Elian Rojas (23) trabaja en el refugio Second Chance Paws en Austin, Texas, y se paga la carrera de veterinaria. Cuando el refugio entra en quiebra y recibe orden de desalojo, encuentra un flyer rosa: "Se busca niñera. $3,500/mes. Niños difíciles. Si ellos te aceptan, te quedas".
Va a la entrevista sin fe. Le advierten que 3 niños han echado a 7 niñeras. Lo eligen porque es hombre, se ve torpe e ingenuo y creen que será fácil hacerlo renunciar con trampas de harina, tinta azul y pistolas de agua.
Pero Elian no ve berrinches, ve abandono. Y poco a poco, entre caos y perros colados, se ganará a una familia rota.
Lo que no esperaba era enamorarse de su jefe, Dante Montero (34), CEO viudo, frío y que no sabe cómo ser padre sin su esposa.
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Capítulo 6 - El Festival de Ciencias
El lunes Santi llegó de la escuela con una hoja arrugada y cara de tragedia.
Tenía ocho años y la expresión de quien debe salvar al mundo.
Es el festival de ciencias, dijo tirando la hoja sobre la isla. Todos deben llevar experimento. Si no llevo, repruebo.
Milo levantó la vista de su laptop y dijo sin piedad: el año pasado llevaste una piedra y dijiste que era meteorito. Reprobaste igual.
Santi lo fulminó con la mirada.
Esta vez quiero hacer volcán, dijo. Uno que explote de verdad.
Luna, que dibujaba a su lado, levantó la mano y dijo: yo ayudo.
Yo no tenía idea de volcanes. En el refugio sabía de vacunas y desparasitación, no de bicarbonato y lava.
Pero dije que sí. Porque cuando Santi pone esa cara, es imposible decir que no.
Buscamos tutorial en mi celular. Necesitábamos botella de plástico, cartón, pintura café, vinagre, bicarbonato y colorante rojo. Fácil, decía el video. En cinco minutos.
Fuimos a comprar a la tienda de manualidades de Lamar. Santi eligió pintura que brillaba en la oscuridad, colorante extra rojo y brillantina que no pedía el tutorial. Luna eligió dinosaurios pequeños para poner alrededor.
A las cuatro empezamos en la sala. Cubrimos el piso con periódico porque la asistente estaba libre y no quería que Isidora tuviera otra razón para demandar.
Hicimos base de cartón, pegamos botella en centro, moldeamos montaña con papel periódico y cinta. Santi se manchó las manos de pegamento y se pegó los dedos. Luna se rió y le puso un dinosaurio en la cabeza.
A las cinco y media el volcán parecía más una montaña triste que un volcán, pero Santi estaba orgulloso.
Ahora falta erupción de prueba, dijo.
Puse bicarbonato dentro de botella, Luna echó vinagre con colorante rojo. Esperamos.
No pasó nada.
Echamos más bicarbonato. Más vinagre. Nada. Solo burbujas pálidas que se desbordaban lento.
Santi cruzó brazos.
No explota. No sirve.
Milo se acercó, miró y dijo: le falta presión. Tapa la boca y agita.
Lo hicimos. Santi tapó con mano, agitó. Yo agregué más vinagre sin medir.
La botella hizo un ruido sordo. Luego explotó.
No fue erupción bonita de feria. Fue explosión real. Lava roja con brillantina salió disparada hacia techo blanco de la sala, hacia cortinas beige de diseñador, hacia el retrato de la esposa de Dante que colgaba en la pared.
La sala quedó roja. Santi quedó rojo. Luna quedó roja. Yo quedé rojo.
Canelo entró corriendo, resbaló con lava y quedó rojo también.
Durante tres segundos nadie habló.
Luego Luna dijo: wow.
Santi gritó: ¡funcionó! ¡funcionó mejor que el del video!
Milo sacó foto y dijo: papá te va a matar.
Justo en ese momento se abrió la puerta principal. Dante llegó a las seis y media, temprano por primera vez en semanas. Traje azul, maletín, cara cansada.
Se detuvo en la entrada y miró la sala. Pared blanca con manchas rojas que parecían escena de crimen, techo con gotas brillantes, sofá beige con lava escurriendo, tres niños rojos y un niñero rojo con botella en mano y un perro rojo lamiendo suelo.
Nadie respiró.
Yo esperé grito. Regaño. Despido. Llamada a Isidora diciendo que tenía razón.
Dante dejó maletín en el suelo, se quitó saco, se arremangó camisa y dijo: ¿alguien me explica por qué mi sala parece Marte?
Santi dio un paso adelante, manchado de rojo hasta las cejas.
Es mi volcán para festival. Queríamos que explotara de verdad. Y explotó.
Dante se acercó al volcán, que aún burbujeaba rojo. Lo miró con curiosidad.
Está chueco, dijo.
Lo sé, dijo Santi bajando cabeza. No me salió bien.
Dante se agachó a su altura, manchándose rodillas de pintura roja.
A mí me gusta que esté chueco, dijo. Los volcanes perfectos son aburridos.
Tomó un trapo y empezó a limpiar lava del suelo. Sin pedir ayuda. Sin llamar a nadie.
Yo me quedé quieto, con botella en mano, viendo a un CEO de millones limpiando vinagre con bicarbonato y brillantina del piso de su sala de tres mil dólares el metro.
¿Me ayudan o voy a limpiar solo mi propia sala?, dijo mirándonos.
Todos nos movimos. Milo trajo toallas. Luna trajo agua. Santi traía más periódico. Yo trapeaba techo con escoba porque no alcanzaba.
Canelo se acostó en medio, feliz de estar rojo.
A las siete y media la sala estaba limpia a medias. Manchas rosadas quedaban en techo y cortinas. Dante tenía camisa blanca con manchas rojas que parecían sangre.
Se sentó en el suelo, contra sofá, agotado.
¿Sabes?, dijo mirando a Santi. Cuando tenía tu edad hice un volcán con mi papá. No explotó. Mi papá me dijo que no servía para ciencias. Nunca volví a hacer uno.
Santi se sentó a su lado.
¿Y ahora?, preguntó.
Ahora limpio lava con mi hijo y creo que este es el mejor volcán que he visto, dijo Dante.
Santi sonrió con dientes rojos.
Esa noche no cenamos arroz. Pedimos pizza porque cocina seguía con olor a vinagre. Comimos en el suelo de la sala manchada, con platos de cartón, sin reglas de sin celulares porque todos teníamos manos rojas.
Dante se quitó corbata y se manchó a propósito la camisa para que Santi no se sintiera solo.
A las nueve, cuando acosté a Santi, me dijo en voz baja: papá nunca se había manchado por mí.
Le dije que su papá se mancharía más veces si lo dejaba.
En el pasillo, Dante me esperaba con dos cervezas sin alcohol.
Gracias por no decirle que no al volcán, dijo.
Gracias por no despedirme por manchar tu sala, dije.
Brindamos con botellas rojas por el volcán chueco.
Esa noche Luna dejó dibujo nuevo en mi puerta. Era el volcán explotando, con nosotros cinco rojos y felices y Canelo con capa de superhéroe.
Abajo decía: mejor experimento.
Guardé dibujo y pensé que tal vez reprobar ciencia no era tan malo si terminabas con sala roja y papá limpiando a tu lado.