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Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Yo No Te Amo Y Nunca Lo Haré?

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Amor eterno
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: vicki hernandez

Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor

Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.

NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El viaje de Thiago

THIAGO

Después de enseñarle la casa a Luna, tuve que despedirme de ella.

No quería hacerlo.

Pero tenía un viaje de negocios que no podía posponer.

Una semana.

Siete días.

En cualquier otra circunstancia, siete días no significaban nada.

Para mí, sin embargo, eran demasiado.

Desde que Luna había aceptado el compromiso, cada minuto a su lado se había vuelto importante.

No porque ella quisiera estar conmigo.

Todavía no.

Sino porque sabía que cada vez que me alejaba podía encontrarla más distante cuando regresara.

Y esa idea me aterraba.

Antes de subir al avión, fui a verla.

Estaba en el jardín.

Sentada bajo uno de los árboles, leyendo.

Me quedé mirándola unos segundos antes de acercarme.

—Me voy.

Luna levantó la mirada.

—Lo sé.

—Una semana.

—También lo sé.

—¿Vas a extrañarme?

Ella cerró el libro.

—No.

Sonreí.

—Podrías mentir un poquito.

—No quiero.

—Está bien.

Me senté frente a ella.

—¿Vas a estar bien?

Luna me miró con cierta confusión.

—Thiago, no me voy a morir porque viajes una semana.

—No dije eso.

—Lo pensaste.

Solté una pequeña risa.

—Tal vez.

Ella negó con la cabeza.

—Ve a trabajar.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

La miré.

—No sé.

—Pues yo tampoco.

Me levanté.

Antes de irme, dudé.

Quería abrazarla.

Quería besar su frente.

Quería decirle que la amaba.

Pero sabía que quizá ella se apartaría.

Así que solo dije:

—Cuídate, Cerecita.

Luna bajó la mirada.

—Tú también.

Me quedé quieto.

Dos palabras.

Nada más.

Pero para mí fueron suficientes.

Me fui pensando en ellas.

THIAGO

Desde hacía tiempo yo ya me hacía cargo de una parte importante de la empresa de mi padre.

No podía decir que todo dependiera de mí, porque Adriano seguía teniendo la última palabra.

Pero cada vez tenía más responsabilidades.

Y eso significaba viajes.

Reuniones.

Negociaciones.

Horas interminables.

Normalmente no me molestaba.

Esta vez era diferente.

Porque tenía que dejar a Luna sola durante una semana.

Y no quería hacerlo.

No por desconfianza.

Confiaba en ella.

A pesar de todo.

Incluso después de Nicolás.

Incluso después de que intentara escapar.

Sabía que Luna no era el problema.

El problema era que la había dejado cargando demasiadas cosas.

La boda.

El compromiso.

Las familias.

El vestido.

La presión.

Y yo no quería agregarle otra preocupación.

Pero el viaje era necesario.

Había un problema en una de nuestras operaciones en Malami.

Las cuentas no cuadraban.

Al principio parecía un simple error administrativo.

Después descubrimos que faltaba una cantidad demasiado grande de dinero.

Y entonces comenzaron las sospechas.

Cuando llegué, pasé las primeras horas revisando documentos.

Facturas.

Transferencias.

Contratos.

Movimientos bancarios.

Todo.

Hasta que encontré algo.

Un nombre.

Un empleado que llevaba años trabajando para mi padre.

Un hombre en quien mi padre confiaba.

Alguien que conocía perfectamente el funcionamiento interno de la empresa.

Y estaba robando.

No para pagar una deuda.

No por una emergencia.

No por desesperación.

Estaba robando para construir su propia empresa.

Quería utilizar nuestro dinero para crear una compañía que posteriormente competiría contra nosotros.

La ironía era casi absurda.

Había pasado años construyendo su futuro con dinero que no le pertenecía.

Lo encontramos en el acto.

No tuvo oportunidad de negarlo.

Las autoridades hicieron su trabajo.

Lo detuvieron.

Y aunque recuperar todo el dinero tomaría tiempo, la empresa sobreviviría.

Siempre lo hacía.

Yo podía arreglar ese problema.

Pero había otro asunto pendiente.

Uno personal.

Y ese sí tendría que resolverlo a mi manera.

THIAGO

Andrés .

Ese nombre llevaba años molestándome.

Había sido el primer novio serio de Luna.

Y también había sido el primer hombre al que realmente quise destruir por hacerla sufrir.

Desde que terminaron, no volvimos a vernos.

Hasta aquella semana.

Yo sabía dónde entrenaba.

Sabía a qué hora salía.

Y sabía que no necesitaba entrar al gimnasio.

Solo tenía que esperarlo en el estacionamiento.

Me quedé apoyado contra mi automóvil.

Las manos en los bolsillos.

Esperé.

Finalmente apareció.

Andrés salió del gimnasio con una botella de agua.

Al verme, se detuvo.

—¿Thiago?

Levanté la mirada.

—Hola, Andrés.

—Vaya.

Sonrió nerviosamente.

—Me asustaste.

—No era mi intención.

—¿Qué haces aquí?

—Esperándote.

Su sonrisa desapareció.

—¿Me estás siguiendo?

—No.

Me separé del auto.

—Te estoy esperando.

Andrés soltó una pequeña risa.

—¿Y para qué?

—Tenemos que hablar de Luna.

La expresión de Andrés cambió.

Después sonrió de aquella manera que siempre me había parecido insoportable.

—¿Luna?

—Sí.

—¿Fue de chismosa?

Lo miré fijamente.

—No me dijo nada.

—Entonces, ¿quién fue?

—Nadie que te importe.

Andres suspiró.

—Pues dime qué quieres.

Di un paso hacia él.

—Quiero que me digas algo.

—¿Qué?

—¿Fuiste tú quien le dijo a Luna que estaba gorda?

André se rio.

Se rio de verdad.

Como si acabara de escuchar la pregunta más absurda del mundo.

—Ay, Thiago.

Negó con la cabeza.

—¿Eso?

—Sí.

—Sí se lo dije.

Su tranquilidad me hizo apretar la mandíbula.

—¿Y qué?

No respondí.

Andrés se encogió de hombros.

—¿Es mentira?

—Repite lo que dijiste.

—¿Para qué?

—Repítelo.

Andrés soltó una carcajada.

—¿Quieres que le pida perdón?

—Quiero que entiendas lo que hiciste.

—No voy a pedirle perdón.

Lo miré en silencio.

—Le dije que si bajaba dos kilos más se vería perfecta.

Mi puño se cerró.

—Porque era verdad.

—No.

—Sí.

André se miró el abdomen.

—Yo solo quería que se cuidara.

—¿Cuidarse?

Mi voz salió más fría.

—¿Así le llamas?

—Si le gustan los vestidos pegados, tiene que echarle un poquito de ganas.

Sentí que la sangre comenzaba a hervirme.

Pero me quedé quieto.

Porque recordé algo.

Una conversación con Luna.

Meses atrás.

Después de una discusión.

Ella había tomado mi mano y me había dicho:

«Thiago, nunca golpees a alguien para demostrar que le ganaste.»

Yo había fruncido el ceño.

Y ella había añadido:

«No soy un trofeo.»

Aquellas palabras se habían quedado conmigo.

Por eso no levanté la mano.

No por Andres.

Por Luna.

—Luna pesa cincuenta y cuatro kilos y mide un metro sesenta y cinco.

Andres se encogió de hombros.

—Pues que pese cincuenta y dos.

—¿Te escuchas?

—¿Qué tiene de malo?

—Todo.

—Mis otras novias bajaron de peso gracias a mí.

Lo miré con incredulidad.

—¿Y eso te parece algo de lo que presumir?

—Me lo agradecieron.

—Luna no.

—Luna fue demasiado sensible.

Sentí una punzada de rabia.

—No fue sensibilidad.

—¿Entonces qué?

—La lastimaste.

—Yo solo dije la verdad.

—No.

Mi voz se endureció.

—Le dijiste algo que sabías que podía hacerle daño.

Iker soltó un suspiro.

—No soy psicólogo.

—No.

Di un paso hacia él.

—Pero fuiste su novio.

Andrés guardó silencio.

—Y se suponía que debías cuidarla.

Él se rio.

—¿Ahora resulta que tú eres su padre?

Lo miré fijamente.

—Soy su prometido.

Andrés arqueó una ceja.

—Con mucha más razón.

Sonrió con arrogancia.

—Como su prometido deberías decirle que baje más de peso.

Me quedé completamente quieto.

—¿Perdón?

—¿O qué?

Iker levantó las manos.

—¿Quieres una esposa gorda?

El silencio que siguió fue pesado.

Muy pesado.

Sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

Quería golpearlo.

Quería hacerlo.

Pero recordé a Luna.

No soy un trofeo.

Respiré profundamente.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y entonces recordé algo todavía peor.

Lo que había ocurrido después de que Iker le dijera aquello.

Luna había dejado de comer.

Tres semanas.

Tres semanas en las que apenas probaba alimentos.

Y cuando finalmente comía, se encerraba en el baño.

Su familia estaba preocupada.

La mía también.

Yo había visto a Luna frente al espejo.

Había visto cómo se pellizcaba la cintura.

Cómo preguntaba si realmente se veía gorda.

Cómo había comenzado a esconderse debajo de ropa demasiado grande.

Y todo había comenzado por unas palabras.

Dos kilos.

Dos malditos kilos.

—¿Sabes lo que hiciste?

Andres dejó de sonreír.

—¿Qué?

—La hiciste sentir que no era suficiente.

—No exageres.

—Dejó de comer durante tres semanas.

Andrés parpadeó.

—¿Qué?

—Tres semanas.

Mi voz tembló de rabia.

—Y cuando comía, iba al baño.

Andrés intentó justificarse.

—Yo no sabía que iba a hacer eso.

—Pero lo hiciste.

—Ella tiene sus propios problemas.

—No.

Negué con la cabeza.

—Tú no vas a cargar con toda la culpa de lo que Luna siente.

Hice una pausa.

—Pero sí vas a cargar con la responsabilidad de haberle metido esa inseguridad en la cabeza.

Andrés apartó la mirada.

Por primera vez no tenía una respuesta.

—Pues si se traumó por dos kilos, no es mi problema.

Lo miré.

—¿Eso es lo único que tienes que decir?

—Sí.

—Increíble.

—Yo le dije la verdad.

—No.

Me acerqué un poco.

—Le dijiste tu opinión y la disfrazaste de verdad.

Andrés guardó silencio.

—Y escucha bien.

Señalé el suelo entre nosotros.

—No vuelvas a llamarla.

—Thiago...

—No.

Lo interrumpí.

—No la llames.

Pausa.

—No le mandes mensajes.

Otra pausa.

—No intentes verla.

Andrés sonrió de lado.

—¿Y si quiero?

—Entonces tendrás un problema.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy advirtiendo.

Mi voz era tranquila.

Mucho más peligrosa que si hubiera gritado.

—No vuelvas a decirle que está gorda.

Andrés negó con la cabeza.

—Sigues siendo igual de obsesivo con ella.

Lo miré.

—Sí.

No lo negué.

—Pero hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Yo sé que Luna no es perfecta.

Andres levantó una ceja.

—¿Y?

—Que no necesito que lo sea.

El silencio volvió.

—No necesito que tenga una talla específica.

—Thiago...

—No necesito que cambie su cuerpo para gustarme.

Respiré profundamente.

—Solo necesito que sea Luna.

Andres me miró durante unos segundos.

—Estás enamorado.

No respondí.

Porque no era ninguna novedad.

—Siempre lo has estado.

Bajé la mirada.

—Sí.

Y por alguna razón, decirlo en voz alta me hizo sentir vulnerable.

Andrés dio un paso atrás.

—¿Eso es todo?

Lo miré.

—No.

Mi expresión se endureció.

—Hay algo más.

—Dime.

—Si vuelves a acercarte a Luna...

Hice una pausa.

—No voy a venir solo.

Andres dejó de sonreír.

—¿Qué quieres decir?

—Voy a traer a sus cinco hermanos.

La expresión de Andres cambió.

—Thiago...

—Y entonces veremos si sigues teniendo el mismo valor para decirle que está gorda.

Andres tragó saliva.

—Estás loco.

—Probablemente.

Me acerqué a él.

—Pero no necesito tocarte para dejarte claro que te alejes de ella.

Me di la vuelta.

—Una última cosa.

Andrés no respondió.

—Luna no necesita adelgazar para ser hermosa.

Lo miré por encima del hombro.

—Nunca necesitó hacerlo.

Y me fui.

THIAGO

Regresé al hotel varias horas después.

Me quité la chaqueta.

La dejé sobre una silla.

Pero no podía dejar de pensar en Luna.

Me pregunté si ella recordaría aquellas palabras.

Si todavía le dolían.

Si todavía se miraba al espejo buscando los dos kilos que Iker había decidido convertir en un problema.

Tomé mi teléfono.

Abrí nuestra conversación.

Escribí:

¿Cómo estás?

Lo borré.

Escribí:

Te extraño.

Lo borré.

Finalmente escribí:

Espero que estés teniendo un buen día, Cerecita.

Lo envié.

Esperé.

Pasaron unos segundos.

Después apareció la respuesta.

LUNA:

Estoy bien.

Nada más.

Dos palabras.

Sonreí.

Porque era poco.

Pero era algo.

Me quedé mirando la pantalla.

Y por primera vez durante aquel viaje pensé que quizá protegerla no significaba pelear con todos los hombres que se acercaban a ella.

Quizá significaba algo mucho más difícil.

Respetar sus decisiones.

Escucharla.

Y conseguir que algún día ella pudiera mirarse al espejo sin escuchar las voces de hombres que le habían dicho que no era suficiente.

Guardé el teléfono.

Me acosté.

Pero antes de cerrar los ojos pensé en ella.

En su sonrisa.

En la mansión.

En los noventa días que faltaban.

Y en la promesa silenciosa que me hice:

Si algún día Luna llegaba a amarme...

Quería que fuera porque había elegido hacerlo.

No porque yo la hubiera obligado.

Aunque todavía no sabía cómo arreglar todo lo que había roto.

Y esa era la parte más difícil.

Porque podía arreglar una empresa.

Podía descubrir a un ladrón.

Podía enfrentar a un enemigo.

Pero reparar el corazón de Luna...

Eso no sabía hacerlo.

Y quizá tendría que aprender.

Por ella.

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Graciela Maldonado
lo odia pero lo ama 🥰🥰
Graciela Maldonado
está muy interesante ya quiero saber el final 👏
Graciela Maldonado
🥰
Graciela Maldonado
es muy interesante muero por saberlo que viene después.
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