Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 1: Sangre en la escarcha
El barro del valle de Garmond no era más que una sopa gruesa y oscura de sangre y despojos. El aire helado del Norte quemaba los pulmones, pero para Harlan Blockmonth, el frío no era más que un recordatorio de su propia naturaleza.
A pocos metros de él, un renegado intentó incorporarse, con el rostro desfigurado por el terror y el cuerpo cubierto de heridas. No llegó a levantarse. Con un movimiento tan fluido como letal, la hoja de la espada de Harlan atravesó la cota de malla y el esternón con un crujido seco de huesos y metal. Al extraer el acero, una salpicadura de sangre caliente manchó la mandíbula firme del joven Alfa, acentuando la fría indiferencia de sus ojos, de un verde tan pálido que rayaba en el gris de la escarcha.
—Se acabó el juego, escoria —escupió Harlan con una voz ronca que parecía arrastrar el peso de una ventisca.
A su espalda, Kael Terrenorth giró sobre sus talones, con la espada goteando un hilo espeso de sangre roja. Su respiración era pesada, pero sus ojos evaluaban cada rincón del campo de batalla, asegurándose de que ningún otro renegado del Este osara levantarse.
—Despejado por este flanco, mi Señor —informó Kael con firmeza, dándole una palmada rápida y protectora en el hombro acorazado a Harlan—. Aunque con lo que les has hecho hoy, dudo que sus almas se atrevan a vagar ni siquiera en el infierno.
Harlan no respondió de inmediato. Su mirada se desplazó sobre el horizonte cubierto de cadáveres y estandartes destrozados. Dentro de su pecho, la bestia —un lobo de pelaje tan negro como la noche sin luna, rodeado por un halo de energía dorada que delataba la estirpe real más pura— rugía con la satisfacción de la masacre. El poder del hielo latía en las venas de Harlan, congelando la sangre que goteaba de su armadura antes de que pudiera tocar el suelo.
A lo lejos, el eco de los cuernos de guerra resonó por todo el valle. Los soldados de la vanguardia del Norte comenzaron a golpear sus escudos con las empuñaduras de las espadas, un estruendo metálico y gutural que sacudió la tierra.
—¡La victoria es del Norte! ¡El Alfa ha reclamado el campo! —gritó un centurión desde una colina cercana, levantando alto un estandarte desgarrado por las flechas.
Los vítores de los guerreros estallaron, un grito unísono que celebraba no solo el fin de la escaramuza contra los rebeldes fronterizos, sino el regreso triunfal a casa. El reino helado de Vintergald los esperaba para consagrar a su nuevo Alfa.
Kael miró a su amigo, limpiando someramente la hoja de su espada antes de guardarla en la vaina.
—El camino de regreso a Vintergald será largo, Harlan. Los murmullos en la corte ya deben ser insoportables, y tu padre te espera para el ascenso definitivo.
Harlan enfundó su arma con un chasquido metálico, mientras una mueca dura se dibujaba en sus labios.
—Que murmuren lo que quieran —sentenció Harlan, mientras el aura dorada de su interior parpadeaba bajo su piel como brasas bajo la nieve—. En Vintergald mandamos nosotros, y es hora de volver a reclamar lo que nos pertenece.