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LA REINA DEL ASFALTO

LA REINA DEL ASFALTO

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / CEO / El Ascenso de la Reina / Romance / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalianna Elizondo

Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.

NovelToon tiene autorización de Dalianna Elizondo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

ISMARA

Los años pasaron volando. Mi abuelo, a pesar de su modo tosco o su mirada severa detrás de esos anteojos gruesos cuando leía, nunca fue grosero conmigo. Estoy completamente segura de que me ama, aunque muy en el fondo no termina de perdonar a mi mamá por haber apoyado a mi padre en el peligroso mundo de las carreras.

Pero bueno... ¡lo que se hereda no se hurta!

Para desgracia de mi abue Ismael, llevo el ADN de los Bodra marcado con fierro en la sangre. Aprendí a manejar como una verdadera profesional cuando apenas tenía nueve años. Claro que él no fue quien me dio las primeras lecciones, sino sus mejores amigos, a quienes veo como mis tíos y fueron quienes arriesgaron todos estos años de amistad al enseñarme a conducir a escondidas. Ellos siempre decían entre risas que yo no solo había heredado el horrible carácter explosivo e indomable del viejo cascarrabias, sino también su destreza salvaje para la mecánica.

Mientras las niñas normales de mi edad jugaban a las muñecas, a la casita o a peinarse el cabello de trencitas, mi diversión favorita estaba entre bujías, candelas, torques y cajas de cubos de acero. Me pasaba las tardes enteras embarrada de líquido de frenos y grasa negra, ayudándolos inocentemente a reparar, ajustar o modificar todos los autos de carreras importantes que entraban al taller. Lo que él no sabía es que, inicialmente, yo lo hacía simplemente para estar a su lado, para sentirme útil y ganarme un gesto de aprobación de su parte. La Nana Vicky siempre suspiraba al verme y me decía con ternura que mi padre era exactamente igual de travieso y curioso cuando tenía mi edad.

Cabe mencionar que, al principio, el abuelo se enojaba muchísimo. Para un hombre de la vieja escuela como él, la mecánica y el automovilismo eran profesiones exclusivas para hombres. Sin embargo, después de meses intentando sacarme sin éxito de su taller, terminó por rendirse. Supongo que vio en mis ojos esa misma chispa obsesiva que tenía mi padre, y comenzó a compartir conmigo toda su sabiduría automotriz.

Aún recuerdo con cariño mi primer cumpleaños a su lado. Me regaló un overol rosa hecho a mi medida, de tela resistente pero decorado con pequeñas flores azules, solo para que dejara de arruinar y manchar toda mi ropa con aceite. A partir de ese día, se acostumbró a verme como un pequeño gato curioso merodeando en cada esquina, estudiando al detalle cada motor, tuerca o complemento por mínimo que pareciera.

A pesar de pasar tantas horas entre herramientas, jamás descuidé mis estudios. Fui una estudiante sobresaliente desde la primaria y me gradué con honores para ingresar a uno de los colegios privados de mayor prestigio en la ciudad. Entré por mis propios méritos académicos, no por una chequera abultada. Sin embargo, como en la vida nada es perfecto, desde el primer instante me observaron como a un bicho raro por el simple hecho de no ser multimillonaria de cuna como el resto de ellos.

Lo que muchos de esos niños ricos ignoraban era que el apellido Bodra ya se había hecho famoso años atrás. Tito Ismael era reconocido como el mejor mecánico de autos de carreras en todo el mercado automotriz, habiéndose convertido en su juventud en el empresario más codiciado y acaudalado del país. Pero para mí, él solo era el abuelo exigente que olía a café cargado y gasolina.

Primer día de colegio

—Buenos días, dormilona. Es hora de levantarse... —escuché la voz suave de Nana Vicky mientras abría las cortinas de par en par.

Un sol radiante y aplastante entró por la ventana, inundando la habitación. De inmediato me tapé la cabeza con la almohada para esquivar la luz.

—Vamos, mi niña, levántate que vas a llegar tarde a tu primer día —insistió jalando un extremo de la cobija.

—Solo un ratito más, Nana... Las vacaciones pasaron volando, ¿no crees? —rezongué mientras me tallaba los ojos suavemente y soltaba un bostezo cargado de pereza.

Vicky terminó de quitarme la cobija por completo. Al sentir el frío del ambiente, me encogí rápidamente en posición fetal.

—Ismara Isabella Bodra, te dije anoche claramente que no te acostaras tan tarde jugando con ese aparato del demonio...

—Play, Nana. Se llama PlayStation —solté una risita ahogada entre las sábanas.

—¡Como sea que se llame ese artefacto! —reprendió fingiendo molestia—. Vamos arriba, mi hermoso ángel, que si no te apresuras vas a perder el autobús y tu abuelo se va a enojar.

—¡Uy, sí, qué emoción! —exclamé con una ironía evidente en mi voz adormilada.

—Vamos, cariño, deja el sarcasmo a un lado. Todo va a salir bien, vas a ver que harás buenos amigos —dijo acariciando mi cabello despeinado con infinita dulzura.

—Si tú lo dices, Nana... Pero no te prometo nada.

Me tiré de la cama a regañadientes y caminé directo al baño. Abrí la llave de la ducha y dejé que el agua fría me cayera de golpe sobre la espalda para espantar el sueño que me tenía aprisionada. Quería regresar corriendo a la cama para seguir dialogando con Morfeo, pero el agua helada me dejó plenamente consciente. No pasé mucho tiempo bajo el chorro; me bañé rápido para salir y encontrar, colgado en un gancho, el estúpido uniforme impecable de uso obligatorio: una faldita corta a cuadros que me parecía completamente incómoda.

Cuando bajé al comedor con el cabello aún húmedo cayendo sobre mis hombros, encontré al abuelo sentado a la mesa. Estaba desayunando lo de siempre: un café tan negro como la noche y sin una sola gota de azúcar, acompañado por un par de tostadas con mermelada de fresa y un tazón de fruta picada.

—Buenos días, Tito Isma —saludé acercándome a la mesa.

Él bajó el periódico lentamente y me miró de arriba abajo con severidad evaluativa.

—Buenos días, Ismara. Veo que te quedó bien el uniforme.

—Sí, gracias. Un poco corto para mi gusto, pero bien.

—Ya es tarde. Desayuna rápido para que no retrases la buseta escolar. Sabes que no me gusta la puntualidad a medias.

—Está bien, abuelo... —respondí sirviéndome un vaso de jugo.

Al abordar la buseta escolar me di cuenta de que el trayecto sería un martirio. Iba prácticamente sola en mi asiento, ya que la gran mayoría de los adolescentes que asisten a este colegio se creen la cosa más extraordinaria del planeta solo por ser hijos de empresarios y diplomáticos. Gente que pasa los fines de semana en el club campestre tratando de socializar y aparentar. Yo, por el contrario, disfruto de actividades mucho menos frívolas y bastante más ruidosas. En el mejor de los escenarios, me sentía como un pez fuera del agua; como si no perteneciera a ese lugar ni a su cochino círculo social, al cual jamás he tenido el más mínimo interés en ingresar.

Apenas el vehículo se detuvo frente a las imponentes instalaciones, me coloqué los audífonos y le subí el volumen a la música para aislarme y no tener que escuchar a toda esa bandada de troles desabridos.

Sin embargo, ni la música alta podía ocultar el espectáculo superficial de la entrada. Pronto inició el cuchicheo de las niñitas huecas que bajaban de autos de lujo recién encerados, patrocinados por sus papis para que no rebuznen como asnos. Los coches eran conducidos por choferes con uniformes impecables que les abrían las puertas con servilismo. Aquellas chicas se reunían como verdaderas aves de rapiña, criadas por madres mediocres que a lo único que aspiran en la vida es a saquear las billeteras de sus maridos para llenar los enormes vacíos que dejan sus constantes infidelidades.

Tienen el cerebro del tamaño de un maní para aguantar semejante vida, pensé mientras caminaba a paso firme entre la multitud. Pero bueno, según mi humilde opinión, esas señoras y sus hijas pueden estar completamente tranquilas: al no tener cerebro, de un derrame no se van a morir jamás. Lo único que saben hacer es hablar incoherencias con una propiedad pasmosa, como si le sirvieran de colchón a las celebridades del momento, para luego despellejarme viva a mí solo por vestir diferente o por no estar interesada en ser una más del montón.

En el auditorio, el aburrido acto de bienvenida fue una verdadera prueba de paciencia. El rector se inspiró en un discurso eterno y evangelizador, repitiendo una y otra vez que "nosotros somos el futuro de la sociedad" y "el pilar del mañana", bla, bla, bla. Al final, advirtió con tono amenazante que los estudiantes que llegaran tarde a sus respectivas aulas serían sancionados con severidad desde el primer día, pues la disciplina en la institución es implacable para formar jóvenes productivos que sean ejemplo en la sociedad.

Asustada por la idea de ganarme un reporte en mi primer día, salí a toda prisa. Sin embargo, estaba más perdida que el chiquito de La Llorona intentando descifrar el plano del edificio. Caminaba a paso acelerado mirando hacia el techo buscando la numeración de las aulas cuando, de repente, choqué de frente y de forma abrupta contra un cuerpo firme y alto.

El impacto me hizo perder el equilibrio por completo. Caí de nalgas al piso y mi calendario de clases junto con mis cuadernos salieron volando por el pasillo.

—¡Oye! Fíjate por dónde... —empecé a protestar mientras me sobaba el golpe, pero la voz se me atascó en la garganta al levantar la mirada.

Frente a mí había un chico con uniforme deportivo, de hombros anchos y descaradamente bien parecido. Era evidentemente mayor que yo, tal vez de último año. Tenía una sonrisa desenfadada y una mirada cálida que desarmaba a cualquiera.

—Vaya, lo siento mucho, hermosa. No te vi venir —dijo con una voz gruesa y amable mientras se agachaba rápidamente para recoger mi calendario, echándole un ojo.

Se acercó a mí y me extendió la mano para ayudarme a poner de pie.

—¿Estás bien? Eres de primer ingreso, por lo que veo... —comentó con una ceja levantada y una ligera sonrisa juguetona.

—Sí... gracias —murmuré tomando su mano con cierta timidez. Al levantarme, sentí cómo sus dedos acariciaban de forma discreta y sutil la punta de mis dedos antes de soltarme. Mi corazón dio un pequeño vuelco involuntario.

—Mucho gusto. Soy Michael, Michael Lumis —se presentó dándome el espacio adecuado, pero sin quitarme los ojos de encima.

—Ismara... Ismara Bodra.

—Un placer, Ismara. Vamos, pequeña, te acompaño a tu salón antes de que el prefecto te atrape en el pasillo.

—Gracias, pero no es necesario, puedo buscarlo sola —respondí tratando de sonar madura e independiente, aunque por dentro no tenía la menor idea de dónde estaba parada.

—Créeme que sí es necesario —sonrió con ganas, señalando el letrero de la pared—. Estás en el ala de laboratorios de química y los salones de primer año están en el edificio opuesto. Estás bastante lejos de tu destino.

—¿En serio? —dije revisando mi hoja con la boca ligeramente abierta.

—En serio. Ven, camina conmigo, yo te llevo.

Subimos las gradas hacia el segundo piso y caminamos a lo largo de un pasillo amplio y ruidoso lleno de estudiantes que se nos quedaban viendo. Pude notar de inmediato las miradas de odio y el murmullo venenoso de varias chicas al ver que el chico más codiciado del instituto caminando a mi lado mientras cargaba mis libros.

Al llegar a la puerta marcada con el número 104, Michael se detuvo y me entregó mis pertenencias.

—Servida, señorita Bodra. Sana y salva en su destino.

—Muchas gracias, de verdad, Michael.

—No tienes nada que agradecer. Ha sido un verdadero gusto acompañar a una niña tan linda como tú en su primer día —dijo guiñándome un ojo con total soltura.

Sentí cómo un calor ardiente me subía por el cuello y me ruborizaba por completo las mejillas. Sin saber qué más decir, le dediqué una sonrisa torpe y entré rápidamente al salón.

Lo que no sospechaba en ese momento era que la atención repentina de Michael Lumis se convertiría en un arma de doble filo. Aquel simple gesto de caballerosidad despertaría la envidia rabiosa de sus admiradoras más tóxicas, marcando el inicio de una etapa hostil en el colegio... y desencadenando una serie de eventos que pondrían a prueba todo mi carácter.

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Olga Silva
muy bella felicidades autora 👏
DAKI: Muchas gracias
total 1 replies
Tere Jimenez
gracias empieza muy interesante
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