Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
NovelToon tiene autorización de Betsy Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La voz detrás de la puerta
La puerta oculta cedió con un crujido apenas perceptible, y Náyrel se deslizó por la abertura antes de que algún guardia pudiera descubrirla. Al otro lado, una escalera de piedra ascendía en espiral hacia la oscuridad. El aire era mucho más frío que en el resto del castillo y olía a lluvia, polvo antiguo y algo que le resultaba extrañamente familiar: las flores blancas que su madre cultivaba junto a su cabaña. Náyrel apoyó una mano en la pared para orientarse. En cuanto sus dedos rozaron la piedra, una línea plateada se encendió bajo sus pies y desapareció escalones arriba.
—¿Qué eres? —susurró, sin saber si le hablaba a la torre o a sí misma.
La respuesta llegó en forma de un murmullo lejano.
Mi niña…
Náyrel se quedó inmóvil. Conocía aquella voz. Había pasado años intentando conservarla en su memoria, temiendo que algún día el tiempo borrara hasta el sonido de su risa. Era la voz de su madre.
—¿Mamá?
El silencio se quebró con un golpe seco en algún lugar de la torre. Náyrel continuó subiendo, ahora con el corazón desbocado. A cada escalón, la marca plateada de su muñeca se calentaba un poco más. Cuando llegó al último tramo, encontró una puerta circular cubierta de símbolos. Siete estrellas rodeaban una luna creciente, exactamente como en el dibujo de su cuaderno. En el centro había una hendidura con la forma de una mano.
Náyrel levantó la suya, pero se detuvo antes de tocarla. Una parte de ella quería salir corriendo; otra necesitaba saber por qué su madre había dibujado aquella puerta y por qué Darian se empeñaba en mantenerla lejos de ella.
—Si esto es una trampa, al menos quiero saber quién la preparó —murmuró.
Apoyó la palma sobre la piedra.
La puerta reconoció su sangre.
Una luz blanca recorrió los símbolos y las hojas de piedra se abrieron lentamente. Al otro lado había una habitación circular, sin muebles, con las paredes cubiertas de espejos oscuros. En el centro flotaba una esfera de luz plateada. Náyrel dio un paso y todos los espejos se iluminaron a la vez.
No reflejaban su rostro.
Mostraban un jardín que nunca había visto, aunque supo de inmediato que era real. Había árboles de flores blancas, fuentes de agua brillante y una mujer de cabello plateado que sostenía a una niña entre los brazos. La mujer sonreía mientras le acariciaba la mejilla.
Náyrel se llevó una mano a la boca. Era su madre, mucho más joven de lo que recordaba en las últimas imágenes de su infancia. La niña tenía los mismos ojos plateados que ella.
—No puede ser…
La escena cambió. La mujer alzó la mirada hacia alguien situado fuera del reflejo. Su sonrisa desapareció y su expresión se volvió urgente.
—Si has llegado hasta aquí, mi pequeña, significa que la sangre de la luna ha despertado. Escúchame con atención: no confíes en la historia que te cuenten sobre tu nacimiento. Hay verdades que fueron enterradas para protegerte, y otras que se ocultaron para que jamás pudieras reclamarlas.
Náyrel se acercó al espejo.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Quién eres realmente?
Su madre pareció escucharla, aunque la imagen debía de pertenecer a un recuerdo antiguo.
—Busca el nombre que fue borrado del libro de los siete reinos. Allí encontrarás la razón por la que tu padre…
La imagen se quebró.
Un estruendo sacudió la habitación y la esfera plateada cayó hasta quedar suspendida a pocos centímetros del suelo. Los espejos se oscurecieron. Náyrel intentó tocar la luz, pero una sombra surgió de las paredes y se enroscó alrededor de su muñeca.
—¡Suéltame!
La sombra tiró de ella hacia el centro de la habitación. La marca de su piel ardió y una descarga de energía blanca recorrió el suelo, haciendo temblar las paredes.
—¡Náyrel!
La voz de Darian resonó desde la entrada.
El soberano apareció envuelto en sombras, con el rostro endurecido y los ojos grises encendidos de furia. Extendió una mano y arrancó aquella oscuridad de la muñeca de Náyrel. La criatura se retorció en el aire antes de deshacerse en una nube negra.
Darian cruzó la habitación y la sujetó por los hombros.
—¿Has perdido el juicio? ¿Te das cuenta de lo que acabas de despertar?
—¡He visto a mi madre! —respondió ella, apartándose de sus manos—. Estaba aquí. Me habló de mi nacimiento y de alguien que borró un nombre de un libro. Necesito saber qué significa.
Por un instante, Darian dejó de parecer enfadado. Miró los espejos y después la esfera, cuya luz comenzaba a apagarse. Algo parecido al reconocimiento cruzó su rostro, seguido de una preocupación que intentó ocultar demasiado tarde.
—¿Qué dijo exactamente?
—Que no confiara en la historia de mi nacimiento. Iba a decirme algo sobre mi padre, pero la interrumpiste.
—No te interrumpí yo. —Su voz se volvió más grave—. La habitación está intentando defenderse de algo que no debería haber despertado.
—Entonces explícame por qué conoces este lugar.
Darian guardó silencio.
Náyrel sintió que la respuesta estaba más cerca de lo que él quería admitir. Se acercó un paso, desafiando la advertencia que percibía en su mirada.
—Tú sabías que mi madre había estado aquí. Por eso prohibiste la torre.
—Sabía que existía un santuario sellado. No sabía que conservaría sus recuerdos.
—Mientes.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
Darian apretó la mandíbula. Durante unos segundos pareció debatirse entre obligarla a callar y revelarle algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
—Hay secretos que podrían destruirte si los conoces antes de estar preparada.
—Y hay secretos que destruyen a las personas porque alguien decide ocultárselos.
Por primera vez, Náyrel vio que sus palabras habían logrado alcanzarlo. Darian bajó la mirada hacia la marca de su muñeca y, con una delicadeza inesperada, comprobó que la sombra no hubiera dejado ninguna herida.
—No volverás a entrar aquí sola —dijo finalmente.
—No puedes encerrarme cada vez que quiero respuestas.
—No voy a discutir esto contigo.
—Entonces deja de darme órdenes como si fuera una de tus posesiones.
Darian levantó los ojos. Su expresión seguía siendo severa, pero ya no había únicamente autoridad en ella. También había miedo, y Náyrel empezaba a sospechar que aquel hombre temía algo mucho más antiguo que perder el control sobre ella.
—No eres mi posesión, Náyrel —dijo despacio—. Pero tu llegada ha despertado fuerzas que llevan siglos esperando este momento. Si vuelven a encontrarte aquí, no sé si podré protegerte.
—¿De quién?
Antes de que él pudiera responder, la esfera emitió un último destello. En uno de los espejos apareció una frase escrita con letras plateadas:
LA HIJA DE LA LUNA NO ES LA ÚLTIMA.
Náyrel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Darian se volvió hacia el espejo, y por primera vez desde que ella lo conocía, su rostro perdió todo rastro de serenidad.
—Eso es imposible —murmuró.
—¿Qué significa? —preguntó Náyrel.
Él no respondió. La tomó de la mano y la condujo hacia la puerta, esta vez sin arrastrarla ni levantarla en brazos. Sin embargo, antes de abandonar la habitación, Náyrel miró una vez más el espejo.
Debajo de la frase había aparecido un símbolo diminuto: una corona negra atravesada por una espada.
El mismo símbolo que Darian llevaba grabado en el anillo de su mano derecha.
Y mientras él cerraba la puerta del santuario, una voz volvió a susurrar desde el interior de la torre.
Esta vez, no llamó a Náyrel.
Llamó a Darian.