"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 7: El secreto en la piel (Perspectiva de Matteo)
El dolor en las costillas era una brasa ardiente, pero lo que de verdad me había sacudido los sentidos era la voz de esa mujer resonando en el pasillo oscuro.
«Si no te esfuerzas un poco para ponerte en pie, te juro que te dejo tirado aquí mismo...»
Aquello era completamente caótico. A mí, Matteo Montenegro, un hombre al que los veteranos de los muelles le temían con solo mirarlo a los ojos, una desconocida de la mitad de mi tamaño me estaba regañando como a un crío malcriado. Y lo peor, lo verdaderamente insólito, era que su voz y el mínimo roce de sus dedos temblorosos al apretar las vendas contra mi piel habían logrado desestabilizarme por dentro de una manera que ninguna bala había conseguido jamás.
Quise empujarla. Quise gritarle, sujetarla de las muñecas o atraerla hacia mí con fuerza para devorarle los labios y demostrarle quién mandaba. Pero mi cuerpo, debilitado por la maldita droga y el plomo, no me respondió. Me quedé inmóvil en esa cama inmunda, intentando contener un deseo oscuro y repentino que me quemaba las entrañas.
Pasó alrededor de una hora antes de que la neblina en mi cabeza comenzara a disiparse. Me incorporé lentamente, con los dientes apretados por el dolor punzante, sintiendo el cuerpo más enfocado y letal. Saqué el teléfono del bolsillo interior de la chaqueta con torpeza y le mandé un mensaje cifrado al Ruso con mi ubicación exacta.
Al ponerme en pie, un mareo furioso me hizo tambalear, pero lo ignoré. Caminé en silencio hacia la recámara oscura donde ella se había desplomado en una silla de plástico, vencida por el agotamiento.
La observé desde las sombras. Ahora, con la luz tenue que se filtraba por la ventana, podía verla con claridad. Su semblante dormido reflejaba un cansancio crónico, el cabello castaño enmarcando su rostro pálido y, cruzando su pómulo, la marca violenta, morada e inflamada de un golpe reciente.
Por un instante, un impulso primitivo me recorrió los dedos. Levanté la mano, con la intención de acariciar su mejilla, de repasar el contorno de ese golpe que otro imbécil le había propinado. Pero me detuve en seco. Cerré los puños con fuerza, conteniendo la bestia, y aparté la mano antes de rozar su piel. No era el momento.
En ese instante, el teléfono vibró en silencio contra la madera de la mesa ratonera. Era el mensaje del Ruso: «Estoy afuera, jefe. Suba».
Bajé la mirada hacia mi torso. Mi camisa blanca estaba completamente desabotonada, dejando a la vista la tela improvisada con la que había envuelto mi abdomen. Una sonrisa torcida, casi imperceptible, cruzó mis labios.
—Te debo una, pequeña —susurré para mí mismo.
Saqué una tarjeta negra y rígida de mi tarjetero, una que llevaba el nombre de mi imperio y la dirección de la central de Navíos del Este. La dejé apoyada sobre la mesa, justo donde ella pudiera verla al despertar.
Me abotoné la camisa con cuidado, asegurándome de que nadie más viera con qué iba vendada mi herida. Eso era un secreto. Un pacto silencioso entre ella y yo.
Salí de la habitación sin hacer el más mínimo ruido, cerrando la puerta con suavidad. Me subí a la camioneta blindada donde el Ruso me esperaba con el motor encendido.
—¿Está bien, jefe? Al parecer sangro bastante —me dijo el Ruso sin mirarme, arrancando de inmediato.
—Vivo, que es lo que importa —gruñí, acomodándome en el asiento y sintiendo el ardor en el costado—. Escúchame bien: averigua todo sobre la mujer que me ayudó en ese hotel. Quiero saber su nombre, por cuánto tiempo pagó la habitación, y quiero que alguien la vigile de cerca las veinticuatro horas.
—¿Sospecha que fue una trampa de los rivales, jefe? —preguntó el Ruso, frunciendo el ceño por el retrovisor.
Miré por la ventanilla las calles mojadas de la ciudad, recordando el golpe en la mejilla que le vi y el brillo de valentía en sus ojos asustados.
—No lo sé —respondí con voz fría y pausada—. Pero necesito saber si su ayuda fue genuina... o si acaba de convertirse en mi perdición.