"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 4: La Heredera de la Luna Plateada
La mañana siguiente amaneció gris y lluviosa, como si el cielo llorara las lágrimas que yo me negaba a derramar.
Me desperté antes del amanecer, con el cuerpo dolorido y la mente en ebullición. La carta de mi madre —la carta de Seraphina, mi verdadera madre— seguía escondida en el forro de mi bolso, pero sus palabras ardían en mi memoria como brasas encendidas.
No eres una mestiza. Eres la última heredera de la Manada Luna Plateada.
Tu padre fue traicionado y asesinado.
Los Vance son tus enemigos.
Me vestí en silencio, eligiendo un jersey de punto color crema y unos vaqueros oscuros que Marta había dejado en el armario. No era la ropa de una Luna de manada, pero no me importaba. Necesitaba sentirme yo misma, no la muñeca que Alexander quería convertirme.
Marta llamó a mi puerta justo cuando terminaba de recogerme el cabello en una coleta baja.
—Señora, el Alfa ha solicitado que desayune con él de nuevo —dijo, con una expresión que mezclaba curiosidad y preocupación—. Esta vez en su despacho privado.
—¿Su despacho privado? —Repetí, arqueando una ceja.
—Sí, señora. Es... inusual. El Alfa nunca recibe a nadie en su despacho privado. Ni siquiera a los miembros de su propia manada.
Interesante. Alexander quería algo de mí, algo más que un heredero. Quería respuestas sobre lo que había oído anoche.
—Dile que estaré allí en diez minutos —dije, y Marta asintió antes de retirarse.
Me miré en el espejo un momento más. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos afilados, calculadores. Ya no era la Elena que había llegado a esta mansión con la cabeza gacha y el corazón encogido. Algo había cambiado. La carta, el aullido, la revelación. Todo se había combinado para despertar algo que había estado dormido durante demasiado tiempo.
El despacho privado de Alexander estaba en el tercer piso, al final de un pasillo que parecía prohibido. No había cuadros en las paredes, ni jarrones, ni ningún tipo de decoración. Solo puertas cerradas y una alfombra gruesa que amortiguaba mis pasos.
La puerta del despacho estaba entreabierta. Empujé suavemente y entré.
Era una habitación amplia, con ventanales que daban a los bosques que rodeaban la propiedad. Un escritorio enorme de madera oscura dominaba el centro, cubierto de papeles, una computadora portátil y una taza de café humeante. Detrás, estanterías llenas de libros, algunos tan antiguos que sus lomos parecían a punto de desintegrarse. Y en una esquina, un sofá de cuero gastado y una mesita baja con una botella de whiskey y dos vasos.
Alexander estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, observando la lluvia que golpeaba los cristales. Llevaba una camisa gris oscuro arremangada hasta los codos y pantalones negros. Su postura era relajada, pero podía sentir la tensión en sus hombros, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra el marco de la ventana.
—Cierra la puerta —dijo, sin volverse.
Obedecí, y el clic de la cerradura resonó en el silencio.
—Siéntate —añadió, señalando el sofá con un gesto vago.
Caminé hacia el sofá y me senté, manteniendo la espalda recta y las manos sobre el regazo. No iba a darle el placer de verme nerviosa.
Alexander se giró finalmente y me miró. Sus ojos grises eran más oscuros hoy, como el cielo antes de una tormenta. Había algo en su expresión que no había visto antes. Algo que casi parecía... vulnerabilidad.
—Anoche volviste a aullar —dijo, caminando hacia el sofá y sentándose frente a mí en un sillón de cuero—. Y alguien te respondió.
—Sí —admití, sin ver sentido en negarlo—. Alguien respondió.
—¿Quién?
—No lo sé.
Alexander entrecerró los ojos.
—No mientas, Elena. No soy un tonto.
—No estoy mintiendo —dije, y era cierto—. No sé quién respondió. Solo sé que... lo reconocí. De alguna manera.
Él me estudió en silencio durante un largo momento. Luego, inesperadamente, se inclinó hacia adelante y tomó mi mano.
El contacto fue como una descarga eléctrica. Su piel era cálida, áspera, y cuando sus dedos se cerraron alrededor de los míos, sentí un cosquilleo que recorrió todo mi brazo. Mi loba se removió, alerta, confundida.
—Tu pulso —dijo Alexander, con una voz más suave—. Está acelerado.
—Estás muy cerca —respondí, intentando retirar la mano, pero él no me dejó.
—No. No lo está. Tu pulso se aceleró antes de que te tocara. —Me miró a los ojos, y por un momento, vi algo en los suyos que no esperaba—. Tienes miedo de mí.
No era una pregunta. Era una afirmación.
—¿Debería tenerlo? —pregunté, manteniendo su mirada.
—Probablemente —admitió, y una sombra cruzó por su rostro—. Pero no quiero que lo tengas.
—¿Y qué quieres, Alexander? —La pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla—. ¿Qué esperas de mí? ¿Además del heredero?
Él soltó mi mano y se recostó en el sillón, frotándose la mandíbula con una expresión pensativa.
—Quiero la verdad —dijo finalmente—. Quiero saber quién eres realmente. Porque la mujer que firmó ese contrato no era una simple mestiza desesperada. Era alguien que ocultaba algo. Alguien que fingía.
—¿Y si te dijera que ni yo misma sé quién soy? —susurré, y fue lo más honesto que había sido con él desde que nos conocimos.
Alexander me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, se levantó y caminó hacia la mesita del whiskey. Sirvió dos vasos y me tendió uno.
—Bebe —dijo—. Parece que lo necesitas.
Tomé el vaso y bebí un sorbo. El líquido me quemó la garganta, pero el calor que se extendió por mi pecho fue reconfortante.
—Hay algo que debes saber —dijo Alexander, sentándose de nuevo—. Sobre mi familia. Sobre los Vance.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué?
—Mi padre, el Alfa anterior, era un hombre cruel. Un tirano. —Su voz era baja, amarga—. Hizo cosas terribles. Cosas que yo... —Se interrumpió, apretando la mandíbula—. Cosas que yo heredé.
—¿A qué te refieres? —pregunté, con el vaso temblando en mi mano.
—A la Manada Luna Plateada —dijo, y el nombre de mi manada en sus labios fue como un puñetazo en el estómago—. Mi padre la destruyó. Asesinó a su Alfa, a su Luna, y a todos los que no juraron lealtad a la Sangre de Acero.
El mundo se detuvo. El aire se volvió pesado, irrespirable. Sentí cómo la rabia, fría y letal, se encendía en mi pecho.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté, con una voz que apenas reconocí como mía.
—Porque quiero que sepas la verdad —dijo Alexander, mirándome a los ojos—. No quiero que descubras esto por tu cuenta y pienses que te mentí. Mi padre fue un monstruo. Y yo... —Hizo una pausa, y por primera vez, vi genuino dolor en sus ojos—. Yo no soy él. Pero llevo su sangre. Y eso es algo que no puedo cambiar.
—¿Por qué ahora? —insistí—. ¿Por qué contarme esto ahora?
—Porque anoche, cuando aullaste, algo cambió. —Se inclinó hacia adelante, con los codos sobre las rodillas—. No sé qué eres, Elena. Pero sé que no eres mi enemiga. Y necesito que me creas cuando te digo que no quiero hacerte daño.
—¿Y mi familia? —pregunté, con la voz quebrándose—. ¿Los Reed? ¿Fueron parte de la destrucción de la Luna Plateada?
Alexander negó con la cabeza.
—No. Los Reed eran humanos, granjeros, gente buena. Mi padre los usó como peones, pero no participaron en la masacre. —Hizo una pausa—. Sin embargo, la deuda que tu padre adoptivo contrajo con la manada... fue idea de mi padre. Una forma de mantenerlos bajo control. De asegurarse de que nunca hablaran de lo que sabían.
—¿Y qué sabían? —pregunté, con el corazón latiéndome desbocado.
—Que la Luna Plateada no fue completamente destruida —dijo Alexander, y su voz era apenas un susurro—. Que hubo supervivientes. Que la heredera del Alfa Lucian sobrevivió.
El silencio entre nosotros fue absoluto. Solo el sonido de la lluvia golpeando los cristales rompía la quietud.
—¿Tú lo sabías? —pregunté finalmente—. ¿Sabías quién era yo cuando firmé el contrato?
—Sospechaba —admitió—. Tu olor, tu comportamiento... había algo en ti que no encajaba. Pero no estaba seguro hasta anoche.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunté, preparándome para lo peor.
Alexander me miró largamente. Luego, hizo algo que no esperaba. Se arrodilló frente a mí, tomó mis manos entre las suyas y las apretó con fuerza.
—Quiero hacer un nuevo trato —dijo—. Sin contratos. Sin mentiras. Solo tú y yo.
—¿Qué tipo de trato? —pregunté, con la voz temblando.
—Ayúdame a encontrar a los supervivientes de la Luna Plateada —dijo—. Ayúdame a reparar lo que mi padre destruyó. Y a cambio... te daré tu libertad. A ti y a nuestro hijo.
—¿Y si no confío en ti? —pregunté.
—Entonces no hay trato —admitió, soltando mis manos—. Pero ten esto en cuenta, Elena: si no me ayudas, si decides enfrentarme, la manada se volverá contra ti. Y no podré protegerte.
—¿Protegerme? —Repetí, con una risa amarga—. ¿Desde cuándo te importa mi seguridad?
Alexander se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia arreciaba, golpeando los cristales con violencia.
—Desde el momento en que te vi —dijo, sin volverse—. Desde el momento en que firmaste ese contrato y algo dentro de mí... cambió. No sé qué es. No sé si es el vínculo de la manada, o el embarazo, o algo más. Pero sé que no quiero verte sufrir.
—¿Y qué hay de tu familia? —pregunté—. ¿Tu madre? ¿Tus hermanos? ¿Qué pensarán de esto?
Alexander se giró, y su expresión era dura, fría.
—Mi madre fue desterrada hace años. Mis hermanos... —Hizo una pausa—. Mis hermanos no son mis aliados. Son mis rivales. Y si supieran quién eres realmente, te usarían contra mí.
—¿Y qué te hace pensar que no te usaré yo a ti? —pregunté, levantándome—. ¿Qué te hace pensar que no soy tu enemiga?
Alexander caminó hacia mí, deteniéndose tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma profundo de su feromona.
—Porque si fueras mi enemiga —dijo, con una voz baja y ronca—, ya me habrías matado mientras dormía. Y no lo has hecho.
—No he tenido la oportunidad —respondí, aunque sabía que era mentira. Había tenido oportunidades. Muchas.
—Mientes —dijo, y una sonrisa lenta le curvó los labios—. Y lo haces muy mal.
Antes de que pudiera responder, se inclinó y presionó sus labios contra mi frente. Fue un beso suave, casi reverente, que me dejó sin aliento.
—Piénsalo —dijo, apartándose—. Tienes hasta la boda para decidir.
Y se fue, dejándome sola en su despacho, con el corazón hecho un caos y la mente llena de preguntas.
Esa tarde, mientras caminaba por los jardines con Marta, algo llamó mi atención.
Un hombre estaba de pie junto a la reja trasera, hablando con uno de los guardias. Era alto, de complexión delgada, con el cabello rubio oscuro y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda. Iba vestido con ropa de jardinero, pero había algo en su postura que no encajaba. Algo en la forma en que sus ojos escaneaban el perímetro, en cómo sus dedos tamborileaban contra su muslo.
Nuestras miradas se cruzaron por un instante. Y entonces, lo vi.
Un tatuaje en su muñeca. Una luna creciente rodeada de estrellas.
El símbolo de la Luna Plateada.
Mi corazón se detuvo. El hombre me sostuvo la mirada un momento más, luego asintió imperceptiblemente y se giró, desapareciendo entre los árboles.
—¿Señora? —Dijo Marta, a mi lado—. ¿Se encuentra bien? Está pálida.
—Sí —mentí, forzando una sonrisa—. Solo... el aire. Creo que necesito sentarme.
Marta me guio hacia un banco cercano, pero yo no podía dejar de mirar hacia los árboles, hacia el lugar donde el hombre había desaparecido.
Un aliado. Un miembro de mi manada. Aquí, en la guarida del enemigo.
Las palabras de mi madre resonaron en mi mente:
Busca a los aliados de tu padre. Busca a los que aún son leales a la Luna Plateada. Ellos te encontrarán a ti.
Me encontraron. Y ahora, todo era cuestión de tiempo.
Esa noche, cuando me retiré a mi habitación, encontré un sobre en mi almohada.
No había ningún sello, ninguna marca. Solo mi nombre escrito con una letra que reconocí de inmediato: la misma letra de la carta de Seraphina.
Lo abrí con dedos temblorosos. Dentro, una sola frase:
Mañana a medianoche. La capilla abandonada del jardín oeste. Ven sola.
Doblé el papel y lo escondí en el forro de mi bolso, junto a la carta de mi madre.
La guerra estaba a punto de comenzar.
Y yo, Elena Reed, la última Alfa de la Luna Plateada, estaba lista para luchar.
Pero mientras me acostaba, no pude evitar pensar en Alexander. En sus palabras. En sus ojos. En la forma en que me había mirado cuando me dijo que no quería hacerme daño.
Y en algún lugar de la mansión, alguien más estaba despierto. Alguien que había estado escuchando. Alguien que había estado esperando.
Y esa persona sonrió.