Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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Un nuevo inicio
Después de todo un día de cabalgar, al atardecer logro divisar las murallas de Apameia.
Después de despedirme de Melos, había pasado todo el día viajando hasta la capital. El camino se me hizo extraño, durante mucho tiempo siempre estuve acompañado por algún miembro de mi familia o
amigo, esta vez estaba solo.
Llevaba mi espada, mi arco, el escudo de mi padre y unas pocas pertenencias.
Cuando me acercaba a las murallas de Apameia disminuí el paso de mi caballo, la ciudad se veía diferente a como recordaba.
Todavía podía encontrarse algunas marcas de las batallas en las infraestructuras, pero la vida había regresado a sus calles. Los comerciantes habían vuelto a ocupar sus puestos y las personas caminaban de un lado a otro sin miedo.
Al acercarme a la entrada principal del castillo, varios soldados me reconocieron y me permitieron pasar, no tardé demasiado en llegar a las puertas donde fui recibido por Griseia.
—Pensé que llegarías acompañado —me dijo mientras se acercaba.
—Melos quería enviarme con escolta pero preferí que ya era hora de que caminara solo, además tendrían que volver después
de acompañarme y sería un gran desgaste innecesario —respondí con una sonrisa.
Griseia intentaba mantener la emoción en un sonrisa.
—¿Y cómo se sintió eso?
La miré aún con dudas.
—Todavía no lo sé.
Ella se acercó un poco más mientras desmontaba.
—No te preocupes todavía tienes tiempo para descubrirlo.
Stelios apareció poco después y me recibió con un abrazo.
—Me alegra verte, Mélon.
Esa reacción me sorprendió.
—A mí también me alegra estar aquí su alteza.
—Esta vez no tendrás que preocuparte por ninguna batalla, ni asedio, puedes descansar los días que desees con nosotros.
Me soltó y miró a su hermana.
—Aunque no prometo que no encontrarás algunos problemas.
—Eso sí me lo creo.
Ambos reímos.
Stelios me ofreció una gran habitación que era la suya, él ahora ocupaba el dormitorio del rey, después de tantos meses de viajes, guerras y problemas, descansaría en una gran cama en un castillo.
Los primeros días fueron tranquilos, recorría la ciudad junto a Grisea, ella conocía cada rincón de la metrópolis y parecía
disfrutar enseñándome lugares que nunca había tenido la oportunidad de visitar.
A veces caminábamos por el mercado y comprábamos cosas para comer, otras simplemente nos sentábamos en alguna plaza y hablábamos.
Junto ella podía olvidar durante horas de todo lo ocurrido, una tarde nos detuvimos en una zona donde los comerciantes
preparaban comida o vendían mercancías.
Reconocí inmediatamente algunos de ellos, eran Gálatas.
Me quedé observándolos.
—Hace algunos meses hubiera sido imposible ver algo así —comenté.
Griseia siguió mi mirada.
—Las cosas están cambiando.
—¿De verdad crees que pueda funcionar?
—No sé, pero parece que ambos pueblos están dispuesto a intentarlo.
Había comerciantes Gálatas vendiendo animales, pieles y otros productos, a cambio recibían oro u otros objetos por parte de los ciudadanos. También se reunían en algunos puntos de la ciudad para hacer acuerdos de tierras, ganado y mano de obra.
Las heridas por la guerra seguro tardarían un tiempo en desaparecer, pero aun así los dos reinos intentaban coexistir.
—Es un poco extraño, hace unos meses intentábamos matándonos.
La princesa me miró.
—Y ahora están intentando subsistir juntos.
Solté una carcajada.
—Supongo que la cooperación por necesidad pueden ser más útil que una espada.
—A veces.
Les compramos algunos artefactos y algo de comer.
Luego continuamos caminando.
Durante aquellos días comencé a sentir algo que hacía mucho no sentía.
Tranquilidad.
Pero también sabía que no duraría para siempre.
Había llegado a Apameia para encontrar mi camino, no para limitarme a pasear por la ciudad.
Una mañana estaba entrenando en uno de los patios del castillo, cuando Kallias apareció.
Me observaba un rato todos los días en silencio.
Hasta que ese día se acercó.
—Sigues entrenando.
—Aún tengo mucho que aprender.
Guardé mi espada.
—General, quiero formar parte del ejército.
Kallias me miró con atención.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Porque quiero encontrar mi propio camino y siento que ayudar al reino puede ser lo que busco.
Kallias asintió lentamente.
—Entonces será mejor que hables con el rey.
Aquella misma tarde fui a ver a Stelios, estaba junto a Griseia y Kallias.
Me acerqué e hice una reverencia.
—Su majestad, quiero unirme al ejército.
Stelios levantó la ceja.
—¿Como soldado?
—Sí señor, el mando que usted diga ocuparé.
El general Kallias interrumpió.
—Ha demostrado que puede hacerlo, todavía necesita experiencia, pero creo que podría ser un buen capitán.
El rey caminó hacia una mesa donde había varios mapas.
—Está bien te daré una oportunidad.
Me acerqué a la mesa también.
—¿Qué clase de oportunidad?
Stelios me miró.
—Estarás a cargo de doscientos nuevos reclutas.
Abrí los ojos sorprendido.
—¿Doscientos?
—Sí, una nueva fuerza formada por jóvenes como vos, pero ellos no tienen experiencia previa, alguno de ellos son chicos con poca o nula experiencia con armas.
Tragué saliva.
Era mucho más de lo que había imaginado.
—Además tendrás tres miembros de la Guardia Real.
El rey hizo un gesto hacia las puerta.
—Iséro, Milena y Kállos.
Los tres entraron.
Al ver a Kállos sentí algo extraño en el pecho, habían pasado algunos meses desde la última vez que la había visto.
Ella también me observó durante unos segundos.
—Parece que nos volvemos a encontrar —dijo.
—Así parece.
Stelios sonrió.
—Mélon será quien esté a cargo de una nueva unidad de doscientos soldados y Kállos será la líder de su guardia personal.
Kállos y los otros dos guardias hicieron una pequeña reverencia.
—Será un honor protegerlo, capitán.
No sabía qué decir.
—Por favor no me llamen así.
Ellos sonrieron.
Esa noche decidí invitarles a tomar algo para conocerlos.
Encontramos una pequeña taberna cerca del centro de la ciudad, nos sentamos en una mesa apartada y pedimos algo para beber.
Ellos se presentaron.
Primero Iséro, se notaba que era un buen chico aunque un poco llevado por el atractivo de las mujeres, no paraba de ver a
las meseras y otras chicas del bar.
—Mi nombre Iséro, soy uno de los mejores de mi clase, uso una lanza para combatir y busco el cariño de una buena mujer. Será
un placer trabajar con usted capitán.
Después Milena, se veía que era una chica bastante inteligente y centrada, era como la hermana mayor de los tres.
—¡Compórtate Iséro!, estás junto a un superior por Dios.
—Disculpe capitán mi nombre es Milena, soy buena en estrategias, me manejo mejor con dos espadas y el uso de cuchillos, si necesita alguna opinión táctica o para entrenar a la nueva unidad téngame en cuenta por favor.
Y por último Kállos, que aunque ya la conocía se presentó también.
—Yo soy Kállos, soy buena con la espada y escudo, fui una de los mejores en mi clase y prometo proteger su vida con la mía si la
situación lo amerita.
Les pedí que me trataran como Mélon sin tantas formalidades, estuvimos bebiendo y hablando de cosas sin importancia, reíamos pasando un buen momento como camaradas.
Hasta que Iséro y Milena decidieron marcharse ya que estaban cansados, además de que habían bebido demasiado.
—Nos retiramos por hoy, nos vemos mañana capitán.
—Que descansen, ojo al volver.
Se marcharon y quedamos solos con Kállos.
—Tengo algo que decirte.
—¿Qué ocurre?
Bajó la mirada.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por no haber estado en el funeral de tu padre.
Intenté evitar esa conversación.
—No tienes que disculparte.
—Cuando me enteré de la noticia ya era demasiado tarde, ya habían pasado dos días.
La observé durante unos segundos.
—Lo entiendo, hasta que se extendió la noticia en la academia no lo supiste.
Kállos levantó la mirada.
—Aun así quería decírtelo.
Asentí.
—Gracias.
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces decidí contarle todo, el funeral, del pueblo de Gurta y su familia, lo que hablamos con Melos también del escudo de mi padre que llevaba conmigo.
Ella escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, respiré profundamente.
—Por eso vine aquí.
—¿Para formar parte del ejército?
—También. Pero principalmente para encontrar mi propio camino.
Kállos sonrió ligeramente.
—¿Y crees que lo encontrarás?
—No tengo idea.
—Al menos eres sincero.
—Después de todo lo que pasó, creo que prefiero no creer que tengo todas las respuestas.
Ella tomó su vaso.
—Eso significa que todavía tienes mucho que aprender.
—Lo sé.
—Entonces tendremos trabajo.
La miré.
—¿Nosotros?
—Ahora voy a estar de vuelta a tu lado.
Sonríe
—Me alegra volver a verte.
Ella mantuvo la mirada sobre mí durante unos segundos.
—A mí también.
Pasamos la noche hablando por horas, por primera vez desde la muerte de mi padre me pude sentir libre de esa carga emocional que venía arrastrando y cuando regresé al castillo, comprendí que quizá Melos había tenido razón, tal vez sí necesitaba alejarme de casa para descubrir qué quiero y quién
puedo llegar a ser.
A la mañana siguiente me levanté antes del amanecer, ya no estaba de visita, ese día comenzaba mi nuevo trabajo.
Cuando llegué al campo de entrenamiento, los doscientos soldados ya estaban reunidos; la mayoría eran jóvenes.
Algunas hablaban entre ellos, otros permanecían en silencio.
Varios me miraron con curiosidad, habían oído hablar de las batallas contra los Gálatas, de la coalición y lo sucedido en Apameia, también algunos estuvieron en los juegos después de la liberación de la ciudad.
Milena, Iséro y Kállos se colocaron detrás de mí.
Las conversaciones fueron desapareciendo hasta que se quedaron en silencio.
—Mi nombre es Mélon.
Algunos ya lo sabían, pero necesitaba decirlo.
—A partir de hoy estaré al mando de esta fuerza.
Miré las filas frente a mí.
—Sé que muchos de ustedes apenas han comenzado su entrenamiento, pero les prometo que seremos una de las mejores
companías de este reino.
Algunos de ellos intercambiaban miradas.
—No voy a pedirles que hagan algo que yo nunca haría.
Hice una pausa.
—Vamos a entrenar, a aprender y mejorar todos juntos, así si algún día tenemos que luchar todos podremos regresen a casa.
Sentí una sensación de que mi voz se volvía más firme.
—No quiero que me sigan porque oyeron algo de mí, me gustaría que lo hagan por confianza hacia mí y las tres personas
a mi espalda tambien son sus camaradas, sus iguales y sus amigos.
Entonces escuché golpes de armas contra sus escudos, primero un par, luego otros y finalmente todos.
Miré para atrás Kállos sonrió ligeramente.
Iséro y Milena permanecían serios, pero también se notaban satisfechos.
Volví a mirar a los soldados.
Hasta hacía poco yo solo era el hijo de un gran hombre, ahora podía empezar a formar mi propio camino, no sabía cuánto
tardaría en encontrarlo pero ya había dado el primer paso.