Alan Eduardo Porto es ciego, pero ve más lejos que cualquiera. Cuando entra como becario al departamento jurídico de una de las corporaciones más poderosas del país, sabe que tendrá que soportar las burlas, el sabotaje y los prejuicios. Lo que no imagina es que un choque en un ascensor lo pondrá frente al hombre que puede destruirlo… o poseerlo.
Rodolpho es el presidente de la empresa: implacable, arrogante, acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él. Nunca nadie le había plantado cara. Hasta que apareció ese muchacho que no baja la cabeza, que no teme y que, sin siquiera proponérselo, despierta en él una obsesión que no logra controlar.
Entre ellos se enciende un juego peligroso de poder y deseo, donde cada acercamiento tiene un precio. Pero Alan carga un secreto y una promesa: sacar a su hermano menor de donde está, cueste lo que cueste. Y hay sombras del pasado dispuestas a todo con tal de arrebatárselo todo.
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Capítulo 16
Para alegría de Alan, su nuevo trabajo le otorgaba una oficina solo para él. El problema era que quedaba a una oficina de distancia de la de Rodolpho. Aunque ese día no fue un problema, porque Rodolpho pasó toda la jornada fuera de la empresa y Alan se dedicó a estudiar expedientes y las nuevas funciones que desempeñaría.
Fue un alivio inmenso cuando llegó a casa, sabiendo que tenía sus derechos laborales asegurados por su contrato en regla y que estar registrado en planilla le daba el poder de quedarse con su hermano.
Esa noche, aunque todavía sentía el gusto pegajoso de Rodolpho en la boca, durmió como no dormía hacía días.
El sábado por la mañana se despertó bien temprano, ordenó los documentos firmados por Rodolpho, los acomodó en una carpeta y la metió en la mochila.
Después de cerrar la puerta con llave, echó a andar por la vereda; había decidido que iría a pie hasta la institución, que no quedaba muy lejos, aunque tampoco cerca. Aun así, decidió ir caminando, porque podía encontrar algo interesante y llevárselo a Gael.
No se había alejado mucho de la casa cuando percibió un auto que se acercaba y reducía la velocidad hasta detenerse a su lado. Enseguida escuchó bajar el vidrio del lado del acompañante.
El conductor ni siquiera tuvo que abrir la boca para que Alan supiera quién era. El perfume amaderado le invadió los sentidos apenas se abrió la ventanilla.
—Buen día, Alan —dijo Rodolpho con un tono casual.
A Alan lo tomó completamente por sorpresa.
—B-buen día, señor Rodolpho —tartamudeó, mientras cerraba los dedos con más fuerza en torno a la empuñadura del bastón.
—¿Vas a ver a tu hermano? —No era del todo una pregunta, era más bien una constatación.
Alan, por su parte, solo asintió. Aquello era raro y lo estaba dejando muy incómodo, más aún con el recuerdo de lo que había pasado dos días atrás.
En ese momento, Alan le agradeció al cielo ser ciego y no tener que enfrentar el rostro del hombre que era su jefe, y al que le había hecho sexo oral para conseguir una contratación justo después de haberle roto la cara a un superior de un puñetazo.
—¿Te llevo?
Alan no estuvo seguro de haber entendido bien.
—E-eh... no, gracias.
Y se puso a caminar, pero al cabo de unos segundos alcanzó a oír la puerta del auto importado abrirse, y al instante siguiente los pasos de Rodolpho hacia él se volvieron audibles.
—¿Puedo ayudarlo en algo, señor? —preguntó, intentando ignorar el corazón que se le aceleraba.
¿Qué querrá? ¿Me irá a pedir que haga aquello otra vez? ¿Por qué está acá? ¿Cómo salgo de esta? Alan pensaba a una velocidad absurda y terminó por no notar que Rodolpho estaba muy cerca, hasta que dio el siguiente paso y se topó de frente con el pecho del hombre.
—Perdona —dijo Rodolpho riendo—. Creo que se me pegó la maña de meterme en tu camino.
Alan sintió que le ardían las mejillas y se tensó aún más cuando percibió que Rodolpho se acercaba todavía más, casi pegando sus cuerpos.