Damián y su hijo Elían vivían felices y humildes, hasta que Damián se casó con el poderoso Zorán y su mundo cambió.
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— Lo que el dinero no compra
Kaelo y Vladímir se miraron esa tarde en el pasillo de la universidad, y por primera vez en meses no compitieron. Algo se había roto en la forma en que se veían: la rivalidad se convirtió en determinación, y la obsesión… en un plan compartido.
—No podemos seguir así —dijo Kaelo, apretando los dientes—. Cada uno por su lado no funciona. Se ríe de nosotros.
—No se ríe —corrigió Vladímir, con la mirada oscura y fija—. Simplemente no le importamos. Y eso es lo que no voy a permitir. De verdad no entiendo siempre tengo a quien quiero, solo con él es diferente, me rodean hermosas chicas y él ni siquiera me mirá...Es frustrante.
—Entonces… ¿nos unimos?
—Sí. Lo conquistaremos entre los dos. Y veremos a quién elige al final.
Ambos sonrieron. Estaban acostumbrados a conseguir cuanto querían: coches, viajes, personas… todo llegaba con una llamada. Pero Elían era diferente. Y eso los volvía locos.
Lo primero fue el festival de la banda más famosa del momento. Las entradas se agotaron en minutos; la gente pagaba fortunas por una sola. Ellos consiguieron las mejores, en primera fila, con acceso exclusivo y todo incluido. Lo esperaron a la salida de su turno en la cafetería donde trabajaba.
—Elían —lo llamó Kaelo, con una sonrisa triunfante—. Tenemos algo para ti.
Le mostraron las entradas. Elían las miró y sonrió con amabilidad.
—Qué lindo detalle. Gracias. Pero no puedo. Tengo que trabajar todo el fin de semana.
—Podemos hablar con tu jefe —se apresuró a decir Vladímir—. Te pagamos el sueldo completo con creces. Tú solo ve con nosotros.
—No se trata del dinero —respondió Elían, guardando sus cosas—. Me necesitan ahí. Y además, tengo que estudiar. Gracias de verdad.
Se fue caminando tranquilo, dejándolos solos con las entradas en la mano y la boca seca de asombro.
—¿Lo rechazó? —susurró Kaelo, sin creerlo.
—No puede ser —murmuró Vladímir—. Nadie dice que no a esto.
Pero Elían lo hacía. Una y otra vez.
Lo invitaron al cine, a la sala más lujosa, con butacas de terciopelo y comida incluida.
—No puedo, tengo que ayudar a mi papá en casa.
Lo invitaron a cenar al restaurante más exclusivo de la ciudad, donde una sola cena costaba más que el sueldo de un mes.
—Gracias, pero ya cocinaron en casa. Hoy toca estofado.
Le propusieron navegar en su yate privado, ver el atardecer desde el mar, viajar en su avión a una ciudad costera y volver al día siguiente.
—Tengo exámenes la semana que viene. Lo siento.
Paseos por el centro comercial con tarjetas sin límite, cabañas de montaña, mansiones de campo… todo fue rechazado con la misma sonrisa dulce y firme, siempre con la misma excusa: trabajo, estudio, mi papá.
Estaban desesperados. Habían conseguido todo lo que existía para comprar, y nada servía.
—No tiene sentido —explotó Kaelo una tarde, golpeando la mesa de la biblioteca—. Nadie es así. Debe querer algo.
—Exacto —dijo Vladímir, con una mirada fría y decidida—. Y vamos a averiguar qué es.
Empezaron a investigar. Preguntaron a compañeros, a su jefe, a vecinos. Revisaron horarios, gastos, todo rastro que pudiera darles una pista. Descubrieron que trabajaba dos turnos para pagar los materiales de la universidad, que cuidaba a un anciano del barrio los domingos, que daba clases gratuitas a niños de la zona, que cada compra que hacía la hacía pensando en su padre.
—No quiere nada para sí mismo —dijo Kaelo, horrorizado al comprenderlo—. Todo lo que hace es por él.
—Entonces —dijo Vladímir, inclinándose hacia él—, si queremos llegar a Elían… tenemos que llegar a lo que él más ama.
Se miraron, y ambos supieron que habían encontrado la llave.
Mientras tanto, en la pequeña casa, la vida seguía tranquila. Zorán volvió al día siguiente, y luego al otro. Ya no era una visita esporádica; se había vuelto parte de las tardes. Lía corría a Demian feliz, y él se quedaba sentado en la mesa pequeña, escuchando, mirando a Damián, aprendiendo a ser ligero, a sonreír sin exigir nada a cambio.
—Ustedes hacen que todo parezca sencillo —le dijo una tarde a Damián, mientras veían a los niños jugar con el celular—. En mi mundo, todo es complicado, lleno de tramas y de miedo.
—Tal vez porque esperan algo de ti siempre —respondió Damián, sirviéndole té—. Aquí no esperamos nada. Solo que estés.
Zorán sintió que el pecho se le apretaba.
—Nadie me ha dicho eso nunca.
Damián lo miró, y por un instante, el silencio entre ellos dejó de ser solo silencio. Se volvió cálido, cercano, como si algo estuviera empezando a florecer en la sombra.
Zorán apartó la mirada, confundido consigo mismo.
—Tengo que irme —dijo, levantándose deprisa—. Lía, vamos.
La niña hizo un puchero, pero obedeció. En el coche, iba callada, y él también. Su mente era un caos: el deseo de volver, la necesidad de verlo cada vez más, el miedo a lo que sentía, la certeza de que no podía ser… todo se mezclaba y lo atormentaba.