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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:2.8k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El primer asesinato.

—Tienes razón —dijo finalmente Thomas—. No merezco llamarte querida después de todo lo que te hice.

Evelyn permaneció inmóvil.

Aquel reconocimiento, lejos de aliviarla, despertó en ella una ira que llevaba demasiado tiempo acumulándose. Su abuelo había sido una de las pocas personas que le habían ofrecido cariño durante su primera vida. Recordaba sus manos arrugadas, las tardes junto a la chimenea y las historias que le contaba cuando era pequeña. Había llorado su muerte durante años.

Ahora lo tenía delante, vivo, y no sabía si quería abrazarlo o exigirle que le devolviera todo lo que le había arrebatado.

—Quiero respuestas —dijo—. Y esta vez nadie va a decidir qué puedo saber.

Thomas asintió lentamente.

—Entonces debes escuchar hasta el final, aunque la verdad te haga odiarnos a todos.

Evelyn miró a Adrian.

El duque seguía apoyado contra la piedra, pálido por la pérdida de sangre. Una de sus manos descansaba sobre la herida y la otra permanecía extendida hacia ella, sin atreverse a reclamar su contacto.

Evelyn quería correr a su lado. Quería arrodillarse junto a él, acariciarle el cabello y pedirle que le dijera que todo era una mentira.

Pero no podía.

Todavía no.

—Empiece —ordenó.

Thomas entró en la cámara y cerró la puerta secreta tras de sí. El mecanismo resonó en las paredes, aislándolos del resto de la capilla.

—Todo comenzó mucho antes de que nacieras —explicó—. Antes incluso de que Adrian y Alexander llegaran al mundo. Nuestras familias llevaban generaciones intentando escapar de una antigua deuda.

—¿Una deuda con quién?

—Con algo que nuestros antepasados creyeron poder controlar. Lo llamaron el pacto, aunque nunca comprendieron del todo qué era. No era un demonio al que pudieran ofrecerle oro ni un espíritu al que pudieran convencer con oraciones. Era una promesa nacida de la desesperación: alguien deseaba cambiar una pérdida imposible y, a cambio, aceptaba que el tiempo reclamara algo equivalente.

—¿Y qué tiene que ver eso con mi familia?

Thomas miró el retrato de la anciana Evelyn.

—Tu familia fue la primera en intentar romperlo.

—¿Mi familia?

—Los Ashbourne y los Blackthorne estuvieron unidos mucho antes de tu nacimiento. Eleanor descubrió que el pacto no exigía simplemente una vida. Exigía que una persona fuera borrada de la historia para que otra pudiera ocupar el lugar que había dejado.

Alexander apretó los puños.

—Por eso nuestro padre me declaró muerto.

—Arthur creyó que podía engañar al pacto —continuó Thomas—. Ocultó a uno de sus hijos y convirtió al otro en heredero. Pensó que, si el mundo solo reconocía a Adrian, Alexander dejaría de existir para todos los efectos.

—Pero yo seguí existiendo —dijo Alexander—. Y cada vez que intentaba recuperar mi lugar, alguien pagaba el precio.

—Porque el pacto no se había completado.

Evelyn observó a los dos hermanos.

—¿Y Elara?

Al oír su nombre, Thomas cerró los ojos.

—Elara fue la consecuencia de nuestros intentos por romperlo.

La muchacha del vestido azul permanecía junto a la cuna, silenciosa. La rosa blanca había desaparecido de sus manos.

—Eleanor supo que algo estaba mal cuando empezó a soñar con una niña que todavía no había nacido —continuó Thomas—. La veía en una habitación blanca, llamándola madre. La niña le decía que, cuando llegara el momento, no debía entregarla.

Evelyn sintió un escalofrío.

—Pero Eleanor tuvo a Adrian y Alexander. No a Elara.

—Eso es lo que dicen los registros —respondió Thomas—. Los registros que nosotros mismos alteramos.

—¿Qué está diciendo?

—Que Elara no nació de una manera que pueda explicarse con los documentos de nuestra época. Apareció en la vida de Eleanor como una hija que todavía no debía existir. Y cuando Arthur descubrió lo que significaba, decidió que podía utilizarla para saldar la deuda familiar.

—¿Utilizarla cómo?

Thomas miró a Adrian.

—Con una muerte.

El duque levantó la cabeza.

—Basta.

—No —dijo Evelyn, sin apartar la mirada de su abuelo—. Continúe.

Thomas respiró profundamente.

—En la primera vida que ustedes recuerdan, Evelyn, tú y Adrian se conocieron siendo jóvenes. Él ya era un hombre reservado y tú estabas convencida de que el amor debía ser algo distinto de lo que habías visto en tu propia familia. Se enamoraron. Se casaron. Y durante un tiempo fueron felices.

Una punzada atravesó el pecho de Evelyn.

No recordaba esa vida, pero una parte de ella reaccionó a aquellas palabras con una familiaridad dolorosa.

—Tuvieron a Elara —prosiguió Thomas—. Una niña de ojos grises y cabello oscuro. Durante sus primeros años, ustedes intentaron protegerla de todo. Pero los sueños de Eleanor comenzaron a repetirse en ti. Veías la capilla, la cuna y una sombra que te pedía que entregaras a tu hija.

—Yo nunca habría hecho eso.

—Lo hiciste porque te dijeron que, si no lo hacías, Adrian moriría.

Evelyn miró al duque.

Él no la estaba mirando. Tenía los ojos fijos en el suelo, como si cada palabra de Thomas fuera una sentencia que ya conocía.

—¿Es verdad? —preguntó ella.

Adrian tragó saliva.

—Sí.

—¿Me dijeron que morirías si no entregaba a Elara?

—Sí.

—¿Y qué hiciste tú?

El duque tardó demasiado en responder.

—Intenté impedirlo.

—Eso no responde a mi pregunta.

Adrian alzó los ojos hacia ella.

—Intenté impedir que te llevaras a nuestra hija.

Evelyn sintió que algo se rompía dentro de su pecho.

—¿Yo quería entregarla?

—Creías que era la única manera de salvarme. Yo te supliqué que no lo hicieras. Te dije que encontraríamos otra solución, que huiríamos, que abandonaríamos el ducado y que viviríamos lejos de todos ellos.

Adrian respiró con dificultad.

—Pero aquella noche desapareciste con Elara.

Evelyn se llevó una mano a la boca.

Una imagen fugaz cruzó su mente: sus propios brazos sosteniendo a una niña, una capa negra sobre los hombros y la nieve cubriendo el camino hacia la capilla.

Después, una voz masculina.

«Si cruzas esa puerta, no habrá regreso.»

Y su propia respuesta.

«Entonces no regresaremos.»

Evelyn cerró los ojos.

—Recuerdo la nieve…

Adrian se incorporó con esfuerzo.

—¿Qué?

—Una capa. Una niña llorando. Yo estaba caminando hacia la capilla.

El rostro del duque perdió el poco color que le quedaba.

—Evelyn, no te obligues a recordar.

—¡No me digas lo que debo hacer!

Su voz rebotó en las paredes.

—Quiero saber qué ocurrió aquella noche. Quiero saber por qué me mataste.

Adrian bajó la cabeza.

—Porque llegué demasiado tarde.

—¿Qué significa eso?

—Cuando entré en la capilla, tú ya habías colocado a Elara en la cuna. Thomas estaba allí. También estaba mi padre. Habían preparado el ritual. Tú creías que, si entregabas a nuestra hija, yo viviría. Pero yo descubrí que el pacto no iba a detenerse con ella.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté sacarte de allí.

—¿Y después?

Adrian comenzó a llorar de nuevo.

—Te negaste a marcharte sin Elara. Me dijiste que no podía entenderlo, que si no cumplías la promesa moriría toda nuestra familia. Yo te sujeté del brazo. Tú intentaste apartarte. Y cuando levanté la mano…

Se detuvo, incapaz de continuar.

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—¿Qué pasó cuando levantaste la mano?

—Tenía una daga —susurró Adrian—. No recuerdo de dónde la saqué. Solo recuerdo que tú estabas frente a mí y que dijiste mi nombre.

Sus ojos se encontraron.

—Después, la daga estaba en tu pecho.

Evelyn retrocedió.

La cámara pareció llenarse de un zumbido insoportable. Ya no oía la respiración de Alexander ni el roce del bastón de Thomas contra el suelo.

Solo escuchaba la voz de Adrian.

La daga estaba en tu pecho.

—Me mataste —dijo.

—Sí.

—¿Me miraste a los ojos mientras moría?

Adrian apretó los labios. Una lágrima cayó sobre su mano ensangrentada.

—Sí.

Evelyn sintió náuseas.

No podía conciliar al hombre que tenía delante con aquella imagen. El hombre que la había besado minutos antes, que había prometido confiar en ella y que había arriesgado su vida para protegerla era también quien le había arrebatado la vida en otra existencia.

—¿Por qué? —preguntó, apenas audible.

Adrian negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¡No me mientas!

—¡No lo sé! —gritó él—. Recuerdo la daga. Recuerdo tu sangre. Recuerdo que caíste en mis brazos y que te pedí perdón. Pero no recuerdo haber decidido matarte. Es como si alguien hubiera tomado mi cuerpo y hubiera utilizado mis manos.

Thomas golpeó el suelo con el bastón.

—Porque eso fue lo que ocurrió.

Todos se volvieron hacia él.

El anciano parecía haber envejecido diez años en unos minutos.

—Arthur había descubierto que el pacto podía utilizar los recuerdos y los sentimientos de una persona para obligarla a actuar contra su voluntad. Adrian no fue quien decidió matarte, Evelyn. Fue el instrumento de alguien que necesitaba que murieras en aquel momento.

—¿Quién? —preguntó ella.

Thomas miró hacia la puerta secreta.

—Yo.

El silencio fue absoluto.

Evelyn lo observó sin poder respirar.

—¿Usted?

—Yo activé el ritual. Creí que, si una de las dos personas unidas por el pacto moría en el momento señalado, la deuda quedaría saldada. Arthur me aseguró que así podría salvar a Elara y liberar a nuestras familias.

—¿Y utilizó a Adrian para matarme?

Thomas asintió, con lágrimas en los ojos.

—No podía permitir que fueras tú quien sostuviera la daga. Sabía que, si la clavabas en tu propio pecho, el pacto te reclamaría de una forma distinta. Así que utilicé el vínculo que existía entre tú y Adrian. Convertí su amor en el arma que necesitaba.

Evelyn sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Usted hizo que el hombre que amaba me matara.

—Sí.

—Y después me dejó morir creyendo que él había elegido hacerlo.

Thomas no respondió.

No hacía falta.

Evelyn se acercó a él. Durante un instante, el anciano pareció querer extender una mano hacia ella, como lo había hecho tantas veces cuando era niña.

Pero se detuvo.

—¿Sabe qué es lo peor? —preguntó Evelyn—. Que yo habría confiado en usted hasta el final. Incluso después de la muerte. Incluso después de despertar otra vez. Si me hubiera dicho la verdad, quizá habría podido perdonarlo algún día.

Thomas bajó la cabeza.

—Lo sé.

—No. No lo sabe.

Evelyn retrocedió, con las lágrimas resbalándole por el rostro.

—Porque usted no perdió una vida. No perdió a una hija. No despertó a los dieciocho años con setenta y seis años de soledad dentro del pecho. Usted no tuvo que aprender a amar a un hombre sin saber si alguna vez había sido su asesino.

Miró a Adrian.

El duque intentó acercarse, pero ella levantó una mano para detenerlo.

—No te acerques.

Adrian obedeció de inmediato.

—Evelyn, yo…

—Necesito que no me hables. Todavía no.

Él cerró los ojos, aceptando la orden como si mereciera cada palabra.

Evelyn se volvió hacia Elara.

La joven permanecía junto a la cuna, con las manos apretadas contra el pecho.

—¿Tú lo sabías? —preguntó Evelyn.

Elara asintió lentamente.

—Lo recuerdo.

—¿Recuerdas cómo morí?

—Sí.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

La joven comenzó a llorar.

—Porque en cada vida intentabas encontrar una forma de salvar a papá. Si te decía que él te había matado, temía que dejaras de amarlo. Y si te decía que el abuelo había sido responsable, sabía que intentarías enfrentarlo antes de estar preparada.

Evelyn sintió una punzada de dolor.

—No tenías derecho a decidir qué podía soportar.

—Lo sé, mamá.

Elara levantó la mirada.

—Pero hay algo que ninguno de ellos te ha contado. Algo que yo tampoco recordé hasta esta noche.

Thomas palideció.

—Elara, no…

—Ya basta de ocultarlo todo —lo interrumpió ella—. Si esta va a ser la última vez que regresamos, tiene que saberlo.

La joven caminó hacia la cuna y levantó la pequeña manta azul que descansaba en su interior.

Debajo había un objeto envuelto en un paño blanco.

Un medallón.

Evelyn lo reconoció de inmediato. Era idéntico al que había pertenecido a Eleanor, salvo por una diferencia: en el centro no tenía una rosa, sino una pequeña figura grabada que parecía una mujer sosteniendo una llave.

Elara se lo entregó.

—Este medallón estaba conmigo la primera vez que morí.

Evelyn lo abrió.

En su interior había un mechón de cabello oscuro y una pequeña inscripción:

«A mi hija, para que recuerde quién fue antes de ser Elara.»

Debajo aparecía una fecha.

29 de septiembre de 1835.

Evelyn dejó caer el medallón.

Conocía aquella fecha.

Era la fecha que aparecía en la pared de la cámara, junto a las otras fechas imposibles. También era la fecha de su nacimiento.

—No puede ser —susurró.

Elara tomó aire.

—Esa fecha no es la de mi nacimiento, mamá.

La joven miró a Adrian, luego a Thomas y finalmente a Evelyn.

—Es la fecha en que tú moriste por primera vez.

Evelyn sintió que el mundo se detenía.

—Pero yo nací en 1835…

—Eso es lo que te hicieron creer.

Thomas se apoyó contra la pared, derrotado.

—Elara…

—No —dijo ella—. Ahora debe saberlo todo.

Elara se acercó a Evelyn y tomó sus manos.

—Tú no eres la primera Evelyn Ashbourne. Antes de ti existió otra mujer con tu rostro, tu nombre y tus recuerdos. Una mujer que amó a Adrian antes de que él naciera en la vida que conoces. Una mujer que murió intentando salvarme.

Evelyn negó con la cabeza.

—No. Yo recuerdo mi infancia. Recuerdo a mis padres, mi casa…

—Esos recuerdos son tuyos —respondió Elara—. Pero no son los primeros.

La joven apretó sus manos.

—Tu alma regresó. Tu cuerpo nació de nuevo. Y cuando cumpliste dieciocho años, el pacto despertó tus recuerdos porque necesitaba que repitieras la historia.

Evelyn sintió que las piernas le flaqueaban.

—¿Cuántas veces?

Elara no respondió de inmediato.

Su silencio fue suficiente para que Evelyn comprendiera que la respuesta era terrible.

—¿Cuántas veces he vivido esta vida?

—No lo sé —susurró Elara—. He perdido la cuenta.

Adrian soltó un gemido de dolor. La sangre seguía extendiéndose por su camisa, pero él parecía no notarlo.

—¿Y yo? —preguntó—. ¿Cuántas veces he matado a Evelyn?

Elara lo miró con una tristeza infinita.

—En algunas vidas la mataste. En otras moriste intentando salvarla. Y en otras ninguno de los dos llegó a recordar que alguna vez se había amado.

Adrian cerró los ojos.

—Dios mío…

—Pero esta vez hay algo diferente —continuó Elara.

Evelyn levantó la cabeza.

—¿Qué?

Elara miró la puerta secreta.

—Esta vez, el pacto no está intentando que uno de ustedes muera.

Una sombra se deslizó por debajo de la puerta.

Luego otra.

Las velas de la cámara se apagaron una a una.

Elara apretó las manos de Evelyn.

—Esta vez quiere que recuerdes quién eras antes de llamarte Evelyn Ashbourne.

Desde el otro lado de la puerta llegó un sonido lento y profundo.

Tres golpes.

La voz de un hombre desconocido pronunció el nombre de Evelyn, pero no utilizó el apellido Ashbourne.

Utilizó otro.

Uno que Thomas reconoció de inmediato.

El anciano cayó de rodillas.

—No… —murmuró—. No puede haber regresado.

Evelyn lo miró, aterrorizada.

—¿Quién es?

Thomas levantó el rostro, pálido como la muerte.

—El hombre al que tu primera vida pertenecía.

La puerta comenzó a abrirse.

Y una voz masculina, idéntica a la de Adrian, susurró desde la oscuridad:

—Por fin has recordado, mi esposa.

___________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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