Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 16: La jaula dorada
El regreso a Ginebra se ejecutó bajo protocolo de sombra.
No hubo tren privado ni paradas en estaciones intermedias. Kassian fletó un reactor corporativo con matrícula maltesa desde un aeródromo militar en las afueras de Milán. Durante los cincuenta minutos que duró el vuelo sobre los picos nevados del Valais, nadie pronunció una sola palabra. Damian pasó el trayecto al teléfono satelital en la cabina delantera, dando órdenes en un dialecto cerrado del este que sonaba a sentencias de ejecución; Valeria permaneció inmóvil junto a la ventanilla, mirando las nubes grises con las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de su abrigo.
Julian.
El nombre resonaba en su cabeza con la cadencia de una bota militar aplastando cristales rotos. Seis años creyendo que el océano Atlántico y un laberinto de identidades falsas eran suficientes para borrar la marca de los Callahan. Seis años construyendo una existencia metódica, limpia de pólvora y deudas de sangre, para terminar descubriendo que el pasado no se entierra: solo espera a que cometas un error.
Y su error tenía nombre, ojos ámbar y una cicatriz de bala sobre las costillas.
Cuando el todoterreno blindado los dejó en el aparcamiento subterráneo de la torre Valmont, la atmósfera en el edificio había cambiado por completo. La entrada principal de la Rue du Rhône seguía funcionando con su habitual desfile de banqueros y secretarias con paraguas, pero los accesos a los ascensores privados estaban tomados por hombres de Kassian con abrigos oscuros, pinganillos discretos y bultos inequívocos bajo la axila.
El ascensor no se detuvo en el piso de operaciones. Subió directo a la planta cuarenta y tres: el ático privado de Damian, un espacio al que ningún empleado de la compañía había tenido acceso jamás.
Las puertas se abrieron a un vestíbulo de mármol negro veteado en plata. El ático era una fortaleza suspendida sobre la niebla del lago: techos de doble altura, paredes de hormigón pulido y cristal antibalas de tres capas, muebles de cuero oscuro y una terraza perimetral azotada por el aguanieve. No era un hogar; era el búnker de un emperador en guerra perpetua.
Valeria entró, arrojó su bolso sobre una mesa baja de acero y se giró en redondo, encarando a Damian antes de que él terminara de sacarse el abrigo.
—No voy a quedarme aquí —dijo con voz cortante, firme y sin rastro de vacilación.
Damian colgó su abrigo de paño en el perchero metálico con una lentitud exasperante. Bajo la luz blanca y clínica del vestíbulo, las líneas de su mandíbula parecían talladas en obsidiana. Tenía los ojos hundidos por el agotamiento, pero la intensidad salvaje de su mirada seguía intacta, devorando el espacio entre ambos.
—No es una sugerencia, Valeria. Tu apartamento en Carouge está comprometido desde el instante en que la embajada cruzó los datos de la nómina. Si pones un pie en esa calle, te van a levantar en una furgoneta antes de que alcances a meter la llave en la cerradura.
—Conozco a Julian mejor que tú —contraatacó ella, dando dos pasos firmes hacia él—. Mi hermano no mete furgonetas en barrios residenciales suizos. Julian trabaja con francotiradores a distancia o compra al conserje de enfrente para esperar a que entres a oscuras. Sé cómo esquivarlo. Tengo dos rutas de escape preparadas en Ginebra que no figuran en ningún registro.
Damian acortó la distancia entre ambos con esa zancada elástica y silenciosa que siempre precedía a una colisión. Se detuvo a escasos centímetros de ella, obligándola a alzar el rostro.
—No vas a usar ninguna ruta de escape —dijo él, y su voz fue un murmullo sordo, cargado de una posesividad tan densa que hizo temblar el aire templado del salón—. Ya huiste una vez, Valeria. Corriste por medio continente para esconderte en una oficina ajena. Ahora tu hermano está en Europa, sabe que estás viva y no pienso dejar que te lleve de vuelta a Boston.
Valeria soltó una risa amarga, clavándole los ojos castaños con un desprecio que intentaba sofocar el pánico que le atenazaba la garganta.
—¿Y qué pretendes hacer? ¿Encerrarme en tu torre de marfil? ¿Convertirme en tu rehén de lujo mientras juegas a la guerra con los Callahan? Ya pasé por eso, Valmont. Mi padre me vigilaba con tres gorilas en la puerta de mi habitación cada vez que una familia rival amenazaba los muelles. No cambié de amo hace seis años para terminar aceptando otro con mejores trajes.
Damian dio medio paso más. Su pecho, ancho y sólido bajo la camisa azul oscura, rozó el satén de la blusa de ella. Levantó despacio la mano sana y le atrapó la barbilla entre el pulgar y el índice, aplicando la fuerza justa para inmovilizarla sin lastimarla.
El calor de sus dedos quemó la piel de Valeria, recordándole con una crudeza insoportable el sabor de su boca, el peso de su cuerpo sobre el suyo en la cama del palazzo y la forma en que él se había vaciado dentro de ella horas antes.
—No soy tu amo —susurró Damian entre dientes, con las pupilas ámbar brillando con una llamarada oscura y hambrienta—. Pero eres mía. Y ningún Callahan va a tocar lo que me pertenece. Ni tu hermano, ni tu padre, ni el ejército entero que traigan consigo.
—Yo no le pertenezco a nadie —siseó ella, intentando apartar la cara de su agarre, pero él mantuvo los dedos firmes, bajando la mano con lentitud para envolverle la nuca, enredando sus dedos en el pelo oscuro desordenado.
—Te entregaste a mí en ese vagón, Valeria —le recordó él, bajando la voz hasta convertirla en una navaja ardiente contra sus labios—. Me clavaste las uñas en la espalda, me gritaste que no parara y me dejaste entrar hasta el fondo. No puedes pretender que ahora somos dos desconocidos que se cruzan en un pasillo corporativo.
A Valeria se le cortó la respiración. La cercanía de su cuerpo, el olor a cedro, lluvia y tabaco que emanaba de su piel, y el recuerdo brutal de su rendición física la golpearon con la fuerza de una marea negra. Quería abofetearlo, quería arrancarse de sus brazos y correr hasta el primer tren que saliera hacia el sur; pero el magnetismo que Damian ejercía sobre ella era un campo gravitatorio que le doblaba las rodillas.
Antes de que alguno pudiera ceder al incendio que amenazaba con devorarlos de nuevo, el timbre del interfono interno emitió dos pitidos breves.
Damian aflojó los dedos con una lentitud calculada, rozando con el pulgar la comisura de los labios de Valeria antes de apartarse. Ella retrocedió un paso, apoyándose contra la consola metálica para recuperar el equilibrio mientras se obligaba a respirar hondo.
—Adelante —dijo Damian hacia el comunicador de pared.
La puerta del ático se deslizó y entró Nora. La abogada traía dos maletines de cuero bajo el brazo, el abrigo empapado y el rostro descompuesto por una mezcla de terror burocrático y agotamiento puro. Detrás de ella, Kassian permaneció en el descansillo, vigilando el pasillo con las manos cruzadas a la espalda.
—Díganme que esto es una broma de muy mal gusto —soltó Nora, entrando al salón y mirando a ambos con ojos desencajados—. Hay seis hombres con chalecos tácticos en la planta de legal revisando los discos duros de operaciones. Jean-Paul está encerrado en su despacho rezando en francés antiguo y acaban de cancelar todas las líneas telefónicas no encriptadas del edificio.
Valeria se pasó una mano por la frente, sintiendo una punzada sorda latiendo detrás de sus sienes.
—Nora... no deberías estar aquí arriba.
—¡Por supuesto que no debería estar aquí arriba! —estalló la letrada, dejando los maletines sobre la mesa con un estrépito metálico—. Debería estar en mi casa tomando vino y fingiendo que trabajo para una multinacional ordinaria. Pero tu amigo gigante de la puerta me interceptó en el estacionamiento y me dijo que tenía que subir tus expedientes personales antes de que la fiscalía cantonal empezara a hacer preguntas sobre una solicitud de extradición encubierta procedente de Boston.
Damian se tensó al instante.
—¿Qué solicitud? —preguntó con voz de trueno contenido.
Nora abrió el primer maletín y extrajo un documento con sellos oficiales de la judicatura federal estadounidense.
—Llegó hace cuarenta minutos a través del consulado en Ginebra —explicó Nora, bajando la voz al notar la frialdad asesina en el rostro del magnate—. Una orden de localización y comparecencia inmediata como testigo protegida en un caso de fraude aduanero en Massachusetts. A nombre de Valeria Callahan. No piden arresto formal porque no tienen cargos directos contra ella, pero la orden autoriza a dos agentes federales a custodiarla hasta el aeropuerto de Zúrich para subirla a un vuelo directo a Boston.
Valeria sintió que la sangre se le retiraba de la cara.
—Julian compró a un juez federal —murmuró ella, sintiendo la garganta seca como la arena—. Usó la ley para armar una trampa legal. Si los agentes suizos cooperan, me escoltarán hasta el avión como a un paquete diplomático. Y en cuanto aterrice en Boston, los federales me entregarán a mi padre en la puerta del hangar.
Damian le arrancó el papel de las manos a Nora con un movimiento violento. Barrió las líneas con los ojos, deteniéndose en el sello del fiscal del distrito y la firma digital del magistrado. Una sonrisa fría, perversa y absolutamente desalmada se dibujó en sus labios.
—Un juez de distrito de Nueva Inglaterra intentando dictar órdenes en mi ciudad —susurró Damian, estrujando el folio en su puño cerrado hasta convertirlo en una bola de papel inservible—. Qué falta de educación geográfica.
Miró hacia la puerta donde Kassian seguía de guardia.
—Kassian.
—Señor —respondió el gigante desde el umbral.
—Llama a nuestro contacto en el departamento de justicia federal en Berna. Quiero que esa orden de extradición quede retenida por «defectos de forma en la traducción diplomática» durante los próximos noventa días. Y averigua en qué hotel de Ginebra se están alojando los dos agentes que envió Boston.
—¿Y después? —preguntó Kassian con su voz de gravilla.
—Después envíales dos billetes de vuelta en clase turista con una nota en sus mesitas de noche: si vuelven a cruzar la frontera de este cantón sin mi permiso, sus familias en Massachusetts recibirán sus placas policiales en un sobre cerrado.
Nora se tapó la boca con una mano, mirando a Damian como si acabara de ver al diablo en persona dando instrucciones de oficina.
Valeria, en cambio, sintió que el suelo comenzaba a girar despacio bajo sus pies.
No era solo el impacto de la amenaza de Julian; era una oleada súbita, caliente y viscosa de mareo que le subió desde el fondo del estómago directo a la garganta. La habitación pareció perder el oxígeno de golpe. Los bordes de su visión se tiñeron de una neblina oscura y tuvo que aferrarse al borde de la mesa de acero con ambas manos para evitar que sus rodillas se doblaran sobre el parqué.
—Valeria —la voz de Damian cambió en una fracción de segundo, perdiendo la frialdad de mando y transformándose en un grito sordo de alarma.
El magnate atravesó la sala en dos zancadas y la sostuvo por los codos justo en el instante en que su cuerpo amenazaba con desplomarse. El calor de sus manos la envolvió con una firmeza desesperada, levantándola del suelo con facilidad para sentarla en el sofá de cuero más cercano.
—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —preguntó él, arrodillándose frente a ella, escaneando su cuerpo con ojos enloquecidos por una preocupación que desarmaba toda su fachada de titanio—. ¿Te rozó un proyectil en las vías? ¿Es el frío?
Valeria cerró los ojos con fuerza, tragando saliva para contener la náusea repentina que le revolvía las entrañas. Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma familiar a cedro que emanaba de la ropa de él, hasta que el vértigo comenzó a retroceder lentamente.
—No... no es nada —balbuceó ella, abriendo los párpados despacio para encontrarse con el rostro de Damian a escasos centímetros del suyo, tenso, desencajado y con las sienes empapadas por un sudor frío—. No he comido nada desde ayer por la tarde en el tren. Es solo... la adrenalina y el cansancio acumulado.
Damian no apartó las manos de sus brazos. Sus dedos acariciaron la curva de sus hombros con una delicadeza protectora que contrastaba de forma brutal con las amenazas de muerte que acababa de dictar un minuto antes.
—Nora, vete —ordenó Damian sin girar la cabeza, manteniendo sus ojos ámbar clavados en los de Valeria—. Dile al servicio que suban caldo caliente y fruta de inmediato. Y no te vayas del edificio; te quiero en la sala de juntas a las cuatro.
Nora asintió con la cabeza en silencio, recogió sus cosas con prisa y desapareció por el pasillo, cerrando la puerta tras de sí con un murmullo amortiguado.
En el ático quedó solo el rumor del aguanieve golpeando contra los cristales de seguridad.
Damian deslizó una mano hacia la mejilla de Valeria, apartándole un mechón de pelo húmedo con una ternura que le partió el pecho a ella.
—Te vas a quedar aquí conmigo, Valeria —dijo él, y esta vez su tono no fue una orden tiránica, sino un juramento sombrío, sellado con la sangre de su propio mundo—. No voy a dejar que nadie te arrebate de mi lado. Aunque tenga que quemar Boston entero para mantenerte a salvo.
Valeria lo miró en silencio, sintiendo una punzada profunda en el bajo vientre, un calor extraño y desconocido que no supo cómo interpretar. Por primera vez en seis años de fuga, no sintió el deseo inmediato de salir corriendo; sintió el peso abrumador, dulce y aterrador de haber encontrado un refugio en el corazón mismo de la tormenta.