casa, pierdo el club, pierdo todo. Y tú pierdes el único techo que has conocido. ¿A dónde vas a ir, Valentina? ¿Al barrio? ¿A dormir en la calle? ¿A trabajar en qué?
Las palabras le dolieron porque eran ciertas. Cada una era un clavo.
—Puedo trabajar.
—¿Haciendo qué? No tienes título. No tienes referencias. No tienes a nadie.
"Tengo una tarjeta cosida en el forro de una cartera vieja."
El pensamiento cruzó su mente como un relámpago y lo apagó de inmediato. No ahora. No aquí. No frente a él.
—¿Quién es? —preguntó.
—¿Quién es quién?
—El interesado. El que quiere comprarme por cinco millones.
Nicolás se levantó. Rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella. No la tocó. No necesitaba tocarla. Su presencia era suficiente para llenar todo el espacio.
—Eso lo sabrás en su momento. El interesado va a estar en la fiesta de cumpleaños de don Aurelio Carrasco, la próxima semana. —Le puso una mano en el hombro. Valentina se quedó rígida—. Vas a ir conmigo. Vas a vestirte bien. Vas a sonreír. Y vas a dejarte conocer.
Le soltó el hombro y caminó hacia la puerta.
—Puedes irte.
Valentina no se movió. Lo miró de espaldas, la camisa perfecta, los zapatos lustrados, las manos que firmaban documentos y destruían vidas con la misma facilidad.
—Nicolás.
Él se detuvo sin voltear.
—No voy a hacerlo.
Silencio. Un segundo. Dos. Tres.
—Sí vas a hacerlo, mi niña —dijo sin girar la cabeza—. Porque no tienes otra opción.
La puerta se cerró detrás de él.
Valentina se quedó sola en la oficina. La línea de luz de la ventana le cruzaba los zapatos. El folder beige seguía sobre el escritorio, cerrado, con el número de cinco millones adentro como una sentencia que alguien ya había firmado sin consultarle.
Se llevó la mano a la muñeca. Debajo de la pulsera ancha, la marca de los dedos de Nicolás ya casi había desaparecido. Pero ahora sentía otra marca, invisible, que le cubría todo el cuerpo.
"La fiesta de don Aurelio Carrasco. La familia de Santiago."
Algo se encendió en su pecho. No era esperanza. No todavía. Era algo más pequeño y más peligroso.
Era una idea.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?