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Donde Florece El Barro

Donde Florece El Barro

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio / Amor Campestre
Popularitas:542
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.

Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.

Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.

Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6: La estufa no perdona

La estufa de mi abuela tenía personalidad. Y era mala.

Lo descubrí la tercera noche, cuando hizo un frío que no era frío, era castigo. Había llovido todo el día, un agua fina que no paraba nunca, de esa que en el sur le dicen "chubasco" pero que en Santiago sería temporal con nombre y alerta de la Onemi.

Yo había logrado prenderla en la mañana, orgulloso, con la técnica de Tomás: casita de astillas, papel suelto, un palo chico, después uno grande. Estaba tan contento que le saqué una foto y casi la subo a Instagram, después me acordé que no tenía señal y que nadie sabía que estaba acá y que mejor no.

Pero en la tarde se apagó. Y no quiso prender más.

Le puse diario. Nada. Le puse más leña. Nada. Le soplé. Me llené de humo la cara. Tosí como por cinco minutos y me quedó el olor a humo en la polera.

— Ya, por favor — le dije a la estufa, como si fuera una persona. — No me hagas esto.

La estufa no contestó. Obvio que no contestó. Pero yo le seguía hablando porque estaba solo y porque cuando estás solo le hablas a las cosas.

Afuera ya estaba oscuro, eran las cinco y media y parecía medianoche. La luz se cortó. No se cortó por la lluvia, se cortó porque sí. Acá se corta la luz cuando quiere. Me quedé con la linterna del celular que tenía 12% de batería.

Fui a la ventana. La casa de Tomás tenía luz. Tenía un generador chico, me había dicho. O leña infinita, no sé.

Dudé. Me daba vergüenza ir otra vez. Ya había ido dos veces ese día: una por la leña y otra por el agua. No quería parecer el vecino inútil que no sabe hacer nada, aunque era exactamente eso.

Pero tenía frío. Un frío que me hacía tiritar de verdad, no de bonito, de esos que te hacen doler los dientes.

Me puse la chaqueta, las botas de agua que me había prestado Sofía — mi amiga del pueblo que apareció de la nada el día anterior con una bolsa de ropa usada y me dijo "toma, deja de andar con esas zapatillas de payaso" — y crucé el barro.

El barro de noche es peor. No ves dónde pisas y te hundes más.

Llegué a su puerta y toqué. No era puerta, era una puerta de madera gruesa con una manilla de fierro. Nadie contestó. Toqué más fuerte.

— ¡Tomás! — grité.

Se escucharon pasos. Abrió. Llevaba una polera gris, pantalón de trabajo, y tenía el pelo mojado. Se había bañado.

— ¿Qué pasó? — dijo, al tiro, serio.

— Se me apagó la estufa y no prende y se cortó la luz y tengo frío — dije todo rápido, como un niño.

Me miró. No puso cara de "otra vez tú". Solo se hizo a un lado.

— Pasa.

Su casa era distinta a la mía. La mía era recuerdos y cosas viejas y olor a cerrado. La suya era ordenada, limpia, con olor a madera y a algo rico que estaba cocinando. Tenía una estufa grande, prendida, que calentaba toda la casa. Tenía una mesa de madera que él mismo había hecho, se notaba. Tenía libros. Muchos libros, pero no de agricultura. De arquitectura.

— Siéntate — me dijo, y me pasó una taza. Era té, pero no de bolsa, era de hojas, con canela.

— ¿Tienes luz porque tienes generador? — pregunté, tiritando todavía.

— Sí. Chiquitito. Solo para la luz y para cargar el celular. La estufa es a leña, esa nunca se apaga si la sabes llevar.

Me quedé callado. Tomé el té. Me calenté las manos con la taza. Era de cerámica gruesa, hecha a mano.

— ¿Quieres que vaya a ver tu estufa? — preguntó.

— Sí, pero mañana. Ahora no quiero salir de nuevo.

Se rió. Otra vez se rió. Era la segunda vez que lo hacía y me gustó.

— Te quedas un rato entonces. Hasta que pare un poco la lluvia.

Nos quedamos en silencio. No incómodo. Un silencio calentito, con la lluvia pegando en el zinc y la estufa crepitando. Yo miraba los libros de arquitectura de reojo. Había uno de casas de madera japonesas, otro de restauración de galpones.

— ¿Te gusta la arquitectura? — pregunté.

Se puso tenso.

— Me gustaba — dijo, corto.

— ¿Por qué no seguiste?

— Porque mi papá dijo que si estudiaba eso no volvía a la casa. Y yo necesitaba la casa.

— ¿Y qué estudiaste?

— Nada. Me quedé.

No pregunté más. Entendí. Era como preguntarle a alguien por qué dejó de respirar.

Después de un rato, me mostró algo. Abrió un cajón y sacó un cuaderno. Un cuaderno de esos de tapa negra, con hojas amarillas. Adentro había dibujos. Dibujos a lápiz de casas, de galpones, de invernaderos pero bonitos, no como los que tenía, sino con luz, con ventanas grandes.

— ¿Los hiciste tú? — pregunté.

— Sí.

— Son bacanes.

— Gracias — dijo, bajito, como si le diera vergüenza.

— ¿Por qué no los construyes?

— Porque no tengo plata. Y porque si los construyo bonito, Don Gerardo los va a querer comprar más rápido.

Don Gerardo. El nombre que había escuchado en la feria. El de la cooperativa.

— ¿Te quiere comprar?

— Todos los años. Dice que mi tierra es la única que no quiere vender. Que estoy puro perdiendo plata.

— ¿Y por qué no vendes?

Me miró como si le hubiera preguntado por qué respira.

— Porque es mía. Porque mi abuelo la trabajó, mi papá la trabajó mal, pero yo la trabajo bien. Porque si la vendo, ¿qué hago?

Entendí. Yo había vendido todo en Milán por un abrigo. Él no vendía nada por nada.

La luz volvió a mi casa como a las nueve. La vimos desde su ventana, una lucecita amarilla que se prendió a lo lejos.

— Ya puedes volver — dijo.

— No quiero — dije, sin pensar. Lo dije en voz baja.

Nos quedamos mirando. Estábamos cerca, en su cocina chica, con olor a té y a leña. Él tenía las manos grandes, con tierra todavía en las uñas aunque se había bañado.

— Noah — dijo, y mi nombre sonó raro en su boca, como si lo estuviera probando.

— ¿Sí?

— Si te quedas más, vas a tener que ayudarme a pelar papas. No tengo visitas gratis.

— Ya, ayudo.

Y pelamos papas. Yo pésimo, él bien. Me enseñó. Me dijo "más delgado, así no pierdes papa". Me reí. Él se rió. Y por un rato, con la lluvia afuera y la estufa que no perdonaba en mi casa pero que sí perdonaba en la suya, se me olvidó que tenía frío.

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Michel Yandi
me encanta esta historia 🦆✨
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Muy buena narrativa y, buen contenido.
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Me gusta esta Novela, es diferente tiene un buen contenido urbano.☺️
Brisa Romero
/Sweat/
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