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Nadie Lloró Por Ella.

Nadie Lloró Por Ella.

Status: Terminada
Genre:Policial / Escena del crimen / Casos sin resolver / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Hay secretos que deberían permanecer enterrados. Y verdades que pueden destruirte.

Cuando un crimen sacude la tranquilidad de un pueblo donde todos parecen conocerse, una joven queda atrapada en un juego de mentiras, sospechas y traiciones. Cada pista conduce a una nueva pregunta, cada sospechoso oculta algo y cada respuesta parece alejarla aún más de la verdad.

En medio del caos, un enigmático chico despertará su curiosidad… aunque confiar en él podría ser su peor error.

Todos tienen un motivo. Todos guardan un secreto. Pero alguien ha conseguido mantenerse un paso por delante de los demás, escondiéndose a plena vista.

Y cuando la verdad salga a la luz, desearás no haber sospechado de la persona equivocada.

Novela 100% mía, acepto correcciones🤞

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

12. La otra niña.

—Tenemos que irnos antes de que Mara te cuente lo que hicimos con la otra niña.

Durante unos segundos, pensé que había escuchado mal.

No porque la voz de mi madre fuera desconocida. La reconocería entre cientos de personas, incluso después de diez años sin verla. Era la misma voz que me despertaba cuando tenía pesadillas, la que me llamaba para cenar y la que me había prometido, una y otra vez, que todo estaba bien.

Pero las palabras que acababa de pronunciar no pertenecían a ninguna de esas versiones de Elena Montenegro que yo conocía.

Lo que hicimos con la otra niña.

Miré a Mara.

Estaba pálida. Tenía los labios entreabiertos y los ojos fijos en la puerta, como si hubiera estado esperando aquel momento durante años y, aun así, no estuviera preparada para enfrentarlo.

Gael se colocó delante de nosotras.

—Abril —murmuró—, no abras.

Esta vez no discutí.

No sabía si debía confiar en él, pero había algo en la expresión de mi madre que me aterrorizaba más que cualquier desconocido. Elena no había preguntado si yo estaba bien. No había preguntado cómo había llegado hasta allí ni por qué estaba en una mansión abandonada a medianoche.

Había ido directamente al sótano.

Directamente hacia Mara.

Como si hubiera sabido desde el principio que estaba viva.

—Abril, cariño —repitió mi madre desde el otro lado—. Abrí la puerta.

Cerré los ojos.

Durante toda mi vida había creído que, si alguna vez me encontraba en peligro, bastaría con escuchar su voz para sentirme a salvo.

Ahora quería alejarme de ella.

—¿Qué otra niña? —pregunté.

Mara se acercó a mí.

—No tenés que escucharla.

Me volví hacia ella.

—No vuelvas a decirme qué tengo que hacer.

Mara se quedó inmóvil.

—Tenés razón —respondió en voz baja—. Perdón.

Aquella disculpa no me calmó. Al contrario, hizo que todo pareciera más real.

Mi madre volvió a golpear.

—Abril, sé que estás confundida. Pero puedo explicártelo.

Solté una risa breve, nerviosa, que no se parecía en nada a una risa verdadera.

—Eso mismo me dijiste en casa.

El silencio al otro lado fue inmediato.

Mi madre había comprendido que ya no podía fingir que no sabía nada.

—¿Qué te contó Mara? —preguntó finalmente.

Miré a la chica que todos habían llorado durante diez años.

—Que estuve desaparecida tres días.

No hubo respuesta.

—Que alguien le mostró una fotografía mía fechada el veinte de octubre. Que ella salió del río, pero no sabe quién la sacó de allí. Y que, aparentemente, hay otra niña de la que nadie quiere hablar.

Respiré hondo.

—Ahora quiero saber qué hiciste vos.

Escuché un suspiro al otro lado de la puerta.

—No todo es lo que parece, Abril.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¡Dejá de decirme eso!

Mi voz se elevó tanto que Gael giró la cabeza hacia mí.

—¡Todo el mundo me repite lo mismo! ¡Que no entiendo, que no recuerdo, que no estoy preparada! ¿Sabés qué? Estoy cansada de que todos decidan qué puedo saber sobre mi propia vida.

Me acerqué a la puerta.

—Si me querés, mamá, decime la verdad.

Por primera vez desde que había llegado, Elena no contestó inmediatamente.

Y en aquel silencio encontré algo peor que una mentira.

Encontré una duda.

Como si estuviera decidiendo qué parte de la verdad podía permitirse contarme.

—Abrí la puerta, Abril —dijo al fin—. Por favor.

No era una orden.

Era una súplica.

Y eso me asustó todavía más.

Gael fue el primero en apartarse de la entrada.

—Tenemos que pensar —dijo.

—¿Pensar qué? —pregunté—. Mi madre está al otro lado de una puerta, Mara está viva y alguien lleva años observándonos. Creo que ya pasamos la etapa de pensar.

—Si abrimos, no sabemos quién más está afuera.

—Es mi madre.

—Precisamente.

Lo miré con incredulidad.

—¿Ahora también vas a decirme que no confíe en ella?

—No te estoy diciendo que no confíes en nadie. Te estoy diciendo que escuches lo que está pasando.

Tenía razón en algo: desde que habíamos bajado al sótano, cada persona que aparecía parecía conocer una parte distinta de la historia. Ninguna tenía todas las respuestas. Y todas parecían convencidas de que su versión era la única que yo debía escuchar.

Mara se acercó a la mesa y recogió las hojas que habían quedado esparcidas.

—Elena no debería estar acá.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque si vino, significa que sabe que te acordaste.

—¿De qué?

Mara levantó la vista.

—De la habitación.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué habitación?

Ella apretó los papeles contra su pecho.

—La habitación donde te escondieron.

La imagen apareció en mi cabeza con una claridad aterradora.

Un cuarto pequeño.

Una cama estrecha.

Una caja de madera junto a la pared.

Y una puerta que alguien cerraba desde afuera.

Me llevé una mano a la frente.

—Yo vi esa habitación —murmuré.

Mara asintió lentamente.

—Sí.

—¿Estuve ahí?

—Sí.

—¿Cuándo?

—La noche del diecisiete.

Miré a Gael.

Él no parecía sorprendido.

Eso me dolió más de lo que esperaba.

—¿Vos también lo sabías?

—No —respondió enseguida—. No sabía dónde te habían llevado. Solo recordaba que habías desaparecido.

—Pero sabías que había una habitación.

Gael bajó la mirada.

—Escuché a la mujer hablar de ella. Nunca entré.

Mara dejó los papeles sobre la mesa.

—Ninguno de nosotros entró.

La frase me hizo levantar la cabeza.

—¿Ninguno?

—No.

—¿Ni vos?

Mara tardó en contestar.

—Yo llegué después.

—¿Después de qué?

Ella me miró con una tristeza que parecía antigua.

—Después de que alguien cerrara la puerta.

Sentí que me faltaba el aire.

No sabía qué significaba. No sabía si hablaba de la habitación, del sótano o de algo que había ocurrido mucho antes de que yo pudiera recordarlo.

Pero comprendí que, para Mara, aquella puerta no era solamente una puerta.

Era el límite entre lo que había vivido y lo que nunca había conseguido recuperar.

—Necesito saber quién me encerró —dije.

Mara abrió la boca, pero mi madre habló antes de que pudiera responder.

—Fui yo.

Me quedé inmóvil.

Elena no había levantado la voz. No había intentado justificarse ni había pedido que le abriéramos.

Simplemente había dicho la verdad.

O, al menos, una parte de ella.

—¿Qué? —susurré.

—Fui yo quien te llevó a esa habitación.

Gael cerró los ojos.

Mara apartó la mirada.

Y yo sentí que acababa de perder algo que no sabía que todavía tenía.

La certeza de que mi madre nunca podría hacerme daño.

—¿Por qué? —pregunté.

Al otro lado de la puerta, Elena dejó escapar una respiración temblorosa.

—Porque alguien venía a buscarte.

—¿Quién?

—No lo sabía.

—¿Me encerraste porque alguien venía a buscarme?

—No quería que te encontrara.

Me aparté de la puerta.

Aquella explicación era tan absurda que por un instante pensé que estaba escuchando otra de esas historias incompletas que los adultos utilizaban para protegerse.

—¿Y por eso me dejaste sola?

—No te dejé sola.

—¡Acabás de decir que me encerraste!

—Me quedé afuera.

—¿Durante cuánto tiempo?

El silencio regresó.

Esta vez no tuve que esperar mucho para entenderlo.

—Mamá, ¿durante cuánto tiempo?

—No lo sé.

Sentí que las lágrimas me ardían en los ojos.

—¿No lo sabés?

—Abril…

—¿Una hora? ¿Dos? ¿Un día?

—No recuerdo cuánto tiempo pasó.

Me reí, pero la risa se convirtió en un sonido quebrado.

—Qué conveniente.

—No es así.

—¿Entonces cómo es?

Mi madre no respondió.

Apoyé la frente contra la puerta.

—Yo era una nena.

La frase salió tan bajita que casi no la escuché.

Pero ella sí.

—Lo sé, mi amor.

—Tenía nueve años.

—Lo sé.

—Y vos eras mi mamá.

Del otro lado escuché un sollozo.

Por un momento, mi cuerpo quiso abrir la puerta, abrazarla y fingir que todo podía volver a ser como antes.

Pero no lo hice.

Porque el cariño que sentía por ella no podía borrar lo que acababa de confesar.

—Decime qué pasó con la otra niña —susurré.

Mi madre dejó de llorar.

Y entonces dijo:

—La otra niña eras vos.

No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil.

Miré a Mara buscando una negación, una explicación, cualquier señal de que mi madre estaba equivocada.

Pero Mara no dijo nada.

Gael se acercó lentamente.

—Abril…

Levanté una mano para que se detuviera.

Necesitaba escuchar a Elena. Necesitaba que terminara aquella frase y me explicara por qué mi vida parecía pertenecerle a tantas personas distintas.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Mi madre respiró profundamente.

—Cuando eras pequeña, hubo un accidente. Después de aquella noche, algunas cosas cambiaron. No solo en vos. En todos nosotros.

—¿Qué accidente?

—No puedo explicártelo por esta puerta.

—Entonces abrila.

Elena tardó unos segundos en responder.

—No tengo la llave.

Miré la cerradura.

La llave número diecisiete seguía en mi mano.

—Yo sí.

—No la uses todavía.

Solté una risa incrédula.

—¿Me estás pidiendo que vuelva a obedecerte sin hacer preguntas?

—Te estoy pidiendo que no hagas algo que después no puedas deshacer.

—¿Qué cosa?

—Recordar.

La palabra cayó entre nosotros con una frialdad insoportable.

Recordar.

Como si mi memoria fuera una habitación peligrosa. Como si los recuerdos fueran objetos que alguien había guardado bajo llave y que podían lastimarme si intentaba recuperarlos.

Miré la llave.

Después, la puerta.

—¿Qué pasó conmigo el veinte de octubre? —pregunté.

No hubo respuesta.

—Mara dice que desaparecí durante tres días. Que alguien le mostró una fotografía mía. ¿Qué pasó ese día?

Mi madre comenzó a hablar, pero se detuvo a mitad de una frase.

—Vos…

Escuché un ruido detrás de ella.

Un golpe seco.

Después, pasos rápidos.

—¿Mamá?

No respondió.

—¡Mamá!

Su voz volvió a escucharse, pero ahora sonaba más lejana.

—Abril, escuchame. Si encontrás una caja de madera, no la abras.

Me quedé helada.

Una caja de madera.

La misma que había visto en mis recuerdos.

—¿Qué caja?

—No dejes que Mateo…

Un ruido interrumpió la frase.

Después escuché algo que me heló la sangre.

Mi madre gritó.

—¡No! ¡Vos no tenés que estar acá!

Hubo un forcejeo, una puerta que se cerró y varios segundos de silencio.

Corrí hacia la entrada.

—¡Mamá!

Golpeé con ambas manos.

—¡Mamá, contestame!

Nada.

Gael intentó apartarme.

—Abril, tenemos que salir.

—¡No voy a dejarla!

—No sabemos quién está ahí afuera.

—¡Es mi madre!

—¡Y puede que no sea la única persona que está en peligro!

Me volví hacia él, furiosa.

—¿Qué querés decir?

Gael me miró fijamente.

—Que alguien acaba de entrar en esta casa sin que lo escucháramos llegar. Que tu madre vino sola, o eso nos hizo creer. Y que, si el hombre del anillo sigue acá, tenemos que encontrar otra salida antes de que vuelva.

Mara se acercó a la puerta.

—Tiene razón.

La miré.

—¿Vos también?

—No podemos quedarnos acá.

—¡No voy a abandonar a mi madre!

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy diciendo que, si te encuentran acá abajo, no vas a poder ayudarla.

Apreté los puños.

Odiaba que todos tuvieran razón justo cuando yo más necesitaba que estuvieran equivocados.

—¿Hay otra salida? —pregunté.

Mara asintió.

Se acercó a la pared del fondo y apartó una estantería vieja que yo no había notado antes. Detrás había una puerta estrecha, casi oculta entre las sombras.

—Esto conecta con un pasillo de servicio —explicó—. Lo usaban para sacar cosas de la casa sin pasar por la entrada principal.

Gael probó el picaporte.

La puerta cedió con un chirrido.

Del otro lado había un corredor angosto, cubierto de polvo, que descendía ligeramente hacia la oscuridad.

—¿Adónde lleva? —pregunté.

—Al antiguo depósito —respondió Mara—. Desde ahí se puede salir al jardín trasero.

—¿Y cómo sabés todo eso?

Mara me miró.

—Porque no fue la primera vez que estuve encerrada acá.

No hizo falta que explicara más.

Tomé el teléfono y revisé los mensajes. La fotografía del sótano seguía en la pantalla, junto con la amenaza sobre la otra niña.

No sabía quién nos observaba.

No sabía quién había tomado la fotografía.

Pero ya no podía ignorar que alguien había convertido mi infancia en una historia que todos conocían menos yo.

Guardé el teléfono y seguí a Gael por el corredor.

Mara caminaba detrás de nosotros.

Antes de abandonar la habitación, miré una última vez la puerta metálica.

Durante diez años había imaginado que la verdad sería una respuesta.

Un nombre.

Una confesión.

Un culpable al que pudiera señalar.

Pero la verdad se parecía cada vez más a un pasillo oscuro, lleno de puertas que conducían a otras puertas.

Y yo acababa de descubrir que mi madre tenía una llave de todas ellas.

El corredor desembocó en un depósito lleno de muebles cubiertos con sábanas.

Había espejos rotos, cajas apiladas y varios cuadros apoyados contra la pared. La luz de mi teléfono apenas alcanzaba para distinguir el camino.

Gael fue el primero en llegar a la puerta del jardín.

Probó la manija.

Cerrada.

—No puede ser —murmuró.

—¿Podés abrirla? —pregunté.

—Estoy intentando.

Mara se acercó y señaló una pequeña cerradura oxidada.

—Necesitamos una llave.

La miré.

—¿Otra llave?

—En esta casa hay más cerraduras que habitaciones.

A pesar de todo, estuve a punto de reírme.

No porque fuera gracioso, sino porque, si no encontraba alguna manera de liberar la tensión, sentía que iba a terminar gritando.

Mientras Gael revisaba la puerta, yo iluminé las cajas que estaban junto a la pared.

Una de ellas tenía escrito un nombre con marcador negro.

ELENA MONTENEGRO.

Me acerqué.

La caja era pequeña, de madera oscura, con las esquinas reforzadas con metal.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

No podía ser casualidad.

Me agaché frente a ella y pasé los dedos por la tapa. Había una pequeña cerradura en la parte delantera.

No tenía llave.

—Mara.

Ella se acercó.

Cuando vio la caja, su rostro cambió.

—No la abras.

Retrocedí.

—¿Por qué?

—Porque tu madre acaba de decirte que no lo hicieras.

—Mi madre también acaba de admitir que me encerró en una habitación cuando tenía nueve años.

—Lo sé.

—Entonces no me pidas que vuelva a obedecerla.

Mara apretó los labios.

—No te lo pido por Elena.

Se arrodilló a mi lado.

—Te lo pido porque esa caja estaba acá la última vez que vi a alguien salir de la mansión.

Sentí que el aire se volvía más frío.

—¿A quién?

Mara levantó la mirada.

—A la mujer que llevaba el colgante de la estrella.

La misma mujer que aparecía en las fotografías.

La misma que había prometido que yo no tendría que volver a entrar en aquella casa.

La misma que, según Gael, lo había sacado de la mansión la noche de la desaparición de Mara.

—¿Quién era? —pregunté.

Mara miró la caja.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés? ¡La viste!

—Vi su espalda. Su cabello. El colgante. Pero nunca le vi la cara.

—¿Y mi madre?

—Tu madre la conocía.

Me levanté de golpe.

—¿Quién no conocía a esa mujer?

Mara no contestó.

La frustración me quemaba por dentro.

Todo estaba relacionado. Mi madre, Mateo, Gael, Mara, la mansión, las fotografías y aquel colgante.

Pero cada vez que creía acercarme a una respuesta, aparecía otra pregunta.

Me agaché y revisé la cerradura de la caja.

Era pequeña, antigua y parecía estar a punto de romperse. No tenía herramientas para abrirla sin dañarla.

Entonces recordé algo.

La llave número diecisiete.

La saqué del bolsillo.

—Abril, no —dijo Mara.

Introduje la llave.

Encajó.

Giré lentamente.

El mecanismo se abrió con un chasquido.

Mara se quedó inmóvil.

—No puede ser.

Levanté la tapa.

Dentro había una fotografía, un sobre amarillento y una pulsera infantil de cuentas rojas.

Reconocí la pulsera de inmediato.

La había visto en mis fotografías de la infancia. Mi madre me había dicho que la perdí cuando era pequeña.

La tomé entre los dedos.

En el interior de la caja había también una hoja doblada.

La abrí con cuidado.

Solo contenía tres líneas, escritas con una letra pequeña y ordenada.

17 DE OCTUBRE.

LA NIÑA QUE SALIÓ DE LA CASA NO ERA ABRIL.

NO DEJAR QUE NADIE SEPA CUÁL DE LAS DOS VOLVIÓ.

Leí las palabras una vez.

Después otra.

Mi cabeza intentó encontrar una explicación, pero ninguna parecía posible.

—¿Qué significa esto? —susurré.

Mara se llevó una mano a la boca.

Gael se acercó desde la puerta.

—¿Qué encontraron?

Le mostré la hoja.

La leyó en silencio.

Después me miró con una expresión que jamás olvidaré.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

—Gael —dije lentamente—. ¿Vos sabés algo?

Él no respondió.

—¡Gael!

Apartó la mirada.

Y ese gesto fue suficiente.

—Vos sabés qué significa —dije.

—Abril, no es lo que pensás.

—No tenés idea de lo que pienso.

Me acerqué a él con la hoja temblando entre los dedos.

—¿Qué significa que la niña que salió de la casa no era yo?

Gael abrió la boca.

Pero antes de que pudiera contestar, escuchamos un golpe detrás de nosotros.

Los tres nos volvimos al mismo tiempo.

La puerta por la que habíamos entrado al depósito acababa de cerrarse.

Desde el otro lado, alguien introdujo una llave en la cerradura.

Mara retrocedió.

Gael se colocó delante de mí.

Y yo apreté la fotografía contra mi pecho, como si aquel pequeño pedazo de papel pudiera protegerme de lo que estaba a punto de descubrir.

Entonces una voz habló detrás de la puerta.

No era la de mi madre.

Tampoco la del hombre del anillo.

Era la voz de Mateo.

—Abril, no abras. Por favor.

Me quedé paralizada.

—¿Mateo?

—Escuchame bien —dijo, con la voz quebrada—. No importa lo que te haya contado Mara. No importa lo que hayas encontrado en esa caja.

Escuché que apoyaba la frente contra la puerta.

—Tenés que salir de ahí sin mirar la fotografía.

Bajé los ojos hacia la imagen que tenía entre las manos.

Hasta ese momento solo había visto el reverso.

La giré.

Y el mundo pareció detenerse.

En la fotografía aparecían dos niñas idénticas.

Dos cabellos rojizos.

Dos pares de ojos verdes.

Dos rostros tan parecidos que resultaba imposible distinguir cuál era cuál.

Una de las niñas estaba tomada de la mano de mi madre.

La otra llevaba un colgante con una pequeña estrella.

En el reverso, alguien había escrito sus nombres.

ABRIL Y ALMA MONTENEGRO.

Debajo, una última frase.

UNA DE ELLAS NUNCA VOLVIÓ A CASA.

Levanté la mirada hacia la puerta.

—Mateo —susurré—. ¿Quién es Alma?

Al otro lado, mi mejor amigo comenzó a llorar.

Y cuando finalmente respondió, su voz sonó como la de alguien que llevaba diez años esperando que yo hiciera aquella pregunta.

—Tu hermana gemela.

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1
Anonimus✨
Una obra de arte, me llaman más la atención los policiales desde el libro, quiero más novelas tuyas autor porfa termina de completar las demás novelas que tienes☺️☺️☺️☺️
Fénix.
Bravo🙌
Fénix.
No puede ser!! hubo algunos capitulos en los que me perdí pero me atrapó completamente 👏👏 bravo quiero más novelas tuyas🤭👏
Anonimus✨
Ostraaas! pero que pasada ella tiene algo que ver con la muerte de la chica??/Shame//Shame//Shame//Shame/
Anonimus✨
Se conocían? no puede ser!!!!/Shy/
Anonimus✨
Uuuuh no mames wey!!
Anonimus✨
Que genial el prólogo! la me imagino el resto de la historia
Fénix.
uffff que intrigante quiero más /Whimper//Whimper//Whimper/
Fénix.
Interesante historia, es mi primera vez leyendo una novela policial jaja le veo potencial, espero más caps😊😊😊
🌸SugarBloom🌸: Entonces espero que te guste mucho esta novela ☺️☺️
total 1 replies
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