Una oprimida joven con su loba adormecida por veneno huye hacia su destino al descubrir que el implacable Alfa del Norte es su predestinado.
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Capítulo 13: El rastro del veneno y la verdad al descubierto
Harlan se limitó a esbozar una sonrisa cargada de una malicia sutil; ella aún no necesitaba saber de qué formas oscuras planeaba retenerla o hacerla suya.
Unos oportunos golpes en la puerta salvaron a Mikeila de seguir perdiéndose en sus propios pensamientos. Harlan dio un par de pasos hacia atrás y ordenó con voz firme:
—Adelante.
La puerta se abrió e hizo su entrada Kael, acompañado por una mujer de aspecto veterano y mirada sabia.
—Aquí está Canaria, mi señor —anunció el caballero.
—Bien. Necesito que examine a la señorita. Cuando termine, indíqueme su diagnóstico —respondió Harlan, antes de volverse hacia Kael—. Esperemos afuera para darle privacidad.
A pesar de que su lobo interno exigía quedarse allí para proteger a su compañera, Harlan se contuvo y salió de la estancia.
—Niña, soy Canaria. Voy a examinarte, así que no temas y toma asiento —indicó la anciana con voz suave.
—Soy Mikeila. Muchas gracias, señora —respondió ella sentándose con cautela.
Canaria comenzó el examen físico con manos expertas y, con delicadeza, tomó las muñecas de la muchacha.
—No te va a doler. Solo quiero envolver mi energía en tu cuerpo para ver qué ocurre en tu interior, ¿está bien? —explicó la curandera.
Mikeila asintió despacio. Canaria cerró los ojos y de sus manos brotó un aura de un verde brillante que envolvió por completo a la joven, buscando cualquier rastro de daño o bloqueo. Sin embargo, al retirar el aura de golpe, la anciana dio un traspié y escupió una bocanada de sangre sobre el suelo.
—¡Señora!¿Esta bien?—preguntó preocupda Mikeila.
—¡Mi señor! —llamó Canaria con desesperación.
Harlan y Kael abrieron la puerta de un golpe y entraron corriendo.
—¿Qué sucede? —preguntó Harlan con el rostro desencajado.
—Esta señorita... ha sido envenenada con acónito —reveló la curandera mientras se limpiaba los labios con un pañuelo, visiblemente aterrorizada.
Todos en la habitación se quedaron en absoluto silencio. Mikeila, que apenas conocía el nombre de la sustancia por las furtivas advertencias que medio recordaba, sintió que el terror la helaba por dentro.
—¿Eso... eso es grave? ¿Voy a morir? —preguntó con los ojos anegados en lágrimas.
—No por el momento, pero el daño es profundo. Necesitaré tomar muestras de tu sangre, de tu cabello y realizar algunas pruebas para saber con exactitud cómo administrar la cura —respondió Canaria con profesionalismo.
Mikeila asintió en silencio, con el corazón roto y las lágrimas resbalándole por las mejillas, preguntándose por qué el destino se empeñaba en destruirla de esa manera.
Dentro de su mente, el animal de Harlan aullaba con furia ciega, queriendo abalanzarse para abrazar a su pareja y calmar su sufrimiento, pero contuvo el impulso y se acercó con paso lento.
—Canaria, hazme un reporte detallado: dime qué clase de acónito es, cuál es la cura exacta y cuánto tiempo tomará revertirlo —ordenó Harlan con tono implacable, antes de suavizar ligeramente la mirada al volverse hacia la joven—. Descansa aquí por hoy, Mikeila. Mañana por la mañana vendré a buscarte para desayunar y hablaremos con calma. En un momento enviaré a una doncella para que te ayude a asearte y te traiga ropa de cama adecuada.
Mikeila solo atinó a asentir con la cabeza, abrumada por los acontecimientos. Harlan la miró por última vez con una intensidad desgarradora y salió de la habitación junto a Kael, dejándola a solas para que Canaria terminara con su labor.