NovelToon NovelToon
Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:11.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: De vuelta al estudio, a solas

Cerca del mediodía, cuando Renata ya sentía la humillación subírsele por el cuello como una fiebre, no fue Sebastián quien salió por la puerta de vidrio esmerilado, sino una mujer.

Alta, de traje impecable, con esa seguridad que no se compra. Bárbara Quintana, la subdirectora, la mano derecha en la que su marido se apoyaba para todo. La miró con una cortesía perfecta y helada.

—Señora Alcántara. El licenciado le manda decir que la junta se va a extender bastante. —Una sonrisa exacta—. No tiene caso que lo espere aquí. Váyase a descansar a casa; en cuanto termine, él la busca. Yo le entrego la carpeta personalmente.

Renata se puso de pie. Sabía leer entre líneas: sobraba. Estaba dando el espectáculo de la esposa plantada en la recepción, y mañana la mitad del piso lo comentaría en voz baja frente a la cafetera. Le entregó la carpeta azul, agradeció con una dignidad que le raspó, y se fue.

Abajo, la lluvia seguía cayendo a plomo. Y su auto no estaba donde lo había dejado.

Lo había estacionado lejos, en la calle, por no dar vueltas al estacionamiento del edificio. Ahora, en el lugar del coche, había un charco y, pegado a un poste, un letrero: zona de no estacionarse. La grúa se lo había llevado.

Renata corrió bajo el aguacero, sin paraguas, el saco empapándose contra los hombros, los tacones resbalando en las banquetas encharcadas, hasta alcanzar a la grúa que ya enganchaba otro auto media cuadra adelante. El operador, con su impermeable amarillo y su cara de haber oído todo, apenas la miró.

—Ya está en el corralón el trámite, señito. Tiene que ir a pagar la infracción y luego lo recoge.

—Es mi coche, está ahí todavía, por favor. —La lluvia le entraba a la boca—. Le pago aquí lo que sea.

Discutió, suplicó, mostró su identificación, y al final, con los dedos entumidos, pagó la multa amarilla, firmó un papel que se deshacía de mojado y recuperó su Audi blanco antes de que se lo llevaran del todo. Para cuando se sentó al volante, el pelo se le pegaba a la cara, el saco le pesaba como una segunda piel y le castañeteaban los dientes. Se quedó un momento con las manos en el volante, mirando la lluvia estrellarse contra el parabrisas, y sintió unas ganas absurdas de llorar que no tenían nada que ver con la multa.

Manejar a Lomas de Chapultepec con esa tromba era una necedad. En vez de ir a casa, cruzó la ciudad hacia la Condesa. Al Estudio Ocote. Al único lugar donde nadie la miraba como a una molestia.

La luz estaba encendida. Adentro, inclinado sobre su mesa, con los audífonos puestos y el lápiz corriendo, estaba Lucas.

Levantó la cabeza y se quitó un audífono.

—¿Jenny? —Se puso de pie de golpe al verla escurriendo, la silla rodando hacia atrás—. Estás empapada. ¿Qué haces aquí en domingo?

—Podría preguntarte lo mismo. —Intentó sonreír, pero le salió temblona, con el frío pegado al cuerpo—. ¿Horas extra?

—Me atrasé con el capítulo. —Ya le acercaba una toalla del baño, le echaba encima su propia sudadera seca—. Siéntate. Te vas a enfermar.

Ella se dejó hacer. Se secó el pelo, se quitó el saco y lo colgó del respaldo, y se sentó frente a su tablero con la excusa de avanzar el lineart pendiente. Por un rato el estudio quedó en silencio, solo la lluvia y el rasgueo de los dos lápices.

Y entonces el dolor la dobló.

Fue un cólico que le clavó las uñas en el bajo vientre y le vació el color de la cara. Se le perló la frente de sudor frío; apretó los dientes para no gemir y se encorvó sobre el tablero. Le venía siempre así el primer día, con esa saña que le quitaba el aire, y el frío de la ropa mojada lo empeoraba todo. Se abrazó el vientre por debajo de la mesa para que él no la viera.

—¿Me traes un poco de agua caliente? —logró decir—. Por favor.

Lucas la miró, dejó el lápiz y fue por ella sin preguntar. Cuando volvió la escaleta con el vaso, Renata ya tenía en la palma un ibuprofeno que se tragó a escondidas, de espaldas, con un sorbo de agua tibia.

Pero él lo entendió de todos modos. Vio la palidez, la mano en el vientre, la forma en que respiraba.

—Es tu regla —dijo, no como pregunta.

—No es nada. Ya se me pasa.

—Ximena dijo ayer que se acabaron las toallas del estudio. —Ya se estaba poniendo la chamarra—. Voy a la tienda.

—No, Lucas, no seas ridículo, está diluviando...

Pero él ya cerraba la puerta.

Bajó los diez minutos a la tienda de conveniencia bajo la lluvia, sin paraguas. La sacó del apuro por teléfono, sin pena, con una naturalidad que a Renata le encogió el pecho.

—Oye, ¿de cuáles? —preguntó su voz por el auricular, entre el ruido del agua—. Aquí hay varias. ¿La de doscientos treinta, alta absorción?

—Esa —murmuró ella, muerta de vergüenza—. Ya, con esa está bien.

De fondo, la voz del dueño de la tienda, socarrona:

—¿Y esas para quién, joven? ¿Le compras toallas a tu novia?

Hubo una pausa. Y luego, bajito, casi tímido, la voz de Lucas:

—Ajá.

Renata colgó de golpe, con la cara ardiendo, el corazón latiéndole donde no debía.

Volvió empapado hasta los huesos, la sudadera beige oscurecida de agua, el pelo goteándole en la frente y una bolsa enorme colgando del brazo. Traía también, sin decir nada, un té de canela caliente de la misma tienda, que le puso enfrente antes que cualquier otra cosa. La bolsa la vació sobre la mesa: no un paquete, sino todos. Diurnas, nocturnas, protectores, de alta absorción, de todo, una cantidad absurda, como si se estuviera preparando para un desabasto nacional. Rodaron dos o tres cajas hasta el borde y él las atajó con la mano, sin darle importancia.

—No sabía cuál usas —se disculpó, pasándose el dorso de la mano por la cara mojada, con esa sonrisa suya de sol—. Traje de todas.

—Lucas, esto es demasiado. —Se le quebró un poco la voz, entre la risa y algo más blando—. Gracias. De verdad.

Recogió lo que necesitaba y se metió al baño, con la garganta apretada por la gratitud y por la comparación que no quería hacer y hacía sola, sin poder evitarlo: su marido, arriba en la Torre, que no había bajado a verla en dos horas de lluvia; este muchacho de veinte años, cinco menor que ella, que había bajado a la calle sin paraguas y había comprado media tienda por ella sin que se lo pidiera. Uno la dejaba esperando en un vestíbulo de mármol. El otro le calentaba un té de canela. No estaba bien pensarlo. Lo pensó de todos modos.

La puerta del baño se cerró con un clic.

En cuanto se cerró, Lucas bajó el lápiz.

La sonrisa se le apagó como una vela de un soplo. Se quedó mirando la puerta cerrada del baño, muy quieto, con el agua de lluvia todavía escurriéndole del pelo hasta el cuello, y en sus ojos rasgados —los mismos que un momento antes brillaban de dulzura solícita, los mismos que se habían apenado ante el dueño de la tienda— no quedó nada de sol. Solo una oscuridad honda, calculadora, paciente, un fondo sombrío que ninguna cámara del estudio, ni Ximena, ni Jenny, ni ninguna de las personas que lo creían un chico de sol habían visto jamás.

Tomó su teléfono. Miró la hora. Anoche, a esta misma hora, había marcado dos veces un número que no le pertenecía, y había colgado a tiempo. Una sonrisa distinta —esta sin ternura ninguna— le tocó apenas la comisura de los labios.

Volvió a levantar el lápiz justo antes de que se abriera la puerta.

Afuera seguía lloviendo.

1
yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play