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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

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capitulo 5

El eco de los pasos de Marcos y Mía marchándose todavía reverberaba en las paredes del taller, pero el verdadero daño ya no estaba en la seda destrozada sobre la mesa, sino en las cenizas humeantes de lo que alguna vez llamé amor. Me quedé inmóvil junto al perchero, observando los trozos de encaje blanco esparcidos por el suelo como cadáveres diminutos. Cada fibra de mi ser se había congelado; la rabia inicial se había transformado en algo mucho más denso, en un silencio absoluto y letal que latía en el fondo de mis sienes.

Sabía exactamente cómo funcionaba la mente de Marcos Moretti. Para él, el mundo se dividía entre los que obedecían sus reglas y los que debían ser castigados por desafiarlas. Y yo acababa de cometer el pecado capital: tocar a su protegida favorita delante de sus narices, rompiendo la frágil ilusión de control que él tanto se empeñaba en mantener en su imperio privado.

Esa misma noche, la tensión en la mansión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. Durante la cena, un evento formal donde se suponía debíamos discutir los últimos detalles protocolares de la alianza con los cabecillas del sur, Marcos ni siquiera me dirigió la palabra. Ocupaba la cabecera de la mesa larga de caoba, imponente y frío como una estatua de mármol negro, con un traje impecable que contrastaba con la oscuridad de su mirada. A su derecha, Mía lucía una sonrisa triunfante apenas disimulada, luciendo un parche invisible de víctima y arrojándome vistazos cargados de burla silenciosa cada vez que los tíos de Marcos apartaban la vista.

—Elara —dijo Marcos de repente, rompiendo el silencio sepulcral con una voz ronca que hizo que los cubiertos de plata tintinearan contra la porcelana—. Mañana por la mañana tienes una cita con el médico de la familia. Y después irás a disculparte formalmente con Mía en el salón principal. Necesitamos resolver este comportamiento errático tuyo antes de la boda. No voy a tolerar escándalos públicos.

Mis manos se cerraron con fuerza alrededor del borde de la mesa. Alzó la vista lentamente, clavando mis ojos en los suyos sin parpadear, sin mostrar el menor ápice de sumisión.

—No tengo nada de qué disculparme, Marcos —respondí con una voz tan suave y gélida que dejó helados a los presentes—. Y guárdate las citas médicas; la única desequilibrada bajo este techo no soy yo.

La mandíbula de Marcos se contrajo con tanta violencia que un músculo saltó en su mejilla. Su mano se cerró con tanta fuerza sobre el vaso de cristal que por un segundo temí que lo hiciera añicos. Los demás familiares bajaron la vista, aterrorizados ante la inminente explosión del jefe. Pero antes de que Marcos pudiera levantarse y abalanzarse sobre mí, me puse de pie con elegancia, tirando la servilleta sobre el plato sin tocar la comida.

—Disculpen, me retiraré a descansar. La atmósfera aquí se ha vuelto irrespirable —dije con una calma desafiante, y di media vuelta, abandonando el comedor bajo la mirada furiosa y atónita de Marcos.

Esa noche no encendí las luces de mi habitación. Sabía que el castigo no se haría esperar. Marcos no toleraba la desobediencia pública, y su forma de "corregirme" siempre implicaba recordarme el peso de su dominio absoluto. Cerca de la medianoche, escuché el familiar y pesado crujir de las botas de cuero en el pasillo. La puerta se abrió de un golpe seco, revelando a Marcos en la penumbra, con la corbata desatada y los ojos oscuros inyectados en una furia fría y contenida.

Caminó hacia mí con pasos lentos y felinos, como un depredador dispuesto a someter a su presa. Yo estaba de pie junto al ventanal, observando la oscuridad de los jardines.

—¿Te crees muy valiente, verdad? —susurró Marcos con voz ronca, pegándose a mi espalda hasta que el calor de su cuerpo imponente me envolvió por completo, aunque ya no me transmitía seguridad, sino un profundo asco—. ¿Crees que puedes humillarme frente a mi propia familia?

—Tú te humillas solo cada vez que defiendes a esa arpía por encima de mí, Marcos —repliqué sin moverme, girando ligeramente el rostro para mirarlo de reojo.

Un gruñido sordo brotó de su garganta. Con una brutalidad desesperada, me tomó de los cabellos, tirando de mi cabeza hacia atrás para exponer mi cuello a sus labios, mientras su otra mano se hundía con fuerza salvaje en mi cadera, inmovilizándome contra su pelvis dura.

—Eres mía, maldita sea —me sopló al oído con una mezcla de deseo febril y rabia destructiva—. Te voy a enseñar a respetar tu lugar, te cueste lo que te cueste.

No hubo palabras dulces, no hubo cortejo. Lo que siguió sobre las sábanas de seda fue una posesión violenta, un acto de dominación pura donde Marcos buscaba borrar mi desafío a golpes de pasión desmedida. Sus embestidas profundas y rítmicas me arrancaban gemidos ahogados que se perdían contra las almohadas, mientras sus manos grandes y ásperas apretaban mi piel hasta dejar marcas violáceas. Mi cuerpo, traidor por la costumbre, respondía al frenesí de su fricción, arqueándose contra el suyo en un clímax doloroso y caótico que nos dejó a ambos respirando con dificultad en la oscuridad.

Pero en cuanto terminó, mientras su peso pesado se retiraba de mi lado y su respiración se calmaba, Marcos no se quedó a dormir conmigo. Se puso la camisa a prisa, me miró con desdén desde la puerta y escupió una última advertencia:

—Mañana arreglaremos esto por las buenas o por las malas.

Se marchó, dejándome sola, con las sábanas revueltas y el alma convertida en hielo.

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, recibí una supuesta llamada de emergencia de la modista principal del centro de la ciudad. Me informaban que una parte de los arreglos de emergencia del vestido secundario se habían perdido y requerían mi presencia inmediata en el taller del distrito comercial viejo para aprobar las telas antes del anochecer. Con la esperanza de escapar de la mansión y despejar la mente, tomé mi bolso y salí sin avisar a nadie.

El error fue confiarme.

Apenas puse un pie en el callejón adoqueado que conectaba la avenida principal con el taller trasero, el aire cambió de golpe. Un silencio pesado, antinatural, envolvió el estrecho pasadizo rodeado de altas paredes de ladrillo rojo. Me detuve en seco, sintiendo un escalofrío helado recorrer mi columna vertebral.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —pregunté, sintiendo que el corazón me latía desbocado contra las costillas.

La respuesta no se hizo esperar. Dos figuras oscuras, encapuchadas y con los rostros parcialmente ocultos por pañuelos negros, emergieron de las sombras a mis espaldas y frente a mí, cortando cualquier vía de escape. Intenté girar sobre mis talones para correr hacia la calle principal, pero una mano gigantesca y áspera me atrapó del brazo con una fuerza descomunal, lanzándome de bruces contra la pared de ladrillos ásperos.

El impacto me sacó todo el aire de los pulmones, rasgándome la piel de los codos y haciéndome soltar un grito ahogado.

—¡Conque tú eres la perra insolente que le falta el respeto al jefe y a la señorita Mía, ¿eh?! —escupió uno de ellos con una voz gruesa, una mole de músculos con una cicatriz cruzándole la ceja izquierda.

El pánico me invadió por completo. No eran simples asaltantes callejeros; conocían mi nombre, conocían mi posición. El terror me paralizó por una fracción de segundo antes de que intentara defenderme, lanzando una patada a ciegas.

—¡Déjenme en paz! ¡No saben quién soy! —grité con todas las fuerzas que me quedaban en los pulmones.

—Claro que sabemos quién eres, muñeca —replicó el segundo sujeto con una sonrisa sádica, propinándome un golpe seco y directo en el estómago que me dobló por completo.

El dolor estalló en mi interior como una explosión de fuego líquido. Caí de rodillas sobre el pavimento frío y sucio del callejón, sintiendo náuseas inmediatas. A partir de ahí, los golpes llovieron sin piedad. Patadas sordas en las costillas, puñetazos calculados para castigar, para dejar una lección imborrable.

—Esto es de parte del patrón —susurró uno de ellos mientras me propinaba una patada brutal en el costado izquierdo, haciéndome chillar de dolor antes de que el mundo empezara a desvanecerse frente a mis ojos—. Para que aprendas a cerrar la boca y a respetar a los Moretti.

El sonido de sus risas burlándose se fue apagando lentamente, fundiéndose con el zumbido ensordecedor de mis oídos. El frío del suelo húmedo se mezcló con el sabor metálico de la sangre que brotaba de mis labios partidos. Mientras la oscuridad me tragaba por completo, perdiendo la noción del tiempo y de la realidad, un pensamiento final cruzó por mi mente nublada por el dolor:

Si creían que con esto iban a doblegarme, se equivocaban rotundamente. La mujer que había amado a Marcos Moretti había muerto en ese callejón oscuro. Lo que despertaría entre las sombras de ese hospital sería algo mucho más peligroso, un monstruo sediento de venganza dispuesto a quemar su imperio hasta los cimientos.

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