Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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Sombragrís Renacida
Mientras la capital y el sur florecían con la delicada aparición de la nueva magia, el áspero norte enfrentaba su propia metamorfosis, una mucho más arraigada a la roca y al sudor. La antigua baronía de Sombragrís, despojada de la tiranía del exiliado barón Vane, se encontraba en una peligrosa encrucijada económica y social. Durante generaciones, su única fuente de riqueza y supervivencia habían sido las vastas minas de carbón. Estas galerías, profundas, oscuras y plagadas de gas tóxico y derrumbes mortales, representaban un modelo de explotación, miseria y sufrimiento que Valeria estaba decidida a erradicar de su reino de una vez por todas.
Designada por Manuel como la Alta Supervisora de la Reestructuración del Norte, la reina se instaló temporalmente en la imponente Roca de Hierro. Dejó atrás las comodidades de la capital, acompañada por una legión de ingenieros navales de los astilleros de Valoria —expertos en tuberías de presión y calderas de vapor— y un grupo de sabios alquimistas de Eldamar. La fortaleza, que antes era un símbolo pavoroso de opresión, aislamiento y castigo, ahora mantenía sus inmensos portones de basalto negro abiertos de par en par, invitando al viento fresco a limpiar el perenne olor a hollín.
El verdadero cambio comenzó semanas después, durante una peligrosa expedición a las galerías más profundas del complejo minero del sector oeste. Valeria, vistiendo pantalones de cuero grueso, botas embarradas y llevando un farol de aceite, descendió en persona junto a Bram, el capataz más viejo de la mina, un hombre de pulmones castigados y piel marcada por el polvo de carbón. El objetivo era evaluar si los túneles inferiores podían ser rellenados y sellados de forma segura para evitar hundimientos en la ciudad superior.
Mientras los picapedreros picaban en la última pared de roca ígnea sólida, a casi quinientos metros bajo tierra, buscando un cauce de agua subterráneo, descubrieron algo inaudito. Más allá de las familiares y deprimentes venas negras de carbón, la roca viva comenzó a cambiar de textura. Se tornaba lisa, translúcida y, lo más extraño de todo, irradiaba un calor suave y constante.
Con un golpe maestro de su pico, Bram rompió la delgada membrana de roca basáltica. La pared se vino abajo, revelando una vasta caverna natural que dejó a todos sin aliento. La cueva estaba iluminada por un resplandor ámbar espectacular. Inmensos racimos de cristales geométricos brotaban del suelo y las paredes; eran piedras pulsantes, vivas, del tamaño de barriles de vino, que actuaban como conductos directos, almacenando el inmenso calor del núcleo de la tierra.
—Por todos los dioses antiguos... —murmuró Bram, dejando caer su pico—. Llevo cuarenta años cavando, y nunca imaginé que el infierno fuera tan hermoso.
Valeria se acercó, fascinada. Se quitó el guante de cuero y acercó la mano a uno de los monolitos cristalinos. Acarició su superficie lisa. No quemaba, pero irradiaba un calor reconfortante y perfecto, como si abrazara una taza de té humeante en pleno solsticio de invierno.
—Esto lo cambia todo, Bram —susurró Valeria, con la mente trabajando ya a mil por hora, visualizando planos y conductos—. El barón Vane os hizo creer que la única forma de sobrevivir al brutal invierno del norte era quemando piedra negra, asfixiando el aire y sacrificando vuestras vidas en la oscuridad y el gas. Pero la tierra tenía su propia estufa esperando ser descubierta.
A partir de ese día, Valeria trazó un plan de ingeniería revolucionario, algo nunca visto en el continente. Unió el profundo conocimiento geológico y la sabiduría milenaria de los mineros del norte con los avanzados sistemas de calderas, válvulas y fontanería de los constructores de barcos de Valoria. Durante dos años de arduo trabajo, crearon un intrincado y masivo sistema de conductos de agua reforzados que cruzaba directamente por el centro de los yacimientos de cristales geotérmicos. El agua, calentada perpetuamente por las piedras místicas hasta alcanzar el punto de ebullición, era bombeada hacia la superficie mediante un ingenioso sistema de presión de vapor.
En menos de tres años, la Roca de Hierro y las innumerables aldeas circundantes abandonaron por completo sus estufas de carbón. Dejaron de depender del humo tóxico, y la perenne capa de ceniza gris que cubría la nieve desapareció. Radiadores de cobre puro, relucientes y pulidos, adornaban ahora desde las fortalezas hasta las casas más humildes, emitiendo un calor limpio, silencioso y constante. Impresionantes invernaderos de cristal y acero florecieron en medio de las cumbres nevadas, permitiendo el cultivo de verduras y flores exóticas en pleno territorio montañoso.
Sombragrís fue oficialmente rebautizada mediante un edicto real como "El Valle del Ámbar". Los antiguos esclavos del carbón, antes condenados a una muerte prematura, se convirtieron en los orgullosos y prósperos guardianes e ingenieros de la energía térmica de todo Eldamar, forjando una lealtad inquebrantable, profunda y feroz hacia su reina.