Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 11
Capítulo 11: Rescate y sosiego
En el reservado del Zafiro, Dante ya no oía al mando corrupto que le hablaba de concesiones y de favores. Tenía la vista fija en la puerta, y una impaciencia fría le subía por dentro. Camila debía haber salido de su turno hacía rato. Su teléfono no daba señal. La aplicación de la cerradura marcaba la puerta seis todavía cerrada: no había llegado a casa.
—Con permiso —cortó al mando, poniéndose de pie a media frase, sin una gota de cortesía—. Surgió algo.
El hombre parpadeó, ofendido, pero no dijo nada. A nadie se le reclamaba al Tigre.
Del otro lado de la ciudad, Camila despertaba en la oscuridad.
Le dolía la cabeza por el cloroformo, tenía la boca seca y un sabor dulzón horrible, y cuando quiso moverse descubrió que estaba amarrada: soga en las muñecas, soga en los tobillos, sentada en el piso de un cuarto sin ventanas que olía a humedad y a cigarro. Una bombilla pelona colgaba del techo. Tardó unos segundos en entender que aquello no era una pesadilla.
Trató de zafarse. La soga solo le apretó más las muñecas. Trató de gritar; la garganta le salió un graznido seco. Miró alrededor, buscando una salida, una ventana, algo, y no había nada, solo cuatro paredes de cemento y una puerta de metal. El corazón se le disparó. Pensó, absurdamente, en que tenía examen el jueves; pensó en su cuartito, en el termo, en la puerta con la fecha de su cumpleaños; pensó que nadie sabía dónde estaba, que podía desaparecer esa noche y al mundo le daría igual.
Y entonces se abrió la puerta, y entró Bruno.
—Ya despertaste. —Su hermano se agachó frente a ella, con esa cara descompuesta de deudor sin salida—. Mira, Camila, esto es fácil. Debo una lana. Firmé que tú respondías. Estos señores nada más quieren que cooperes tantito, que trabajes para ellos hasta que se pague, y ya. No te va a pasar nada si te portas bien.
A Camila se le heló la sangre al entender lo que "trabajar para ellos" significaba en un lugar así.
—¿Me… me empeñaste? —La voz le salió rota—. Bruno. Me vendiste. A tu propia hermana.
—¡No es venderte, es un préstamo! —Bruno la agarró de la barbilla, nervioso—. No lo hagas difícil. Diles que sí. Diles que vas a cooperar.
—No.
Bruno le soltó una bofetada, la segunda en pocos días de la misma mano.
—¡Diles que sí!
Al fondo del cuarto, apoyado en la pared, un hombre corpulento observaba la escena en silencio. Beto Fierro. Había venido a supervisar el asunto de la garantía, rutina de cobranza, un pagaré más. Pero cuando la bombilla le dio de lleno a la muchacha amarrada en el piso, la cara golpeada, Beto la reconoció de golpe: la de la identificación. La del sexto piso. Camila Cordero.
Se le fue el color. Sacó el teléfono y marcó, apartándose hacia la puerta, con la voz baja y urgente:
—Patrón. Es ella. La tienen aquí. En la casa de la calle catorce. La está golpeando el hermano. Venga. Venga ya.
En ese momento, a Camila le estalló el costado.
No fue el dolor de siempre, la punzada que iba y venía. Fue un cuchillo al rojo clavado en el lado derecho del vientre, un dolor que la dobló en dos y le sacó todo el aire. Se mordió el labio para no gritar delante de Bruno, apretó los dientes hasta que le sangró, y el sudor frío le brotó de la frente. El apéndice, ignorado por semanas, escogía esa noche para reventar.
Bruno se asustó al verla ponerse verde.
—¿Qué te pasa? ¡No te hagas! ¡Camila!
La puerta se abrió de una patada.
Entraron primero dos escoltas, armas en mano, despejando el cuarto. Y detrás, sin prisa, con el traje oscuro y esa quietud que vaciaba las habitaciones, entró Dante.
Le bastó una mirada para tomar la foto entera: Camila amarrada en el piso, doblada de dolor, la cara golpeada, el labio otra vez partido, y Bruno de pie junto a ella.
Nadie lo había visto nunca moverse así. Cruzó el cuarto en tres pasos, se hincó frente a Camila, y con una navaja cortó las sogas de las muñecas y los tobillos de un tajo. Se quitó el saco y la envolvió en él, con un cuidado que no le cuadraba a esas manos.
—Ya —le dijo, muy bajo, solo para ella—. Ya estás conmigo. Ya.
La levantó en brazos como si no pesara nada. Camila, entre la niebla del dolor, sintió el pecho ancho, el latido fuerte, el olor a madera y a frío, y contra toda razón —amarrada, golpeada, con el vientre estallándole— sintió que por fin, por fin, podía soltar el aire. Se aferró a la camisa de él y cerró los ojos.
Beto, desde la puerta, miraba con la boca abierta. Quince años con el Tigre. Lo había visto negociar con generales y con capos, lo había visto ordenar cosas que no se cuentan, lo había visto salir ileso de emboscadas donde otros dejaron el cuero. Pero nunca lo había visto hincarse ante nadie. Nunca lo había visto cargar a nadie. Nunca lo había visto quitarse el saco para tapar a una mujer con ese cuidado, como si fuera de cristal. El Tigre, que no tenía debilidades porque las debilidades te matan en su oficio, acababa de mostrar una delante de todos, y ni cuenta parecía darse.
—Al hospital —ordenó Dante, ya caminando con ella en brazos—. El mejor médico de Ciudad Bravo, que lo saquen de la cama si hace falta. Beto, arréglalo.
—Sí, patrón. Ahora mismo.
Y al pasar junto a Bruno, que se había pegado a la pared, pálido, Dante ni siquiera se detuvo. Solo dijo, sin voltear, con esa voz tranquila que era la más terrible de todas:
—Al hermano me lo dejan. Vivo. Lo quiero vivo. —Una pausa—. Por ahora.
Uno de los escoltas cerró la puerta del cuarto oscuro, dejando a Bruno adentro, temblando, y en el silencio que quedó, Bruno oyó su propia sentencia rebotarle en la cabeza: chamaco, ya valiste.
En la Suburban blindada, con la ciudad corriendo tras el vidrio grueso, Camila iba recostada contra el pecho de Dante, envuelta en su saco, con el dolor todavía mordiéndole el costado pero con una calma extraña asentándose encima del dolor. Él le sostenía la cabeza con una mano y con la otra le apartaba el pelo sudado de la frente.
—Aguanta un poco —le dijo—. Ya casi.
—¿Por qué siempre llegas tú? —murmuró Camila, con los ojos cerrados, medio ida—. Siempre que me pasa algo malo… llegas tú. El borracho, la lluvia, esto. Siempre tú. —Una lágrima le rodó por la sien—. ¿Qué eres? ¿Un ángel o qué?
Un ángel. Dante casi se ríe. Si supiera. Si supiera que la misma mano que la cargaba había firmado más muertes de las que él mismo recordaba, que el cuartucho del que la sacó era un negocio suyo, que el hermano que la vendió respiraba todavía solo porque él lo permitía. Un ángel. La cosa más lejana a un ángel que había pisado esta ciudad.
Dante no contestó. La apretó un poco más fuerte contra su pecho, y miró por la ventanilla las luces de la ciudad que era suya, con la mandíbula tensa y algo oscuro y decidido asentándose en su cara respecto a un muchacho apostador que había vendido lo que no era suyo.