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La Vida De Un Escritor Otaku

La Vida De Un Escritor Otaku

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:311
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

La vida de un escritor otaku

Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.

Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.

Todo cambia una noche en Akihabara.

Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.

Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.

Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.

La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una posibilidad de cambió

La luz del sol comenzó a entrar por la ventana de mi habitación.

Abrí los ojos lentamente y permanecí unos segundos mirando el techo.

Por alguna razón, sentía que había dormido poco.

Entonces recordé lo ocurrido la noche anterior.

Las dos chicas.

La comida.

Mi casa.

Y aquella conversación que había escuchado accidentalmente en el piso superior.

«No podemos quedarnos aquí.»

«Lo sé.»

«Tenemos que irnos antes de que él descubra la verdad.»

Fruncí el ceño.

Todavía no entendía qué significaba aquello.

Tampoco sabía por qué estaban huyendo.

Lo único que tenía claro era que probablemente no me habían contado toda la verdad.

Me levanté de la cama y me preparé para bajar.

Sin embargo, cuando llegué al pasillo escuché algunos ruidos provenientes de la entrada.

Bajé las escaleras.

Izumi y Akane estaban allí.

Ambas llevaban sus pertenencias.

—¿Ya se van?

Las dos se sobresaltaron.

Izumi fue la primera en responder.

—Sí.

—¿A dónde?

—No lo sabemos todavía.

Aquella respuesta me preocupó.

Miré hacia Akane.

Ella mantenía la mirada baja.

—Al menos deberían desayunar antes de irse.

Izumi negó con la cabeza.

—No queremos molestarte más.

—No están molestando.

—Ayer dijiste que podíamos quedarnos una noche.

—Y también dije que podían quedarse más tiempo si lo necesitaban.

Izumi me miró con cierta desconfianza.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

Hubo un silencio.

Yo tampoco sabía muy bien cómo convencerlas.

Así que recurrí a lo único que podía hacer.

—Quédense a desayunar.

—¿Desayunar?

—Sí.

—Saito...

—No tienen que decidir ahora mismo si van a quedarse. Comamos primero y después pueden marcharse si quieren.

Akane levantó ligeramente la cabeza.

—¿Qué vas a preparar?

Sonreí.

—Eso depende de lo que encuentre en la cocina.

La respuesta pareció sorprenderlas.

Finalmente, después de algunos segundos, ambas dejaron sus cosas junto a la entrada.

—Está bien —dijo Izumi—. Solo desayunamos.

—Perfecto.

Fui a la cocina.

Mientras preparaba la comida, podía sentir sus miradas desde la sala.

No era difícil imaginar qué estaban pensando.

Seguían desconfiando de mí.

Y, sinceramente, no podía culparlas.

Después de todo, éramos prácticamente desconocidos.

Preparé huevos fritos, unas tostadas, manteca, queso y unos cafés con leche.

Cuando coloqué los platos sobre la mesa, las dos se sentaron frente a mí.

Comenzamos a comer.

Durante unos minutos ninguno dijo nada.

Finalmente decidí hablar.

—Sobre lo de anoche...

Las dos se quedaron quietas.

—¿Qué pasa? —preguntó Izumi.

—Las escuché hablar.

Akane bajó la mirada.

Izumi permaneció completamente seria.

—¿Cuánto escuchaste?

—Lo suficiente para saber que están huyendo de algo.

Ninguna respondió.

No insistí.

—No necesito que me cuenten qué ocurrió si no quieren hacerlo.

Las dos me miraron sorprendidas.

—Entonces, ¿por qué lo mencionas? —preguntó Izumi.

—Porque quiero que sepan algo.

Dejé la tasa sobre la mesa.

—Pueden quedarse aquí.

—Ya dijiste eso.

—Lo sé.

Las miré a ambas.

—Pero lo digo en serio. No me importa cuánto tiempo necesiten.

Izumi frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que vuelvan a dormir en la calle.

Akane apretó ligeramente los dedos sobre sus piernas.

—Pero apenas nos conoces.

—Es verdad.

—Podríamos ser personas horribles.

—También es verdad.

Izumi pareció desconcertada por mi respuesta.

—Entonces, ¿por qué confías en nosotras?

—No confío completamente en ustedes.

Ambas se sorprendieron.

—¿Qué?

—Sería absurdo decir que confío completamente en dos personas que conocí ayer.

Me encogí de hombros.

—Pero tampoco creo que sean malas personas.

Akane sonrió ligeramente.

—Eres raro.

—Eso me han dicho antes.

Izumi dejó escapar un pequeño suspiro.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Nada.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Ni siquiera dinero?

—No.

—¿Ni que trabajemos para ti?

—Por supuesto que no.

—¿Entonces?

Pensé unos segundos.

—Solo quiero que respeten la casa.

Izumi permaneció en silencio.

—Pueden utilizar las habitaciones que necesiten, cocinar, bañarse, ver televisión, utilizar Internet...

Señalé hacia el piso superior.

—Incluso tengo una sala de juegos.

Los ojos de Akane se iluminaron durante un instante.

—¿Sala de juegos?

—Sí.

—¿Consolas?

—Varias.

—¿Cuáles?

—Después te las enseño.

Akane parecía bastante emocionada.

Izumi, en cambio, seguía observándome con cautela.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿No te molestará tenernos aquí?

—Supongo que al principio será extraño.

Me reí.

—Pero estoy acostumbrado a vivir solo. Además, paso la mayor parte del día encerrado escribiendo.

—¿Escribes incluso los fines de semana?

—Cuando tengo una fecha límite, sí.

—Entonces prácticamente no saldrás de tu habitación.

—Exactamente.

Izumi bajó la mirada hacia su comida.

Parecía estar pensando.

Finalmente miró a Akane.

Las dos intercambiaron una mirada silenciosa.

No sabía qué estaban comunicándose.

Después de unos segundos, Izumi habló.

—Podríamos quedarnos unos días.

Akane asintió.

—Quizá una semana.

—Pueden quedarse más.

—No queremos abusar de tu amabilidad.

—No lo harán.

Izumi volvió a mirarme.

—Entonces... una semana.

—Está bien.

Aquello fue todo.

Una semana.

Eso era lo que habían decidido.

Aunque, por alguna razón, tuve la sensación de que aquella semana terminaría siendo mucho más larga.

Después de almorzar, recogí los platos.

—Voy a trabajar un rato.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿No quieres descansar?

—Ya descansé.

Subí a mi habitación y encendí la computadora.

Tenía que continuar con mi nueva novela.

Había pasado demasiado tiempo desde que había avanzado realmente en ella.

Abrí el documento.

El título provisional apareció en la pantalla.

Comencé a leer las últimas líneas que había escrito.

Después coloqué las manos sobre el teclado.

—Bien...

Comencé a escribir.

Durante aproximadamente veinte minutos todo permaneció tranquilo.

Era exactamente lo que necesitaba.

Silencio.

Concentración.

Nada que pudiera distraerme.

Entonces escuché unos pasos.

La puerta se abrió ligeramente.

Era Akane.

—¿Saito?

—¿Sí?

—¿Estás ocupado?

—Un poco.

Ella miró la pantalla.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

—Tengo hambre.

Parpadeé.

—¿Otra vez?

—No comí tanto.

Miré el reloj.

Habían pasado dos horas desde el desayuno.

—Está bien.

Suspiré y me levanté.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que sea.

—Eso no ayuda mucho.

Akane sonrió.

—¿Puedes preparar algo tú?

—Puedo.

Bajamos juntos a la cocina.

Preparé algo sencillo para ella mientras esperaba sentado en la mesa.

—¿Siempre cocinas?

—Cuando vivía en Osaka, sí. Aquí también.

—¿No compras comida preparada?

—De vez en cuando.

—Pensé que un escritor famoso pediría comida a domicilio todos los días.

Me reí.

—No soy famoso.

—Tus libros están en las librerías.

—Eso no significa que sea famoso.

—Para mí sí.

No supe qué responder.

Le serví la comida.

—Gracias.

—De nada.

Akane comenzó a comer.

Yo regresé a mi habitación.

Pensé que finalmente podría continuar trabajando.

Me equivoqué.

Pasaron otros veinte minutos.

Escuché nuevamente unos pasos.

Esta vez era Izumi.

—Saito.

—¿Sí?

—¿Podemos entrar a la sala de juegos?

Levanté la mirada.

—Claro.

—¿En serio?

—Sí.

—¿No te molesta?

—Ya les dije que pueden hacer lo que quieran mientras respeten la casa.

Izumi pareció sorprenderse.

—Entonces podemos utilizar las consolas.

—Por supuesto.

—¿Todas?

—Todas.

—¿Incluso las que están conectadas al televisor grande?

—Sí.

Izumi sonrió ligeramente.

—¡Gracias!

—No tienen que preguntarme cada vez que quieran hacer algo.

—¿Seguro?

—Seguro.

Me giré nuevamente hacia la computadora.

—Pueden usar la casa como si fuera suya mientras estén aquí.

Izumi permaneció unos segundos en silencio.

—Eso es peligroso.

La miré.

—¿Por qué?

—Podríamos acostumbrarnos.

Aquella frase me hizo sonreír.

—Entonces tendrán que tener cuidado.

Ella también sonrió antes de marcharse.

Escuché sus pasos alejándose por el pasillo.

Poco después comenzaron a escucharse sonidos provenientes de la sala de juegos.

El sonido de una consola.

Las voces de Akane e Izumi.

Alguna que otra risa.

Me quedé mirando la pantalla.

Mi documento seguía abierto.

El cursor parpadeaba.

Pero yo ya no estaba pensando en la historia.

Miré hacia la puerta.

Podía escuchar a las dos chicas hablando.

Hasta hacía apenas un día, aquella casa estaba completamente en silencio.

No había nadie preguntándome qué podía comer.

Nadie quería utilizar mis consolas.

O que le interesara por mis novelas.

Nadie caminaba por los pasillos.

Y ahora...

Había dos personas viviendo temporalmente bajo mi techo.

Dos chicas que prácticamente no conocía.

Dos jóvenes que escondían algún secreto.

Volví a mirar la pantalla.

Intenté escribir.

No pude.

Me recosté en la silla.

—Esto va a cambiar mi vida...

No sabía si para bien o para mal.

Probablemente para ambas cosas.

Pero, por alguna razón, no me desagradaba la idea.

Incluso había algo extraño en escuchar sus voces desde otra habitación.

Algo que hacía que la casa pareciera diferente.

Más viva.

Sonreí.

—Supongo que la semana no será tan mala.

Sin embargo, mientras volvía a colocar las manos sobre el teclado, una pregunta apareció en mi mente.

¿Qué ocurriría cuando esa semana terminara?

No tenía respuesta.

Y quizá todavía no quería conocerla.

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