De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura
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Capítulo 1: El filo del titanio y las dos de la madrugada
El auditorio de la Cámara de Comercio de Milán olía a moqueta nueva, café quemado y una concentración de testosterona corporativa a punto de combustión.
Valeria Vidal ajustó el micrófono de solapa sobre la pechera de su traje sastre gris perla con la precisión de un cirujano antes de la primera incisión. La maqueta holográfica de su proyecto flotaba en el centro del escenario: una torre helicoidal de setenta plantas revestida en titanio blanco mate, donde terrazas con vegetación autóctona desafiaban la gravedad mediante tensores invisibles. Era una obra de arte orgánica, limpia y rabiosamente moderna.
—Una ciudad no necesita otra lápida de cristal oscuro para demostrar poder financiero —dijo Valeria, proyectando una voz clara que silenció los murmullos de los accionistas y del jurado internacional—. Necesita respirar. Si el consorcio busca un búnker del siglo pasado, elijan otra propuesta. Si buscan un icono que sobreviva al cambio de siglo, Vidal Vanguard ya calculó cada milímetro de su resistencia eólica.
El aplauso que siguió fue cerrado, formal y denso.
Valeria bajó los tres escalones del estrado con paso marcial. Sus tacones de diez centímetros resonaron sobre el parquet con la cadencia de una cuenta regresiva. No necesitó desviar la mirada hacia la primera fila del bloque rival para saber exactamente qué expresión la esperaba allí; conocía esa sombra demasiado bien.
Dante De Rossi se puso de pie desabotonándose con lentitud el único botón de su chaqueta azul noche, confeccionada por sastres napolitanos con la sola intención de intimidar al resto de los mortales. Cruzó al lado de Valeria en el pasillo central, aprovechando el estrecho margen entre las butacas para inclinarse apenas hacia ella. Su colonia —un fondo amaderado con un toque cítrico y gélido— invadió el espacio personal de la arquitecta.
—Hermosa poesía, Vidal —murmuró Dante con un barítono bajo, lo bastante cerca para que el aliento rozara la curva de su oreja—. Lástima que tus curvas líricas colapsarán bajo la primera nevada seria de los Alpes. A tu titanio le falta lo más elemental: agallas estructurales.
Valeria ni pestañeó. Se acomodó la carpeta de cuero bajo el brazo y le devolvió una sonrisa tan gélida que casi provocó escarcha en las solapas del hombre:
—Preocúpate por tus cajas de zapatos, De Rossi. Hasta los ángulos rectos se aburren de tu falta de imaginación. Procura no romperte una uña cuando el jurado te pida explicaciones sobre el sobrecoste de tus vigas.
Dante sonrió con esa media comisura ladeada que a Valeria le producía unas ganas casi físicas de arrojarle una regla de metal a la frente, y subió al estrado con la calma felina de un depredador que juega en casa. Durante los siguientes cuarenta minutos, el líder de De Rossi Lab desplegó un búnker de cristal ahumado y acero templado que era una oda a la fuerza bruta y a la simetría impecable.
A las seis y media de la tarde, la comisión evaluadora emitió su veredicto provisional: empate técnico. Ambas firmas tendrían cuatro semanas para presentar un modelo físico funcional a escala real y defenderlo en una sesión conjunta. La guerra abierta por el contrato del siglo en Milán estaba servida.
A las dos y cuarto de la madrugada, Milán dormía bajo una lluvia tibia de primavera que borraba los contornos de los edificios.
En el ático minimalista del barrio de Isola, Valeria se despojó por fin de la armadura. Llevaba un pantalón de seda gris y una camiseta holgada de tirantes, descalza sobre el suelo de microcemento. Tenía el cabello castaño recogido en un moño deshecho y una taza de té de jengibre enfriándose en la isla de la cocina. Frente a ella, sobre una banqueta, la tableta digital brillaba con la interfaz oscura de Nocturna, una red exclusiva y hermética diseñada para creativos insomnes que operaba bajo seudónimos encriptados y cero datos biográficos.
Un círculo verde parpadeó en la esquina superior de la pantalla. El único contacto que le importaba en ese rincón del ciberespacio estaba en línea.
> TintaBlanca: Sobreviví a la primera ronda de la licitación más salvaje del año. Pero mi némesis diurno sigue respirando mi mismo oxígeno y juraría que su único propósito en esta tierra es empujarme al homicidio involuntario con su arrogancia calculada.
>
La respuesta tardó apenas ocho segundos en caer:
> PlanoCero: Déjame adivinar: ¿el hombre del ego blindado volvió a atacar?
> TintaBlanca: El mismísimo. Traje milanés impecable, postura de emperador romano y esa costumbre insoportable de fingir que el resto de los seres humanos somos aficionados haciendo garabatos en servilletas.
> PlanoCero: A mí me tocó librar mi propia batalla hoy contra mi pesadilla particular. Una mujer que confunde la ingeniería con la lírica. Es intratable, mandona, viste como si fuera a ejecutar a alguien en el desayuno y tiene una lengua más peligrosa que un andamio suelto a cien metros de altura.
> TintaBlanca: Suena a que te dejó sin argumentos y tu ego masculino no sabe dónde esconderse.
> PlanoCero: Jamás me quedo sin argumentos, TintaBlanca. Pero admito que es la única persona en todo este maldito gremio que me obliga a revisar tres veces mis cálculos de carga solo para no darle el placer de encontrar una fisura. Me agota mentalmente... y a la vez hace que todo lo demás parezca aburrido.
> TintaBlanca: Te entiendo más de lo que crees. Mi rival me saca de mis casillas, pero cuando vi su maqueta hoy... maldición, qué rabia me da admitir que el infeliz tiene talento. Odio su arrogancia, pero respeto su cerebro.
> PlanoCero: Un rival digno es un regalo escaso en este mundo de mediocres. Pero basta de hablar de idiotas corporativos. Son las dos y media. ¿Por qué estás despierta de verdad?
> TintaBlanca: El silencio del ático. Cuando apago las luces, las paredes se sienten demasiado altas y la cabeza no se calla. La soledad del éxito tiene un eco espantoso.
> PlanoCero: Conozco ese eco. Quédate un rato más. Cuéntame qué trazarías en un papel si nadie te pagara por ello.
>
Durante dos horas y media, ajenos al mundo real, Valeria Vidal y Dante De Rossi se confesaron frustraciones infantiles, miedos al fracaso y bocetos de ensueño que jamás enseñarían a un cliente, tecleando desde sus respectivas soledades a menos de doce manzanas de distancia, sin la menor sospecha de que el confidente que les aceleraba el pulso al otro lado de la pantalla era el mismo ser humano al que deseaban estrangular a plena luz del día.
A las diez de la mañana del día siguiente, el sol matutino entraba a raudales por los ventanales de Vidal Vanguard Studio.
Bianca, socia fundadora y directora de interiores, entró en el despacho privado de Valeria sin molestarse en llamar. Llevaba dos vasos gigantes de café helado y un cruasán de pistacho mordisqueado en la mano. Se detuvo en seco al borde del escritorio de caoba blanca.
Valeria estaba frente a la pantalla de su ordenador, con la vista perdida hacia el horizonte de la ciudad y una taza de café en los labios, luciendo una sonrisa boba, suave y soñadora que Bianca no le había visto en los diez años que llevaban de amistad.
—Alerta roja —dijo Bianca, dejando caer los cafés sobre la mesa con un golpe sordo—. Esa cara no es de haber revisado planos de hormigón. Esa cara es de hormonas en huelga que acaban de volver al trabajo. ¿Qué hiciste anoche, Valeria?
Valeria se sobresaltó, parpadeó dos veces y recompuso de inmediato su habitual máscara de ejecutiva de hierro, alisándose la solapa de su blusa de seda:
—Nada. Estudiaba la resistencia del nudo central de la torre.
—Mentira cochina —contraatacó Bianca, apoyándose en el borde del escritorio con los ojos achinados—. Hablaste con el poeta misterioso de la aplicación esa, ¿verdad? El tal PlanoCero.
—Solo charlamos un rato —se defendió Valeria, sintiendo un calor traicionero en las mejillas que intentó camuflar buscando unos documentos en un cajón—. Es una mente brillante, Bianca. Es culto, entiende la soledad del trabajo de alta presión y tiene una sensibilidad que ningún hombre de nuestra esfera profesional posee ni en sueños. No es como los trogloditas con los que tenemos que lidiar en las licitaciones.
—Claro, un príncipe azul cibernético —se burló Bianca, sacando su teléfono del bolsillo—. Pues mientras tú suspiras por tu fantasma digital, el troglodita mayor de Milán acaba de abrir la boca en una entrevista para el Corriere della Sera.
Valeria frunció el ceño con disgusto:
—¿De Rossi? ¿Qué dijo ahora ese imbécil?
Bianca leyó con tono melodramático:
—«Los conceptos presentados por Vidal Vanguard son interesantes para un pabellón infantil de feria, pero carecen de la musculatura física y técnica que requiere el siglo XXI. Dudo mucho que su equipo tenga siquiera la resistencia cardiovascular para supervisar una obra de esa envergadura».
Valeria se puso de pie tan rápido que la silla de diseño rodó hacia atrás contra el ventanal. Los ojos castaños le brillaron con fuego puro.
—¿Insinuó que no tengo resistencia física? ¿Ese maniquí engominado?
—Eso parece —añadió Bianca con una sonrisita perversa—. Y por una coincidencia maravillosa del universo, Enzo me acaba de avisar que De Rossi estará mañana domingo en el parque Sempione para el circuito benéfico de ciclismo urbano. Dice que él y su equipo piensan hacer los diez kilómetros en bicicleta de paseo en tiempo récord.
Valeria apoyó ambas palmas sobre el escritorio, respirando hondo mientras una idea salvaje y competitiva tomaba forma en su cabeza.
—Consígueme dos bicicletas vintage de canasta de mimbre ahora mismo, Bianca. Y busca el casco más ridículamente aerodinámico que encuentres. Mañana ese arrogante va a tragarse el polvo de mis ruedas aunque me quede sin pulmones a mitad de la pista.