Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La paciencia de los monstruos
Cada documento tenía su lugar. Cada nombre, una anotación. Cada cifra sospechosa, una pregunta pendiente y cada pregunta pendiente, una posible sentencia. Cuando los primeros rayos del amanecer comenzaron a filtrarse por los ventanales, Ángela cerró el último archivo y se recostó lentamente contra el respaldo de la silla. Tenía los ojos cansados, pero la mente permanecía despierta, afilada y peligrosamente lúcida. Había aprendido mucho tiempo atrás que la impaciencia era un lujo reservado para quienes podían permitirse cometer errores. Ella no.
No cuando la vida de su madre dependía de decisiones que todavía no podía delegar en nadie. No cuando seguía legalmente atada a un hombre que había convertido su matrimonio en una prisión de paredes invisibles y sobre todo, no cuando comenzaba a descubrir que la red de secretos de los que la rodeaban era considerablemente más profunda de lo que había imaginado y esos secretos amenazaban con destruir sus planes y objetivos.
Serguei le había entregado piezas de un rompecabezas con el que no contaba cuando se casó con Alexander. Todo se salió de cálculo con Dimitri. La variable ajena y sin embargo, algunas piezas comenzaban a encajar con una facilidad inquietante; otras revelaban espacios vacíos que parecían haber sido creados deliberadamente para confundir a cualquiera que intentara reconstruir la imagen completa, pero Ángela no necesitaba una historia convincente. Necesitaba una verdad demostrable que pudiera sostenerse ante un tribunal, resistir una auditoría y sobrevivir a los intentos de hombres acostumbrados a comprar silencios, modificar versiones y hacer desaparecer aquello que les resultaba inconveniente.
Por eso, a pesar de la tentación de actuar, no haría absolutamente nada con la información de Serguei hasta disponer de pruebas irrefutables. No todavía. Había demasiadas variables sin resolver y muy poco margen para equivocarse. La primera era su madre. Había hecho regresar a Chloe Casamayor a la mansión familiar, pero regresar a casa no significaba haber recuperado la vida que conocía. Su cuerpo continuaba siendo una prisión que no obedecía a su voluntad. Algo verdaderamente afortunado para sus planes. Solo los ojos de su madre constituían un puente entre la mujer que había sido y el mundo que seguía existiendo a su alrededor. Era perfecto.
Ángela había contratado a profesionales discretos y puesto a Owen al frente para evitar sorpresas desagradables. La primera pieza estaba en posición de jaque. También había reorganizado las habitaciones, supervisado el tratamiento y dispuesto cada detalle de los cuidados que Chloe necesitaría. Para los demás aquello se veía como adoración filial. ¡Qué deliciosa ironía! Nada de eso le parecía suficiente. Podía pagar a los mejores especialistas, importar equipos, contratar enfermeros experimentados y transformar una habitación entera en una unidad de cuidados domiciliarios. Eso era inversión. Lo que no podía hacer era garantizar que su madre continuara respirando al día siguiente. Aquella impotencia le resultaba intolerable. Ángela cerró los ojos durante un instante.
-No voy a perderte. -susurró con odio. -Te necesito viva todavía. -no había nadie para escucharla. Quizá por eso se permitió pronunciar aquellas palabras. Se lo había dicho antes de marcharse a las cataratas.
Ahora de regreso en la mansión Ríos. Se levantó de la silla de su despacho. Se sirvió un té negro amargo y bien cargado. Recogió los documentos y los guardó en una caja de seguridad. No había ternura en su rostro. Debía ocuparse en breve de la segunda cuestión importante. Alexander Ríos. Su marido. El hombre con quien compartía una alianza legal que ninguno de los dos había deseado por las razones correctas, pero que ahora se había convertido en un obstáculo para sus planes. Ángela no pretendía salvar aquel matrimonio. Nunca lo había pensado. En su momento fue la variable menos arriesgada que necesitó para salir de la mansión Casamayor sin causar un sisma familiar. Tampoco deseaba repararlo, comprenderlo o descubrir si bajo la hostilidad de Alexander podría encontrar un aliado.
Había terminado de buscar sentimientos donde solo encontraba heridas. Quería el divorcio. Limpio, definitivo y jurídicamente impecable. No le interesaba salir de aquella unión para entrar en otra guerra que pudiera arrebatarle el control de sus bienes, comprometer la seguridad de Owen o proporcionar a sus enemigos una herramienta con la que chantajearla. Por eso, cuando su hermano le ofreció ayuda, Ángela había prestado atención. Confiaba ciegamente en él. Aunque dudó. Owen era una moneda demasiado valiosa para gastarla sin comprobar primero la solvencia de quien la solicitaba, pero tenía recursos, contactos y una manera particularmente irritante de sonreír cuando sabía algo que los demás ignoraban.
-¿Siempre trabajas hasta el amanecer o solo cuando estás planeando arruinarle la vida a alguien? -la voz de Alexander llegó desde la puerta.
Ángela ni siquiera se sobresaltó. Había escuchado sus pasos en el pasillo varios segundos antes de que hablara, pero decidió concederle el placer de creer que había logrado sorprenderla.
-Depende. -respondió, sin apartar la mirada de la pantalla de su ordenador. -¿Siempre entras en habitaciones ajenas sin llamar o solo cuando quieres que te echen? -Alexander apoyó un hombro contra el marco de la puerta.
-Me han dicho que has regresado de las cataratas con suficiente información para provocar varios infartos en el consejo de administración y no viniste a saludar.
-La gente habla demasiado y no te interesan mis saludos.
-Cierto, pero en cambio me muero por saber qué ocultas querida esposa.
-Por eso nos llevamos tan bien. Es recíproco. -dijo ella con sorna. Él sonrió.
-¿Por qué te empeñaste en casarte conmigo Ángela? Habrías podido tener al hombre que quisieras.
-Porque no te gustan las mujeres. -Alexander se quedó perplejo. Luego se echó a reír.
-Claro. No puedes evitar ser tú. Siempre con la bala lista para disparar dónde más duele.
-Piensa lo que quieras.
-¿Sabías entonces que te odiaría hasta la muerte?
-No recuerdo haber firmado ese acuerdo.
-Ah querida esposa, debió de ser una cláusula verbal. De esas que aceptas sin darte cuenta porque estás demasiado ocupada escuchándote hablar. -Ángela soltó una carcajada.
-Había olvidado cuánto echaba de menos tus muestras de afecto. También por eso me casé contigo. -dijo señalándolo con un dedo. -Eres divertido.
-Entonces deberías consultar a un especialista. Lo que tú interpretas como afecto podría ser una lesión cerebral.
-Si sigues preocupándote por mi salud, terminaré creyendo que te importo querido. -ella levantó finalmente la mirada. -No te emociones. Todavía necesito que seas útil. -la sonrisa de Alexander se ensanchó, aunque algo en sus ojos cambió al observarla con mayor atención.
-No has dormido.
-Una observación brillante.
-Tampoco has comido.
-¿Vienes a interrogarme o a redactar un informe sobre mis hábitos personales?
-Puedo hacer ambas cosas. Soy legalmente tu esposo. Aunque, si me permites elegir, preferiría invitarte a desayunar para que me cuentes tú estrategia para sacarte de mí.
-No.
-Ni siquiera he dicho dónde.
-Podrías invitarme al restaurante más caro de la ciudad, ofrecerme una mesa con vistas al océano y contratar una orquesta para amenizar la comida. La respuesta seguiría siendo no. -Alexander fingió reflexionar.
-¿Y si la orquesta toca exclusivamente para ti?
-En ese caso, llamaría a seguridad. Hay pocas cosas más desagradables que un hombre incapaz de aceptar una negativa.
-Anotado. ¿Por qué no me preguntas por esta rama de olivo?
-Alexander no soy curiosa. De ti solo necesito una cosa.
-¿Cuál?
-El divorcio.
-No.
-Verás así están las cosas Alexander. Tú me odias, yo ya casi no te necesito. Por tanto, como lo veo, no hay razón para mantener esto y yo siempre consigo lo que quiero.
-Esta vez no. -dijo él con determinación inconfundible. Ángela le vio tensar tanto la mandíbula que temió seriamente por sus dientes. Se fue enfadado. Ella se encogió de hombros y lo observó durante unos segundos. Después dijo.
-¿Y soy yo quién necesita un especialista? Entra ya, antes de que te caigas. -una figura se coló ágil por la ventana.
-¿De verdad no quieres ser viuda hermana?
-No. Él es un tipo decente. No se lo merece. -Owen sonrió.
-Vaya me siento celoso. Sí tú lo dices. -Ángela lo miró evaluativamente. Su hermano podía ser irritante, indiscreto y excesivamente consciente de su propio encanto, pero también poseía una cualidad que ella valoraba. Sabía reconocer cuándo una conversación dejaba de ser un juego.
-Dijiste que podías ayudarme con el divorcio. -la expresión de Owen cambió.
-Puedo.
-Eso ya lo sé. Te pregunté cómo y eso no incluye una tumba. No es negociable. -él abandonó el marco de la ventana y entró del todo.
-Sería una tumba muy bonita.
-Owen.
-Está bien. Solo bromeaba. Primero necesito conocer las condiciones de tu matrimonio. El acuerdo prenupcial, las cláusulas de separación, cualquier modificación posterior y las obligaciones que puedan afectar a tus bienes o a tus participaciones empresariales.
-¿Y después?
-Después averiguamos qué puede exigirte Alexander, qué no puede exigirte y qué necesitaríamos para impedir que utilice el divorcio como instrumento de presión. -Ángela entrecerró los ojos.
-Hablas como si conocieras bastante bien a mi marido.
-Últimamente lo he estudiado bastante. Un poco aburrido para mi gusto, pero con un físico impresionante. Supongo que por eso lo escogiste.
-Entre otras cosas.
-Bueno el punto es que lo conozco bastante bien. Es un hombre con una brújula moral rígida. Lo cuál es un desafío delicioso. Es de esos hombres que creen que el dinero, el apellido y las conexiones les permiten decidir cuándo termina una relación. Tonto la verdad.
-Alexander no necesita creerlo. Tiene abogados que se encargan de recordárselo a los demás.
-Detalles. Tienes abogados también. -Ángela guardó silencio. Era una respuesta razonable. No extraordinaria, pero sí razonable.
-No quiero hacerle daño. Quiero que revises el acuerdo prenupcial. -dijo finalmente. -No necesito que encuentres una forma de perjudicarlo. Él me ayudó aunque nunca lo sepa. Necesito saber exactamente qué podría utilizar contra mí y qué medidas debo tomar para protegerme.
-¿Temes que intente quedarse con algo tuyo?
-No temo nada. El dinero no tiene la menor importancia aquí. Estoy evaluando posibilidades.
-Por supuesto. Olvidaba que en tu vocabulario el miedo se llama evaluación de posibilidades.
-Y en el tuyo la imprudencia se llama confianza en uno mismo.
-Estamos avanzando. Ya volvemos a comunicarnos en nuestro idioma habitual. -ella abrió un cajón y extrajo una carpeta. Sonreía.
-Esto es lo que necesitarás para realizar una primera evaluación. -se la entregó. -No quiero filtraciones. Que Alexander no se entere de que estoy preparando el divorcio por terceros.
-¿Qué harás cuando se dé cuenta de que no puede controlarte? -ella sonrió sin calidez, Owen recordó que bajo aquella apariencia impecable existía una mujer que había sobrevivido a demasiadas cosas como para dejarse intimidar por una amenaza conyugal.
-Lo mismo que hago siempre cuando alguien intenta encerrarme.
-¿Que es?
-Busco la salida.
-¿Y si no hay salida?
-Entonces derribo la pared. -durante un instante, ninguno de los dos habló. Después Owen volvió a sonreír, pero esta vez su expresión contenía algo más que diversión.
-Empiezo a comprender por qué algunos hombres prefieren tenerte como enemiga hermana. No obstante, pierde cuidado. Tu esposo es cosa mía. -le dio un beso y se escurrió por la ventana como mismo había llegado. Ángela apagó todo en el despacho. Se dirigió hacia su alcoba. Comenzaba a tener sueño. En el rellano del segundo piso se cruzó con Dimitri. Iba a pasar de largo, pero él la detuvo por supuesto.
-¿Y tú qué quieres? -la pregunta escapó de sus labios con una naturalidad que la hizo sospechar de sí misma. Dimitri ladeó ligeramente la cabeza.
-Todavía estoy intentando decidirlo.
-Procura hacerlo antes de que termine de utilizarte.
-¿Y si ya es demasiado tarde? -ella le sostuvo la mirada durante un segundo más de lo necesario.
-Puedes retirarte. -Dimitri soltó una risa baja.
-No sigo tus órdenes. ¿Recuerdas? Ya no soy tu empleado y un día voy a tenerte de rodillas. -ella se acercó invadiendo su espacio personal peligrosamente.
-Ese día los médicos tendrán que estudiar un fenómeno sobrenatural.
-Lo consideraré una promesa.
-Considéralo una advertencia. -se dio la vuelta.
Él esperó hasta escuchar sus pasos alejándose por el pasillo. Ella sintió su mirada quemándole la espalda. Se puso más derecha. Dimitri podía presionarla, pero no conocería el verdadero alcance de sus planes. Había asuntos que ni siquiera él necesitaba conocer. No todavía. Aunque le concernían directamente. Cosas pendientes que Ángela había decidido hacer mucho antes de viajar a las cataratas, cuando todavía creía que la mayor dificultad de su vida consistía en sobrevivir a una prueba de ADN. Desde entonces, demasiadas piezas habían cambiado de lugar. La revelación sobre su origen había abierto una grieta en la historia de su familia que nadie debería haber conocido. La muerte de Justin había acelerado los planes y el estado de Chloe había convertido cada día en una carrera contra un enemigo implacable. El tiempo. Dimitri encontró a Alexander en su despacho. Sostenía una copa entre los dedos.
-¿No es muy temprano para eso?
-Ella ha regresado. -dijo a modo de justificación.
-Lo sé. Acabo de verla camino a su cuarto, pero eso no es motivo para que te desquites con tu hígado a las tres de la mañana. -y le quitó la copa.
-Pareces mi madre.
-Alguien tiene que cuidarte. -Alexander guardó silencio.
-No digas cosas así. Puedo malinterpretarte.
-Na. No soy tu tipo para nada. -ambos estallaron en carcajadas.
-Estoy preocupado Dimitri. -dijo esta vez serio. -Le pregunté abiertamente por qué yo entre todos los hombres y me respondió algo absurdo.
-¿Qué?
-Dijo que porque no me gustan las mujeres. ¿Puedes creerlo? Y lo peor, creo que lo decía en serio. -Dimitri no se rio.
Aquello era extraño desde luego y debería haberlo tranquilizado. Sin embargo, lo inquietaba mucho más que una confrontación abierta. Ángela nunca había sido una mujer fácil de predecir, pero antes sus decisiones tenían una lógica que él podía seguir. Incluso cuando lo desafiaba, había algo en sus movimientos que le permitía anticipar el siguiente golpe. Ahora no. Ahora ella parecía haber aprendido a desaparecer sin marcharse, a permanecer presente sin ofrecer una sola explicación y a convertir el silencio en una frontera que nadie podía cruzar.
-¿Se reunió con alguien en las cataratas? -preguntó Alexander.
-No. Pero...
-¿Pero qué?
-Los guardaespaldas que la acompañaron dicen que entró a un mirador sola. Ella les ordenó estar a más de sesenta metros de distancia. Varios turistas entraron también a ese mirador. Aquí están las fotos de todos. Ninguna conexión con ella. Perfectos desconocidos, pero estuvo mucho tiempo allí.
-¿Haciendo qué?
-Llorando. -Alexander levantó una ceja incrédulo.
-¡Y después dicen que los milagros no existen! -concluyó finalmente. -Dimitri. ¿Crees qué pudieras hacerme un favor?
-Dime. -Alexander se quedó pensativo, después negó.
-No olvídalo.
-Dime. -Alexander suspiró.
-Andrés...
-Está en Suiza con Lían. Viven juntos. Están a salvo. La gente de mi abuelo los protege. Ellos no sospechan nada. Su vida es común. Ángela nunca ha intentado ni siquiera saber su paradero. La verdad. No creo ni que se acuerde de ellos.
-Eso es más raro todavía. Si no odiaba a Andrés... ¿Por qué hizo eso? Por otra parte, tampoco me ama. Me lo ha dejado claro y hoy me dijo que se casó conmigo porque no me gustan las mujeres. Ya no sé qué pensar de todo esto. -se frotó las sienes.
Dimitri no dijo nada, pero él tampoco comprendía nada. Los movimientos de Ángela parecían dictados por el capricho de una niñata rica a simple vista, pero él estaba aprendiendo que aquella mujer era extraordinaria y que nunca hacía nada al azar. Ella entendía la vida como un tablero de ajedrez donde era la reina y los demás, meras piezas desechables. Por ejemplo hoy mismo, en el rellano de la escalera había interpretado sus palabras como una provocación. Ahora empezaba a sospechar que habían sido una advertencia. Quizás había cometido un error al interpretar su silencio como una retirada. Las mujeres desesperadas solían cometer imprudencias. Las mujeres derrotadas buscaban refugio, pero Ángela había regresado sin pedir, sin exigir explicaciones y sin anunciar sus intenciones. Eso solo podía significar una de dos cosas:
O había encontrado una manera de escapar de ellos. O había descubierto algo que podía destruirlos a todos. Dimitri no sabía cuál de las dos posibilidades le resultaba más peligrosa.