El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
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Capítulo 7: La furia del Emperador
El aviso no tardó ni dos horas en llegar.
Tras la humillante huida del heraldo imperial en el Palacio Zafiro, un destacamento de la Guardia Dorada se presentó en las puertas de mi residencia. No se atrevieron a desenvainar sus armas frente a los veteranos acorazados de mi padre, pero el mensaje del oficial al mando fue tajante: el Emperador Kaelen exigía mi presencia inmediata en el despacho imperial. A solas.
Mi padre apretó los puños, listo para acompañarme y derribar las puertas del palacio central si era necesario, pero le puse una mano en el brazo para detenerlo.
—Déjamelo a mí, padre —le dije con serenidad—. Kaelen cree que sigo siendo la misma muchacha asustada que mendigaba su aprobación. Es hora de que entienda con quién está tratando.
Caminé hacia el palacio central con la frente en alto y el mentón firme. Lucía un vestido de seda azul profundo con brocados de plata y el broche del dragón marino de Valoria en el pecho. Los cortesanos y doncellas que llenaban los pasillos se apartaban a mi paso, murmurando en susurros aterrorizados sobre el ejército acampado en el patio exterior.
Al entrar al despacho imperial, el frío del lugar me recibió como un bofetón.
Kaelen estaba de pie junto al enorme ventanal que daba a la plaza de armas. Llevaba una túnica negra con bordados dorados y las manos cruzadas a la espalda. Al escuchar el crujido de las puertas al cerrarse, se giró despacio. Sus ojos dorados, gélidos y afilados como cuchillas, se clavaron en mí con una furia contenida que habría hecho temblar a cualquiera.
En mi vida pasada, esa misma mirada me habría hecho caer de rodillas a suplicar perdón. Hoy solo me causaba un profundo desprecio.
—¿Has perdido la cabeza por completo, Valeria? —soltó Kaelen, con una voz baja y peligrosa que retumbó en las paredes de mármol—. ¿Tres mil lanzas pesadas de la frontera entrando a la capital sin mi autorización? ¿Soldados armados hasta los dientes dentro del palacio interior?
Di dos pasos hacia el centro de la sala y me detuve, sin hacer la más mínima reverencia.
—Mis padres han venido a visitar a sus nietos, Kaelen —respondí con una calma glacial—. No veo qué parte de una visita familiar requiere tanta histeria de tu parte.
Kaelen entrecerró los ojos. Un destello de incredulidad y rabia cruzó su rostro al notar que no me inclinaba ante él y que lo llamaba directamente por su nombre, sin usar sus títulos imperiales.
—¡No juegues conmigo! —golpeó la mesa de caoba con la palma de la mano, haciendo temblar los tinteros—. Sabes perfectamente que movilizar tropas sin un decreto firmado por mí es un acto de sedición. Tu padre se presentó como si fuera el dueño del imperio, desafiando a mi guardia en mis propias narices. ¿Acaso olvidaste cuál es tu lugar en este palacio?
«Mi lugar... Durante trece años me hiciste creer que mi único lugar era esperar tus sobras en una esquina».
Sostuve su mirada dorada sin parpadear ni un solo instante.
—El Gran Duque Guillermo von Rosental es el Comandante en Jefe de las legiones fronterizas —le recordé con tono firme y pausado—. Y mi madre es la Princesa Real de Valoria. Si ellos deciden viajar con su guardia de honor para ver a mi hijo y a mi hija, ningún decreto tuyo tiene el peso suficiente para frenarlos. Y tú lo sabes mejor que nadie.
Kaelen dio tres zancadas rápidas hacia mí, deteniéndose a escasos centímetros de mi rostro. Su respiración agitada rozaba mi frente, intentando intimidarme con su altura y su presencia marcial.
—Trece años, Valeria —susurró entre dientes, con veneno puro en cada palabra—. Trece años callada, obediente, rogando por un poco de mi atención mientras competías con las demás consortes. ¿Y ahora de pronto te atreves a levantarme la voz? ¿Crees que porque tu padre trajo unos cuantos caballos viejos vas a cambiar las reglas del juego?
Sonreí. Fue una sonrisa pequeña, amarga y totalmente desprovista de miedo.
—Fui una estúpida durante trece años, tienes toda la razón —admití, mirándolo directo a los ojos—. Me creí tus mentiras cuando tenía diecisiete años y me aislé de mi propia sangre por orgullo. Te permití convertirme en una prisionera en el Palacio Zafiro y dejé que usaras a mis hijos como carne de cañón en tus absurdos juegos de sucesión.
Kaelen tensó la mandíbula. Por primera vez en todo el tiempo que lo conocía, vi una sombra de desconcierto en el fondo de sus pupilas doradas. No reconocía a la mujer que tenía enfrente.
—Tú misma empujabas a Cassian a competir —contraatacó él con frialdad—. Tú eras la primera en exigirle que fuera superior a los demás príncipes.
—Porque estaba aterrorizada de que tú o tus concubinas los degollaran si mostraban debilidad —le espeté sin titubear—. Pero esa pesadilla se acabó, Kaelen. Ya no necesito tu favor para que mis hijos respiren. Detrás de Cassian y Rosalind están las legiones del Escudo de Hierro y la flota entera de Valoria.
Kaelen soltó una risa seca, carente de cualquier gracia.
—¿Crees que el Gran Duque iniciaría una guerra civil por un capricho tuyo? Si doy la orden, puedo declarar rebelde a tu casa y confiscar tus títulos ahora mismo.
—Pruébalo —lo desafié en un susurro gélido, dando medio paso hacia él—. Da la orden. Manda a tus guardias dorados a arrestar a mi padre en el patio. Te garantizo que antes de que caiga el sol, la frontera occidental abrirá el paso a los invasores y los barcos de Valoria cortarán todas las rutas de grano hacia la capital. ¿Cuánto crees que durará tu corona si la gente de la ciudad empieza a morirse de hambre?
Kaelen se quedó mudo. Los músculos de su cuello se tensaron tanto que parecían a punto de romperse. El silencio en el despacho se volvió asfixiante.
Él era un estratega implacable, y sabía con exactitud matemática que mis palabras no eran una amenaza vacía: eran una realidad aplastante. No tenía el poder ni el dinero para sostener una guerra contra el Ducado Rosental y el Reino de Valoria al mismo tiempo.
—Mañana es la cacería de otoño —dijo Kaelen al fin, recuperando una máscara de fría compostura, aunque el veneno seguía quemándole la voz—. Espero que tus 'invitados' sepan comportarse en el coto imperial. No toleraré ningún escándalo frente a los nobles.
—No te preocupes por mis padres, Kaelen —le respondí, dando un paso atrás con elegancia—. Preocúpate mejor por las víboras que tienes alimentadas con seda y oro en los otros palacios. Mañana vas a ver con mucha claridad quiénes son los verdaderos traidores en este imperio.
Di media vuelta sobre mis talones y caminé hacia la salida sin esperar su permiso de retirada.
Al abrir las puertas de par en par, sentí la mirada furiosa del Emperador clavada en mi espalda. Sabía que esta conversación no era el final de nada, sino la declaración abierta de una guerra silenciosa. Pero por primera vez en dos vidas, el miedo ya no me pertenecía a mí. Le pertenecía a él.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre