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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

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Capítulo 10: La trampa de TintaBlanca

A las dos y cuarenta de la madrugada, el ático de CityLife era un laberinto de sombras azules y silencios que pesaban como hormigón fresco.

Dante De Rossi continuaba apoyado contra la isla de la cocina. Tenía la vista perdida en las luces parpadeantes de Milán y el teléfono todavía tibio en la palma de la mano, con la pantalla bloqueada tras enviar su última y descarnada confesión a TintaBlanca. Tenía la mandíbula apretada, el pecho desnudo todavía caliente y los nudillos blancos de tanta rabia contenida contra sí mismo.

Se sentía un imbécil. Un titán de pacotilla que dominaba asambleas de accionistas de día, pero que de noche se desnudaba emocionalmente ante una desconocida en una aplicación cifrada porque no tenía el coraje de admitir que la mujer que dormía a diez metros de distancia le había quebrado todas las defensas.

El sonido suave, casi imperceptible, de unos pies descalzos sobre el microcemento lo puso en guardia.

Dante giró la cabeza despacio.

Valeria Vidal avanzaba por el pasillo en penumbra. Ya no llevaba el kimono de seda ceñido ni la armadura de ejecutiva: vestía una camiseta gris holgada de algodón que le caía sobre un hombro y unos pantalones cortos de lino. Su melena castaña caía libre, salvaje y desordenada sobre su clavícula. No caminaba con la furia bélica de la mañana; se movía con la cadencia sigilosa, fluida y letal de una pantera que sabe exactamente dónde está la yugular de su presa.

En sus ojos castaños no había rastro de sueño. Había un brillo peligroso, divertido y arrollador.

Dante se enderezó de inmediato, tensando los músculos del abdomen por puro reflejo defensivo, tratando de recomponer su habitual máscara de desdén aristocrático.

—¿El agua mineral de tu estante no era suficiente, Vidal? —soltó él con su barítono áspero, intentando marcar territorio—. La cocina está cerrada por mantenimiento nocturno.

Valeria no se detuvo. Cruzó el espacio abierto sin titubear y se detuvo a medio metro de él. En lugar de ir hacia el frigorífico, se apoyó de espaldas contra la gran mesa de roble, justo encima de los restos arrugados de la cinta azul de carrocero, cruzando los brazos bajo el pecho.

Lo barrió de arriba abajo con una mirada lenta, descarada, que a Dante le quemó la piel como si le hubieran arrojado una brasa encendida.

—No tengo sed de agua, De Rossi —dijo ella en un susurro templado, ladeando la cabeza con una sonrisa diminuta jugando en sus labios—. Solo tenía curiosidad.

Dante entrecerró los ojos azules, sintiendo una alarma muda disparándose en la base de su nuca:

—¿Curiosidad sobre qué?

Valeria estiró una mano y, con la punta del dedo índice, trazó un círculo perezoso sobre la madera del borde de la mesa, exactamente en el lugar donde él la había levantado en vilo dos horas antes.

—Curiosidad sobre tus métodos de diseño —ronroneó ella, mirándolo a través de las pestañas—. Me quedé pensando en lo que dijiste sobre la lancha en Como. Y sobre esa manía tuya de hablar de metales que solo se purifican con fuego.

Dante se congeló en el acto.

Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Las palabras resonaron en su cabeza con la fuerza de un rayo cayendo en seco sobre un pararrayos.

Metales que solo se purifican con fuego.

Esa era la frase exacta que él le había escrito a TintaBlanca la noche anterior en el chat de Nocturna.

Dante tragó saliva con dificultad, manteniendo la mirada fija en Valeria, buscando desesperadamente una explicación lógica en su mente de ingeniero. «Es una coincidencia», se dijo con una punzada de pánico interno. «Es una metáfora común sobre materiales de construcción. Una maldita casualidad».

—La metalurgia es una ciencia exacta, Valeria —respondió él, modulando la voz para que no se le quebrara la compostura, aunque los dedos de su mano libre se cerraron en un puño disimulado detrás de su espalda—. Si viniste a debatir sobre tratamientos térmicos a las tres de la mañana, te sugiero que abras un manual.

Valeria soltó una risita suave, baja, deliciosa y absolutamente perversa.

Dio un paso hacia adelante, acortando la distancia hasta que el calor de sus cuerpos volvió a rozarse. Levantó la vista hacia los ojos de Dante, disfrutando de cada milisegundo del desconcierto que comenzaba a asomar en las facciones de piedra del arquitecto.

—No necesito manuales cuando tengo al autor en casa —susurró ella, inclinándose apenas hacia su oído, rozándole el lóbulo con el aire tibio de sus palabras—. Aunque me pregunto si el gran Dante De Rossi sigue buscando excusas para volver a acorralarme contra esta mesa... o si finalmente el salvaje territorial se quedó sin argumentos.

El mundo se detuvo. La tierra dejó de girar sobre su eje.

A Dante se le cortó el aire en los pulmones. La sangre le rugió en los oídos con un estruendo ensordecedor mientras su mente unía los puntos con la velocidad devastadora de un colapso estructural.

«Buscando una excusa para volver a acorralarla contra esa mesa esta misma noche».

Esa había sido su última línea en el chat. Enviada hacía exactamente quince minutos.

Dante bajó la mirada con una lentitud aterrada hacia el teléfono que sostenía en la mano, luego alzó los ojos hacia el rostro triunfal de Valeria. La sonrisa de ella era un poema de victoria absoluta: una reina que acababa de descubrir que el general enemigo le había entregado el plano completo de su fortaleza sin darse cuenta.

—Tú... —balbuceó Dante, perdiendo el habla por primera vez en treinta y un años de existencia, con los ojos azules desorbitados—. Eres... TintaBlanca.

Valeria no pestañeó. Dio otro medio paso al frente, apoyando la palma de su mano derecha con una lentitud deliberada sobre el centro de su pecho desnudo, sintiendo el latido desbocado, violento y caótico que amenazaba con partirle el esternón al hombre.

—Buenas noches, PlanoCero —murmuró ella con una ternura venenosa que lo desarmó por completo—. Mañana temprano quiero mi expreso doble con dos gotas de leche de almendras sobre mi escritorio. Y procura no desajustar el émbolo... esposo mío.

Le dio dos palmaditas suaves y condescendientes sobre el pecho, le guiñó un ojo con una insolencia gloriosa y dio media vuelta, caminando hacia su dormitorio con el balanceo victorioso de quien acaba de ganar la guerra sin disparar un solo cañonazo.

Dante se quedó petrificado en medio de la cocina en penumbra, con la boca entreabierta, la piel ardiendo donde ella lo había tocado y una sola certeza retumbando en su cerebro con la fuerza de un terremoto de diez grados:

Estaba absoluta, irremediable y deliciosamente perdido.

A las nueve de la mañana del día siguiente, la sala de guerra de De Rossi Lab olía a café quemado, pánico ejecutivo y hojas de croquis hechas un bollo en las papeleras.

Enzo entró con una bandeja de cruasanes recién horneados, silbando una melodía alegre, pero se detuvo en seco al ver a su jefe.

Dante no vestía su impecable traje azul de los viernes. Llevaba una camisa negra arrugada con las mangas dobladas de mala manera hasta los codos, la corbata deshecha sobre la mesa y dos ojeras oscuras que delataban una noche en vela de pura combustión mental. Tenía la cabeza apoyada entre las manos y la mirada fija en una taza de café intacta.

—Dios mío, Dante —soltó Enzo, dejando los pasteles sobre la mesa con cautela—. Pareces un edificio que acaba de sufrir una demolición controlada por error de cálculo. ¿Qué pasó? ¿El consorcio francés rechazó las licencias de Como?

Dante levantó la cabeza despacio. Miró a su mejor amigo con los ojos vidriosos de un náufrago que acaba de ver a una sirena prenderle fuego a su balsa salvavidas:

—Ella lo sabe, Enzo.

Enzo parpadeó, confundido:

—¿Quién sabe qué?

—Valeria. Es TintaBlanca.

El silencio en el despacho duró tres segundos.

Luego, Enzo abrió la boca tanto que casi se le desencaja la mandíbula. Dio un paso hacia atrás, se tapó la boca con ambas manos y soltó una carcajada tan estridente, descontrolada y salvaje que resonó por los conductos de ventilación del edificio entero, obligando a los dibujantes del pasillo a asomar la cabeza con alarma.

—¡No me jodas! —aulló Enzo, doblándose sobre sus rodillas entre lágrimas de risa—. ¡¿Valeria es la poeta sensible de los trazos libres?! ¡¿La mujer a la que le escribiste que querías acorralarla contra la mesa mientras en la vida real le gritabas por la máquina de café?! ¡Esto es oro puro! ¡Tengo que llamar a Bianca ahora mismo!

—¡Si tocas ese teléfono te tiro por el hueco del ascensor, Enzo! —rugió Dante, poniéndose de pie de un salto y señalándolo con un lápiz de grafito que amenazaba con partir por la mitad—. ¡Se está burlando de mí! ¡Tiene todas mis cartas! ¡Sabe que estoy completamente enamorado de ella y que me comporté como un imbécil primitivo por unos celos ridículos!

—Pues claro que se va a burlar de ti, idiota —se secó las lágrimas Enzo, acomodándose en una silla con una sonrisa radiante—. Te tiene acorralado en tu propio terreno. Durante tres años te hiciste el emperador de hielo y resulta que por las noches le mandabas metáforas sobre el fuego que purifica el metal. Es poético. Es kármico. Es la mejor comedia de la década.

Antes de que Dante pudiera estrangular a su director de ingeniería, la puerta del despacho se abrió de golpe.

Valeria Vidal entró como si fuera la dueña absoluta del edificio.

Llevaba un vestido camisero de seda en tono carmín que ceñía su cintura con un cinturón ancho de cuero negro, tacones de aguja que sonaban como disparos sobre el suelo de hormigón pulido y el cabello peinado en ondas impecables. Detrás de ella venía Bianca, sosteniendo una libreta de notas y mordiéndose los labios para no estallar en carcajadas tras haber sido informada en el trayecto en coche.

Valeria se detuvo frente al escritorio de Dante, apoyó ambas manos sobre los planos y se inclinó hacia él con una sonrisa tan deslumbrante que a Dante casi se le para el corazón:

—Buenos días, socio. Veo que sobreviviste a la noche de insomnio.

Dante tragó saliva, tratando de recomponer su porte de titán corporativo:

—La falta de descanso no afecta mi rendimiento técnico, Vidal. ¿A qué se debe esta invasión territorial a primera hora?

Valeria deslizó una carpeta de cuero dorado sobre la mesa:

—Nuestros queridos padres acaban de enviar la directiva final para el fin de semana. Como el señor Jean-Paul Laurent abandonó Milán con un supuesto «trauma náutico», la comisión central de la Unión Europea envió a una terna de jueces alemanes para evaluar la viabilidad de la firma unificada. Y Don Bernardo y Don Massimo reservaron la finca de Monza durante cuarenta y ocho horas para un taller de diseño a puerta cerrada.

Dante frunció el ceño:

—¿Un taller a puerta cerrada?

—Nos van a encerrar en un pabellón de cristal en medio del bosque —añadió Bianca con una sonrisa perversa desde la puerta—. Sin asistentes, sin teléfonos móviles corporativos y con una sola estación de trabajo para los dos. Tienen cuarenta y ocho horas para unificar la maqueta de titanio y la de hormigón en una sola estructura perfecta. Si el domingo a las seis de la tarde no hay un proyecto integrado... los patriarcas ejecutarán la cláusula de destitución y cambiarán las presidencias de las empresas el lunes a primera hora.

Dante miró a Valeria. Valeria sostuvo su mirada con esa chispa desafiante que lo volvía loco, inclinándose un centímetro más hacia su rostro:

—Cuarenta y ocho horas a solas en una cabaña de cristal, De Rossi. Solo tú, yo, tus ángulos rectos y mis curvas líricas. ¿Crees que tu resistencia estructural soporte la presión... o vas a necesitar desahogarte en alguna aplicación anónima a medianoche?

Dante sintió que la sangre le hervía en las venas. El miedo al ridículo se transformó de pronto en un fuego competitivo y seductor que barrió cualquier vestigio de vergüenza. Si ella quería jugar con las cartas descubiertas, él no pensaba esconderse detrás de ningún biombo.

Se levantó despacio, apoyando sus palmas sobre la mesa, quedando a escasos centímetros de los labios carmín de ella:

—No necesito aplicaciones cuando tengo a la musa bajo mi mismo techo, Vidal. Empaca tus lápices. Porque este fin de semana... vamos a ver cuál de los dos se quiebra primero.

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