Lucia despierta después de una noche de borrachera, dándose cuenta que estaba en la casa de su jefe, Mateo Alcázar, y que había pasado una noche de pasión.
Mateo, a consecuencia de esto, promete hacerse responsable, pero Lucía lo rechaza. Aunque eso no significa que sea el final, ya qué, con la presencia de su ex novio, quien intenta agredirla, Lucía finalmente acepta el matrimonio con Mateo, iniciando así, una relación en donde no existe amor, pero hay una evidente atracción entre ambos.
¿Podrá prosperas el amor, en este matrimonio que empezó como una necesidad de protección?
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Capítulo 11
La camisa estuvo lista justo cuando Lucía empezaba a odiar todas las inmobiliarias de Buenos Aires.
El mensaje de Don Ernesto llegó al final de la tarde.
Don Ernesto: Ya está. Vení a buscarla cuando puedas.
Mandó ubicación.
Lucía abrió el mapa y frunció el ceño.
San Isidro.
—Qué sastrería intensa.
Salió del trabajo con una bolsa común en la mano. En el ascensor coincidió con Mateo y Simón. Lo miró poco. Desde lo del departamento, él no había vuelto a insistir con la mudanza. Ella tampoco había llamado.
En el piso dieciocho volvió a subir gente de marketing. Lucía terminó empujada cerca de Mateo. Alguien la apretó desde atrás, ella perdió equilibrio y su mano buscó apoyo.
Agarró la mano de Mateo.
Él se la sostuvo.
Lucía intentó soltarlo. Mateo no apretó fuerte, pero no la dejó ir enseguida.
El celu vibró.
Don Ernesto: Tu novio va a quedar impecable.
Lucía apagó la pantalla rápido.
Demasiado tarde.
Mateo lo había visto.
En la cochera, ella salió casi corriendo. Subió al auto, siguió la ruta y terminó frente a una quinta enorme, con rejas, seguridad y jardines imposibles.
No era una sastrería.
Era la quinta familiar de los Alcázar.
—No. No me hagas esto.
Un auto negro se detuvo a su lado. Bajó la ventanilla.
Mateo.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a buscar una camisa.
Antes de que él pudiera responder, apareció un hombre mayor con bastón y sonrisa enorme.
—¡Mi nieta política!
Lucía se quedó tiesa.
Mateo cerró los ojos.
—Abuelo.
Don Ernesto se acercó feliz.
—¿Por qué vinieron en autos separados? ¿Se pelearon?
—Abuelo, entrá.
—No me espantes a esta, Mateo. Esta es linda.
Mateo lo llevó hacia adentro casi a la fuerza. Cuando volvió, Lucía seguía junto al auto, pálida.
—Yo no sabía —dijo—. Fui a una tienda, le dije que era para mi novio porque no tenía tus medidas. Usé tu saco. Fue una mentira práctica.
Mateo la miró.
—Hoy es el cumpleaños número ochenta de mi abuelo. Está toda mi familia.
Lucía miró los autos, las luces, la gente moviéndose al fondo.
—Me muero.
—Tenés dos opciones. Entrás conmigo o le explicás a mi abuelo que no sos mi novia.
Ella tragó saliva.
—¿No hay tercera?
—Irte.
—¿Y vos?
—No es tu problema.
La frase cayó pesada.
Lucía pensó en Don Ernesto, en la camisa, en la familia esperando ver a una supuesta novia. También pensó en Mateo, en cómo había dicho "no es tu problema" con la mandíbula dura.
—Puedo entrar y fingir un rato.
Mateo la miró de otra forma.
—No quiero que finjas.
—Es mi culpa.
—No es una deuda para pagar en una mesa familiar.
Lucía no tuvo con qué contestar.
Mateo bajó la voz, pero no la suavizó:
—Si entrás conmigo, esto no queda en una actuación. Mi abuelo no es un compañero de oficina. No te metas si no querés estar.
—¿Me estás pidiendo que decida ahora si quiero estar con vos?
—Te estoy diciendo que no uso gente para evitar preguntas.
Eso la hizo enojar porque no era injusto.
—Entonces perdón por el problema.
Subió al auto y se fue.
Manejó varias cuadras antes de estacionar. La culpa le mordía el pecho.
Le escribió a Don Ernesto.
Lucía: Perdón, tuve un imprevisto. Paso otro día. Le transfiero la camisa.
Mandó una transferencia grande.
Don Ernesto la rechazó.
Don Ernesto: No seas formal, nieta. Mateo me explicó. Vení otro día.
Lucía miró la pantalla.
Mateo había cubierto la mentira.
Intentó mandarle a él el dinero.
Mensaje no enviado.
La había bloqueado.
—Qué maduro.
Lo borró también.
Esa noche volvió al departamento con comida comprada, cajas a medio cerrar y una bronca mezclada con vergüenza. No quería admitirlo, pero la frase de Mateo le quedó dando vueltas.
"No te metas si no querés estar."
Al día siguiente, en el ascensor de la empresa, lo vio.
Camisa blanca. Chaleco. Exactamente la camisa que ella había mandado hacer.
Le quedaba perfecta.
Lucía miró al piso.
El ascensor se llenó. Perfume, café, gente hablando. De golpe, el estómago se le cerró. Tuvo una arcada seca.
Martina la sostuvo.
—Estás blanca.
—Me cayó mal el aire.
—El aire no cae mal.
—Este sí.
Mateo no dijo nada, pero Lucía sintió su mirada.
Al mediodía subió a presidencia. Simón la dejó pasar. Mateo estaba detrás del escritorio.
Lucía dejó una bolsa sobre la mesa.
—Tu saco. Gracias.
Mateo la miró.
—¿Estás enferma?
—No.
—Te vi en el ascensor.
—Entonces no preguntes.
—Lucía.
—Señor Alcázar.
La cara de Mateo se cerró.
—Podés irte.
Ella salió con la garganta apretada.
Por la tarde pidió permiso y fue al sanatorio. La médica escuchó síntomas: náuseas, cansancio, mala alimentación, dolor de estómago.
—¿Tuviste relaciones el mes pasado?
Lucía apretó la cartera.
—Sí.
—¿Protección?
—Pastilla de emergencia.
—Reduce riesgo. No lo elimina.
La orden decía: ecografía temprana / posible embarazo.
Lucía salió al pasillo con el papel doblado.
Pensó en Clara. Su madre había estado sola cuando la tuvo. Sola contra comentarios, colegios, alquileres, miradas de gente que juzga sin pagar una cuenta.
Lucía tenía veintidós.
No sabía ni dónde iba a vivir.
Y podía estar embarazada.
Entonces escuchó una voz conocida.
—Mirá vos.
Valentina Cordero estaba frente a ella, con una empleada cargándole abrigo y cartera. Todavía no se le notaba la panza, pero ya caminaba pidiendo paso sin pedirlo.
Lucía escondió la orden.
—No tengo ganas.
Valentina se la arrancó.
—¿Embarazo temprano? Qué rápido reemplazaste a Bruno.
—Devolvémela.
—¿Quién es? ¿Tu jefe?
Lucía quiso recuperar el papel, pero la empleada se interpuso.
Valentina sonrió con lágrimas de rabia.
—Arruinaste mi compromiso.
—Lo arruinó Bruno cuando te pidió que abortaras en mi auto.
La cara de Valentina cambió.
—Siempre fuiste una pobre cosa sin padre. ¿Con qué cara me hablás?
Lucía se quedó quieta.
Eso dolió más de lo que quiso mostrar.
Valentina siguió:
—¿Sabés por qué fui tu amiga? Porque Bruno te quería. Porque todos decían que yo era buena por cuidarte.
La voz de Lucía salió baja.
—Dame el papel.
—Decime quién es el tipo.
—Dame el papel.
Valentina levantó la mano.
La cachetada sonó en el pasillo.
La cara le ardió.
Valentina volvió a levantar la mano.
Pero no llegó.
Una mano masculina la sujetó en el aire.
Mateo estaba detrás de Lucía.
metiche la envidia ella siempre odiaba a Lucia por qué se casó con Mateo 😂😂😂💕