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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que la plata no podía explicar

Lin Chen no regresó inmediatamente al presente después de salir de la oficina del magistrado.

Habría sido lo más fácil.

También habría sido un error.

La palabra grano seguía rondando su cabeza.

Magistrado Xu no había dicho que existiera hambre.

Ni siquiera una verdadera escasez.

Solo había mencionado lluvias irregulares y precios en ascenso.

Eso podía significar muchas cosas.

Una mala cosecha localizada.

Especulación.

Problemas de transporte.

Compras anticipadas.

O simplemente comerciantes aprovechándose de los rumores.

Antes de pensar en introducir alimentos desde el mundo moderno, Lin Chen necesitaba saber cuál era la situación real.

Y, sobre todo, si realmente existía un problema.

Cuando regresó al Pabellón de las Mil Maravillas, Su Wan'er ya había comenzado a recopilar información.

Había colocado tres hojas sobre la mesa.

—Arroz.

—Trigo.

—Mijo.

Lin Chen tomó la primera.

—¿Precios?

—De las últimas seis semanas.

La miró con sorpresa.

—¿Ya los tenías?

—La posada compra alimentos todos los días.

Cierto.

Su Wan'er señaló una columna.

—Aquí.

Lin Chen siguió las cifras.

El arroz había subido.

No de manera explosiva.

Pero de forma constante.

El trigo también.

El mijo menos.

—¿Eso es normal?

—En algunas épocas del año, sí.

—¿Y ahora?

Su Wan'er negó.

—No tanto.

Lin Chen apoyó los brazos sobre la mesa.

—Necesito saber de dónde viene el grano que consume Qinghe.

—De aldeas cercanas. También de otras zonas de Yunzhou cuando hace falta.

—¿Quién compra más?

Ella pensó.

—Las familias grandes. Los almacenes de grano. Algunas casas comerciales.

—¿Zhao?

—Por supuesto.

Lin Chen no comentó.

Aquello era importante, pero todavía no significaba nada.

—Quiero hablar con agricultores.

Su Wan'er lo miró.

—¿Tú?

—Sí.

—Te van a estafar.

Lin Chen levantó una ceja.

—Gracias por la confianza.

—No sabes cuánto produce un mu de tierra, no sabes cuándo se cosecha cada grano y probablemente tampoco puedes distinguir una buena semilla de una mala.

Silencio.

—Puedo aprender.

—Eso sí.

Lin Chen sonrió.

—Entonces empezamos mañana.

Los siguientes dos días resultaron más útiles que cualquier conversación con comerciantes.

Lin Chen visitó tres aldeas.

No fue solo.

Su Wan'er insistió en acompañarlo durante la primera visita y después envió con él a Wu San.

Los agricultores contaban historias parecidas.

Las lluvias habían llegado tarde.

Algunos campos producían menos.

Nada catastrófico.

Pero suficiente para preocupar.

Un anciano llamado Luo resumió la situación mejor que nadie.

—Si el clima mejora, habrá comida.

—¿Y si no?

El hombre miró sus campos.

—Entonces el invierno será caro.

Lin Chen recordó aquella frase.

No «mortal».

No «habrá hambre».

Caro.

Todavía estaban a tiempo.

Eso significaba que cualquier acción impulsiva podía ser peor que no hacer nada.

Si aparecía de pronto con toneladas de grano imposible de explicar, los comerciantes reaccionarían.

El gobierno reaccionaría.

Zhao reaccionaría.

Y quizá los agricultores también.

Un comerciante que inundara el mercado podía arruinar a quienes sí lograran cosechar.

No todo se resolvía con traer productos del futuro.

Aquello empezaba a quedar claro.

En la tarde del segundo día, Lin Chen visitó a Han De.

—Quiero comprar grano.

Han De dejó de contar monedas.

—¿Cuánto?

—Todavía no sé.

—Eso no me gusta.

—¿Por qué?

—La gente que no sabe cuánto quiere comprar suele querer demasiado.

Lin Chen sonrió.

—Empecemos por poco.

—¿Para vender?

—Reserva.

Han De lo estudió.

—¿Sabes algo?

—No.

—¿El magistrado te dijo algo?

Pregunta peligrosa.

—Solo estoy viendo los precios.

Han De no pareció convencido.

—No compres demasiado.

—¿Por qué?

—Porque otros ya lo están haciendo.

—¿Quién?

Han De bajó la voz.

—Zhao no es el único.

Eso sí era importante.

—¿Cuánto han subido las compras?

—Lo suficiente para que empiece a notarse.

Lin Chen permaneció en silencio.

La situación comenzaba a tomar forma.

No había crisis todavía.

Pero el miedo a una posible escasez estaba provocando compras anticipadas.

Y esas compras podían provocar precisamente la escasez que todos temían.

Esa noche, Lin Chen regresó al pequeño taller donde se producía jabón.

Revisó cuentas.

Después pasó por el almacén.

Luego por el Pabellón.

No se marchó hacia el bosque hasta que la ciudad estuvo oscura.

Desde el episodio con el espía de Zhao, nunca usaba una ruta directa.

Dio un largo rodeo.

Esperó.

Cambió de camino dos veces.

Solo cuando estuvo seguro de no ser seguido llegó al arco cubierto de vegetación.

Se quedó frente a él.

Esta vez sí tenía un motivo claro para regresar.

Necesitaba tres cosas.

Información.

Dinero.

Y opciones.

Tenía que saber cuánto costaría adquirir alimentos en cantidades mayores en el presente.

También necesitaba estudiar conservación, almacenamiento y rendimientos agrícolas.

Pero había un problema todavía más inmediato.

Su negocio en Qinghe estaba consumiendo capital.

Y si debía crear una reserva de grano, necesitaría aún más.

La plata antigua podía solucionarlo.

Al menos temporalmente.

Lin Chen abrió la puerta.

La oscuridad apareció.

Atravesó.

El zumbido del refrigerador fue lo primero que escuchó.

Después el ruido lejano de automóviles.

Luego una notificación en su teléfono.

Lin Chen permaneció varios segundos inmóvil en medio de su apartamento.

Cada regreso le producía la misma sensación.

Horas antes había estado hablando con agricultores que trabajaban la tierra con herramientas simples.

Ahora tenía luz eléctrica, agua corriente, internet y supermercados capaces de almacenar cantidades de alimentos que habrían parecido imposibles en Qinghe.

Sacó su teléfono.

Cuarenta y tres mensajes.

Cinco llamadas perdidas.

Varias notificaciones bancarias.

Una de ellas era un recordatorio de deuda.

Lin Chen dejó escapar una pequeña risa.

Podía viajar entre mundos.

Y aun así los bancos continuaban encontrándolo.

Se sentó frente a su computadora.

Primero buscó precios mayoristas.

Arroz.

Trigo.

Harina.

Granos.

Después sistemas de almacenamiento.

Humedad.

Plagas.

Ventilación.

Vida útil.

Pérdidas.

Tomó notas durante horas.

Su primera conclusión fue inmediata.

Comprar grano moderno era fácil.

Transportarlo sin explicación no.

La segunda era todavía más importante.

No necesitaba empezar trayendo alimentos.

Podía mejorar almacenamiento.

Reducir pérdidas.

Comprar temprano.

Distribuir mejor.

Quizá incluso introducir herramientas agrícolas más adelante.

Había demasiadas soluciones antes de abrir el portal y lanzar toneladas de arroz sobre Qinghe.

Entonces miró una caja cerrada en una esquina.

Dentro había plata.

Parte de los taeles que todavía conservaba.

El capital que necesitaba estaba allí.

Pero vender plata una y otra vez podía convertirse en un problema.

Hasta ahora había realizado operaciones pequeñas.

Si continuaba apareciendo cada pocas semanas con metal de origen inexplicable, alguien acabaría preguntando.

Lin Chen tomó tres piezas.

Al día siguiente visitó a Gao Ming.

El taller seguía igual.

Gao Ming reconoció a Lin Chen apenas entró.

—Otra herencia familiar.

Lin Chen sonrió.

—Algo así.

El hombre miró las piezas.

Esta vez no las tomó inmediatamente.

—¿Cuántas tienes?

Lin Chen sintió la advertencia escondida en la pregunta.

—Pocas.

—La última vez también eran pocas.

—¿Eso es un problema?

Gao Ming encogió los hombros.

—Para mí no. Si es plata legítima.

Lin Chen mantuvo la expresión tranquila.

—Lo es.

—¿Tienes factura?

Ahí estaba.

No era una acusación.

Era exactamente el tipo de problema que había previsto.

—No.

Gao Ming apoyó las manos sobre el mostrador.

—Entonces te conviene empezar a pensar cómo vas a justificar cantidades mayores.

Lin Chen no respondió.

—Puedo comprarte unas piezas —continuó Gao—. Pero si pretendes traerme veinte kilos el próximo mes, no.

—No tengo veinte kilos.

Verdad.

Por ahora.

Gao examinó una pieza.

—La pureza vuelve a ser buena.

—¿La compras?

—Sí.

La operación se cerró.

Pero al salir, Lin Chen no sintió satisfacción.

Sintió un límite.

Uno muy claro.

La plata podía darle liquidez.

No podía convertirse en la base de su riqueza moderna.

Necesitaba algo mejor.

Algo que pudiera vender legalmente.

Algo que permitiera construir una empresa real.

Caminó varias calles pensando.

Entonces recordó las piezas que había visto en Qinghe.

Jade.

Madera.

Objetos artesanales.

Materias primas.

No antigüedades históricas.

No tesoros imperiales.

Materiales.

Si encontraba productos que pudieran entrar al mercado moderno como materia prima o artesanía contemporánea...

Eso era diferente.

No solucionaba todos los problemas.

Pero podía ser un camino.

Lin Chen regresó a su apartamento.

Abrió la libreta que utilizaba para ambos mundos.

En una página nueva escribió:

El problema no es traer valor.

Debajo:

El problema es explicar el valor.

Luego anotó:

Plata: liquidez rápida, difícil de escalar.

Antigüedades: alto valor, riesgo enorme.

Jade: investigar.

Maderas: investigar.

Artesanía: investigar.

Piedras: investigar.

Productos agrícolas especiales: investigar.

Se recostó.

Por primera vez desde que había encontrado la puerta, el presente dejó de parecer solamente el lugar donde compraba mercancía.

También podía convertirse en un mercado.

Uno gigantesco.

Pero si quería aprovecharlo, tendría que construir algo allí igual que estaba construyendo en Qinghe.

Paso a paso.

Sin milagros.

Sin fortunas inexplicables.

Lin Chen observó la puerta cerrada.

Había ido al presente buscando dinero para prepararse ante una posible crisis de grano.

Había conseguido algo más importante.

La certeza de que su segundo negocio todavía ni siquiera había comenzado.

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