Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 18: Líneas de sombra
El pitido suave del ascensor privado devolvió a Valeria a la realidad como un balde de agua helada.
Cerró la consola de seguridad de un golpe seco, borró el registro de acceso con una combinación rápida de teclas y salió del despacho en silencio. Cuando las puertas de acero cepillado se abrieron en el vestíbulo, ella ya estaba sentada en el sofá de cuero del salón, con las piernas recogidas bajo la falda y una taza de té tibio entre las manos. Nadie que la mirara habría adivinado que, cinco minutos antes, había presenciado cómo el hombre que cruzaba el umbral ordenaba quebrar los huesos de dos agentes federales.
Damian había cambiado de ropa. Llevaba una camisa gris plomo limpia, sin corbata, y el cabello oscuro todavía ligeramente húmedo por una ducha rápida. Olía a jabón neutro, cedro y menta fresca, pero a Valeria no se le escapó la frialdad inhumana que aún habitaba en el fondo de sus ojos ámbar. Esa quietud letal no se lavaba con agua caliente.
Él se detuvo junto al sofá, examinándola con una mirada penetrante que parecía buscar cualquier rastro de debilidad o sospecha.
—Tienes mejor color —dijo él. Su voz era tranquila, baja, despojada de cualquier violencia aparente.
—El descanso hace milagros, señor Valmont —respondió ella, obligándose a sostenerle la mirada con una serenidad ensayada—. ¿Resolvió sus asuntos consulares?
Damian se sentó a su lado. La inclinación del cojín hizo que sus hombros se rozaran, y Valeria tuvo que apretar los dedos contra la cerámica de la taza para no apartarse por reflejo. La memoria de lo que había visto en la pantalla —las manos enguantadas apretando la tráquea de un muchacho atado— flotaba entre los dos como un fantasma invisible.
—Los hombres de tu hermano ya están camino a la frontera francesa —dijo Damian, extendiendo un brazo sobre el respaldo detrás de ella, reclamando de nuevo su espacio con esa posesividad natural que antes le resultaba embriagadora y que ahora la llenaba de pavor—. Julian no volverá a usar los canales diplomáticos para buscarte en este país.
Porque le enviaste dos cadáveres en potencia con una advertencia en la garganta, pensó ella, tragando saliva con dificultad.
—Julian no se rinde, Damian —dijo en voz baja, mirando la bruma espesa tras los ventanales—. Mi hermano no es un matón que se asusta con una amenaza. Si le cortas los dedos a sus peones, vendrá él mismo con dinamita.
Damian inclinó la cabeza hacia ella. Deslizó dos dedos bajo la barbilla de Valeria, obligándola a girar el rostro hacia él. La yema de su pulgar acarició el labio inferior de ella con una lentitud que le cortó el aliento. Había una intensidad abrasadora en sus ojos, la fascinación oscura de un rey que contempla la joya más valiosa y peligrosa de su corona.
—Que venga —susurró Damian contra su boca—. Este es mi territorio. Si pone un pie en Ginebra, aprenderá que el lago guarda secretos mucho más profundos que los muelles de Boston.
Valeria sintió el tirón magnético de su cercanía, esa corriente ardiente que amenazaba con devorar su juicio cada vez que él la tocaba. La contradicción era desgarradora: odiaba lo que él representaba con cada fibra de su moral, pero su piel recordaba la rendición salvaje del tren y la cama de Milán con un hambre que no lograba apagar.
Cuando Damian la besó, fue un contacto lento, posesivo y cargado de una ternura oscura que le dolió en el pecho. Valeria cerró los ojos y le devolvió el beso, utilizando la pasión como un escudo para ocultar la decisión implacable que acababa de tomar: escapar antes de que esa jaula dorada terminara por devorarla viva.
Las tres semanas siguientes se convirtieron en un ejercicio de supervivencia psicológica.
Ginebra entró en un invierno implacable de nieve y hielo, y la planta cuarenta y dos de la torre Valmont se transformó en un cuartel general inexpugnable. Damian no la dejó volver a su apartamento; sus pertenencias fueron trasladadas al ático por hombres de Kassian sin que ella pudiera objetar nada. Oficialmente, Valeria seguía siendo la directora general de operaciones, despachando cargamentos para Róterdam y negociando las nuevas concesiones de Lombardía; en la práctica, no daba un solo paso sin dos escoltas armados siguiéndola a diez metros de distancia.
Por las noches, la guerra continuaba entre las sábanas de seda del ático.
Eran encuentros viscerales, marcados por una necesidad desesperada que ninguno de los dos intentaba frenar. Damian la tomaba con una devoción que rozaba la locura, como si cada caricia fuera un intento de marcarla para siempre, de asegurarse de que ningún rastro de los Callahan pudiera arrancarla de su lado. Y Valeria se entregaba con la misma ferocidad, sabiendo en secreto que cada noche compartida era una cuenta regresiva hacia el final.
Pero al comenzar la cuarta semana, el cuerpo de Valeria comenzó a rebelarse.
Al principio fueron mareos leves al levantarse de la cama, atribuidos al cansancio de las jornadas interminables. Luego fue una aversión repentina e incontrolable al café negro que siempre había sido su combustible de oficina; el simple aroma le provocaba arcadas secas que la obligaban a encerrarse en el baño privado de su despacho.
Una mañana de martes, mientras Damian estaba en una videoconferencia confidencial con los ministros de transporte de los Balcanes, Nora entró a la oficina de Valeria con una carpeta bajo el brazo y una expresión de alarma en el rostro.
—Te ves fatal —dijo Nora sin rodeos, cerrando la puerta con pestillo—. Estás más pálida que la nieve de la azotea y tus manos están temblando.
Valeria respiró hondo, apoyando los codos sobre el escritorio de metal y presionándose las sienes. La náusea matutina acababa de golpearla con una violencia inusitada.
—Es una gastroenteritis, Nora. Nada que unas horas de sueño no curen.
Nora no se movió. Se cruzó de brazos y clavó sus ojos afilados en su amiga, evaluando las sombras oscuras bajo sus ojos, la piel traslúcida y la forma instintiva en que Valeria mantenía una mano apoyada sobre su bajo vientre.
—Valeria, soy abogada corporativa, no estúpida —susurró Nora, acercándose al escritorio y bajando la voz hasta un murmullo inaudible—. Hace tres semanas que no tocas una gota de café. El viernes pasado casi te desmayas en el ascensor cuando subíamos del archivo. Y tu ciclo... tú que anotas hasta los centavos en un cuaderno con tinta roja, llevas dos semanas de retraso.
El aire en la habitación se congeló.
Valeria levantó despacio la vista. El terror que la invadió no tenía nada que ver con los fusiles de Julian ni con las amenazas de Damian; era un pánico gélido, profundo y primordial que le paralizó los pulmones.
—Nora... cállate —murmuró ella, sintiendo que la garganta se le cerraba.
—Compré esto en una farmacia en Saint-Gervais, al otro lado de la frontera francesa, en efectivo —dijo Nora, sacando de su bolso una pequeña caja rectangular envuelta en papel marrón y deslizándola sobre el escritorio—. Nadie en Ginebra sabe que lo tengo. Ve al baño ahora mismo.
Valeria miró el paquete sobre la madera oscura. Sus manos, las mismas que habían empuñado una navaja táctica para drenar veneno de una herida abierta sin pestañear, temblaban de forma visible.
Se levantó sin decir una palabra, tomó la caja y se encerró en el baño privado.
Los tres minutos de espera fueron los más largos de su vida. El silencio del mármol blanco solo estaba roto por el sonido de su propia respiración entrecortada y el latido desbocado de su pulso golpeándole los oídos. Miraba la pequeña tira de plástico apoyada sobre el lavabo con una fascinación aterradora.
Una línea carmesí apareció casi de inmediato.
Y diez segundos después, nítida, implacable y definitiva, apareció la segunda.
Positivo.
Valeria se apoyó con ambas manos en el borde del lavabo de mármol, sintiendo que las piernas le fallaban. Una bocanada de calor le subió por el pecho, seguida de un frío glacial que le erizó el vello de los brazos.
Estaba embarazada.
Llevaba en su vientre la sangre de Damian Valmont, el amo del bajo mundo europeo, y la sangre del clan Callahan de Boston. Dos dinastías de violencia, muerte y tráfico de armas fundidas en una sola vida que apenas comenzaba a latir.
Si Damian se enteraba, jamás la dejaría marchar. Levantaría un ejército alrededor de ella, la encerraría en una fortaleza de cristal y convertiría a ese niño en el heredero de un imperio manchado de sangre y pólvora. Y si Julian descubría su existencia, usaría a esa criatura como la moneda de cambio definitiva para forzar una guerra que incendiaría media Europa.
Ese niño no tendría infancia. No tendría paz. Solo guardaespaldas, desconfianza y un apellido maldito que lo condenaría desde la cuna.
Valeria se miró en el espejo. El pánico en sus ojos castaños comenzó a transformarse en algo distinto: una determinación feroz, salvaje y protectora, más fuerte que el amor que sentía por Damian y más implacable que su propio instinto de conservación.
No en este mundo, se juró a sí misma en silencio, apretando la prueba positiva en el puño hasta que el plástico crujió. Mi hijo no va a crecer oliendo a pólvora.
Tiró la prueba al fondo de su bolso personal, se lavó la cara con agua helada y abrió la puerta del baño.
Nora la esperaba de pie, con los ojos llenos de una mezcla de angustia y comprensión. Al ver la expresión en el rostro de Valeria, la abogada no necesitó hacer preguntas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Nora en un susurro cargado de miedo.
Valeria caminó hacia su escritorio con paso firme, la espalda recta y la mandíbula tensa. Toda la vacilación de las últimas semanas se había evaporado.
—Tengo un contacto en Marsella —dijo ella, con una voz tan fría y cortante que sonó como una orden militar—. Un capitán de corbeta retirado que le debe un favor a mi pasado. Saca barcos mercantes hacia el Atlántico Sur sin registros de tripulación.
—Valeria, Damian tiene cámaras en cada esquina, micrófonos en los pasillos y a Kassian vigilando las salidas —advirtió Nora, tomándola del brazo—. Si intenta detenerte...
—No va a enterarse hasta que esté en aguas internacionales —cortó Valeria, clavándole los ojos con una firmeza que no admitía réplica—. Y tú vas a ayudarme a borrar mis huellas contables esta misma noche. Porque si me quedo aquí, Nora... no sobreviviremos ninguno de los dos.