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BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.

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Capítulo 7: El despertar del cazador

El primer rayo de sol que traspasó los cristales del piso veinticinco no trajo calma a la suite imperial, sino el comienzo de una pesadilla silenciosa.

Nicolás Thorne despertó por puro instinto, con los sentidos alerta como los de un depredador acostumbrado al peligro. Lo primero que registró su mente fue el calor residual en su pecho, la memoria viva de una piel suave y ardiente que durante horas se había amoldado a la suya con una entrega casi febril. Por primera vez en casi una década de presiones implacables, juntas de accionistas y guerras corporativas, no había despertado con la mandíbula apretada ni con el peso del mundo sobre los hombros. Había despertado en paz.

Inconscientemente, estiró el brazo derecho buscando el cuerpo tibio de Malena para atraerla contra su torso y sepultar la cara en su cuello.

Sus dedos solo atraparon sábanas frías.

Nicolás abrió los ojos de golpe. Su mirada azul, afilada y desprovista de cualquier rastro de somnolencia, barrió la inmensa cama de matrimonio. El lado izquierdo estaba vacío. El almohadón aún conservaba la hendidura de su cabeza y una hebra de cabello castaño brillaba sobre el satén blanco, pero ella no estaba allí.

—¿Malena? —llamó con su voz profunda, ronca por el descanso y la aspereza de la noche previa.

El silencio del ático fue la única respuesta.

Apartó las sábanas de un manotazo y se puso en pie, desnudo y con el ceño fruncido. Caminó hacia el cuarto de baño principal con pasos firmes; la puerta de cristal esmerilado estaba abierta de par en par. El mármol estaba seco. Las toallas de felpa, intactas.

Fue entonces cuando un golpe seco de adrenalina le sacudió el pecho.

Avanzó hacia la antesala y el vestíbulo de la suite. El abrigo sobrio de Malena, sus zapatos, el vestido marfil de cuello alto que él mismo había desabrochado con una lentitud reverencial horas antes... todo había desaparecido. No quedaba un solo rastro material de su presencia, salvo la factura del servicio a la habitación sobre la mesita y el aroma tenue a jazmín y lluvia que todavía flotaba suspendido en el aire.

Se había marchado.

Nicolás apretó las mandíbulas con tanta fuerza que los músculos de sus sienes vibraron. Se pasó ambas manos por el cabello oscuro, desordenándolo con violencia mientras una marea de furia, perplejidad y una extraña punzada de pánico se disputaban el control de su cuerpo.

«¿Por qué carajos huyó?», pensó con la garganta seca.

Repasó cada minuto de la madrugada. No había sido un error de borrachos sin sentido. Él no la había forzado; la había deseado con un hambre acumulada durante años, pero cada caricia, cada beso y cada gemido habían sido correspondidos con una pasión que le había desbaratado el alma. Ella lo había mirado a los ojos en la penumbra. Había pronunciado su nombre antes de entregarse por completo.

¿Vergüenza? ¿Miedo a Lucas? ¿O simplemente lo había usado como un desquite carnal para borrar la sombra de ese imbécil de Damián Frost antes de seguir con su vida?

Esa última posibilidad le encendió la sangre como si le hubieran arrojado ácido en las venas. La sola idea de que Malena lo hubiera utilizado como una herramienta desechable para curar una herida de orgullo hería su arrogancia de magnate, pero dolía mucho más hondo: en ese rincón oscuro de su pecho donde llevaba años guardándola como lo único intocable de su existencia.

Tomó su teléfono móvil del escritorio y marcó un número de marcación rápida.

—Señor Thorne —respondió una voz formal al segundo tono—. Buenos días.

—Vaughn, deja todo lo que estés haciendo —ordenó Nicolás, con un tono glacial que hizo que su jefe de seguridad privada se pusiera firme al otro lado de la línea—. Necesito los registros de las cámaras de seguridad del vestíbulo del hotel de las últimas dos horas. Una mujer joven, menuda, cabello castaño claro, abrigo negro. Salió sola. Quiero saber qué taxi tomó, la matrícula y hacia dónde se dirigió. En diez minutos.

—Entendido, señor.

Nicolás arrojó el teléfono sobre la cama y se vistió a toda prisa con un pantalón de vestir y una camisa oscura, sin molestarse en abrochar los primeros botones. Mientras se calzaba los zapatos, el aparato volvió a sonar.

No era Vaughn. La pantalla marcaba el nombre de Lucas Sterling.

Nicolás respiró hondo, conteniendo la tormenta que amenazaba con desbordarlo, y deslizó el dedo para atender.

—Lucas.

—Nico, hermano, perdón por la hora —la voz de Lucas sonaba acelerada, con un fondo de tráfico urbano—. Iba a pasar por tu hotel para desayunar antes de que tomes tu vuelo a Londres, pero surgió una locura en casa.

Nicolás se quedó inmóvil, con los dedos congelados sobre el cuello de su camisa.

—¿Qué pasó?

—Es Malena. Se volvió completamente loca —resopló Lucas, entre el desconcierto y la irritación—. Mi madre fue temprano a su departamento para ayudarla a empacar las cosas de la mudanza y el lugar está desierto. No hay muebles, no hay maletas, nada. La dueña del edificio le dijo que Malena entregó las llaves a primera hora y liquidó el contrato en efectivo.

El pulso de Nicolás se aceleró de manera salvaje.

—¿Intentaron llamarla?

—Tiene el teléfono apagado desde hace horas. Mamá está al borde de un colapso nervioso. Lo peor es que llamé a la oficina de recursos humanos de la multinacional en Londres para ver si sabían a qué hora aterrizaba su vuelo hoy y me dijeron que canceló el contrato. ¡Rechazó la oferta, Nicolás! Un puesto por el que cualquier graduado mataría. Nadie entiende nada. Papá cree que tuvo una crisis nerviosa por la distancia con Damián... Ese idiota tampoco contesta el teléfono.

Nicolás apretó el puño libre con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos. Una risa amarga y siniestra pugnó por salir de su garganta. Lucas y sus padres seguían ciegos, atribuyendo las decisiones de Malena a un romance muerto, sin sospechar que la supuesta «niña sumisa» había dinamitado su vida entera en una sola noche.

—Tranquiliza a tu madre, Lucas —dijo Nicolás, modulando su voz con una frialdad quirúrgica para que su mejor amigo no notara el temblor de furia en su respiración—. Yo me encargo. Mis contactos en Europa pueden rastrear las aerolíneas más rápido que la policía. No hagan movimientos torpes. Si sé algo, te aviso de inmediato.

—Gracias, hermano. No sé qué haríamos sin ti. Eres de la familia.

Las palabras de Lucas cayeron sobre Nicolás como una losa de plomo. «De la familia». Cortó la llamada y cerró los ojos un instante. La traición moral a su mejor amigo palidecía ante la urgencia desgarradora que le devoraba las entrañas: Malena se había escapado de sus manos, y la idea de no volver a verla lo asfixiaba como si le faltara el oxígeno.

La puerta de la suite sonó con tres golpes secos. Vaughn entró con una tableta electrónica en la mano, con el semblante tenso.

—La encontramos en las cámaras, señor. Salió del hotel a las seis y doce minutos. Tomó un taxi amarillo en la avenida principal. Rastreamos la matrícula con la central: la dejó en su departamento universitario quince minutos después.

—Eso ya lo sé —lo interrumpió Nicolás, arrebatándole la tableta—. Dejó las llaves y se fue. Quiero los registros del aeropuerto. Ahora.

Vaughn tragó saliva antes de responder:

—Ahí está el problema, señor Thorne. Accedimos de inmediato al sistema de reservas comerciales. Su boleto original a Londres fue cancelado a las siete y media de la mañana desde una dirección IP enmascarada. No hay ningún otro billete emitido bajo el nombre de Malena Sterling en ninguna de las aerolíneas principales que operan hacia el Reino Unido, Francia o Suiza.

Nicolás levantó la vista de la pantalla, con los ojos azules inyectados en una incredulidad furiosa.

—¿Me estás diciendo que una chica de veintidós años logró evaporarse de un aeropuerto internacional en menos de dos horas frente a todo tu equipo?

—No es una chica cualquiera, señor —explicó el jefe de seguridad, mostrando una serie de capturas de pantalla en su dispositivo—. Quien canceló ese pasaje lo hizo utilizando un protocolo de anonimato que rebotó la señal por tres servidores distintos antes de borrar los registros de la inmobiliaria y de sus propias redes. Quienquiera que haya hecho esto sabe exactamente cómo opera el rastreo de datos. Borró sus huellas con la destreza de un especialista en contrainteligencia.

Un silencio espeso y pesado cayó sobre la habitación.

Nicolás contempló el horizonte de la ciudad a través del cristal. En lugar de aplacar su obsesión, las palabras de Vaughn encendieron una fascinación oscura y aterradora en su mente.

La tímida hermanita de Lucas, la dulce estudiante de biblioteca que todos creían dócil e indefensa, no solo era una mujer de fuego entre las sábanas: era una mente brillante, un genio informático capaz de burlar a su propio servicio de seguridad y desvanecerse en el aire sin dejar rastro.

Había huido de él. Había huido del pasado, de su familia y de las cenizas de su ingenuidad. Pero creía equivocadamente que podía poner un océano de por medio y ganar la partida.

Nicolás se colocó la chaqueta del traje con una calma glacial que presagiaba una tormenta devastadora.

—Contrata a las tres mejores agencias de inteligencia privada de Europa —ordenó, con una voz baja y letal que no admitía réplica—. Monitorea cada cuenta bancaria que intente abrir bajo su número de seguridad social, cada solicitud de visa, cada empresa tecnológica que contrate a un nuevo desarrollador en el extranjero. Si respira, quiero saberlo. Si gasta un solo dólar, quiero el recibo en mi mesa.

—¿Y si cambió de identidad o se fue a un país fuera de la Unión Europea, señor?

Nicolás se giró hacia él, con una mirada tan fría y determinada que heló la sangre del veterano de seguridad.

—No me importa si tengo que comprar cada servidor de este continente o revisar cada rascacielos de Europa piso por piso, Vaughn. No me importa cuánto cueste ni cuántos años me tome.

Hizo una pausa, recordando el calor de la piel de Malena bajo sus manos y el eco de su voz quebrando la madrugada, y sentenció con una promesa inquebrantable:

—La voy a encontrar. Y cuando lo haga, no volverá a tener a dónde escapar.

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Cliente anónimo
Yo comparto tu opinión
Adriana Montoya Velez
ella estuvo sólito porque así lo quiso lo decidió y se lo escondió a el y toda la familia porque esa actitud tan infantil?
Adriana Montoya Velez
me cae nal por poco racional
Adriana Montoya Velez
para ser ran inteligente no le sirve oara quitarle lo inmadura y cobarde de salir corriendo a esconderse sin nisiquiera darle la cara a su familia
maylen urquiza
excelente gracias por compartir con tus lectores tus obras maravillosas
Maria Laura Perez: Gracias 😍
total 1 replies
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